Introducción al pensamiento religioso de Swedenborg.
El
Sentido Espiritual de la Palabra
LA
DOCTRINA de Swedenborg acerca de la Palabra revoluciona nuestro concepto
de la misma. Los nuevos factores que introduce en el campo de la
exégesis bíblica son:
1.
Un nuevo concepto: la Palabra existe en forma legible en todos
los cielos.
2.
Nuevos principios de interpretación: leyes de acomodación,
correspondencia y representación.
3.
Una nueva función: la transmisión a la Humanidad de una nueva
vida espiritual.
4.
Una nueva evidencia: la
divinidad de
la Palabra, tanto en el espíritu como en la letra.
Estos no
son hechos nuevos, naturalmente, sino conocimientos nuevos acerca de
ellos. Cada uno de estos temas presenta dificultades que sería útil
examinar.
La mayor
dificultad proviene de la novedad de estos conceptos. Toda idea nueva
sobre cosas intangibles generalmente parece increíble. La incredulidad
obedece a que nuestra mente no se halla todavía provista de un sistema
de pensamiento donde los nuevos conceptos puedan acomodarse con
naturalidad. Esta dificultad probablemente es tan real para los
religiosos como para los que tienen poca o ninguna creencia religiosa. A
los religiosos se les llama no solamente a aceptar conceptos poco
familiares, sino a renunciar o modificar muchos que por años han
sostenido. Tal era el ambiente cuando Nuestro Señor hizo su advenimiento
en este mundo. Para los judíos devotos era muy difícil convencerse de
que los ritos divinamente instituidos y prescritos por sus leyes habían
sido reemplazados por una religión más espiritual, sencilla y universal.
No podían comprender que esto representara un progreso; que el Señor
había venido para establecer las verdades contenidas simbólicamente en
la Ley y los Profetas sobre un nivel más elevado e interior. La fe en
una revelación divina siempre conlleva el riesgo de que los creyentes
identifiquen su propio entendimiento de ella con su significado
verdadero y esencial, cerrando así su mente a nuevas verdades.
Examinemos las mencionadas contribuciones al pensamiento cristiano.
1.
La Palabra existe en forma legible en todos los cielos.
Esta
afirmación descansa enteramente sobre la verosimilitud de las
experiencias de Swedenborg en el mundo espiritual. Quien crea en la
revelación divina encontrará apoyo de seguro en el Salmo 119:89: «Tu
palabra, ¡oh Jehová!, permanece por siempre en el cielo». Este versículo
no es concluyente, sin embargo, pues en las Escrituras la expresión «la
palabra» se usa tanto en sus significados más estrechos como en los más
amplios. En este pasaje puede tener el sentido más amplio, porque la
Verdad Divina forma la base orgánica de toda creación. Si podemos librar
la mente de la idea de que los habitantes del cielo no necesitan más
verdad religiosa que la que ya poseen, o que si la necesitan la
obtendrán sin esfuerzo alguno de su parte, veremos una razón para
considerar verosímil esta afirmación en un sentido estrecho. Swedenborg
afirma que si bien la regeneración del hombre comienza en el mundo, no
termina jamás. La mente angélica aumenta continuamente sus conocimientos
espirituales y las fuerzas y servicios que dependen del conocimiento.
Ahora bien: todo conocimiento espiritual se deriva de la Palabra, y la
verdad entra en la mente humana mediante los sentidos. La Palabra, o la
Verdad Divina, tal como existe en la mente angélica, es aún imperfecta;
es la verdad más elevada que pueden recibir por el momento; pero nunca
es completa, porque aun los ángeles del cielo son finitos, y la Palabra,
tal como existe en Dios, es infinita. A no ser que se les proporcione
alguna forma de verdad divina que ellos puedan captar, sus conocimientos
dejarían de progresar. Sus especulaciones y fantasías facilitarían a su
progreso un terreno tan poco firme como el que igual procedimiento
proporciona a los habitantes del mundo. Es ley universal que el Señor
instruye a una persona según los conocimientos que ya posee y que no le
vierte nuevos conocimientos en la mente directamente.
