Introducción al pensamiento religioso de Swedenborg.
El
Dios Desconocido
CUANDO se suponía que la Tierra y sus satélites constituían el
universo no era difícil concebir a Dios como un Ser de forma humana
que habitaba un lugar llamado cielo, situado más allá de la bóveda
cristalina del firmamento, y que, cual monarca autócrata, gobernaba
los reinos del mundo por medio de edictos y emisarios. Cuando
Copérnico descubrió que el Sol y no la Tierra es el centro del
sistema solar, pensaba únicamente en una explicación más sencilla y
verosímil de los fenómenos naturales. Pero las consecuencias
imprevistas de su descubrimiento fueron mucho más vastas que las
directamente contempladas por él. Su efecto sobre el concepto de
Dios fue revolucionario, y los hallazgos más recientes de la
astronomía y de la ciencia física han ejercido influencias poderosas
en el mismo sentido. En efecto, si pudiéramos leer más claramente en
la vida y en el pensamiento interno de la humanidad, es decir, en lo
que esencialmente constituye su progreso y desarrollo, tal vez
descubriríamos que todos los asombrosos adelantos científicos
modernos son pálidos e insignificantes comparados con el hecho de
que ellos han obligado a la mente humana a formar de Dios un
concepto más adecuado que aquel que antes lo dejaba satisfecho
A
muchos de nosotros, si no a todos, este efecto puede parecer
sencillamente destructivo. El concepto de Dios, dentro y fuera del
mundo cristiano, ha sido el de un ser personal localizado en
determinada parte del universo. Aunque se admitía su omnipresencia,
este término no tenía una significación clara. Si algo significaba
era su acción a la distancia, a saber: sobre las cosas enteramente
separadas de su persona; idea que el pensamiento racional rechazaba
como inconcebible. Hoy en día el concepto religioso de Dios vacila
entre el antiguo concepto de un Ser Humano Divino, existente y
visible en alguna parte —aunque a la vez omnipresente— y el concepto
de un Ser universal inescrutable, absolutamente incomprensible para
la mente humana, la «Energía Eterna e Infinita» de Herbert Spencer,
el Dios totalmente incognoscible.
Es
cierto que muchos de los pensadores que pertenecen a esta escuela no
se adhieren a semejante doctrina de nesciencia total. Así, tenemos
«el poder fuera de nosotros que se inclina a la justicia», de
Matthew Arnold, una definición que implica por lo menos tres
predicados de Dios. Sir Henry Thompson, en su obra titulada The
Unknown God (El Dios desconocido), expresó su profunda convicción de
que el Dios desconocido es «bienhechor». Se ha acusado
sarcásticamente a Herbert Spencer de saber mucho acerca del
Incognoscible. Estas inconsistencias, sin embargo, no debieran
tomarse con sarcasmo, sino con buena voluntad y aprobación, porque
demuestran que la mente rechaza naturalmente la falta de comprensión
que privaría al pensamiento sobre Dios de toda idea, salvo de la de
su mera existencia. ¿Cómo puede una persona amar, reverenciar o
pensar en un ser del cual no puede formarse concepto alguno? Con
este sistema de negación se hace de Dios una mera incógnita. Los
instintos más elevados de la naturaleza del hombre que lo incitan a
la bondad, la pureza, la integridad y el servicio, quedan privados
de todo apoyo, excepto en la opinión y las preferencias tanto
propias como colectivas. Mientras se esfuerza penosamente por lograr
estas virtudes y por resistir sus impulsos egoístas o codiciosos, no
sabe si el Ser del cual deriva su existencia aprueba su lucha y le
ayudará a ganarla; ni siquiera sabe si El se ha dado cuenta o se
preocupa de ello. La idea en sí de aprobación o ayuda es
antropomórfica y habría que rechazarla como inadmisible. Orar a
semejante Ser sería absurdo. Un Dios incognoscible, en lo que al
hombre toca, no es Dios.
