"Luz en mi oscuridad", El libro por Helen Keller
acerca de Swedenborg
~Capítulo 6~
LA religión ha sido definida como la ciencia que
trata de nuestras relaciones con Dios y nuestros semejantes y de las
obligaciones que tenemos para con nosotros mismos. No cabe duda que el
cristianismo bien comprendido es la ciencia del amor. Cuando el Señor
vivió en la tierra y se hizo visible a los mortales, afirmó claramente
que "la Ley y los Profetas descansan sobre estos dos mandamientos: Amor
de Dios y Amor al Prójimo". ¿Y quién como el dulce Nazareno, encargado
de una misión divina, pudo conocer más profundamente el pensamiento
humano? Los Evangelios dan énfasis constante a la divina necesidad de
amarnos los unos a los otros. "Dios es Amor", repetido hasta la
saciedad, fue el significado invariable de frases como la siguiente: "Si
me amas, observa mis mandamientos"; "Esta es la Vida Eterna, para que
puedan reconocerte como el único Dios verdadero, ya Jesucristo, a quien
tú has enviado"; "Busca primero el Reino de Dios y su justicia, que todo
lo demás (dichas y bendiciones materiales) te será dado por añadidura";
"Soy el Camino, la Verdad y la Vida". En el odio, manifestado en cada
detalle grande o pequeño, vio siempre lo opuesto a Dios. Demostró que el
infierno, lejos de ser un castigo de Dios, es la ley inevitable del mal
que recae sobre quienes se lanzan ellos mismos dentro del odio, la
concupiscencia ardiente y las crueles agonías del orgullo herido y del
egoísmo frustrado. Cualquiera que fuese el tema de Su lección, el
Maestro acabó invariablemente por repetir que no confiaba la
reconstrucción del mundo a la riqueza, el linaje o el poder, ni tampoco
al conocimiento; lo confiaba a los instintos más nobles de la raza, a
los ideales y sentimientos humanos más elevados, al amor capaz de mover
la voluntad y la fuerza dinámica de la acción. El Señor dio a su Verbo
todos los giros concebibles e hizo todo lo posible por convencer a los
escépticos de que el amor, bueno o malo, es la vida de sus vidas, el
combustible de sus pensamientos, el aliento de su espíritu, su
destrucción o su cielo. En Su santo, abrumador y supremo Evangelio de
amor no cupieron las excepciones.
Por
increíble que parezca, durante dos mil años los llamados creyentes han
pronunciado la frase "Dios es Amor" sin percibir el universo de verdad
contenido en estas tres palabras trascendentales, sin percibir su poder
estimulante. Es más, desde que los hombres comenzaron seriamente a
filosofar sobre la vida, ha caído un silencio siniestro sobre el tema
del amor—el más noble de todos—. En el amor como doctrina apunta la
tragedia de Dios, que verdaderamente vino a buscar lo Suyo, pero no fue
reconocido por éste. Empédocles, el filósofo griego que sostuvo la
teoría del átomo, se atribuyó en el siglo v el mérito de haber sido el
primero en comprender la naturaleza del amor y reconocer su justo lugar
en los asuntos humanos. En su investigación de los elementos componentes
del mundo y de los procesos que lo mantienen en cohesión, mencionó el
fuego, el agua, la tierra y el aire, y acabó afirmando lo siguiente: "Y
entre ellos, la diosa Amor, su igual en longitud y latitud. A ella la
fijas en una visión mental, no la contemplas con ojos deslumbrados. Es
ella la misma de quien el vulgo dice que toma posesión de los seres
mortales para hacerlos pensar con bondad y actuar amistosamente. La
llaman Dicha y Afrodita, y ningún mortal la ha identificado entre los
elementos que integran el mundo." Un siglo más tarde, en la Edad de Oro
de la filosofía griega, el alma de Platón se conmovió de generosa
indignación por las palabras de Empédocles, y en un arrebato de
elocuencia protestó contra la empedernida sabiduría de su
época. "¡Qué
