Introducción al pensamiento religioso de Swedenborg.

¿CON QUE AUTORIDAD?
HEMOS dicho en el capítulo precedente que
Swedenborg repudiaba toda idea de participación personal en el
establecimiento de una Nueva Iglesia Cristiana, salvo la de ser un
siervo divinamente comisionado para revelar las verdades necesarias, a
fin de conseguir ese propósito. Pero esas verdades no le fueron
comunicadas a su mente por inspiración directa. La capacidad de toda
persona para recibir instrucción de la Divinidad depende de la cantidad
y cualidad de los conocimientos de las cosas divinas que la mente ya
posee. Swedenborg es un ejemplo de esta ley; jamás hubiera podido
recibir la revelación que él transmitió al mundo si antes no se hubiese
dedicado a laboriosos estudios científicos y filosóficos, a los cuales
dedicó los primeros cincuenta y seis años de su vida. Una de las
verdades básicas que habría de proclamar era la correspondencia entre
las cosas naturales y las espirituales, no solamente en general, sino
también en todos sus detalles. Sin los conocimientos del mundo natural
adquirido por tales estudios, su razón no hubiera podido descubrir esta
realidad. Cuando hizo su entrada consciente en el mundo espiritual tuvo
que estudiar el hebreo para poder leer el Antiguo Testamento en su
idioma original, porque sólo en este libro es posible hallar las
correspondencias y representaciones perfectas y, por tanto, inspiración
plena. También le fue necesario realizar estudios detallados y repetidos
de toda la Palabra desde el Génesis hasta el Apocalipsis, comparando
pasaje con pasaje, palabra con palabra, para discernir las leyes que
rigen el empleo de los símbolos. Todos estos trabajos fueron
imprescindibles, pero no constituyeron por sí mismos los requisitos para
su obra. ¿Cuál fue entonces la necesaria condición que Swedenborg
poseyó? El nos contesta en sus propias palabras:
«Afirmo
en verdad que el Señor se manifestó a mí, su siervo, y me puso a su
servicio; que luego iluminó mi espíritu y me concedió ver los cielos y
los infiernos, y esto continuamente durante muchos años; además, que
desde el primer día de la llamada no he recibido nada perteneciente a la
doctrina de la Nueva Iglesia de ningún ángel, sino del Señor solamente,
mientras leía la Palabra» (Verdadera Religión Cristiana, núm. 779).
«Hace ya
muchos años que converso con los espíritus y los ángeles; pero ningún
espíritu se ha atrevido ni ningún ángel ha querido enseñarme nada con
respecto a la Palabra; solamente el Señor me ha enseñado; El se ha
revelado y me ha iluminado» (Divina Providencia, número 135).
Los
anteriores pasajes establecen que Swedenborg se creía recipiente de una
revelación divina. Evidentemente, ellos no deben interpretarse como
pretensión personal, sino como repudio de la idea de haber obtenido las
verdades de esta revelación por sus propios méritos o peculiares
experiencias psíquicas. Este repudio era inevitable si creía en la
verdad de las revelaciones. No hacerlo hubiera sido traicionar la misión
que le había sido confiada y traicionar a sus semejantes, para cuyo
provecho había sido enviado el mensaje.
Pero ni
esta afirmación ni este repudio deben inducir a ninguna persona seria a
aceptar sus descubrimientos. Declaraciones parecidas han sido hechas por
otros maestros religiosos de indiscutible integridad y discernimiento
espiritual, cuyas doctrinas difieren en muchos aspectos de la de
Swedenborg. En efecto, seríamos infieles a su enseñanza si así lo
hiciéramos, pues aunque presenta claramente la doctrina contenida en sus
obras teológicas como una serie conexa de hechos divinamente revelados,
no nos pide por ello su ciega aceptación. Una fe ciega es una mera
profesión de labios afuera, que importa poco o nada para el desarrollo
de los poderes espirituales humanos, puesto que deja incólume su razón
y, por tanto, sus efectos.
Su obra
Doctrina de la Nueva Jerusalén acerca de la fe comienza de esta manera:
La fe es
un reconocimiento interior de la verdad.
«Al
presente (es decir, 1763) la palabra «fe» se interpreta sencillamente
como la creencia en que una cosa es verdadera porque así lo enseña la
Iglesia y porque no es evidente al entendimiento. Se nos dice que
creamos y no dudemos; y si decimos que no lo comprendemos, se nos dice
que por esto precisamente debemos creer. Así es que la fe de nuestro
tiempo es fe en lo desconocido, y puede llamarse fe ciega; y como se
trata de la declaración transmitida de una persona a otra, es fe
tradicional.
