Introducción al pensamiento religioso de Swedenborg.
El
Consentimiento del Mal
LOS
MALES que confunden a las personas pensantes y las inducen a dudar
de la existencia de un gobierno divino de la vida humana pueden
dividirse en dos categorías: espirituales y naturales. La primera
comprende todos los propósitos y actos que emanan del impulso de
halagar al yo a expensas de los demás o de satisfacer los apetitos
inferiores. Todos estos impulsos se originan en el amor propio, que
dispone a la persona a no considerarse responsable ante nadie y a
tratar a los otros como merecedores de consideración sólo en cuanto
contribuyen a su propia felicidad. El mal natural abarca todo
sufrimiento físico originado de las privaciones, la miseria, la
enfermedad y los accidentes, y las angustias mentales por
preocupaciones mundanas originadas en el amor propio menoscabado,
las frustraciones y pérdidas de diferente índole. La primera
categoría presenta quizá con mayor perplejidad el problema que
'ahora nos ocupa, de manera que procederemos a considerarla en
primer término.
Concedida la existencia de la libre intención en el hombre y, por
tanto, la posible existencia en él de la mala intención, es
naturalmente inconcebible un mundo en que no se permitra
una acción mal intencionada. Sería un mundo en que las intenciones
se verían constantemente impedidas por alguna fuerza inescrutable
capaz de reducirlas a la impotencia. ¡Cómo se rebelaría el hombre
contra esa potencia invisible capaz de malograr todos sus propósitos
favoritos y rodearlo de una invisible muralla imposible de
traspasar! Por otra parte, esta restricción surtiría efectos
completamente dañinos. Las malas intenciones, privadas de expresarse
en actos, corromperían la mente mucho más profunda y rápidamente que
su libre expresión. El contenido amor al mal sería análogo a las
toxinas de la sangre imposibilitadas de liberarse a través de la
epidermis. Los forúnculos y úlceras son ciertamente desagradables,
pero son los procesos que emplea la Naturaleza para librarse de
condiciones
morbosas que serían mucho más dañinas si no tuvieran salida. Así, el
mal, sin la válvula de escape que ofrece la acción, resultaría aún
más maligno y destructivo en el cuerpo espiritual. El mal se permite
para que sirva de paliativo. La intención mala, si se le da carta
blanca, se descarga y alivia la tensión. La mente recobra su
equilibrio y puede repasar sus actos con mayor imparcialidad de lo
que era posible bajo la presión inmediata de la pasión.
Otra
función de las malas acciones es demostrar al hombre, como ninguna
otra cosa podría hacerlo, lo que él es verdaderamente. Las
intenciones en sí parecen innocuas, pero en realidad todos los males
tienen en ellas su origen, o, mejor dicho, en los afectos que las
engendran. Cuando se expresan en actos y vemos las consecuencias,
hasta cierto punto nos damos cuenta de su verdadera naturaleza. La
tolerancia del mal sirve de medio para ilustrar a una persona en
cuanto a su estado espiritual. Esta revelación es la piedra de toque
indispensable para comenzar la lucha interior contra el dominio de
las pasiones egoístas, de la cual depende la salvación. Si una
persona no reconoce sus propios males, no puede combatirlos. Si no
los combate, no los puede vencer. Si no logra vencerlos, es decir,
si su reacción emotiva hacia ellos no se torna en aversión, jamás
podrá entrar en el cielo. Podemos ver, pues, cuán cierta es la
afirmación, aparentemente paradójica, de Swedenborg: «Los males se
permiten con determinado propósito, que es la salvación.»
Tengamos presente que esta afirmación no significa que podamos
traducir en acción todos los males latentes en nuestra naturaleza
hereditaria. Lejos de ser así, toda persona alberga innumerables
tendencias que jamás llega a reconocer como males activos. Las
tendencias innatas al mal se mantienen inactivas, o al menos
relativamente innocuas, de tres maneras:
1.a
Pueden ser suprimidas completamente, de modo que nunca llegan a lo
consciente, como sucede en la infancia, pero también en mayor o
menor grado durante toda la vida.
2.a
Pueden ser activas, pero no reconocidas como tales. En este caso no
hay responsabilidad, y el daño causado al estado espiritual es
relativamente pequeño. Lo que es dañino es la práctica deliberada de
males reconocidos; sin el arrepentimiento, esto es fatal.
3.a
Pueden
fomentarse en la intención, pero estar impedidas de traducirse en
acción debido a las influencias sociales, el temor a la ley o muchos
otros motivos mundanos. Estas trabas son sin duda beneficiosas, pero
no tienden a desarraigar los afectos que originan las intenciones.
Sin embargo, si no fuese por tales motivos egoístas, el individuo
les daría libre rienda.
La
tolerancia del mal, a los fines de la salvación, sólo implica la
necesidad de que algunos males se expresen en la acción, con el fin
de que se les conozca y evite como pecados. Nuestro estado
espiritual es determinado mayormente por la actitud de nuestra
voluntad y nuestro entendimiento frente a las tendencias que
reconocemos como malas. Si esto es cierto, el consentimiento del mal
espiritual y de los actos que de este emanan cesa de ser un enigma.
Se reconoce como consecuencia inevitable del papel que representan
el Amor y la Sabiduría divinos en la regeneración del hombre.
