Introducción al pensamiento religioso de Swedenborg.
Introducción
por Luis A. Baralt, Prologo y Nota Preliminar del Autor.
En
1688, año del nacimiento en Estocolmo de Emanuel Swedenborg, ya
había producido España su magnífica floración mística. La Reforma
religiosa de fines del siglo XV vino a sustituir el estímulo al
fervor religioso que representó durante siete siglos la épica
confrontación de moros y cristianos y sirvió como de poda y abono al
árbol, ya un tanto mustio, del catolicismo. Si el carácter español
no estaba ya definitivamente marcado con el signo de la Cruz, a
partir de la Contrarreforma, que siguió a la sacudida tremenda
causada por las proposiciones de Wittenberg, el celo religioso viene
a integrarse indeleblemente en la esencia de lo español. Dos
vertientes presentará ya para siempre la religiosidad medular del
español: la una, de polaridad política —intransigente, represiva,
catequista—,que se manifiesta ora en la cristianización del Nuevo
Mundo, ora en los rigores de la Inquisición; la otra, que mira a la
posición del hombre en esta vida, a su preparación para la
siguiente, a su salvación. Es la vertiente de los grandes teólogos,
de los moralistas y ascetas insignes, de los místicos, que se
evidencia, por una parte, en tratados sesudos, exégesis bíblicas,
disputaciones académicas, producidos por sabios para lectura de
especialistas; por otra, en formas literarias destinadas a las
grandes mayorías: las poesías de fray Luis de León, los autos
sacramentales, el teatro religioso de Tirso, Mira de Amescua,
Calderón.
Todo
lo cual va a apuntar al hecho de que el lector español del día tiene
por fuerza que interesarse en los problemas que, interpretando a
Swedenborg, presenta en este libro el señor John Howard Spalding.
Los españoles —y lo somos también los hijos de América si el
adjetivo se toma en el sentido cultural y no político— somos todos
un poco como el marqués de Bradomín: católicos y sentimentales, es
decir, espiritualistas, preocupados por la eterna salvación de
nuestras almas.
Me
asalta aquí la duda de que alguno que me leyere pudiera objetar que
en Hispanoamérica se ha perdido esa religiosidad raigal, granítica,
del carácter español. ¿No observó Unamuno, razonando acerca de la
filosofía entre nosotros, que ésta parece rehuir el tema religioso?
Sólo asiste al agudo pensador vascuence parte de razón. Aun siendo
su afirmación válida en términos generales —y explicable por la
tendencia cientificista que prevalece aquí y en el mundo a lo largo
del siglo pasado y parte del presente, que es cuando se desarrolla e
independiza el pensamiento filosófico en Latinoamérica—, son muchas
las excepciones que podrían señalarse. Preocupaciones religiosas y
convicciones cristianas abundan en las filosofías de Alejandro
Deustua, Antonio Caso, José Vasconcelos, por no citar sino a los más
destacados. ¿Y quién negará el fervor religioso de las masas
iberoamericanas que no se desprenden de sus creencias y prácticas
tradicionales, devotos de la Guadalupana, de la Virgen de la Caridad
del Cobre, de Santa Rosa de Lima? ¿Y qué decir de los centenares de
miles, los millones que en nuestros países siguen las enseñanzas de
un Alan Kardec simplemente por no querer renunciar a la creencia en
otro mundo más real y duradero que el que les ofrece este valle de
lágrimas?
Por
eso afirmo que Swedenborg no puede menos que interesar —para
seguirlo o no— a todo español o hispanoamericano. Es curioso que tan
destacada figura del pensamiento religioso universal haya sido
objeto de poco, casi ningún, estudio entre nosotros, ni allende ni
aquende el Atlántico. Que España lo haya ignorado se explica. El
celo católico español siempre fue hermético y exclusivista. Lo
heterodoxo —y las enseñanzas de Swedenborg lo eran en extremo— no
suscitaban ni el interés del público ni la curiosidad de los
eruditos. Excepción: Menéndez Pelayo y su monumental Historia de los
heterodoxos españoles. Tampoco parecen los estudiosos de la patria
de Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz haberse sentido
atraídos por los otros grandes videntes y místicos de otras tierras,
como el maestro Eckhardt y Jacobo Bohme. Sólo algunos, prominentes
en la historia eclesiástica y considerados antecedentes de los
místicos nativos (el Seudo Dionisio, San Bernardo de Clairveaux, San
Buenaventura), han suscitado interés. Tiempo es ya de que los
estudiosos e investigadores hispánicos aborden el tema del
pensamiento y las enseñanzas de otros místicos, aunque no sea más
que para establecer un paralelo entre los nuestros y los foráneos.
Estudio riquísimo en posibilidades sería que está por hacer. En ese
cuadro tendría que entrar por derecho propio el autor de Arcana
Coelestia: Emanuel Swedenborg.
Los
seguidores y discípulos del iluminado sueco se resisten a
clasificarlo como místico, y mucho menos como espiritista, basándose
para lo primero en que las experiencias de comunicación con un plano
ultraterreno de que dejó amplia referencia en sus escritos en nada
se parecen a los arrobamientos de la santa de Avila ni a la fusión
anonadante en el seno del Nirvana de cuño oriental; para lo segundo,
en que nunca formuló una técnica para establecer contactos con el
mundo de los espíritus, ni recomendó esa práctica a los demás. Si
Dios le permitió establecer semejantes contactos, fue por haberlo
escogido para adelantar el proceso revelatorio que se inicia con el
Verbo contenido en las Sagradas Escrituras. Sea esto como fuere, no
se puede negar la similitud entre Swedenborg y los generalmente
llamados «místicos», puesto que uno y otros poseen el don de
ausentarse de esta vida terrena y contemplar sin velos la faz del
Señor; uno y otros, de este contacto derivan enseñanzas de moral;
uno y otros proclaman el inmenso amor de Dios a sus criaturas y se
humillan en el servicio de su infinita sabiduría.
