Introducción al pensamiento religioso de Swedenborg.
El
Libre Albedrío
SI LA
religión induce a hacer el bien, el libre albedrío habrá de ser su
elemento fundamental. De no ser así, estaría basada en una ilusión y se
la podría ignorar, salvo como un interesante producto incidental de la
conciencia humana. No puede existir una religión imperativa, una
religión que exija con justicia nuestro asentimiento y obediencia, a no
ser que haya en el hombre algo que podamos en rigor llamar libre
albedrío. Ante todo, pues, tratemos de cerciorarnos de esto en lo
posible. Consideremos después los hechos que se alegan en contra, y, por
último, veamos cómo precisamente entiende Swedenborg el término y cuál
es su función en el desenvolvimiento espiritual del hombre.
1.
¿Existe el libre albedrío?
Para
resolver esta cuestión, es preciso, sin duda, ver con claridad en qué
nos basamos para creer en la certeza de algo, y si sobre esta base
tenemos derecho a considerar que existe el libre albedrío. Necesitamos,
en efecto, un criterio normal de certeza o certidumbre. Por «certeza»
entendemos el conocimiento incontestable, absoluto, de un hecho o grupo
de hechos. Por «certidumbre», la convicción de que la afirmación de un
hecho del cual no tenemos «certeza» es seguramente verdadera. Hay una
diferencia importante entre estos dos estados mentales, que a menudo no
se distinguen claramente. Ya hemos visto en el capítulo sobre «El
conflicto de las verdades» que los únicos hechos de nuestra existencia
que tienen absoluta certeza son nuestros propios estados de conciencia.
En realidad, no razonamos sobre estos hechos ni decimos: «Pienso, luego
existo.» Estamos en contacto con el hecho; es más: somos el hecho mismo.
Esta es la única certeza absoluta que tenemos o podemos tener, excepto
en el razonamiento deductivo puro, que es siempre una simple
demostración de hechos implícitamente contenidos en las cantidades
abstractas que forman sus premisas. Pero tenemos la certidumbre —en
efecto, estamos ciertos— de muchas otras cosas. Como, por ejemplo, de la
existencia de otros seres como nosotros, dotados de cualidades mentales
y físicas semejantes a las nuestras. A esto me refiero cuando empleo la
palabra «certidumbre». Si alguno negara la existencia de otra gente,
sería imposible convencerlo de su error. Y si llevase su solipsismo al
punto de tratar a la gente como si no existiera, pronto iría a parar a
la cárcel. Pero ni siquiera esta consecuencia lo convencería, si su
experiencia general no lo hubiera convencido. Esta conclusión es una
inferencia de nuestros propios estados de conciencia, y como inferencia
es, en el sentido estricto de la palabra, indemostrable. ¿Por qué,
entonces, tengo la certidumbre de que existen otras personas además de
mí? Porque no puedo pensar lo contrario; no puedo dejar de pensar así.
Entonces, ¿nunca estamos ciertos de una afirmación, a menos que no
podamos dejar de creer, o que no podamos creer lo contrario?
Precisamente. Podemos sustentar una opinión más o menos arraigada, una
hipótesis que estamos más o menos inclinados a adoptar, una suposición
que estamos más o menos dispuestos a hacer, pero jamás tenemos una
convicción firme e inconmovible, a no ser que no podamos dejar de
creerla.
La vida
está llena de tales incertidumbres indemostrables y sería imposible sin
ellas. Cuando estamos convencidos de que una persona posee tales o
cuales cualidades morales, buenas o malas, estamos dominados por una
certidumbre semejante. Asumimos tácitamente que nuestras impresiones
sensoriales de un objeto dado son las mismas que de él tiene otra
persona, o tan parecidas que la diferencia sería trivial e
insignificante. Sin embargo, la meditación debiera convencernos de que
no tenemos medios de comprobar este postulado, a menos que en la
práctica dé resultado. Lo que yo llamo «rojo», a otro puede parecerle
igual a lo que yo llamo «verde», de manera que siempre estaremos en
desacuerdo. Daremos el mismo nombre a impresiones sensoriales
completamente diferentes, sin posibilidad de descubrir el desacuerdo en
que ambos caemos inconscientemente.
Se dirá
que esta suposición es absurda. De acuerdo. Pero ¿por qué es absurda? No
porque su falsedad sea demostrable. Es absurda por la conclusión tácita
a que todos llegamos ineludiblemente, de que vivimos en un mundo de
armonía y orden en el cual los sujetos concuerdan con los objetos, y
concuerdan en forma muy parecida. El hecho de que el mismo objeto pueda
producir sensaciones diferentes en distintas personas, como sucede con
el daltonismo, no afecta en nada esta conclusión.