2.
Interpretación de la Palabra de acuerdo con las leyes de
acomodación, correspondencia y representación.
Con
respecto a la ley de acomodación, no hace falta añadir nada al capítulo
precedente, aplicable también principalmente a la interpretación de la
letra de la Palabra. Las otras leyes se relacionan con el descubrimiento
de su sentido espiritual. Las leyes mismas son bastante sencillas si se
admiten ciertos hechos esenciales. Pero la dificultad de su aplicación
es considerable, ya que las ideas naturales evocadas por la letra de las
Escrituras se nos gravan tan persistentemente, que es muy difícil
deshacernos de ellas. Mientras persistan, no sabremos discernir
claramente el sentido espiritual; la mente continuará perturbada por
ideas que nublan y debilitan la percepción de la verdad. No hay modo de
vencer esta dificultad, si no es con perseverancia y paciencia.
La
comprensión racional de estos principios de interpretación requiere tres
proposiciones:
1.a
Todo
objeto natural es creado por causas espirituales, y, por tanto, las
abarca y expresa simbólicamente.
2.a
Las
actividades mentales, tanto individuales como colectivas, tienen
estructuras correspondientes. De este modo la actividad en un plano
puede reflejar fiel y adecuadamente la de otro plano.
3.a
Ninguna mente está aislada de otra. Toda mente mantiene perenne contacto
vital con las otras en el mismo plano de existencia, al igual que con
otras mentes que se encuentran en planos superiores e inferiores. Se
asocian mediante la comunicación de afectos y pensamientos, ya que la
mente no es sino la reunión orgánica de afectos y pensamientos.
Si se
aceptan las anteriores proposiciones, no es difícil comprender lo que
quiere significar Swedenborg al afirmar que cuando uno lee devotamente
la Palabra en este mundo, las ideas producidas en su mente despiertan en
la de los espíritus buenos o ángeles asociados con uno ideas
espirituales correspondientes; lo cual ocurre con tanta facilidad y
rapidez, que la transición es imperceptible. Todos los datos históricos
contenidos en la letra de la Palabra, todas las ideas de nacionalidad,
persona, lugar, tiempo y circunstancia, desaparecen instantáneamente y
son reemplazados por ideas relacionadas con el bien y la verdad, con su
unión o separación, y con sus conflictos contra los principios
contrarios que son el mal y la falsedad. Este proceso transformador se
puede lograr en el mundo, aunque sólo imperfecta y arduamente. Es como
si leyéramos un libro escrito en un idioma que no conocemos bien y
tuviésemos que traducirlo palabra por palabra. A pesar de que
extraeríamos su significado general, nos sentiríamos muy lejos de captar
los matices más delicados, como haría un lector en cuyo idioma nativo
estuviera escrito el libro.
Diariamente en nuestra vida experimentamos este proceso de inconsciente
traducción. Casi todos los términos utilizados para designar los
procesos y estados mentales provienen de la Naturaleza. Sin embargo, no
pensamos para nada en esos objetos al momento.
Si
hubiese una persona tan exageradamente literal que no concibiese
atribuir a un hombre cualidades que no fuesen físicas, se intrigaría
tanto al oír calificar a un individuo de «duro» como nos intrigamos
nosotros cuando se nos dice que las ideas naturales de los hombres se
convierten en ideas espirituales en las mentes de los ángeles.
Si un
niño leyese a su padre El peregrino, de Bunyan, su mente estaría
exclusivamente atenta a los incidentes del relato; en cambio, en la
mente del padre surgirían otras ideas que para su hijo serían
ininteligibles.
