Introducción al pensamiento religioso de Swedenborg.
El
Uso del Libre Albedrío
LA NATURALEZA
El
breve sumario de la enseñanza de Swedenborg sobre este tema dado en
el capítulo precedente basta para ilustrar la marcada diferencia que
la distingue de las ideas mantenidas generalmente, aunque no dejará
de suscitar probablemente algunas dificultades que le son propias.
Si la Providencia es el gobierno universal del Amor y de la
Sabiduría divinos, nos vemos, por una parte, relevados de la
oscuridad y confusión que emanan de los conceptos comunes; mas, por
otra parte, nos veremos al parecer confrontados con el problema de
la relación entre Dios y el mal humano en su aspecto más
desconcertante y aparentemente insoluble. Si su único propósito es
la formación de un cielo con la raza humana, y sólo mira las cosas
que se relacionan con el bienestar eterno del hombre, estas verdades
nos obligan a adoptar un punto de vista totalmente nuevo. Nuestro
antiguo criterio pierde validez. Por tanto, tenemos que buscar un
nuevo modo de pensar más adecuado a la nueva perspectiva.
Antes de intentar esbozarlo, resumamos brevemente algunos de los
resultados a que nos han llevado los capítulos anteriores que tienen
relación directa con esta nueva perspectiva.
1.
Si un Dios divinamente humano es el Creador y Sostenedor del
universo, la creación ha de tener una intención o propósito.
2.
No se puede concebir propósito más digno del amor y la
sabiduría infinitos que un cielo sin confines y siempre creciente,
alimentado por el universo creado y habitado por seres humanos que
han llegado a cierto grado de semejanza con su Creador y que pueden
ser cada vez más felices por toda la eternidad haciendo bien a los
otros.
3.
Podemos inferir que las verdades relacionadas con la
preparación para el cielo serán de las más sencillas, mientras que
los expedientes de la Divina Providencia para lograr sus propósitos
envolverán profundos misterios, sólo oscuramente discernibles por la
razón humana. De igual manera, los actos mediante los cuales se
sostienen la vida física, como el comer, el respirar y el movimiento
voluntario, son muy sencillos, pero implican procesos
indescriptiblemente maravillosos que desafían la investigación
minuciosa.
Tratemos, pues, de seguir la trayectoria de estos procesos
espirituales. Es importante que comencemos esta pesquisa con un
concepto claro de la magnitud de nuestra inevitable ignorancia y de
nuestro posible esclarecimiento. De otro modo aspiraríamos a lo
imposible y nos privaríamos de la respuesta que un sobrio
reconocimiento de los límites de nuestras capacidades podría darnos.
Con
respecto a nuestra irremediable ignorancia, es un hecho cierto que
no llegaremos a comprender ningún acto humano, salvo en la medida
que logremos comprender su propósito y lo adecuado de los medios
empleados para realizarlo. Si una persona enteramente ignorante de
la cirugía hubiera presenciado una operación seria efectuada en un
niño —antes del descubrimiento de la anestesia—, no hubiese podido
distinguirla de un acto de inhumana crueldad. Sin embargo, la
operación habría sido dictada por la compasión más real. El cirujano
y sus ayudantes habrían tenido la noción de que obedecer solamente a
un impulso natural de compasión que nos hace evitar el dolor podría
resultar en la muerte o la incapacidad permanente. Esa aparente
piedad hubiera sido la verdadera crueldad, mientras que la aparente
crueldad era la compasión verdaderamente sabia. El hecho de que
nuestras mentes son finitas nos impide comprender los propósitos
contemplados, los medios utilizados por la Divina Providencia en
cada caso particular. No conocemos el estado de una mente dada en un
momento dado, con respecto a su preparación o falta de preparación
para el cielo; ni cómo se modifican estos estados mediante las
circunstancias espirituales o naturales con las cuales se pone en
contacto. Menos aún somos capaces de discernir las remotas
consecuencias de los cambios así introducidos, ni sobre todo los
resultados postreros en la constitución orgánica de esa mente, y la
influencia que la misma pueda ejercer, consciente o
inconscientemente, sobre otras mentes. Todos estos elementos, hasta
en sus detalles más minuciosos, caen dentro de la esfera de acción
de la Divina Providencia. No pueden ser plenamente visibles para
ningún ser creado. Las operaciones de la Mente infinita han de ser
en gran medida inescrutables para la mente finita.