Consideraciones parecidas pueden ayudarnos a comprender la razón de
que se permitan los impulsos mismos hacia el mal, de los cuales se
originan las malas intenciones. El hombre cree que sus impulsos,
tanto los buenos como los malos, se engendran en él mismo; pero se
equivoca. Todos le llegan desde el mundo espiritual y de seres allí
cuyos afectos corresponden con los suyos. Aunque apenas lo advierte,
caudales innumerables de influencias espirituales convergen en él.
Su asociación con los seres espirituales, mediante la cual estas
influencias le llegan, varía a cada instante. A través de esa
asociación la Divina Providencia provee las condiciones necesarias
para la libertad humana. Si se permite que los impulsos hacia el mal
ejerzan su acción en el hombre, es porque todas las formas orgánicas
de su mente natural están estructuralmente desordenadas, de modo tal
que no puede recibir el influjo del bien sin pervertirlo. El hombre
no tiene conciencia de esta condición, que persistiría si las formas
orgánicas de su mente no llegasen a restaurarse para la acción
saludable. Los impulsos hacia el mal que recibe del mundo espiritual
lo hacen despertar a sus faltas.
Asumamos ya como hecho probado que el consentimiento de los
impulsos, intenciones y actos malos es un bien relativo en cuanto
que conduce al conocimiento de uno mismo y al arrepentimiento; pero
esto no es todo. Hay aún otras dos dificultades que debemos examinar
brevemente.
Podría objetarse que, si bien
el permiso del mal por las razones antes dadas pudiera estar de
acuerdo con la justicia si solamente la propia persona sufriera las
consecuencias, lo cierto es que también afectan a otros. El mal
comportamiento de una persona despierta en otros individuos las
bajas pasiones que de otro modo podían no haberse manifestado jamás.
Un muchacho vicioso puede corromper a todo un colegio. Pero tal caso
implica mayores dificultades que las relacionadas con el estímulo de
las tendencias perversas que previenen del mundo espiritual. En los
dos casos las pasiones perversas estaban latentes. Su descubrimiento
y reconocimiento es, pues, saludable.
Nos
toca ahora confrontar la dificultad más formidable de todas. La
explicación ofrecida podría aceptarse si pudiéramos creer, o aun
esperar, que «el bien sea la meta final del mal», pero si aceptamos
la enseñanza de Swedenborg hemos de abandonar esta esperanza. Como
él afirma distinta y categóricamente, hay muchos en quienes las
intenciones y los actos malos no son medios de enmienda. Al
contrario, producen en su naturaleza espiritual una corrupción tan
total que la conciencia queda destrozada. Estos individuos pierden
la capacidad de anhelar el bien y, por tanto, de entrar en el cielo;
no les queda, pues, otro recurso que continuar en el infierno.
¿Puede también este consentimiento del mal ser calificado siquiera
de bien relativo?
La
respuesta se halla en la afirmación de Swedenborg de que si una
persona no se deja preparar para el cielo y ser conducido al mismo,
debe entonces ser preparada y conducida al lugar que le corresponda
en el infierno. Esto suena chocante, mas ¿cuál sería la alternativa?
¿Que el Amor y la Sabiduría infinitos abandonen al depravado y lo
dejen precipitarse en las ms horribles maldades, sin dirección ni
influencia moderadora alguna? Imposible. Dios no puede abandonar a
nadie. Dios se preocupa por los malos y por los buenos, aunque el
cuidado que pueda dedicar a quien sea ángel o demonio deberá
depender por fuerza del estado en que se halle el individuo. Dio3 no
puede elevar al cielo a aquellos cuyos afectos los encadenan al
infierno. Como todos los malos afectos no son de igual enormidad, se
deduce que existen infiernos de relativa perniciosidad, del mismo
modo que existen cielos en mayor o menor grado celestiales. ¿Acaso
no es bueno frenar al perverso para que no se entregue a males más
espantosos y conducirlo a un infierno más moderado o menos maligno?
A fin de formar un juicio
razonable sobre este asunto, tengamos claramente presentes las
afirmaciones siguientes:
1.a
El infierno abarca únicamente a aquellos cuya conciencia ha sido
destruida como resultado de una vida de perversidad. Estos
individuos no saben actuar sino por motivos egoístas.
2.a
En el criterio de quienes lo habitan, el infierno es bueno, ya que
lo constituye su propio amor al mal. Todos consideramos bueno
aquello que amamos.
3.a
Aun el infierno es susceptible de ser mejorado continuamente en ese
nivel de vida egoísta, la única que sus habitantes son capaces de
recibir. Como dice Swedenborg, frecuentemente el amor al mal,
confirmado en la voluntad y aprobado por el entendimiento, coloca a
la persona bajo la operación de «las leyes de la verdad separada del
bien». La ley divina le es impuesta con todos los beneficios de
orden externo, pero sin el amor que la convierte en libertad y gozo.
4.a
Los habitantes del infierno sirven también a sus compañeros y a la
gente en el mundo natural, porque dan lugar a los impulsos hacia el
mal que nos permiten descubrir nuestros propios estados
espirituales. De esta manera dan comienzo a esa lucha, sin la cual
es imposible la salvación. Es así como incluso el mal es utilizado
para el bien de otros, pero no para el de los malvados mismos,
quienes no buscan el bien, sino el mal.