extraño —afirmó—que mientras otros dioses han sido objeto de
poemas e himnos laudatorios, el grande y glorioso Amor haya carecido de
panegiristas! Muchos sabios han decantado en su prosa las virtudes de
Hércules y otros héroes; otros han compuesto elocuentes discursos
referentes a la utilidad de la sal. Sin embargo, nadie se ha atrevido
hasta ahora a entonar un himno que alabe lo suficiente al Amor. Esta
deidad ha sido por completo olvidada." Creo que fue en Lachesis, en su
disertación sobre el valor, donde Platón declaró que lastimar a un ser
humano, aun al esclavo más despreciable, era una afrenta al lazo que
unía a los dioses, los hombres y las cosas en sagrada amistad. Han
transcurrido más de veinte siglos, y con excepción del Verbo Divino, que
trajo su mensaje de Amor a los oídos humanos embotados por el odio, sólo
de tarde en tarde han aparecido mentes valerosas que han prestado
atención a los acentos celestes y han procurado traducirlos al áspero
lenguaje de la tierra. San Agustín, Santo Tomás de Aquino, Kempis, cuyas
Meditaciones he leído con fruición; Spinoza, Jacob Boheme, algunos otros
místicos y Francis Bacon se plantaron valientemente en los linderos de
su tiempo y clavaron penetrante mirada en el vasto y desconocido mar de
sentimiento que rueda sin cesar bajo la oscuridad de las palabras
incomprendidas. Estos pensadores llegaron a adquirir sagaz
discernimiento de los diferentes aspectos y obras del amor—del amor al
prójimo y del amor propio—. Boheme llamó "oscuro gusano del infierno" a
los corrosivos y quemantes apetitos y deseos del egoísta, de quien dicen
las Escrituras que "su carcoma no muere y su fuego no se apaga."
Gracias
a Swedenborg, surgido de la fría edad de la razón llamada el Siglo XVII
el amor como doctrina volvió a ser el centro de la vida, el preservador
de todo lo creado. Respaldado por la autoridad de la Biblia, en Arcanos
Celestes desarrolló esta doctrina con alguna extensión, aunque más
completa y sistemáticamente en su libro Amor y Sabiduría Divinos.
Swedenborg interpretó la total experiencia humana en términos de amor;
los estados del amor, sus actividades, poderes y funciones, sus impulsos
constructivos, preventivos, inspiradores de valor. 'Nuestro vidente
descubrió asimismo que el amor en su sentido supremo es idéntico a lo
Divino, y que "el Señor flota en el espíritu de los ángeles y los
hombres". Dijo también que el universo material es el Amor de Dios
labrado en formas adecuadas a los usos de la vida; que el Verbo de Dios,
bien entendido, muestra la plenitud y maravilla de Su Amor hacia todas
las criaturas de los hombres. Por fin, un débil rayo de luz partía del
Alma Divina, y a través del infinito alcanzaba la mente de la humanidad
ciega y sorda. ¡Se aproximaba el Segundo Advenimiento del Señor!
Para mejor comprender las
enseñanzas de Swedenborg acerca de la vida, establezcamos previamente la
diferencia entre la vida y la existencia. Con el propósito de
impartirnos vida, el Señor concede existencia a cada uno de nosotros. Su
infinito Amor lo impele a ser Creador, puesto que el Amor debe tener
objetos sobre los cuales derramar sus tesoros de benevolencia y caridad.
En el Amor, que es la vida del Señor, está el origen de la Creación: su
infinito no puede satisfacerse con nada menos que la existencia de seres
que puedan ser recipientes finitos de Su propia dicha. Pero, a la vez,
estos seres tienen que disfrutad el libre albedrío y racionalidad que es
compañera de la verdadera libertad. En una palabra, para que el hombre
pueda apropiarse debidamente Su regalo de la vida, ésta debe ser
recibida voluntaria y racionalmente. Por esta razón los seres humanos
pasan por dos experiencias completamente distintas: el nacimiento a la
existencia y el nacimiento a la vida.
