Introducción al pensamiento religioso de Swedenborg.
El
Problema del Dolor
LOS
SUFRIMIENTOS físicos y mentales que soportan los hombres durante su
vida en el mundo constituyen un problema debido al elemento que
tienen en común, que es el dolor. Nadie que crea en Dios habrá
dejado de preguntarse, a veces con profunda perplejidad, cuál es la
explicación del cúmulo de sufrimientos visibles en este mundo. Este
problema no existe para el materialista, quien conceptúa el dolor
sencillamente como resultado accidental de las leyes naturales,
cuyas operaciones no son susceptibles de observación completa. Pero
el creyente tiene que darle frente al problema; su credo motiva su
perplejidad. Halla difícil, si no imposible, armonizar el concepto
de un universo gobernado por un Ser de bondad, sabiduría y poder
infinitos con el sufrimiento aparentemente inútil que observa a su
alrededor. Puede claramente comprender que una gran parte de ello se
debe directa o indirectamente a la maldad humana; como también que
el dolor es uno de los instrumentos más eficaces para descubrir y
percibir la verdadera índole del mal. Por otra parte, no puede
disimular el hecho de que muchos de los sufrimientos que observa a
su alrededor parecen inútiles y aun desastrosos. Incluso a veces
parecen hacer a los hombres quejumbrosos, egoístas, empedernidos o
francamente impíos.
Es
evidente que la enseñanza de Swedenborg llama fuertemente nuestra
atención sobre el problema en su forma más apremiante. Quien la
acepta totalmente, ya no puede considerar un accidente como
realmente accidental, como lo conceptúan de hecho hasta los más
religiosos. En la esfera de la acción divina no ocurren accidentes.
Todo está ordenado o gobernado para bien, y teniendo en cuenta todas
las condiciones espirituales implicadas. Por consiguiente, debemos
formular el problema en estos términos: « ¿Existe en lo divino un
propósito válido para todo el dolor que hay en el mundo? ¿Logra
siempre algún resultado en la preparación del hombre para su destino
eterno?»
Evidentemente, las mismas
limitaciones que nos impiden ver lo útil de permitir el mal en casos
particulares, nos impiden también comprender la utilidad del dolor
en los casos individuales. La explicación que facilite una respuesta
afirmativa a las preguntas del párrafo precedente deberá incluir una
demostración de las funciones del dolor en general. La validez de la
explicación dependerá de la claridad con que captemos ciertas
verdades fundamentales:
1.a
La utilidad de la vida del hombre sobre la tierra consiste en
determinar su estado espiritual eterno mediante su propia elección
del bien o del mal.
2.a
La Divina Providencia obra únicamente con respecto al bienestar
eterno del hombre.
3.a
Si un individuo no puede prepararse ni equiparse para la vida en el
cielo, tendrá que hacerlo entonces para la vida en el infierno.
4.a
Todo lo que contribuye a conducir al hombre bueno a una bondad de
tipo más elevado del que de otra manera lograría, o impide a un
malhechor entregarse a males más profundos aún, o desarrolla en uno
y en otro un poder conducente a su propio bienestar o al de los
otros en la vida futura, es bueno. Su valor ha de contrapesar
infinitamente cualquier sufrimiento temporal.
En
la medida en que se nieguen o pongan en duda los anteriores
postulados, dejará de convencernos la explicación siguiente:
Enfoquemos el asunto sobre la base de esta pregunta: «¿Desearíamos,
si fuera posible, vivir en un mundo completamente exento de dolor?»
Indudablemente los que piensan seriamente en la vida no podrán
contestar afirmativamente. Un mundo en esas condiciones carecería
por fuerza de toda ley humana o divina; o al menos de una ley cuya
infracción demandara castigo. Ni la ignorancia ni los excesos
acarrearían consecuencias manifiestamente malas. Faltarían las
consecuencias fundamentales que convierten al hombre en un ser
inteligente. El dominio propio carecería de su incentivo más
inmediato y poderoso, y por lo mismo no llegaría a existir. No
existiría la piedad, pues no habría ocasión palpable para
experimentar tal sentimiento. Y aunque la hubiera, no podría ser
sentida, pues la compasión contiene un fuerte elemento de dolor. No
se formarían costumbres de laboriosidad, porque no habría pena para
la ociosidad. Un mundo sin dolor sería mucho más digno de compasión
que el que habitamos, a pesar del dolor que lo agobia. Sería, en
realidad, un mundo mucho menos feliz. No existiría la atmósfera de
simpatía y amor de la cual todos estamos más o menos rodeados aun
cuando no sufrimos, y que a tal grado acrecienta nuestra dicha; no
habría nada que la engendrase, ya que surge mayormente del dolor que
se experimenta y se presencia. Si nunca hubiéramos experimentado el
dolor, no podríamos simpatizar con los demás, porque no podríamos
imaginárnoslo. Privados de la disciplina del dolor, nada nos
importarían los sentimientos de nuestros semejantes, porque no
tendrían sentimientos que lastimar. ¿No está claro, pues, que en
tales circunstancias sólo podría existir una raza completamente
inhumana?