Si
no tuviéramos otra explicación que ésta, estaríamos protegidos
contra una temeraria negación de la existencia de la Divina
Providencia, pero no sabríamos formarnos de ella una idea definida.
Sin embargo, podemos vencer la ambigüedad del problema. El amor y la
sabiduría humanos más elevados se asemejan a los divinos, porque
aquéllos emanan de éstos y son sus imágenes finitas. Por tanto, nos
suministran los símbolos por medio de los cuales podemos concebir y
comprender la Providencia Divina; símbolos bastante inadecuados, por
cierto, pero sólo porque la mente finita es incapaz de aprehender la
infinitud Son inadecuados no porque sean tan supremamente elevados
que parezcan imposibles, sino porque no son en sí bastante buenos y
verdaderos. Y estos conceptos son susceptibles de desarrollo
infinito, a fin de que nuestros pensamientos de Dios y su
Providencia puedan crecer continuamente.
La
enseñanza de Swedenborg nos capacita para comprender claramente cómo
toda suerte de acontecimientos que nos crean dificultades son útiles
para nuestro desarrollo espiritual. Así es fácil creer que sucesos
similares tienen siempre una utilidad similar, aunque no nos sea
posible discernir en qué consiste tal utilidad. También nos
demuestra que los propósitos de la Divina Providencia requieren que
sus operaciones estén profundamente ocultas detrás de la serie de
acontecimientos aparentemente naturales. Nos encontramos, por tanto,
en una postura mental casi análoga a la de un hombre inteligente,
pero casi completamente ignorante de la cirugía, la fisiología o la
anatomía, cuyos conocimientos generales, combinados con la confianza
en sus médicos, le animan, sin embargo, a someterse a una dolorosa
operación. Donde sus conocimientos son imperfectos, confía en
aquellos más ilustrados que él. El resultado de esta clase de
explicación no es tanto eliminar la oscuridad como suprimir los
obstáculos. Si esta apreciación general de los métodos de la Divina
Providencia es suficientemente amplia, los hechos que antes nos
perturbaban dejarán de constituir dificultades, aunque no podamos
comprender las consecuencias específicas que ellos están destinados
a producir.
Examinemos a continuación la manera en que el libre albedrío
contribuye a reorganizar la mente humana y disponerla para el cielo.
Tendremos que enfrentarnos con esta pregunta: «La doctrina de que la
Divina Providencia gobierna todas las cosas, ¿no aniquila
prácticamente el libre albedrío?» Aun concediendo que goza de libre
albedrío, parecería que, de acuerdo con las enseñanzas de
Swedenborg, no tiene realmente ningún poder para obrar
independientemente, puesto que todas sus acciones las ejecuta por un
poder derivado de Dios y hasta en sus detalles más insignificantes
están intervenidas por El. ¿Cómo podemos entonces dejar de pensar
que tanto las malas acciones como las buenas son actos de Dios?
Para
resolver esta dificultad debemos tener presentes estos tres
principios:
1.
El libre albedrío dimana de Dios en el sentido de que esa
facultad existe a cada instante por creación suya. Pero El no
determina el modo en que el hombre lo ejerce, porque esto anularía
la facultad.
2.
El único elemento esencial y eterno de toda acción es el
motivo que la origina y que ella confirma y desarrolla, o debilita y
desplaza.
3.
La Divina Providencia permite que se traduzcan en acción
aquellas malas intenciones que no podrían dejar de realizarse sin
detrimento para el bienestar eterno del hombre.