Cuando
nacemos de la carne, somos completamente indefensos y dependientes. En
cambio en el nacimiento espiritual somos activos, y en un sentido somos
creadores. No intervenimos para nada en nuestro nacimiento a la
existencia, pero tenemos que existir antes de llegar a ser algo. Por
otra parte, nuestro nacimiento a la vida es materia de elección, con
nuestra participación directa, ya que nadie puede forzarnos a recibir
contra nuestra voluntad la verdadera vida espiritual.
De aquí
proviene la constante y afectuosa invitación que por medio de Su Palabra
nos hace el Señor, para que vengamos a El y de esta manera elijamos la
Vida y estemos siempre alerta contra los pecados que podrían
arrebatárnosla. Únicamente estamos vivos cuando ejercemos nuestros
poderes mentales y conservamos un corazón afectuoso y puro. Pero esta
hermosa labor de volvernos a crear a nosotros mismos no es resultado de
la observación. Tiene lugar en las quietas profundidades del alma, como
lo confirman estas palabras del Señor: "El viento sopla donde lo
escuchan, y aunque oigas el sonido, no puedes decir de dónde viene ni
adonde va. Igual sucede con el que nace del espíritu."
No
pensemos en la conversión como en la aceptación de un credo particular.
La conversión es un cambio del corazón, cuando el alma se aparta de los
instintos innobles que la inducen a sentir, pensar, hablar y actuar en
interés propio y en el afán de ganar la buena opinión del mundo, y
comienza a cifrar su mayor alegría en el desinteresado amor a Dios y en
una vida de servicio a los otros. Esta elección de vida es nuestra
delicia, una dulce expansión de la mente y el corazón, sin la cual no es
posible realizar una labor cumplida.
Contrariamente a lo que muchos creen, no renacemos súbitamente. El
cambio gradual tiene lugar en ese período de espera, perseverancia y
anhelo en el camino de los Mandamientos Divinos. Lleva tiempo
transformarnos en ángeles, porque una y otra vez caemos en las viejas
mañas de siempre. Cual mortales que somos, repetimos continuamente los
errores de ayer, aunque ya estamos en la vía que conduce al éxito cuando
comprendemos que es imposible conducirnos de cierta manera porque el
mundo lo hace y nuestros antepasados lo hicieron también. De
proponérnoslo, podemos engrandecer nuestra vida desde el plano en que
estemos situados. Para ello debemos preocuparnos por los demás como nos
preocupamos de nosotros mismos y perseguir ideales más elevados, a
imitación a Aquél, que es "el Camino, la Verdad y la Vida". Una vez que
elegimos este curso y lo emprendemos sin temor, las circunstancias y
limitaciones externas ceden a nuestro paso, y aceptamos la cruz de cada
día con mayor valor y con una perspectiva más clara de la vida y la
felicidad.
El
propio Swedenborg engrandeció su mente a través de penalidades intensas.
Los sistemas teológicos de su tiempo se reducían a meras controversias
muy prologadas y tediosas, que eran verdaderos callejones sin salida.
Por eso tuvo que comenzar por definir palabras clave, como verdad, alma,
voluntad, estado y fe, y darles nuevos significados a muchas otras
palabras, con el fin de poder verter más claramente al lenguaje común el
pensamiento espiritual. Para su doctrina del Amor le fue preciso hallar
un vocabulario especial, y en ocasiones parece como si él mismo
estuviese aprendiendo un idioma nuevo.
Naturalmente, le desconcertaron los hábitos mentales firmemente
atrincherados en la razón, que a cualquier hombre acostumbrado a
depender principalmente de sus ojos le costaría mucho esfuerzo romper.