A
esta altura no será difícil comprender por lo menos algunas de las
funciones del dolor. Como universalmente se admite la utilidad del
dolor para disuadir de hacer el mal, no necesitamos extendernos en
este punto. Examinemos otros usos del dolor que no suelen
reconocerse.
1.
El dolor es un elemento del placer.
Por
sorprendente que parezca, el dolor es un ingrediente indispensable
de muchos de nuestros placeres, quizá de todos los que son de tipo
intenso. La privación del placer es un dolor, ¡más cómo acentúa
nuestros goces! Si nunca tuviéramos hambre, ¿saborearíamos la
comida? Incluso el miedo tiene un elemento de dolor, pero es la sal
que da gusto a nuestros deportes. Sin el miedo de perder no nos
esforzaríamos por ganar. Al final de una dura carrera los corredores
están a punto del agotamiento, lo que en sí es doloroso. Pero
¿disfrutarían tanto de la competencia si no corrieran con esfuerzo
tan agotador que casi los hace desmayarse?
En
toda reverencia hay un elemento de temor. En efecto, todo amor
elevado y digno contiene este elemento. No podemos amar a nadie, en
el sentido más elevado, sin respetarlo. Y lo respetamos porque
creemos que tiene una norma para juzgarnos, y tenemos miedo de
fallar en la prueba. No es siempre cierto que «el perfecto amor echa
fuera el temor» (I Juan, 4:18). Efectivamente descarta el temor
servil e innoble, mas no aquel que es reverencia y asombro. Si
llevamos este análisis a una esfera más elevada, existe un elemento
de dolor en la mortificación delante de Dios, en el sentido de
indignidad ante su presencia. Pero ¿quién que haya experimentado
estos estados preferiría privarse de ellos?
Lo
anterior puede prestarse a una crítica pertinente. «El dolor —puede
alegarse— es lo que sentimos. El dolor que se convierte en placer ya
no es dolor.» Es cierto. Pero aunque el dolor se transforme en la
maravillosa alquimia de las emociones humanas, conserva, sin
embargo, su identidad, del mismo modo que el hidrógeno y el oxígeno
conservan su identidad cuando se combinan para formar el agua, que
es totalmente diferente a cualquiera de sus componentes. Lo
importante es que ninguno de nuestros placeres, tanto espirituales
como naturales, alcanzaría intensidad sin un elemento que —si no
fuese por la transformación que experimenta en el proceso de
combinación— sería dolor. Destruido ese elemento, se destruye el
compuesto.
2.
El dolor instruye.
El
dolor es evidentemente la primera experiencia que enseña al recién
nacido que vive en un mundo de leyes fijas que no-pueden ser
burladas. Las leyes naturales obran indefectiblemente y no podemos
desatenderlas impunemente. ¿Qué valor tendría un mundo de orden si
no existiera un elemento que demostrase la necesidad de aprender y
obedecer sus leyes?
Al
principio, el niño no tiene concepto ¿el dolor fuera de lo físico A
medida que crece penetra en nuevas esferas de placer y de dolor.
Empieza a darse cuenta de que la aprobación o desaprobación de los
seres que ama le produce un gozo o un dolor de distinta índole. En
su forma rudimentaria esto es apenas todo lo que tiene de
conciencia. La conciencia infantil, aunque imperfecta, es, sin
embargo, de un valor educativo inestimable. Es el principal agente
en la formación de buenos hábitos. Puede guiar al joven, indemne, a
través de ese peligroso período en que sus principios religiosos, si
es que los tiene, son poco más que el reflejo de los que otros le
han enseñado.
