Introducción al pensamiento religioso de Swedenborg.
El
Estado Intermedio y el Juicio Final
SEGÚN el concepto de la vida futura generalmente aceptado, después
de la muerte la persona entra en un ambiente completamente ajeno a
toda su experiencia previa. Por consiguiente, no podemos forjarnos
de ella ninguna idea definida. Pero como no podemos dejar de pensar
en el mundo donde habitan todos aquellos que hemos amado y perdido,
y al cual esperamos ir también nosotros, no es de extrañar que las
escasas indicaciones encontradas en las Escrituras hayan servido de
base a conceptos vagos y a veces contradictorios. Con frecuencia se
habla de los muertos como «dormidos», en espera de una reunión con
los cuerpos físicos que dejaron al morir. Otras opiniones los
clasifican como habitantes del cielo, en pleno disfrute de sus
bienaventuranzas.
Swedenborg afirma que no hay una brusca interrupción en el estado de
una persona cuando muere. Simplemente pierde la consciencia del
mundo material en que ha vivido, y pasa a tener consciencia del
mundo espiritual en que también ha vivido aunque inconscientemente.
En todas las cualidades esenciales que lo constituían como ser
humano, sigue siendo lo que era antes.
En
la época de la Reforma, la teología protestante rechazó todo estado
de las almas en el más allá, salvo el del cielo y el infierno, y no
es exagerado decir que esta repudiación hizo imposible cualquier
concepto racional acerca de la preparación del hombre durante su
vida terrenal para su entrada en el uno o en el otro. En contra de
las afirmaciones explícitas de las Escrituras, la creencia general
entre las Iglesias protestantes llegó a ser que la fe era el único
requisito exigido para entrar en el cielo. Todos los que tuviesen fe
irían allá después de la muerte o cuando su espíritu se reuniera con
el cuerpo en la resurrección, por graves que fueran los males a que
hubiera cedido durante su vida material. De esto se deduce
inevitablemente que el cielo era concebido como un estado o lugar en
el que cualquiera podría ser admitido, cualquiera que fuese su
carácter. Si faltaban ciertas cualidades, éstas se desarrollarían
milagrosamente en los que tuvieran fe en el momento de morir. Ahora
bien: estas dos creencias significan poner en tela de juicio la
bondad divina. Si no se requiere idoneidad personal para merecer la
admisión en el cielo, o si las aptitudes necesarias pueden
producirse por el mero ejercicio del poder divino, ¿por qué no se
admite a todo el mundo, buenos y malos? ¿Acaso la admisión al cielo
no es una cosa de desear? ¿Cómo puede un ser de bondad perfecta
dejar de hacer el bien a todos y en todas las circunstancias? Nos
vemos obligados, pues, a concluir que si alguien no logra entrar en
el cielo será porque existe en él algún obstáculo a su entrada, tan
arraigado en su constitución y carácter que ni siquiera Dios puede
suprimirlo. ¿En qué puede consistir obstáculo tan radical e
insuperable?
Según las enseñanzas de Swedenborg, la preparación de un alma para
el cielo es un proceso orgánico, una verdadera reconstrucción de su
naturaleza. De la misma manera que todas las partes del cuerpo
humano han sido formadas para ejercer las funciones de la vida
física, así el alma, de la cual el cuerpo es la imagen material,
debe ser formada y preparada en todas sus partes para su suprema
función: la de recibir con gozo el influjo divino que es su vida
real y su cielo. El llegar a adquirir alguna semejanza con su
Creador constituye en el individuo un verdadero renacimiento de su
espíritu, por el cual literalmente se convierte en una «nueva
creación». Significa la formación en él de una nueva voluntad y un
nuevo entendimiento, muy distintos de la voluntad y el entendimiento
naturales puestos en las cosas egoístas y mundanas. Esta mentalidad
nueva y regenerada es lo que le califica para entrar en el cielo; es
el Reino de Dios en él, sin el cual le es completamente imposible
vivir en el cielo. El organismo de toda criatura viviente tiene que
adaptarse a su ambiente, o, de lo contrario, vive precariamente y
perece. El organismo espiritual no es una excepción a esta ley. El
espíritu, una vez separado del cuerpo material, goza de sensaciones
incomparablemente más exquisitas que aquellas que disfrutaba en el
cuerpo. Por consiguiente, si un espíritu malo fuera conducido al
cielo, sufriría tormentos más rigurosos y continuados que los que
debe soportar en el infierno. Swedenborg, por cierto, afirma que no
se niega la entrada en el cielo a nadie que lo desee. Pero si una
persona no tiene la naturaleza celestial, tan pronto comienza a
respirar el aire del cielo comienza también a sufrir tormentos, como
un pez sacado del agua. Lo rechaza como a la misma muerte, y no
encuentra sosiego hasta hallarse otra vez entre espíritus afines.