Es
evidente que la veracidad de una parábola no depende del carácter
histórico de lo que se relata. ¿Por qué no podría una narración ser a la
vez histórica y parabólica? Parte de la historia contenida en la Biblia
tiene claramente este carácter, y universalmente se acepta que posee un
sentido figurado. Así lo aseveran tanto el Apóstol Pablo como el autor
de la Epístola a los hebreos. Mas implica inconsistencia suponer que la
Santa Escritura —si es realmente la Palabra de Dios— narre una historia
que en parte contiene un sentido espiritual, en parte no. Nuestro
concepto de la revelación divina se haría más consistente si aceptásemos
que es de índole parabólica desde el principio hasta el fin, y que así
es por necesidad el lenguaje divino. No quedaría limitada entonces a la
ocasión particular que la motivó la descripción que nos da San Marcos de
cómo enseñaba el Señor: «No les hablaba sino en parábolas» (Marcos,
4:34). Descubriríamos, además, profunda significación en la declaración:
«La carne de nada aprovecha;las palabras que Yo he hablado son espíritu
y vida» (S. Juan, 6:63).
Pocos
aceptan hoy día los primeros capítulos del Génesis literalmente como
historia. Pero si forman parte de la Palabra inspirada, han de contener
la Verdad Divina, ya que es inconcebible que la Palabra de Dios consista
en otra cosa. Swedenborg los explica como restos de la Palabra que
poseyó la antigua Iglesia, escritos en el estilo habitual de aquella
época. En aquel entonces las cosas naturales, dispuestas en forma
narrativa, servían de vehículo de instrucción espiritual. Son, pues,
parábolas. También es fácil comprender cómo durante los siglos
siguientes, cuando faltó la penetración necesaria para darles una
interpretación verdadera, comenzó a aceptarse el relato como historia
literal. Esta explicación concuerda con lo que afirma Swedenborg acerca
del origen de la idolatría. Según él, la gente de aquella época
acostumbraba erigir estructuras representativas de verdades espirituales
que las generaciones posteriores siguieron venerando aun después de
haberse perdido toda idea de su significado original.
El
proceso mediante el cual los signos empleados en la Palabra se traducen
con significados más y más elevados a medida que pasan de las mentes
humanas a las angélicas es comprensible si se admiten las proposiciones
siguientes:
1.a
Toda
idea existente en la mente de un individuo, sea morador de este mundo o
del otro, tiene su base orgánica en una modificación de la estructura
cerebral.
2.a
Esta
modificación en una mente organizada con sustancia cerebral de grado
inferior no afecta directamente a otra de organización superior. Pero la
mente superior interpreta la modificación de la inferior según sus
propias leyes, como la lectura de un libro despierta en cada mente las
ideas que cada cual sepa sacar.
3.a
Las
actividades mentales no están sujetas a las condiciones espaciales fijas
que limitan las actividades corporales.
Si se
aceptan estas proposiciones, es fácil comprender que las ideas
despertadas en una mente dada pueden ser leídas simultáneamente por los
espíritus o los ángeles. Es simplemente un ejemplo particular de una ley
universal: todos los estados mentales ascienden o descienden por grados
discretos de la mente. No existe nada aislado o desconectado ni en la
esfera mental ni en la física.
De
acuerdo con el método interpretativo enseñado por Swedenborg, todos los
países que fueron escenario de los sucesos relatados en la Palabra,
todas las naciones que estaban en contacto con los judíos, todas las
personas, ciudades, ríos, montañas y otros rasgos geográficos
mencionados, tienen una connotación espiritual y no obedecen a un
sistema artificial. El significado reside en el término empleado, de
modo que forman cuerpo natural y necesario para las ideas espirituales
correspondientes. De ser así, la geografía y la historia de Canaán y de
las regiones vecinas debieron haber sido ordenadas providencialmente
para que pudiesen representar con exactitud las condiciones en que las
mentes humanas pueden progresar en sentido ascendente o descendente.