¿En
qué se basa esta exigencia de eliminar toda idea definida acerca de
Dios? En los argumentos más superficiales e ilógicos que jamás se
hayan ofrecido a la mente como razones para desconfiar de sus
propias capacidades superiores. Examinémoslos brevemente.
La
razón humana busca inevitablemente una causa para todo fenómeno que
percibe. La mente no puede adelantar un paso sin suponer que sus
conclusiones tienen validez o pueden adquirirla progresivamente. Si
se ve irresistiblemente impelida a buscar una causa, por fuerza ha
de existir una susceptible de ser descubierta por la razón humana.
Suponer otra cosa sería reducir ésta a la impotencia.
En
esa búsqueda, la mente se ve reducida a elegir entre alternativas.
Puede suponer que la sucesión invariable de los fenómenos naturales
indica una verdadera relación causal entre ellos; o puede suponer
que ella es expresión de un orden invisible, de una esfera del ser
fuera del alcance de los sentidos corpóreos con los cuales podemos
investigar los hechos. Pero ninguna de estas suposiciones ofrece
solución definitiva, porque en cualquiera de los casos nos veríamos
obligados a una infinita regresión causal. Si, por ejemplo,
suponemos una verdadera relación causal entre los fenómenos y
llegamos a inferir que el universo se originó mediante procesos
naturales -a partir de un tenue gas difundido por el espacio,
estamos tan lejos de la solución como estábamos antes. Cabrá todavía
preguntar cómo se originó ese gas que contenía en potencia todas las
cosas que de él salieron. Y si suponemos que el universo visible es
la expresión de un mundo interior invisible que es su causa, tampoco
nos resuelve nada; nos vemos forzados a preguntar cuál fue la causa
de ese mundo invisible, y así ad infinitum. Tampoco se halla la
solución en causas consecutivas, ya sean concebidas en conexión
lateral o vertical. El materialista, no menos que el filósofo
religioso, está obligado a admitir una causa final con existencia
propia, eterna, que contiene potencialmente en sí todos los efectos
que ella misma ha producido. Por común acuerdo, esta causa tiene que
ser considerada infinita, porque si fuera finita existiría algo de
lo cual ella no habría sido causa. En consecuencia, fallaría la
solución y tendríamos que encararnos de nuevo con el problema en su
totalidad. Mas como la Primera Causa es infinita y la mente humana
es finita, hay entre ellas una disparidad infinita. Cualquier idea
que la mente pueda formarse acerca de la Primera Causa tiene que ser
falsa. Llegamos así al concepto de una Primera Causa desconocida e
incognoscible.
Esta
conclusión tendría alguna excusa si se mantuviera que poseemos ideas
adecuadas, es decir, completamente ciertas, sobre algo. Pero los
mismos filósofos que afirman la incapacidad de la mente humana para
formar una idea verdadera de Dios admiten e inclusive insisten en
«la relatividad» de todo conocimiento. Tienen que admitirlo porque,
según su propia exposición, todo hecho particular se resuelve, en
definitiva, en el infinito del cual emana. A ese nivel cualquier
idea que la mente pueda formar sobre un objeto natural es
inadecuada. Pero no necesitamos esta base teórica para creer que
todas nuestras ideas, incluso las de los objetos físicos, son
inadecuadas en relación a los hechos totales: la historia de la
ciencia no es sino una sustitución gradual de ideas inadecuadas por
otras relativamente más adecuadas, y nada indica que este proceso de
enmienda termine jamás. En efecto, para conocer totalmente el más
sencillo objeto natural sería imprescindible una sabiduría infinita.
Nuestras relaciones con el prójimo debieran bastar para convencernos
de que nuestro conocimiento, incluso el de las cosas vitales a
nuestro bienestar que nos rodean, es muy imperfecto. ¿Conocemos
realmente a la persona que más amamos en el mundo? ¿Sabemos algo de
él o ella con certeza absoluta? Tal vez creamos poseer un
conocimiento más extenso y exacto de lo que en realidad es, y acaso
el que más se jacta de su penetración psicológica apenas se
atrevería a sostener que tiene un conocimiento absoluto de persona
determinada o aun de sí mismo. La verdad es que formamos nuestras
ideas por medio de un sistema de símbolos o apariencias que son
representaciones bastante fieles de los objetos que ellos reflejan.