El
primero de estos principios sólo necesita ser mencionado. El segundo
es el tema que al presente nos ocupa.
En
general, los pensadores religiosos han dado por sentado que el libre
albedrío ha sido otorgado al hombre con objeto de facultarlo para
realizar, o dejar de realizar, ciertos actos definidos que Dios
permite o prohíbe; para llevar un registro de sus desobediencias, ya
que la justicia divina requiere la imposición de un castigo
proporcionado a la gravedad de la ofensa. En la letra de la Biblia
se encuentra abundante material destinado a justificar estos
conceptos, que sin duda eran los mejores quo las gentes de otros
siglos supieron formar acerca de las leyes divinas y de las
consecuencias de desobedecerlas. Tales ideas tenían analogía con las
leyes humanas, cuya infracción se castiga con penalidades que rara
vez guardan ninguna necesaria relación con la ofensa. Se imponen
mediante juicios que prestan poca consideración a las innumerables
circunstancias que pueden agravar considerablemente la falta en
determinados casos, y en otros casos hacerlos relativamente leves.
Era el mejor concepto que en aquel entonces podía formarse la mente
humana con respecto a la ley de justicia espiritual. Toda infracción
de las leyes divinas, ya sea mental, ya se haya traducido en hechos,
efectivamente acarrea consecuencia penales. Pero las consecuencias
no son extrínsecas a la ofensa, sino inherentes en ella. La
penalidad refuerza y confirma los efectos criminosos que sugieren el
acto y básicamente lo constituyen, y, por tanto, refuerza y confirma
la tendencia a otras transgresiones parecidas. No hay libro donde
queden registrados los actos, buenos o malos, de una persona, fuera
de ella misma. Uno mismo es el libro que se abre y por el que se nos
juzga. Pero el resultado en la otra vida es tal como si se hubiese
llevado un registro, al que se ajustasen los castigos y recompensas,
porque a su muerte el hombre pasa a la eternidad con todos los
afectos internos formados precisamente de acuerdo con las elecciones
que haya hecho durante su vida terrestre. Cuando se cierra el
juicio, o sea la exhibición de sus estados básicos de afecto y
voluntad, el individuo aparece de manifiesto tal como íntimamente
quiso y se esforzó por ser durante su vida en la tierra. El premio
de una persona buena es ese mismo amor al servicio altruista que
haya llegado a constituir su naturaleza adquirida. En el cielo podrá
disfrutar de todo el deleite en el servicio de que es capaz. El
castigo de una persona perversa consistirá en los afectos depravados
que han llegado a constituir su naturaleza adquirida y que la
impelen a actos perjudícales para el prójimo. El único freno a sus
impulsos será ahora el temor al castigo. Cuanto más arraigado esté
el amor al mal en que se ha sumergido, tanto más severos serán los
castigos necesarios para frenarlo.
Podemos, pues, afirmar de una manera más definida que «el objeto de
la Divina Providencia es formar en el hombre sólo afectos buenos»,
porque los afectos dominan al hombre y determinan en última
instancia tanto lo que piensa como lo que hace. Por consiguiente, se
nos ha dado el libre albedrío para que obremos bien. Pero la buena
conducta ha de ser el resultado de inclinaciones y afectos y no de
la mera obediencia a una ley impuesta externamente. El esforzarse
por obrar con rectitud es el medio por el cual el hombre puede
lograr ese fin. Sólo de este modo pueden arraigar en él los nuevos
afectos, que, además de transformar radicalmente su naturaleza,
dejan intacta su personalidad como instrumento libre del servicio
divino.
Si
comprendemos claramente este concepto, veremos que la libertad no
puede ser destruida, ni mermada siquiera, por el imperio de ley
alguna externa a nosotros mismos. No está en nuestro poder cambiar
el orden físico de la naturaleza, pero esto en modo alguno anula
nuestro libre albedrío. Nuestro libre albedrío utiliza este orden
como medio para lograr sus fines, adaptándose a sus leyes.