Aunque las respectivas naciones y personas gozaban de libre albedrío,
inconscientes de la existencia de un destino ineludible, sus acciones
fueron guiadas de manera que pudieran representar acontecimientos
espirituales, a fin de que la Palabra fuese escrita sobre una base
verdaderamente histórica. Premisa indispensable a esta creencia es
aceptar la enseñanza de Swedenborg acerca del propósito de la creación
del hombre y el control perfecto que ejerce la Divina Providencia sobre
todos los detalles de la vida humana y sobre la función de la Palabra en
el desarrollo de sus poderes espirituales. Dios no dedicó mayor
esfuerzo, por así decirlo, a la producción de la Palabra que a los
sentimientos y pensamientos de cualquier individuo humano en cada
momento de su existencia. La misma Providencia infinita y sempiterna se
dedicó a crear de este modo una Palabra de Dios que sirviera al
bienestar eterno del género humano.
3.
La transmisión de la vida espiritual a la Humanidad.
La
enseñanza de Swedenborg sobre la naturaleza de la vida en general atrae
a cuantos deseen formarse un concepto amplio y consistente de la
relación del hombre con su Creador. Si es verdadera esta doctrina; si la
vida es esencialmente increable; si, por tanto, existe una sola vida que
anima a toda criatura viviente; si todas las cosas están orgánicamente
relacionadas con la fuente de donde deriva el ser; si existen grados
discretos de la sustancia a través de los cuales la vida fluye y se
manifiesta; si la naturaleza de cada cosa está determinada por el modo y
medida en que recibe el influjo divino —y el hombre lo recibe en una
medida no alcanzada por ningún otro ser—, entonces se deduce
necesariamente que esa Vida Divina única influye en el hombre mediante
canales apropiados y específicamente humanos. En sus niveles superiores
esos canales están más allá de la consciencia del hombre. Por tanto, la
vida de que tiene consciencia le parece autogenerada, puesto que conoce
el efecto, pero ignora la causa.
Aunque
divina, esta vida no puede dotar al hombre, sin su cooperación, de una
vida espiritual que pueda decirse suya. Si esto fuera posible, el hombre
sería un autómata regido pasivamente por las influencias que lo
alcanzaran, y con tales seres no se puede formar un cielo. El hombre ha
de acoger con agrado, recibir con gozo la vida divina. Para este fin, su
mente ha de convertirse en receptáculo apropiado. En el ejercicio de la
libertad de que Dios lo ha dotado, el hombre ha de prepararse para
recibirla; debe cooperar voluntariamente con el propósito divino como si
obrara por sus propias fuerzas. Pero para esto ha de ejercitar su
entendimiento. La verdad debe presentársele en formas tales que la pueda
comprender. Ha de despertar en él las motivaciones capaces de moverlo.
Ahora bien: como sabemos que la verdad penetra en la mente a través de
los sentidos, en esto tenemos una clave para comprender la forma en que
la Palabra transmite la vida espiritual. La verdad que existe en el
grado interior de la mente tiene que encontrarse con la que penetra a
través de los sentidos y unirse con ella mediante la acción combinada de
la Divina Providencia y el libre albedrío y la inteligencia del
individuo. Se unen en la medida en que el hombre hace de la verdad que
conoce la norma de su vida diaria.
Aun
admitiendo que estos conceptos son inteligibles y sólidos y
aparentemente indispensables para concebir el Universo según la
interpretación de Swedenborg, con todo puede subsistir cierta oscuridad
acerca de la manera en que realmente la Palabra comunica al hombre la
vida espiritual. La dificultad emana en parte de los conceptos vagos que
tiene mucha gente sobre las ideas, las que conciben como algo efímero y
sin base orgánica. Hay que fijar en la mente el hecho de que toda idea,
como toda sensación, tiene su base orgánica en una modificación del
tejido cerebral, que afecta su forma o estructura interior
tanto temporal
como permanente.
Asimismo, que
la mente consiste sólo en afectos, pensamientos y acciones
procedentes de ellos. Ahora bien: si la sustancia de la mente son los
afectos y su forma es la base del pensamiento, las ideas han de tener
límites estructurales como toda otra forma organizada, aunque estos
límites sean cualitativos y no espaciales. Todo organismo que tenga
límites definidos, fronteras o murallas, puede evidentemente servir de
conducto o receptáculo para los elementos de su propio orden. En una
taza no cabe una idea, pero en un cerebro, sí.