Si
hacemos esta distinción entre la certeza y la certidumbre, veremos que
la certidumbre varía en grado, desde una seguridad casi idéntica a la
certeza, hasta un punto en que se desvanece y nos deja indecisos sobre
si debemos pensar de uno o de otro modo. También es evidente que resulta
desatino exigir la certeza con respecto a hechos de los cuales no es
posible alcanzar sino un mayor o menor grado de certidumbre. Asimismo
sería un error suponer que la incertidumbre de hoy no pueda llegar a ser
certidumbre en el futuro; y que incluso la certidumbre no crezca o se
compruebe mediante la demostración práctica que nos capacita para
enfrentar la vida inteligentemente y con éxito.
No es
difícil, por otra parte, apreciar la utilidad de esta distinción. La
certeza es necesaria con respecto a nuestras impresiones sensoriales,
que forman, por decirlo así, el sólido fundamento de todas nuestras
operaciones mentales. En este caso la mera certidumbre sería fatal.
Ningún edificio duradero puede erigirse sobre cimientos inestables. Pero
vivimos y nos movemos en un universo en cada uno de cuyos detalles hay
cierta imagen del infinito y no puede, por tanto, llegar a ser conocido
totalmente. Nuestros conceptos acerca de él han de estar en un proceso
perpetuo de desarrollo y corrección; de lo contrario, se petrificarán.
En este proceso la certeza estaría fuera de lugar. La certidumbre es
todo lo que necesitamos y podemos alcanzar. Mas ¿certidumbre de qué? No
es que hayamos agotado el conocimiento de un hecho o grupo alguno de
hechos, pero nuestro conocimiento es real y fidedigno hasta donde
alcanza, aunque esté sujeto a interminables modificaciones y
correcciones. Esta es, en realidad, la única certidumbre de las teorías
científicas, como lo admite todo científico serio. No pocos confesarían
que existe un considerable elemento de incertidumbre en la mayoría de
los dictados aceptados por la ciencia. Sin embargo, el científico no
duda ni por un momento que, a pesar de este vasto campo de
incertidumbre, las investigaciones y teorías científicas son útiles,
esclarecedoras, y cada vez más fidedignas en su propia esfera de
observación y generalización.
Esta
distinción, sin embargo, no nos lleva muy lejos. Parece justificar el
escepticismo universal, y, en efecto, lo justifica. El escepticismo en
su sentido peyorativo no es
sino la perversión de un elemento normal y necesario a las actividades
de la mente humana. Es nuestra facultad original, con la que
interrogamos y examinamos nuestras creencias, no con el fin de
destruirlas, sino para que no se estanquen. Mas revisemos este criterio
acerca de la certidumbre y veamos si, a pesar de su aparente sencillez,
no puede ayudarnos más de lo que imaginamos a resolver el problema
confrontado.
La
primera de nuestras certidumbres es la división de nuestra conciencia en
dos series paralelas de acción recíproca. Una constituye el mundo
externo tal como lo conocemos; la otra consiste en nuestros sentimientos
y pensamientos, que parecen hasta cierto punto haberse desarrollado por
sí mismos y que forman lo que llamamos «nuestro yo». Ya seamos
idealistas o realistas, creemos en la realidad de esta división. Es
imposible desarraigar de nuestras mentes la certidumbre de que existe
una distinción real entre las dos series. Es una certidumbre de la más
alta jerarquía. Desde ambas series nos lle¬gan emociones o impulsos que
mueven a la acción física y mental. No renunciaremos a la conciencia de
que podemos actuar sobre estos impulsos, de que no somos criaturas
pasivas, arrastradas impotentemente por ellos como tronco a la deriva,
sino que podemos —dentro de ciertos límites— decirles «quiero» o «no
quiero». Nadie puede despojarse de esta conciencia, ni aun el
determinista teórico. No puede pensar de otra manera, a no ser, tal vez,
cuando trata de sostener su teoría, y al hacerlo la refuta. Por tanto,
la posesión de un poder tan dominante, o al menos tan resistente, sobre
los impulsos es una certidumbre de grado apenas inferior a la
certidumbre de la distinción que hacemos entre nuestras esferas de
conciencia interna y externa.
2.
Hechos alegados contra esta certidumbre.
Alega el
determinista: «Siempre tenemos motivos para nuestros actos, incluso
cuando creemos obrar según nuestro libre albedrío. El motivo dominante
siempre sale victorioso. El hecho de que prevalece demuestra que es el
dominante.» Es verdad. Así gana el ejército más poderoso. El hecho de
que gane demuestra que era el ms fuerte. Pero ¿a qué se debe su
victoria? ¿Sencillamente a la superioridad numérica y en equipos o a la
organización o pericia del mando? A menudo una voluntad indomable,
resuelta a vencer o morir, se ha impuesto a las mayores dificultades. Si
las mencionadas circunstancias importantes del éxito militar fueron los
factores decisivos, ¿qué fue lo que hizo que pesara tan decisivamente en
favor del ejército victorioso? ¿No sería una determinación más fuerte,
persistente y generalizada en todas las ramas del sistema militar, de
que su participación fuese completa, eficiente y honrada; que ninguna
consideración de comodidad o bienestar debía desviar al ejército de su
meta? En las crisis históricas, como en las del espíritu humano, los
sucesos decisivos son el resultado de innumerables crisis menores,
atravesadas con buena o adversa fortuna, y ya olvidadas, pero que han
dejado su huella indeleble.