»La fe
verdadera es la aceptación de algo porque es la Verdad; pues el que está
en la verdadera fe piensa y dice: 'Esto es verdad y, por tanto, lo
creo.' Si no logra ver la verdad de algo, dice: 'No sé si esto es
verdad, y, por consiguiente, todavía no lo creo. ¿Cómo puedo creer lo
que no comprendo? Pudiera muy bien ser falso.'
»Como
los ángeles se inclinan a comprender la Verdad, rechazan el dogma de que
el entendimiento ha de someterse pasivamente a la fe, y dicen: '¿Cómo es
posible creer una cosa sin ver si es verdad?' Y si se les dice que aun
así deben creer tal cosa, responden '¿Te crees acaso la Divinidad, y que
estoy obligado a creerte, o me juzgas tan demente como para aceptar una
afirmación de la cual no logro ver la verdad?' La sabiduría de los
ángeles consiste solamente en esto: que ven y comprenden todo lo que
piensan» (Números, 1, 2, 4).
No
debemos suponer, sin embargo, que Swedenborg justifica el habitual
escepticismo mental, que sólo conduce al descreimiento total. El
escepticismo, como facultad ordenada y útil, significa reflexión y
consideración. Es la facultad mediante la cual ejercemos el juicio y nos
guardamos de formar o retener creencias irracionales e inconsistentes.
Por tanto, supone el juicio crítico o el discernimiento y fallo entre
dos o más ideas o sistemas de conceptos. El escepticismo ha llegado a
significar modernamente una postura mental que mira con recelo cualquier
afirmación acerca de las grandes verdades de la vida humana que no
pueden ser demostradas. La crítica, por su parte, ha llegado a ser la
práctica de «buscarle tres pies al gato». En materia religiosa tales
abusos y corrupciones del escepticismo y del juicio crítico únicamente
conducen a la porfiada negación de todo.
Las
verdades religiosas pueden ser enfocadas con dos actitudes que
Swedenborg califica de principio afirmativo y principio negativo. El
negativo consiste en «negar todo lo que se oye sobre un asunto, como
cuando la persona dice para sus adentros que no puede creer esas cosas
hasta convencerse de su verdad mediante su comprensión». El otro
principio es «afirmar los conceptos pertenecientes a la doctrina
derivada de la Palabra, como cuando uno piensa en su corazón y cree que
ellos son verdaderos porque los ha proclamado el Señor» (Arcanos Celestiales,
núm. 2.568).
Desgraciadamente, el principio negativo prevalece tanto en el mundo del
pensamiento religioso contemporáneo, que casi es imposible sustraerse a
su influencia. Para mucha gente es muy difícil «creer en la Palabra»,
simplemente porque es la Palabra del Señor. No ven ninguna razón
convincente para creer que es la Palabra misma de Dios, o la pura Verdad
Divina. Evidentemente, mientras uno esté convencido de que la Palabra
sólo es producto de opiniones y aspiraciones humanas, nunca se dedicará
al piadoso estudio de sus páginas, necesario a fin de comprobar que es
otra cosa. No obstante, es posible convencer al individuo que está
dispuesto a dejarse convencer.
En otras
palabras, toda persona se acerca al estudio de la verdad religiosa en
una actitud compuesta en proporciones variables de dos tendencias o
estados mentales: una antagónica y la otra favorable. Nadie está
dominado totalmente por la una o la otra. Por mucho que haya aceptado
una de ellas de todo corazón, mientras vive en el mundo jamás está
completamente libre de la influencia de la otra. De vez en cuando el
recelo y el escepticismo asaltan a la mente que tiene tendencia
afirmativa. Por otro lado, la mente negativa se ve impugnada por
obstinados interrogantes que conmueven su sentido de seguridad. Pero al
final ha de prevalecer la una o la otra. El tipo de mente resueltamente
negativo tiene su prototipo en el descreído enconado y hostil, quien
cada vez que se le presenta un verdad religiosa arremete contra ella con
todas las armas almacenadas en su mente.