Otra
dificultad es que si la Palabra es esencial al desenvolvimiento de la
vida espiritual del hombre, ¿cómo no se la conoce sino entre pocas
naciones relativamente, y aun éstas no parecen estar constituidas por
mejores individuos que las otras naciones ignorantes de la Palabra?
Swedenborg responde a la primera de estas preguntas que no es necesario
que cada individuo utilice la Palabra para que todos se beneficien con
la Vida que transmite. No nos percatamos de ello, pero en cualquier
momento dado todo el género humano que vive sobre la tierra forma un
solo cuerpo espiritual. La función especial de la Iglesia que forma
parte de ese «hombre incorporado» es ser custodia de la Palabra. Pero
las funciones de la Palabra no se limitan a los miembros individuales
que componen la Iglesia; se extiende a la gran Humanidad. Por ejemplo,
el alimento no es monopolizado por los órganos digestivos, sino que se
distribuye por todas las partes del cuerpo. Aunque pocos relativamente
conocen y leen la Palabra, su influencia alcanza a todo el género humano
y forma el elemento espiritual de todas las religiones del mundo.
A la
segunda pregunta, Swedenborg responde que la posesión de la Palabra no
implica necesariamente una superioridad espiritual. A menudo los que la
poseen viven en peores estados que los que no la poseen, y afirma que en
su época había entre los paganos personas más capacitadas para ser
elevadas al cielo que entre las naciones llamadas cristianas. Las mentes
de aquéllos no estaban tan obsesionadas con falsedades ni se habían
sumergido en el mal con tanta temeridad. Lo que determina el estado
espiritual de un individuo no es la cantidad de verdad que conoce, sino
el uso que haga de ella. Todas las naciones poseen un código de leyes
semejantes a la segunda tabla del Decálogo, sancionadas e impuestas por
su religión. Si las obedecen por motivos religiosos y no solamente
mundanos, esto basta para echar en ellos los cimientos de la vida
celestial.
4.
Evidencia de la divinidad de la Palabra tanto en su espíritu como
en su letra.
Los
cristianos creen, o al menos creían en otras épocas, que los libros que
componen nuestra Biblia eran verbalmente inspirados y, por consiguiente,
todos tenían el mismo valor y autoridad. Según las enseñanzas de
Swedenborg, esto es un error. La característica esencial de un libro
divino es estar escrito enteramente en correspondencias capaces de
presentar una serie de continuas verdades espirituales ajustadas tanto a
las necesidades de los ángeles de los tres cielos como a las de los
habitantes de la tierra. Sus significados internos se relacionan
exclusivamente con la Iglesia, el cielo y el Señor. El menos interior de
aquéllos trata de los caminos que la Iglesia terrena ha seguido en
diversas épocas. Es, por tanto, un sumario de la historia espiritual de
la Humanidad. Recordemos que el término «la Iglesia», tal como lo emplea
Swedenborg, no significa primordialmente una institución eclesiástica o
un grupo de gente que acepta determinado credo y se reúne para el culto
común. Lo utiliza para indicar la relación que una época, una nación o
un individuo mantienen con la Verdad Divina y, por tanto, con el Señor.
Estas relaciones están registradas en el sentido más cercano al literal.
El lo llama «sentido interno histórico», y es el que se adapta a la
inteligencia de los ángeles del primer cielo, o el cielo inferior.
En el
sentido espiritual propiamente dicho, que es el que se adapta a la
inteligencia de los ángeles del segundo cielo, desaparece todo lo que
atañe a tiempo, espacio y persona. Todos los símbolos de la Palabra,
derivados de los objetos de la naturaleza animada o inanimada o de los
actos de las personas o naciones, se traducen en los procesos que se
verifican en las mentes sujetas a regeneración o degeneración.