Una cosa es percibir vagamente como a través de un cristal opaco las
fuerzas espirituales que sostienen la vida, y otra el apuntar sin
vacilaciones a su bello origen en el Corazón del Amor y mostrarlo a una
edad de fría razón, de credos encontrados, de pesquisas ateas. Como dijo
Kapler, fue tarea sobrehumana "tratar de imaginar los pensamientos de
Dios a Su manera". Para ilustrar la tarea monumental que asumió
Swedenborg, imaginemos los inmensos obstáculos que encontraría un ciego
deseoso de ayudar a otros igualmente impedidos, el cual tendría escaso
éxito en hacer comprender a los videntes las necesidades particulares de
los que no ven. Es difícil hacer entender a la gente que para
rehabilitar la vida de un ciego es preciso brindarle amistad, trabajo y
dicha. Una profunda ignorancia acerca de los ciegos prevalece aún entre
personas bien
El
análisis de las dificultades con que tropezó Swedenborg para transmitir
sus impresiones de vidente a una generación cuyos sentidos estaban
embotados por la materia y oscurecidos por espejismos me hace
preguntarme si las limitaciones del ciego que tiene ojos y del sordo que
tiene oídos son acaso los medios de transmitir los mensajes de Dios a
los tenebrosos rincones de la ignorancia y la insensibilidad humanas. A
riesgo de parecer presuntuosa, espero poder usar provechosamente mi vida
en las tinieblas, del mismo modo que Swedenborg aprovechó su experiencia
de dos mundos para ilustrar el sentido oculto de la Biblia. Soy feliz
testigo del poder que tiene el Amor de Dios y su criatura, el amor del
hombre, sin el cual yo viviría en el más completo aislamiento. Este amor
es el que transforma mi desgracia en un instrumento de ayuda y buena
voluntad a los otros. Las palabras con que Swedenborg inicia su obra
Amor y Sabiduría Divinos me producen siempre una pena renovada: "El
hombre sabe que hay una cosa llamada amor, pero no sabe lo que es...
Como no puede formarse una idea mental del amor, cuando reflexiona sobre
este tema alega que no existe, o que es resultado solamente del efecto
emanado de ver, oír, tocar o tener trato con los Otros. Ignora en
absoluto que el amor es la vida misma, no sólo la vida de su cuerpo y
pensamientos, sino también la de sus particulares. Sin embargo, un
hombre inteligente podría ser convencido con el siguiente razonamiento:
si te desprendes de las inclinaciones que provienen del amor, ¿puedes
pensar o hacer alguna cosa? ¿Acaso el pensamiento, la palabra, y hasta
la acción, no se enfrían en la medida en que se enfría el afecto que
proviene del amor y se encienden en la medida en que este afecto se
enciende? Desdichadamente, el hombre de claro entendimiento sólo llega a
comprender esto por la observación, no por una deducción científica de
do que es el amor en la vida del hombre.
La
dificultad estriba en que los humanos identifican con el amor mismo las
expresiones, sonrisas, miradas y tiernos gestos procedentes del amor. Es
como si yo creyera erróneamente que «1 cerebro piensa con poder propio y
el cuerpo actúa de su propia voluntad, o que la voz y la lengua
estimulan sus propias vibraciones o mi mano reconoce con independencia
de mí las cosas que ella palpa. Por el contrario, todas las partes del
cuerpo funcionan a través de la voluntad y la mente. Sería incorrecto
atribuir sentido del tacto y el olfato al bello lirio que puedo tocar y
oler, ya que estas sensaciones provienen de la piel por medio de la cual
siento. En cualquier discusión sobre el amor, la vida y las actividades
mentales, debemos estar en guardia contra estas falsas apariencias. Se
estima comúnmente que el amor es algo situado fuera del hombre, como una
entidad que flotara a su alrededor, un vago sentimiento o una
abstracción inefable. Swedenborg enseña que el amor no es una
abstracción sin causa, sujeto o forma que flota en el alma o se hace
realidad al tocar y mirar un objeto. Por el contrario, el amor es la
esencia íntima del hombre, de la cual se forma su organismo espiritual.
Lo que percibimos como amor es únicamente una manifestación de esa
sustancia. El amor realmente mantiene vivas las facultades del hombre,
como la atmósfera imparte vida consciente a los sentidos del tacto, el
olfato, el gusto, la vista y el oído.