Sus propios pecados excluyen al hombre de entrar en el cielo, y esto
únicamente cuando están tan arraigados que el pecador no desea
desprenderse de ellos.
Mas
la percepción humana no puede discernir la capacidad o incapacidad
para la vida celestial en la gran mayoría que pasa a la eternidad.
Efectivamente, algunos han logrado una regeneración tan completa
durante su vida terrenal que pueden entrar en el cielo
inmediatamente, aunque éstos son los menos. En la mayoría hay una
mezcla de bien y de mal, de verdad y de falsedad. Habrá que
desenredar y separar estos elementos incongruentes y determinar el
residuo esencial antes de que pueda el individuo entrar en el cielo
o en el infierno. El mal y la falsedad no pueden entrar en el cielo
ni el bien y la verdad en el infierno, porque son irreconciliables.
Su mezcla en el mundo de los espíritus, o estado intermedio, es
característica de ese mundo. Es por necesidad un estado transitorio
a través del cual se llega por fin al cielo o al infierno.
Durante la vida material no es siempre aparente —para los demás o
aun para sí mismo— la elección que haya hecho una persona entre Dios
y el yo. La conciencia de cada cual actúa en una esfera interior y
una exterior. La primera es el lugar secreto donde, a cubierto de la
observación ajena, medita sobre los fines de su yo íntimo. La otra
es esa área de pensamiento y sentimiento que gobierna su
conversación y sus actos en sus relaciones con los demás. Se
advierte esta duplicidad en la mentalidad del hipócrita. Sabemos
también que con razón los honrados y sinceros no siempre expresan
los deseos y opiniones que privadamente tienen. Todo el mundo
aprende desde niño a comportarse de acuerdo con las leyes públicas y
las convenciones sociales, y a presentar la apariencia externa de
justicia, bondad, y otras virtudes parecidas. Si también las
favorece internamente,
la separación entre el estado de su conciencia interior y sus
acciones visibles tiende a disminuir. Una persona sincera trata de
evitar las palabras o actos que no concuerdan con sus verdaderos
pensamientos y sentimientos, pero si en el recinto secreto de su
alma repudia la bondad, y sólo por motivos egoístas se abstiene de
dar rienda suelta a sus malos instintos, existirá una gran
discrepancia entre su estado interior y su comportamiento externo.
Así, dos personas pueden parecer exteriormente del mismo carácter y
ser, sin embargo, completamente diferentes. En esta esfera mental
interior todo el mundo llega a desarrollar un amor predominante, o a
Dios y su bondad, o a sí mismo. Este amor predominante tiene origen
en la elección que diariamente hace entre el bien y el mal, entre la
verdad y la falsedad, a medida que se le presentan en su
experiencia. La elección es inevitable, porque es el fin para el
cual ha sido creado el hombre. Es inevitable, pues solamente existen
estas dos alternativas. Una persona no puede vacilar permanentemente
entre el bien y el mal. Lo que uno anhela y lucha por alcanzar sobre
todas las cosas es lo que Swedenborg denomina su «amor dominante».
La elección no consiste meramente en una preferencia sentimental. Es
cuestión de voluntad, no de mero deseo. Se demuestra por el
comportamiento, por un esfuerzo más o menos sincero y persistente
para gobernar tanto los motivos como los actos de acuerdo con los
principios que interiormente se aprueban. Muchos males pueden
adherirse a la persona que ha escogido el bien, mientras que la que
ha escogido el mal puede parecer poseedora de muchas virtudes.
Aquélla lucha contra sus males porque los reconoce como tales. Esta
otra sencillamente suprime su manifestación externa para evitar que
ellos afecten adversamente sus intereses. En su interior les da
acogida, y si tuviera valor cedería a los mismos.