El
sentido superior, adaptado a las facultades intelectuales de los ángeles
del tercer cielo, el más alto, trata del Señor y de la glorificación de
su humanidad. Este es el ejemplo perfecto y compendio de todos los
estados que puede experimentar la mente humana en el curso de su
regeneración, bien sea en este mundo o en el venidero.
El
sentido interno histórico es fácil de captar, porque nuestro pensamiento
es de tipo natural. Comprendemos más o menos que las acciones de los
individuos se originan en los estados de su mente y, por consiguiente,
los expresan y representan.
Hasta cierto
punto también podemos
comprender el sentido espiritual medio, aunque con mayor dificultad. El
sentido celestial apenas es accesible hoy en día, porque se relaciona
con los afectos y sus innumerables modos de combinarse, desunirse,
modificarse o reducirse a la inocuidad durante el proceso de la
regeneración. Estas cosas no entran en el ámbito del pensamiento o del
lenguaje de la mente humana en su estado actual.
De esto
se deduce que la Palabra contiene en sí misma la comprobación de su
origen divino para cualquier mente capaz de discernir su contenido
interior. Es imposible que los diversos autores, que vivieron a siglos
de distancia e ignoraron la naturaleza del espíritu y del mundo
espiritual, de las correspondencias, la regeneración y la verdadera
índole del futuro advenimiento del Mesías, produjeran composiciones que
tratasen en detalle de estos asuntos. Es inconcebible que tales
composiciones formasen una serie continua oculta bajo expresiones
literales y, sin embargo, susceptibles de ser descubiertas mediante un
sistema de interpretación uniforme. Si las afirmaciones de Swedenborg
pueden comprobarse, en ellas tenemos la prueba irrefutable de que la
Palabra no es obra humana, sino divina.
Empleamos el término «comprobación» con ciertas reservas. No supongamos
festinadamente que si las afirmaciones de Swedenborg son ciertas, lo
único que nos hace falta es un diccionario de las correspondencias
bíblicas e informarnos del significado de cada símbolo utilizado en las
Escrituras para poder juzgar si son dignas de fe sus enseñanzas al
respecto. Esta idea nace de suponer que el contenido espiritual de la
Palabra puede ser descubierto, del mismo modo que se descubre el
significado de un libro escrito en idioma extranjero mediante el dominio
de su vocabulario y gramática. Pero este concepto es erróneo. Esta labor
preparatoria debe, en efecto, hacerse. El estudiante debe adquirir el
conocimiento de las correspondencias específicas, como si adquiriera un
extenso vocabulario. Debe tratar de dominar los principios que gobiernan
la conexión en serie de los símbolos; es decir, la gramática del idioma
de las correspondencias. Pero esto en sí no asegura que hayamos extraído
de los símbolos un significado real y no imaginario. Las palabras de
todos los idiomas comunican ideas más o menos idénticas; de modo que
cuando el estudiante aprende un nuevo idioma, sólo tiene que poner
nuevas etiquetas a ideas que ya posee. Las ideas y procesos de que trata
el sentido espiritual, por el contrario, no son familiares al principio.
Tampoco lo es el concepto mismo de que la mente humana es una forma
organizada, prototipo del cuerpo humano, y todo lo que en ella sucede
implica un proceso tan real como cualquier proceso corporal. El
estudiante debe aprender no solamente un nuevo idioma, sino adquirir
también una percepción de las inusitadas ideas que el idioma comunica.
Si no lo hace, se sentirá tropezar entre oscuridades y arbitrariedades
que deberá aceptar sin comprobarlas.
Si logra
superar completamente estas dificultades preliminares y se convence de
que la correspondencia entre las cosas naturales y espirituales es una
realidad, probablemente lo asaltará otra duda. Si la ley de
correspondencias es verdadera, tiene que ser universal. Sin
correspondencias no podríamos mover ni el dedo meñique. Todo libro, sea
histórico o novelesco, tiene un significado espiritual. ¿Cómo estar
seguros de que las correspondencias contenidas en la Palabra son
diferentes de aquéllas? Por supuesto, si poseyéramos la facultad que
Swedenborg afirmaba poseer, la de leer la Palabra con una percepción
continua de su significado espiritual, tendríamos la evidencia deseada.