Permítaseme tratar de ilustrar la
diferencia entre el amor y sus manifestaciones, con los cuales se le
confunde a menudo. A menos que tengamos una vivida percepción de la
realidad del amor, no podremos alcanzarlo, cambiarlo, intensificarlo o
purificarlo a fin de elevar nuestros afectos y acrecentar nuestro goce.
Mientras giramos alrededor de un círculo vicioso en el afán de
transformar nuestras tendencias y reconstituirnos a nosotros y a los
demás, el amor llora de abandono. Si es el mal lo que pretendemos
cambiar, éste se mofa de nuestros esfuerzos y se frota las manos de
satisfacción. Sé por experiencia, en el propio batallar con mi lenguaje
imperfecto, el error de emplear un método desviado e indirecto para
reconstruir lo que está dañado. Sería absurdo intentar mejorar mi voz
mediante la práctica de los sonidos que ella emite, porque una vez que
éstos salen de mi garganta y flotan en el aire están fuera de mi
dominio. En cambio debo ejercitar mis órganos vocales, aunque esto no
servirá de mucho si no logro perfeccionar mis íntimos conceptos mentales
acerca del habla. La voz, fundamentalmente, no es un hecho físico, sino
un pensamiento que se hace audible. La mente lo moldea, le da modulación
y timbre. Mi oído corporal está cerrado, de manera que debo concentrarme
intensamente en obtener imágenes exactas de sonidos y palabras como si
se formaran en mi oído interno. En la medida en que aprenda a usar mi
mente correctamente como instrumento del habla, mejor me haré entender
por los otros. Cierto que la voz y el amor poco se parecen, pero el
principio es igual. El amor recóndito del hombre hace fluir, da forma y
color a la vida con todas sus emociones, placeres, penas e intereses, e
incluso acaba por dominar las vicisitudes. Por eso el ser humano deberá
cifrar su empeño en construir una verdadera imagen mental del amor como
poder activo, creador y decisivo, como el único medio de adquirir
emociones más nobles e ideales de mayor excelencia, a la vez que
satisfacer su patético anhelo de dicha.
No
pensemos en el amor como en un efecto remoto del alma o como un órgano,
facultad o función. El amor comprende el sistema completo de
pensamientos, intenciones, propósitos, esfuerzos, motivos e impulsos
conscientes que a menudo están contenidos, pero siempre latentes, listos
para incorporarse en acción en cualquier momento. El amor se posesiona
de la cara, las manos y los pies a través de las facultades y los
órganos. Trabaja y habla, y una vez que se mueve hacia un objetivo, no
hay circunstancia externa capaz de refrenarlo.
Cuando
el hombre se vuelve consciente de sus facultades espirítales, en él se
inicia un cambio que induce verdadera regeneración. Este cambio tiene
lugar después de una crisis de aflicción y duelo, o después de
experiencias íntimas que sólo él conoce. El día en que sus ojos se abren
y puede verse a sí mismo y a su ambiente presente y futuro en una nueva
perspectiva, se despoja de las escamas que constituyen su egoísmo y
puede contemplar la vida serenamente.
Es
curioso que los hombres hayan escrito y disertado profusamente sobre la
regeneración, y„ sin embargo, hayan dicho tan poco a este fin. La
cultura egocéntrica ha sido proclamada ruidosa. y jactanciosamente, como
si ella bastara para realizar nuestros ideales de perfección. Mas el
testimonio de hombres y mujeres excelentes de todas. partes niega que
esto sea cierto. Muchos que han amasado vastos tesoros de conocimiento
afirmarán que si bien la ciencia ha encontrado cura para la mayoría de
los males, no ha hallado aún el remedio para el peor de todos, que es la
apatía de los seres humanos. Como han declarado Swedenborg y muchos
otros autores, el hombre que no está disciplinado en la escuela del amor
y la piedad es peor que una bestia;
es peor que un animal, aunque no tenga tal apariencia; no devora
la hierba, pero destruye protervamente con su temerario poder mental,
que inventa armas destructivas cada vez más horrendas para matar y
desfigurar a su enemigo en la guerra, que mutila indefensos animales por
seguir el deporte de moda y siente pasión irrefrenable por descubrir
pecados y escándalos. A su ignorancia podemos atribuir muchas otras
calamidades, excepto
estas tendencias
perniciosas que acabo de mencionar. El hombre no podrá redimirse
con ayuda de la cultura centrada en sí mismo. Necesita el sostén de las
inclinaciones bien dirigidas.