La
persona que pertenece al otro tipo mental anhela hallar la Verdad en la
religión. Sabe que sin ella, o en otras palabras, sin Dios, habitaría en
un mundo de inenarrable e irremediable tristeza. Cuando oye afirmaciones
cuya verdad no comprende, no las niega, porque se da cuenta de lo poco
que podemos saber aún del mundo material. ¡Cuánto menos podemos esperar
saber por nuestra propia inteligencia de ese otro mundo invisible que
postula la religión! ¡Qué insensatez sería, por tanto, negar la
evidencia de las cosas únicamente porque no comprendemos su verdad! No
nos permitimos formar juicios tan irracionales sobre las cosas naturales
que no comprendemos. Cuando se nos dice, por ejemplo, que la densidad
del éter es más o menos mil toneladas por centímetro cúbico, la mayoría
de la gente, a no ser los expertos en Física, siente probablemente que
esta afirmación es ininteligible para ellos, pero no por eso se atreven
a negarla. Nadie está justificado en negar una doctrina religiosa o
ética a no ser por una de estas dos razones: por su intrínseca
irracionalidad o por ser incompatible con una creencia de que ya estaba
convencido. Esta es una razón válida para repudiar la doctrina, aunque
la persona pueda estar dominada por una creencia errónea o se equivoque
al asumir que la doctrina negada por él es incompatible con el elemento
esencial de Verdad que su propia creencia contiene. En realidad no debe
renunciar a la creencia que abriga, hasta que comprenda su error o hasta
que todo lo que ella contiene de verdad pueda incorporarse a una verdad
más elevada que ya le sea inteligible.
Se ha
afirmado en el capítulo anterior que el factor predominante en la
percepción de la verdad religiosa es el afecto, lo cual no significa,
como le agrada alegar al escéptico, que creemos lo que quisiéramos que
fuese verdad.
Pero si
una persona quiere hallar la verdad religiosa, no por mera satisfacción
intelectual, sino como guía para conducir su vida diaria, va por buen
camino. Al final la hallará si persevera por el único camino eficaz:
primero, esforzándose por vivir fielmente según las verdades que
comprende, y segundo, mediante la búsqueda paciente de más verdades.
Nadie descubre contra su voluntad ni siquiera una verdad natural, porque
el afecto es la fuerza motriz del pensamiento. Si, por el contrario, no
quiere creer en ninguna de las grandes proposiciones indemostrables del
pensamiento humano, siempre le sobrarán razones para no creer.
Los
afectos son, pues, el factor decisivo de nuestros juicios sobre la
verdad religiosa. ¿Habrá algún criterio para determinar cuál de las dos
actitudes es la correcta, la afirmativa o la negativa? ¿Debe una persona
permanecer neutral e indiferente frente a un problema de tal magnitud
como el de la existencia o no existencia de Dios y la posibilidad de
saber algo de sus propósitos? ¡Qué dureza de corazón la de quien no se
pregunta si a través de todas las angustias y perplejidades de la vida
humana no se estará desarrollando algún propósito divino!
Nuestras
convicciones religiosas son necesariamente personales;
son el resultado de
una amplia inducción a partir de todos los hechos de la vida que se
presentan a nuestra observación. En otras palabras, son opiniones cuya
verdad no podemos demostrar a nadie. ¿Por qué debe esto desconcertarnos
o desanimarnos? Más bien debe inclinarnos a la tolerancia hacia aquellos
cuyas opiniones difieren de las nuestras, y cuya manera de pensar no es
tan difícil de comprender como a ellos es la nuestra. Debe hacernos
modestos para estimar la plenitud del sistema de verdad que se haya
establecido en nuestra propia mente y abrigar la esperanza de que
gradualmente se amplíe y perfeccione. Pero jamás debe conducirnos a
abandonar como inútil la búsqueda de la verdad religiosa ni a creer que
nuestras opiniones religiosas no tienen importancia.
Rudyard
Kipling ha mencionado «el cobarde temor de ser grande». Existe un
«cobarde temor» que hoy en día hace infinitamente mucho más daño: el
temor a pensar erróneamente con relación a los asuntos religiosos.
Naturalmente cometeremos errores en nuestra búsqueda de la verdad
religiosa, pero el error mayor de todos sería abandonar la búsqueda, que
consiste mayormente en la corrección progresiva de los errores, tanto en
la religión como en la ciencia.
Si la vida fuese semejante a una suma aritmética,
no tendríamos por qué cometer errores; pero entonces no sería vida
humana. Es humana porque toma en cuenta valores tan inestimables que
sobrepasan la capacidad de la mente finita. Afirmemos, pues.
Asegurémonos de que nuestras afirmaciones abarcan la verdad más elevada
que podamos captar, y afirmémosla gallardamente, con la seguridad de que
cualquier corrección que sea necesaria provendrá de otra afirmación
ratificada por la conducta.