Pero esto parece estar más allá de nuestra capacidad. Aun cuando
vislumbramos de cuando en cuando un mundo de pensamiento nuevo y
fructífero, pronto nos embarga de nuevo la perplejidad, lo que se
explica en parte por la complejidad de ideas que el sentido espiritual
contiene. Ellas son más extensas que todo el campo de las ciencias
naturales, pues el mundo espiritual es de una complejidad inmensamente
mayor que el natural. En nuestro estado presente no podemos concebir
esas ideas, sino en su aspecto más general.
La
enseñanza de Swedenborg facilita una nueva explicación del fracaso de
tales esfuerzos; una explicación que no es familiar al pensamiento
cristiano y resulta poco halagüeña para nuestro amor propio. Es decir,
que hay un grave peligro espiritual, para toda mente, en el prematuro
descubrimiento de la Verdad Divina. La función y única utilidad de la
verdad es conducir al bien; es decir, ser practicada y vivida. Cuando se
habla de una persona que practica o vive la verdad, se entiende que
gobierna su comportamiento externo según los principios religiosos. Esto
es necesario, efectivamente, pero no abarca todo lo que Swedenborg
quiere decir con «la vida» de la religión. La vida, en este sentido,
comprende toda la naturaleza del hombre; sus afectos, sus pensamientos y
su comportamiento externo. No existe verdad religiosa tan abstracta que
no pueda expresarse en términos de vida en este sentido.
Ahora bien: son verdaderamente
contadas las verdades que podemos utilizar de esta manera vital en un
momento dado. Cada cual posee suficiente verdad como para que le indique
su deber del momento, si a ello se muestra dispuesto. Posee también
muchas otras verdades depositadas en su memoria, aunque no lleguen a ser
verdades vitales. También son necesarias, pues le presentan un ideal que
constantemente le flagela el amor propio. Pero nadie, ni la persona
misma ni otra alguna, sino sólo el Señor, sabe hasta qué punto conviene
admitir a una persona a la percepción de la verdad espiritual. La
apropiación de las verdades se produce únicamente mediante su unión con
los afectos, los únicos poderes perceptivos que el hombre posee. Si le
fuera permitido a éste entender verdades que en su estado actual no
pueden ser incorporadas a su vida, sería porque algún afecto como el
amor propio, la curiosidad o la ambición espiritual forman la base de la
percepción. Estos afectos no pueden unirse permanentemente con ninguna
verdad. Tan pronto como el afecto dejara de ser satisfecho por la
novedad de la verdad, el individuo la abandonaría. Así se habría agotado
prematuramente una influencia que en una etapa posterior de su progreso
espiritual hubiera resultado beneficiosa.
Existe
otro peligro más serio. Supongamos que las verdades estuviesen unidas
con los buenos afectos, de manera que se viesen a la luz del cielo mismo
y fueran vividas además de percibidas. Supongamos que posteriormente la
persona reincidió en el mal y la falsedad sin abandonar conscientemente
esas verdades ni su amor de ellas. En este caso el amor a la verdad y a
la bondad y el amor al mal y a la falsedad podrían entretejerse en su
mente tan intrincadamente que se harían inseparables, constituyendo ese
estado de profanación que es el desastre más irremediable que puede
acaecer a la mente humana. En ese estado se encuentra ligada al cielo
mediante sus afectos por la bondad y la verdad, y al infierno mediante
sus afectos por el mal y la falsedad. No puede comunicarse con ninguno
de los dos sin perturbar el orden que allí reina y sin sufrir los
tormentos de su propio desacuerdo. Como la vida consciente de todos los
espíritus consiste en comunicarse con los afectos y pensamientos de los
otros, tales profanadores se ven reducidos a un estado casi inanimado,
como de esqueletos mentales.