Otro
grupo considerable de bien intencionados sostienen que el hombre puede
ser reformado principalmente por un cambio de ambiente. En este aserto
hay suficiente verdad para hacerlo plausible y atractivo, pero no
exageremos su importancia ni lo apliquemos erróneamente. Lejos de ser el
ambiente, lo que transforma a un ser humano es la fuerza que está dentro
de él, como lo demuestran el ciego, el sordo, el mártir que sufre
persecución por no quebrantar un ideal o el hombre pobre cuyos ideales
permanecen incólumes. Todas estas personas son una prueba viviente de
que podemos modelar la vida de acuerdo con nuestras tendencias, a pesar
de las circunstancias externas.
Como en
el fondo somos verdaderos niños, decimos llenos de impaciencia: "¡Oh, si
tuviera la suerte que tienen otros amigos más afortunados, qué vida tan
dichosa y útil viviría yo!" De cuando en cuando se oye a un jovencito
declarar: "Si tuviera las oportunidades que tiene el hijo de mi jefe,
sin duda alcanzaría grandes éxitos." "Si no me viera obligado a
relacionarme con gente tan vulgar—exclama otro—, seguramente estaría
revestido de fuerza moral"; y un tercero se lamenta: "¡Si tuviera el
dinero que tiene mi amigo Fulano, para darme el gusto de ayudar a los
desamparados...!"
Me
opongo como el primero a la innecesaria pobreza y degradantes
influencias, desde luego; pero, al mismo tiempo, sostengo que la
experiencia humana ha demostrado sobradamente que si no podemos triunfar
en nuestra situación presente, no lo podríamos tampoco en ninguna otra.
A menos que nos alcemos como el lirio, puros y fuertes por encima del
sórdido ambiente, probablemente seríamos unos enclenques morales,
cualesquiera que fuesen las condiciones de nuestra vida. Si no podemos
elevar nuestro mundo circundante, difícilmente podríamos hacerlo en
ninguna otra parte. Lo importante no es el ambiente que tengamos, sino
los pensamientos que alberguemos cada día y la clase de ideales que
alentemos; es decir, la clase de hombres y mujeres que realmente seamos.
Como expresa admirablemente el proverbio árabe, "tu mundo está donde te
encuentres a ti mismo".
Swedenborg tiene en su mente las anteriores
teorías al establecer claramente que los seres humanos no pueden ser
regenerados súbitamente sin ejercer espantosa violencia sobre su mente y
su amor propio. El avance tendrá que ser gradual, a fin de acostumbrar
los ojos interiores a una luz más viva antes de poder resistir el
deslumbramiento de las verdades nuevas. Más aún, nadie puede tornar a la
senda del bien a menos que éste sea su delicia, porque en último término
son las delicias las que nos mantienen libres y nos permiten escoger. La
única manera edificante que tienen los mortales de elevarse sobre sí
mismos y reconstruir su universo es cooperar con el Señor y confiar en
su ayuda constante, aprender a entender mejor la verdad del Verbo, vivir
de acuerdo con esta verdad y hacer el bien por el bien mismo. Por eso
son dignos de lástima los que pretenden robar el mérito a Cristo y
exigen el cielo como "recompensa". Más noble sería escudriñar su propio
corazón y extirpar la bestia del egoísmo, y aunque el arrepentimiento se
puede lograr instantáneamente, es preciso ir despacio, pero con
entusiasmo, pues de otro modo jamás podremos adquirir permanente fuerza
de carácter. En resumen, nadie acaba de regenerarse en esta vida o en la
siguiente, pues siempre es posible hallar nuevas cosas que amar, conocer
y realizar.