¿Quiere esto decir que no tengan valor y falten, por consiguiente, a
la verdad o podamos pasarnos sin ellos? De ninguna manera. Podemos
aprender a conocer mejor tanto las cosas como las gentes, a fin de
mantener con ellas relaciones más elevadas y genuinas, ¿Qué más es
posible desear o lograr? Pedir más sería, en efecto, pedir el
conocimiento infinito. El conocimento más elevado al alcance de la
mente humana es necesariamente progresivo. La gloria de la mente
humana estriba en poder progresar, en no estar circunscrita a
límites dados. El corolario inevitable de este posible e indefinido
adelanto es que puede errar y descubrir sus errores. ¿Por qué no ha
de ocurrir igual con respecto a nuestros conceptos de la Primera
Causa? ¿Por qué no ha de ser posible a la mente humana formar ideas
sobre Dios que progresivamente sean más exactas, aunque por la
disparidad que hay entre lo finito y lo infinito nunca lleguen a ser
adecuadas o exactas? ¿Por qué no ha de ser la admisión de esta,
insuficiencia un estímulo para persistir en la búsqueda de una
suficiencia relativamente mayor, del mismo modo que el sentido de
nuestros insuficientes conocimientos de la naturaleza estimula la
investigación científica?
Si
aplicamos imparcialmente la noción de que lo limitado de nuestros
conceptos acerca de Dios excluye la posibilidad de pensar
verdaderamente acerca de El, tal concepto condenaría todo
pensamiento como forzosamente erróneo y nos conduciría a la
impotencia intelectual. De conformarnos con pensar acerca de Dios
como pensamos acerca de los demás objetos—mediante símbolos que
reconocemos son inadecuados, pero susceptibles de ser perfeccionados
gradualmente—, surge el problema de dónde debemos buscar esos
símbolos. Veamos si la naturaleza ofrece algún indicio, tratándose,
como se trata, de hallar entre los hechos aceptados universalmente
una base para ideas religiosas definidas, necesariamente fundadas en
nuestros conceptos de Dios.
La
naturaleza visible se divide en tres reinos: el mineral, el vegetal
y el animal. Son muy claras las vastas diferencias que los
caracterizan. El mineral es inerte, mecánico; el vegetal, orgánico y
vivo; el animal es psíquico, dotado de voluntad e inteligencia. Una
diferencia funcional distingue a cada reino del inmediato inferior,
pero esta nueva función no es independiente y completa en sí misma;
está sobreañadida a la función del reino inferior y la gobierna.
Sin
el reino mineral no podría existir el reino vegetal; todo vegetal
contiene el mineral, que está suspendido en él y dominado por él.
Los átomos materiales cesan de ser inertes e incapaces de movimiento
independiente. En sus relaciones recíprocas no asumen una posición
rígida, como ocurre en la cristalización. Por el contrario, parecen
dotados de inteligencia. Marchan como unidades de un ejército
disciplinado hacia metas señaladas, de las cuales se retiran
únicamente después que han desempeñado su cometido. Es evidentemente
un nivel de existencia superior al simplemente mineral, al que
utiliza como instrumento. Asimismo el reino animal está superpuesto
al vegetal; sin éste no podría existir ningún animal. En todo animal
está incorporada la función vegetal como elemento esencial de su
vida, pero el animal tiene además las cualidades de voluntad e
inteligencia conscientes que el vegetal no posee. Todos los procesos
inconscientes mediante los cuales se forma y mantiene el cuerpo
animal —su crecimiento desde el óvulo hasta la criatura plenamente
desarrollada, la circulación de la sangre, la digestión, la
asimilación, la respiración— pueden considerarse fisiológicamente
como funciones vegetales superiores, más bien que funciones
exclusivamente animales. La característica distintiva del animal
reside en los centros nerviosos más elevados, mediante los cuales se
hace posible la selección consciente de los fines y medios. Si en el
hombre existe un elemento psicológico más elevado aún —una capacidad
para el amor al bien, desinteresado e impersonal, conjuntamente con
una capacidad para la percepción de la verdad como medio de
lograrla—, es evidente que esa facultad ha sido sobreañadida a su
naturaleza animal. Nadie duda que el hombre, o una parte de él,
participa de la naturaleza de los animales superiores. Los órganos
del cuerpo, sus sensaciones y deseos, y muchas de sus operaciones
mentales, se asemejan a la de aquéllos. Pero además posee algo
extra, especial, que lo diferencia de su naturaleza animal; algo que
puede contemplar ésta como desde-una elevación superior, juzgar
indignos sus impulsos y resistirlos.