No
obstante, es innegable que los primeros pasos que da la mente hacia la
verdad espiritual obedecen a afectos compuestos
mayormente de
motivos
egoístas. No
puede ser
de otro modo, pues es imposible que nadie pase de un salto desde
un estado en el que domina completamente el amor propio a otro
emancipado de la influencia de éste. Como ya hemos observado, uno puede
ser guiado solamente por motivos capaces de influir en uno. Por
consiguiente, esos motivos entran en juego, aunque invocados y
controlados por el Señor que es quien sólo sabe hasta qué punto pueden
ser utilizados sin peligro. El Señor dispone su eliminación gradual a
medida que se presenta la oportunidad de sustituirlos por motivos más
elevados. Por eso dice Swedenborg: «Es ley de la Divina Providencia no
admitir a nadie a la percepción interior de las verdades de la fe y los
bienes de la caridad, a menos que pueda mantenérsele en estos estados
hasta el fin de su vida.» También por esta razón, aunque parezca
increíble, la función de la letra de la Palabra no es solamente revelar,
sino también ocultar la Verdad Divina. Las sencillas verdades de la vida
pueden ser descubiertas claramente, pero los secretos de la regeneración
permanecerán escondidos; no es posible descubrirlos mediante esfuerzo
alguno propio de la razón humana. Sólo el Señor sabe «abrir el libro y
desprender sus sellos».
Parece
alarmante descubrir que la Verdad Divina es peligrosa. Pero ¿qué otra
interpretación puede darse a aquel pasaje tan ininteligible: «Les cegó
los ojos y les endureció el corazón para que no vean con los ojos ni
entiendan con el corazón, para que se conviertan y Yo los sane»? (Juan,
12:40.)
En ese
texto se señalan como peligros no solamente la percepción de la verdad,
sino la regeneración misma. Es imposible que el Dios de amor prive al
hombre de la percepción espiritual, o, mejor dicho, le permita a él
mismo privarse de ella, no siendo para su propio bien. En la vida física
vemos algo análogo. Injerido en exceso, el mejor alimento enferma al
individuo, y la glotonería puede matarlo. El vino regocija el corazón,
pero embriaga si se toma en demasía. También existen la
indigestión y la embriaguez
espirituales cuando se sobrecarga la mente de verdades y se satisface un
apetito que no es de amor al bien o a la verdad, sino de glotonería
espiritual. Mientras más elevada sea la verdad que posea una mente,
tanto mayor es el peligro de que se pervierta, y tanto más lamentables
las consecuencias de tal abuso.
No nos
dejemos desanimar, pues, por nuestra imperfecta percepción del sentido
espiritual de la Palabra. Aun así, puede satisfacer nuestras
necesidades. Si se hallase una inscripción en
un idioma
desconocido, los
eruditos se
aplicarían inmediatamente a descifrarla, y aunque solamente lograran
éxito parcial, no por eso abandonarían, desesperanzados, sus pesquisas.
Siempre les quedaría la seguridad de haber percibido algo de su
significado, aunque gran parte quedase sin descifrar. Del mismo modo, si
discernimos el sentido espiritual de la Palabra en algunos pasajes,
bastará para convencernos de que existe allí donde no la podemos
discernir. Al menos bastará para no negar su existencia sólo porque no
la vemos en todos los casos.
A medida
que uno adquiere una convicción más firme de la verdad de lo manifestado
por Swedenborg acerca del mundo espiritual, se hace gradualmente más
evidente que la Palabra, tal como él afirma está contenida en la Biblia,
es de imprescindible necesidad para que exista ese gran orden espiritual
sobre el cual se basan todas sus obras.
Es
imposible estudiar minuciosamente un versículo de las Escrituras, a la
luz de las enseñanzas de Swedenborg, sin descubrir un sentido espiritual
que aparece claramente como inherente al texto y no mera interpretación
del lector. Aun sin hacer ningún esfuerzo por descubrir su contenido
oculto, en la lectura de la Biblia salta a menudo a la vista, con plena
evidencia, el sentido espiritual.