Considerado este concepto en una esfera más elevada, es fácil ver
que las tendencias al mal, heredadas y ambientales, no enervan en
nada la realidad del libre albedrío. Ya sean débiles o fuertes esas
tendencias, la mente queda igualmente libre en cuanto a su actitud
hacia ellas. Hay solamente dos condiciones esenciales a esta
libertad:
1.
Que reconozcamos mentalmente el mal.
2.
Que tengamos fuerza de voluntad para resistirlo.
Si
falta cualquiera de estas condiciones, no existe responsabilidad.
Nadie puede resistir un impulso por malo si no lo reconoce como tal,
ni logrará vencer el mal si carece de suficiente fuerza de voluntad.
En toda persona cuerda existen estas condiciones en grado adecuado
para hacer lo que se exige de ella en la obra de su regeneración.
La
verdad de que la formación de los afectos buenos es la meta de la
Divina Providencia despeja ese obstáculo que a menudo se considera
invencible: la enorme diferencia entre las circunstancias
hereditarias, educacionales y sociales que rodean a los distintos
individuos. Por ejemplo, una persona dotada de buena disposición
natural y que goza de bienestar material, está al amparo de muchas
de las tentaciones que rodean a los pobres. Como ha sido criada con
esmero y cuidada desde la niñez, va adquiriendo
costumbres casi inconscientemente. En cambio, otra persona
nace en un barrio pobre o una choza, rodeada desde niño por la
violencia, la intemperancia y la obscenidad. Desde el punto de vista
del pronóstico espiritual, las ventajas que posee el primer
individuo diríanse incomparablemente más favorables. Si el destino
eterno de los dos fuese juzgado por sus actos externos, sería
inconmensurablemente más favorable. Pero si el criterio es el amor a
lograr resultados útiles, mejorar los métodos y vencer las
dificultades, tendremos que aplazar el juicio. La facilidad e
incluso el éxito con que se realiza una obra no son la medida del
poder o del valor de los afectos que respaldan el esfuerzo.
Imaginemos un buen estudiante de violín, con el mejor profesor y
tiempo abundante para practicar, y que posee un magnífico
Stradivarius, y otro estudiante de igual talento, pero obligado a
aprender por sí solo, durante sus escasos intervalos libres de
trabajo, con un violín barato. Es fácil adivinar cuál de los dos
saldría vencedor en un concurso. Mas si el criterio a seguir es el
genuino amor a la música por la música misma y como medio de brindar
felicidad a los demás, ¿quién podrá decir cuál es la condición más
favorable?
En
la palestra que es la vida humana estamos propensos a equivocarnos
con respecto a las circunstancias favorables o desfavorables para el
desarrollo de nuestra naturaleza espiritual. La dificultad de
realización no constituye necesariamente un impedimento; al
contrario, a veces sirve de estímulo. La facilidad, por sí misma, no
es una ventaja. Con frecuencia conduce a la pereza y el orgullo.
Para
formarnos juicio al respecto, tendríamos que poseer un conocimiento
ilimitado de los estados mentales hereditarios y adquiridos en cada
caso en cuestión, lo que nos está necesariamente vedado. Pero al
menos podemos comprender que las circunstancias favorables tienden a
cegar a una persona con relación a su propio estado espiritual y a
alentar el orgullo y la vanagloria. También pudieran llevarla a
entablar una lucha decidida contra los males más sutiles de su
naturaleza. Esto le es tan necesario como a su hermano menos
favorecido el luchar contra las formas más groseras del mal.
Los males más descarnados y patentes, sobre todo los que dimanan de
la concupiscencia carnal, no son los peores. No corrompen y carcomen
nuestro carácter tanto como los que obran ocultamente en lo más
recóndito del corazón. Sólo el Señor, que todo lo ve desde el
principio hasta las últimas consecuencias, sabe repartir las
experiencias que le convienen.