Como
resultado, en este mundo el bien y el mal se encuentran mezclados
dentro de nosotros, ya seamos buenos o malos. Esto es especialmente
cierto en el caso de los buenos que a menudo experimentan la verdad
de las palabras del apóstol Pablo: «Por lo que tengo del hombre
interior me deleito con la ley de Dios, mas observo en mis miembros
otra ley que se rebela contra la ley de mi espíritu y me hace
cautivo de esa ley del pecado que está en mí» (Romanos, 7, 23). En
los malos la discordancia no es tan evidente, porque han cesado de
luchar excepto para obtener toda la satisfacción posible de sus
deseos sin sacrificar demasiado.
Para
expresar esta idea en forma más sencilla, cualesquiera que fuesen
sus creencias religiosas, cada uno adquiere durante su vida terrenal
una conciencia genuina; es decir, un verdadero aprecio del bien por
el bien mismo. Si no es así, anula por completo su conciencia, al
extremo de que las virtudes en él aparentes las practica
sencillamente porque tiene una buena disposición natural o porque
desea exaltar el yo. En su corazón considera la conciencia un
desatino o mera superstición, útil para mantener entre los
ignorantes las buenas costumbres sociales. Cuando a la muerte del
cuerpo un individuo pasa al mundo de los espíritus, lleva consigo
todas las cualidades que poseía en el mundo. Sólo deja tras de sí el
cuerpo y las posesiones materiales. Todavía conserva esa esfera de
conciencia exterior por la cual sabe presentar a otros una
apariencia extraña a su verdadera naturaleza. Por eso en el estado
intermedio los malos y los buenos pueden relacionarse, porque sus
estados interiores aún están velados. Pero este estado experimenta
un cambio rápido, y gradualmente se apaga hasta desaparecer la
conciencia exterior que anteriormente había regido su
comportamiento. Se desvanece de manera imperceptible, sin que la
persona advierta el cambio. A medida que cesa el esfuerzo por
mantener las apariencias, el individuo penetra cada vez más
completamente en el estado de conciencia en que abrigaba sus íntimos
deseos y pensamientos en este mundo cuando se sentía libre de la
observación ajena. Después de completado este proceso, se presenta a
sí mismo y a los demás tal como era antes en realidad, es decir,
interiormente. De esta manera todo lo que solamente «parecía poseer»
le ha sido arrebatado, y lo que había «susurrado en secreto», ahora
«lo proclama abiertamente».
Este
es «el juicio». Consiste en el descubrimiento de lo que es en verdad
una persona —esto es, de lo que realmente ama— por la eliminación de
cuanto previamente lo encubría. A medida que ocurre tal proceso
gradual en la persona interiormente malvada, sus relaciones con los
buenos se dificultan cada vez más. De acuerdo con la inevitable «ley
de afinidad», que es la ley de gravedad en el mundo espiritual, los
de carácter similar se unen y los diferentes se separan.
Esencialmente, el procedimiento del juicio descubre si una persona
posee o no genuina conciencia. Si la posee, a pesar de sus errores y
pecados, todavía es posible su preparación para el cielo. En este
caso, la eliminación de la esfera mental exterior, por medio de la
cual regía su comportamiento, lo revela más sabio y más bueno de lo
que jamás pareciera en este mundo. Su íntimo amor al bien puede
haber sido más fuerte que su capacidad para expresarlo. Los males
que le afectaban residían principalmente en esta esfera mental que
lentamente se desvanece en su conciencia. Por el mismo proceso, a
los perversos, o a los que no tienen conciencia, se les despoja de
todos los velos y apariencias que utilizaban en el mundo para
mantener una vida exterior decorosa. ¿Qué proceso de veredicto más
justo puede concebirse? ¿Qué otra clase de juicio puede decretar el
Dios de la verdad? No se juzga a la persona
porque sus actos en el mundo sean buenos o malos, pues éstos
a menudo no se relacionan sino remotamente con su estado mental
esencial. Se le juzga según su amor al bien o al mal, a la verdad o
a la falsedad, porque esto es su mismísimo ser. En realidad, él se
juzga a sí mismo cada vez que elige en el mundo. Este inicio es
resultado de las innumerables decisiones que ha hecho y ratificado
durante su vida terrenal.