Es
indudable que cada uno de estos reinos sólo puede ser valorado sobre
la base de sus componentes más elevados y distintivos. En otras
palabras, los símbolos necesarios para pensar en estos reinos han de
estar fundados en las cualidades características de cada uno de
ellos, no en las cualidades de los elementos inferiores que puedan
contener. Cuando descuidamos este dictado del sentido común
terminamos inevitablemente por confundir lo inhumano con lo animal,
lo animal con lo vegetal y lo vegetal con lo mineral.
De
las anteriores reflexiones podemos derivar este principio: todo en
la naturaleza debe ser concebido a través de sus elementos
superiores y distintivos, principio que sirve de respuesta a la
pregunta que tanto nos preocupa: ¿Dónde hemos de encontrar los
símbolos que representen con mayor fidelidad lo Divino y lo
Infinito? Los hallaremos en las formas más elevadas de nuestras
experiencias; es decir, en lo mejor de la naturaleza humana, porque
ésta emana de la Causa Primera con existencia propia. Esa Causa, por
consiguiente, ha de tener tales elementos. Seguramente los contiene
en formas infinitamente más puras y elevadas, pero de innegable
semejanza. En esa corriente no puede haber nada que no haya estado
en su fuente u origen
Quizá parezca superfluo insistir en este punto, pero no lo es si
tomamos en consideración que los que insisten en que la Primera
Causa es «incognoscible» persiguen un método directamente opuesto y
rechazan como «antropomórficas» las ideas derivadas de la
experiencia distintamente humana. Por análogo razonamiento descartan
las ideas derivadas de la contemplación de la vida animal o vegetal.
Así terminan en el orden inferior de la existencia, en lo puramente
mecánico o mineral; mas como esto es a todas luces insuficiente per
se para explicar todos los fenómenos de la vida, llegan por otro
camino a la conclusión de lo absolutamente desconocido. Pero si nos
conformamos con aprender de la naturaleza, acabaremos por inferir en
primer lugar que el orden causal, al menos por encima de lo mineral,
debe concebirse verticalmente más bien que lateralmente. En segundo
lugar, que es preciso buscar el próximo eslabón en el orden causal
por encima de lo humano, en una esfera de existencia tan elevada en
relación al hombre como está la esfera humana en relación con la
vegetal; que gobierna y regula a la humana como ésta la animal, de
cierta manera que no podemos comprender claramente, así como el
animal no puede imaginar los procesos mentales humanos.
No
lograremos acércanos a lo Divino e Infinito eliminando del
pensamiento las ideas de amor, sabiduría y propósito que se derivan
de nuestra experiencia superior. Por semejante procedimiento
degradaríamos nuestros pensamientos hasta un nivel infinitamente
bajo. Es más probable que descubramos la verdad en la otra
dirección; es decir, intensificando y elevando en el más alto grado
todo lo puro y mejor de la naturaleza humana.
En
la doctrina del Dios incognoscible hay una fundamental verdad
religiosa. Si la olvidamos, caemos en el engaño de creer que los
símbolos por los cuales únicamente podemos pensar en Dios son
representaciones fieles de su naturaleza. Mas su infinitud no
excluye en modo alguno un conocimiento relativo y progresivo de su
naturaleza y propósitos, que es todo lo que necesitamos.