A
medida que progresa en la vida adulta y adquiere la capacidad de
juicio y decisión propios con respecto a las cosas naturales y
espirituales, descubre un nivel más elevado aún de placer y de
dolor. Se le despierta la noción del deleite en Dios y en la
obediencia a su Voluntad, que sin excluir ninguno de los goces
inferiores los consagra y purifica. Esta percepción más elevada se
fortalece con el dolor que siente cuando su conciencia le indica
haberse desviado de esa otra más noble meta de vida que ya ha
comenzado a presentir. De este modo el dolor lo acompaña
constantemente, recordándole las palabras «Este es el camino; anda
por él» (Is., 30 :21).
Además, el dolor nos instruye con respecto a nuestro propio estado
espiritual. Creemos que confiamos en Dios, y hasta cierto punto
puede ser verdad, pero no tanto como creemos. Cuando llega el dolor
y nos hiere tal vez en lo más tierno y vulnerable de nuestro ser,
nuestra fe se acobarda. Nos tornamos irascibles, descontentos, y
acaso nos rebelamos interiormente contra Dios por haber consentido
semejante desgracia. Todavía no sabemos decir: «Aunque me matare,
confiaré en El» (Job, 13:15). ¿Es el dolor la causa de ese desplome
de nuestra fe? No. El dolor es solamente la piedra de toque capaz de
revelarnos que nuestra fe es mucho menos profunda de lo que habíamos
imaginado, por lo que hemos de buscar una más vital y duradera. Sin
esta revelación de nosotros mismos, gracias al dolor, jamás
hubiéramos sabido cuán endeble era nuestra fe.
3.
El dolor desarrolla la resistencia.
Cuando un niño sufre, al principio no puede hacer otra cosa que
llorar. Pero pronto comienzan a asomar los gérmenes del dominio
propio, alentados y nutridos por los padres juiciosos. El llanto
sirve a menudo de alivio y no debe reprimirse con demasiada
severidad. Pero llega un punto en el que abandonarse al sufrimiento
no produce alivio, sino mayor dolor. El niño sufre menos cuando
viene en su ayuda la voluntad, y trata de sufrir en silencio. Este
control de sí que tienen los niños que han sufrido mucho a veces
alcanza un nivel verdaderamente heroico. Ahora bien: esa resistencia
natural así desarrollada está destinada, al igual que todas las
otras buenas cualidades naturales, a constituir el fundamento de una
cualidad espiritual correspondiente, aunque de valor
incomparablemente mayor. Está escrito: «El que persevere hasta el
fin, ése será salvo» (Mateo, 24:13). Sin este fundamento en la mente
natural, sería imposible el desarrollo de la cualidad espiritual.
Más
tarde en la vida, aunque el dolor en sí no cause alteración alguna
en la vida espiritual esencial del hombre, puede ser el medio para
iniciar ese cambio. Swedenborg enseña que nadie es reformado durante
los períodos de angustia, sufrimiento o temor a la muerte, porque en
tales momentos no goza de plena libertad y razón. Sin embargo, tales
estados conducen a menudo a una verdadera reforma que jamás hubiera
sido factible sin su ayuda. Cuando padecemos de enfermedad, dolor o
aflicción agudos o la pérdida de la prosperidad material, a menudo
se sosiega nuestra avidez por las ambiciones mundanas. En la
estancia oscurecida donde yacen los restos de un ser amado, o cuando
la muerte parece acercársenos, o nuestras ilusiones se vienen abajo,
todo lo vemos en una nueva perspectiva. El mundo parece derribarse
en torno nuestro. Comprendemos entonces lo poco que valen muchos de
los objetivos que con tanto afán perseguíamos; no se ha efectuado,
sin embargo, la reforma, aunque se lo imagine a menudo la persona
que experimenta semejante convulsión emocional. Es un preámbulo a la
reforma, que sólo será real y efectiva si al recobrar la salud, o
cuando el tiempo ha adormecido el sentimiento causado por la
pérdida, persevera en el nuevo camino. No siempre sucede así. Los
estados de penitencia con frecuencia se desvanecen al recobrarse la
salud. No obstante, se ha experimentado el cambio en cuestión, y
aunque luego se disipe, el propio se ha visto frenado
momentáneamente. No cabe duda que siempre habrá un resultado
beneficioso, del cual la Divina Providencia sabrá sacar provecho.
Puede, pues, afirmarse con toda confianza que el difundido
sufrimiento humano que todos presenciamos no contiene ningún
elemento que sea incompatible con una Divina Providencia que todo lo
rige para nuestro bien. Ir más allá en el esclarecimiento de este
problema nos está vedado. Tenemos que conformarnos, con la seguridad
de que el dolor humano no se opone a la creencia en la Divina
Providencia, que todo lo encamina al bien.