Además,
todo el que haya luchado contra la tentación sabe muy bien que no fue
siempre el impulso que creyó más fuerte el que salió vencedor.
Prevaleció el motivo que estimó más débil, y prevaleció por un esfuerzo
decisivo de su voluntad; porque se obligó a obedecer su conciencia. Sabe
el hombre perfectamente lo fácil que es dejarse arrastrar por la
corriente, a lo que le incita su naturaleza inferior. Acaso se haya
dejado arrastrar repetidas veces. Puede ser que la conciencia lo
despierte después para increparlo; pero ¡cuan fácil le fue en el
momento! El que haya luchado contra sus bajos instintos tendrá esta
certidumbre y nadie más podrá tenerla en la misma medida. Para él es una
certidumbre, porque le es imposible pensar lo contrario.
Por
tanto, esta razón alegada contra la existencia del libre albedrío queda
refutada. El concepto de que el hombre es simple juguete de sus
emociones es contrario a la indudable y universal experiencia. No
necesitamos por ahora sostener que el individuo puede siempre hacer
prevalecer su voluntad contra los impulsos que lo asaltan, que es otro
asunto completamente distinto. Basta a nuestro propósito cerciorarnos de
que puede hacer el esfuerzo. Si esto le es posible, existe el libre
albedrío.
Pero ¿no
estaremos obligados entonces a suponer que existe en el universo algo
que carece de causa? No, por cierto. Sólo la Primera Causa, que tanto el
materialista como el teísta tienen que postular. Dios es la causa del
humano albedrío. El crea esa facultad, pero no nos obliga a utilizarla.
Si nos obligase, la anularía. El libre albedrío es el atributo
dominante, central, que hace que el hombre sea hombre. La meta principal
de la Divina Providencia es, por tanto, conducir al hombre libremente al
bien, mediante sus afectos. Obligarlo sería destruir la esencia misma de
su humanidad y frustrar el propósito de su creación.
Para
derribar más eficazmente el espectro del determinismo, volvamos al
origen de las cosas. El ateo, no menos que el creyente, debe confrontar
el problema de la existencia del ser. Acaso postula la eternidad de la
materia o de Dios, pero se ve forzado a admitir una existencia no
derivada, cualquiera que ésta sea Tiene solamente la alternativa de
postular la existencia de una sustancia eterna que actúa ciega y
mecánicamente, o de una que obra consciente e inteligentemente. La
cuestión es cuál de estos postulados es el más razonable, el más
explicativo y el más concordé con los hechos conocidos. No es preciso
insistir aquí en la existencia de un Dios de amor y sabiduría infinitos,
que es nuestra hipótesis fundamental. Todo lo que necesitamos saber es
si en la Primera Causa existe algo análogo a la voluntad o a la
autodeterminación inteligente. Es un absurdo suponer que este
maravilloso universo se haya desarrollado de las relaciones simplemente
mecánicas entre átomos primordiales. Tanto valdría sacudir un montón de
letras dentro de una bolsa y, al desparramarlas, obtener un drama de
Shakespeare El orden del universo, por tanto, demuestra que hay en la
sustancia primordial de que se deriva una mente, un propósito, una
voluntad. Pero si existe, o ha existido alguna vez, una voluntad en
alguna parte del universo, no hay razón a priori para poner en duda que
exista en el hombre. Un solo caso comprueba esa posibilidad.
Pero no
hemos llegado aún a la raíz de la dificultad que experimenta el
determinista. Esta raíz está en la «necesidad», que se supone explica
las secuencias invariables observadas en los fenómenos naturales. La
inferencia lógica que se deduce es que todos los fenómenos, mentales o
físicos, son efectos de leyes inevitables, y, por consiguiente, todo
acto humano está determinado. Más si es válida nuestra conclusión de que
existen sustancias mentales, esta inferencia no lo es. Puesto que
aquella sustancia está formada por cualidades completamente distintas de
las de la materia, su «necesidad» —si es que está sujeta a alguna— puede
ser completamente distinta. Puede ser, por ejemplo, la necesidad de
actuar, de no estar nunca inactiva, Pero la misma necesidad que se
invoca para negar la existencia del libre albedrío es en sí mera
hipótesis. Un pensador tan lúcido, consistente e independiente como
Thomas Huxley lo ha reconocido. Podría alegarse: «Sí, es una hipótesis,
pero una hipótesis que nos vemos precisados a formular, que no podemos
desechar de la mente y que, de acuerdo con el criterio aquí expuesto,
posee certidumbre del más alto grado.»
Esto,
sin embargo, es un error. Podemos desecharla, o, mejor dicho, comprender
cuán poco fundamento tiene, excepto como descripción de algo que ha
ocurrido y que en idénticas circunstancias volverá a ocurrir. Dentro de
estos límites modestos, es perfectamente inofensiva. Tal vez un ejemplo
ayude a esclarecer lo que decimos.