Descubrir la voluntad y los designios del Supremo Hacedor fue la
gran misión de Swedenborg; primero, mediante la exégesis profunda de
los textos bíblicos, a fin de extraer de ellos el sentido críptico
que se esconde detrás de la letra, necesariamente simbólica para
poder ser captada por los mortales; luego, mediante una nueva
revelación a él concedida por la Divinidad.
No
le es dable al hombre en su pequeñez, inserto como está en el mundo
físico, comprender las verdades eternas. Dios, pese a su
omnipotencia, no puede hacérselas ver a sus criaturas sino en la
medida de la capacidad receptiva de éstas. Sólo puede alzar poco a
poco el velo del arcano misterio por medio de imágenes y símbolos
que sugieren, a través de un sentido literal, otro más valedero y
más alto. La gran preocupación de Swedenborg fue hallar las
escondidas verdades interpretando esos símbolos reveladores. A ello
dedica miles de páginas y años de labor exegética. Casi todos los
libros del Antiguo y del Nuevo Testamento pasan bajo su escrupulosa
e iluminadora mirada. La Revelación de San Juan solamente le merece
dos copiosos tratados: Apocalypsis Revelata (1766) y Apocalipsis
Explícala (en 4 vols., publicada póstumamente en 1785- 1789).
En
tanto realiza este esfuerzo exegético, casi siempre novedoso y
siempre impresionante, Swedenborg, que jamás puso en duda la
autenticidad de la revelación de la Biblia, vuelve la mirada por
cuenta propia hacia el mundo espiritual, como se lo revelan el mundo
físico y la naturaleza humana; y luego, como se lo muestran los
espíritus desencarnados, con los que mantiene conversaciones
sorprendentes. Mira a la iglesia institucional y la encuentra
ineficaz. En su mente va tomando forma una nueva concepción del
mundo espiritual; predica una más clara posición del cristianismo
respecto al cielo y la tierra, a ésta y la otra vida, al bien y el
mal, y termina identificando su doctrina con la Nueva Jerusalén que
anuncia el Apocalipsis.
Para
comprender a Swedenborg hay que tener en cuenta ciertos aspectos
claves de su personalidad y de sus enseñanzas. Swedenborg nunca se
tuvo a sí mismo como reformador religioso. Por educación y por
convicción se consideraba y era cristiano, y tanto que veía en el
Nazareno, más que al Maestro, a la encarnación misma de la
Divinidad. Como éste, sólo venía a cumplir la ley y los profetas.
Pero también como Cristo se sabía electo para una misión
trascendental no confiada a otros mortales.
Hijo
legítimo, o acaso antecesor del iluminismo, Swedenborg cree
firmemente en la primacía de la razón. Su afán es comprender,
esclarecer, abrir los ojos de sus contemporáneos, no sólo respecto a
la constitución del mundo físico, sino a las verdades que se
esconden detrás y por debajo de lo que nos muestran nuestros
sentidos. En vano buscaremos en sus escritos, pese al amor de Dios
que en todos ellos palpita, el rapto emocional, el arrobamiento que
hallan tan fascinante expresión poética en una Santa Teresa o en un
San Juan de la Cruz. El camino que siempre sigue el filósofo sueco
es el del conocimiento; su método, el analítico; su técnica, la de
la observación factual —sólo que para él la realidad no termina,
sino más bien comienza, allí donde parecen alcanzar su non plus
ultra las fuerzas de nuestros sentidos corporales—. Factual es lo
que vemos y palpamos cotidianamente; factual es también lo que no
vemos, pero está detrás de este mundo físico, rigiéndolo y
organizándolo. Al estudio y esclarecimiento del mundo espiritual
dedica Swedenborg, durante los años de madurez, sus más originales y
reveladores estudios.
Algunos críticos contemporáneos de Swedenborg mantenían que hay
cuestiones de mera fe a las cuales el intelecto no debía ni podía
aplicarse. Así les sale al encuentro el maestro en un bello pasaje
de su obra Regnum anímale (1745): «De acuerdo —dice—; ni me
atrevería yo a persuadir a quien entiende por fe estas altas
verdades a que trate de comprenderlas mediante el intelecto: que no
recurra a mis libros el que ya cree por fe... Pero estas páginas
mías se escriben para los que nunca creen sino lo que les llega por
vía intelectual; para los que, por consiguiente, osan invalidar y se
inclinan a negar la existencia de lo supraeminente, de lo que, como
el alma, es más sublime que ellos mismos, negando así todo cuanto se
sigue de tal existencia: la vida del alma, su inmortalidad, el
cielo, etc. Son esas personas las que me preocupan; para ellas
redacto, a ellas dedico mi obra. Puesto que cuando haya demostrado
la verdad misma por el método analítico, espero que habré disipado
esas degradantes sombras, esas nubes espesas que oscurecen el templo
sagrado del espíritu y que así, al fin, con el favor de Dios, que es
Sol de la Sabiduría, se les abrirá la puerta y mostrará el camino
que conduce a la fe» (Prólogo, número 22).
Deberá asimismo tener presente el lector el itinerario mental que
recorre el filósofo y vidente sueco a través de su larga vida. Su
interés va pasando de lo concreto a lo abstracto, del mundo físico
al mundo espiritual, de los animales y plantas al hombre, de éste
como especie animal al alma humana, de la tierra en que vivimos al
cielo y al infierno. Nada escapó a su examen. Su curiosidad, como la
de Leonardo da Vinci, era universal. Estudió la metalurgia —fuente
de riqueza principal de su patria— en sus aspectos geológicos e
industriales, ideando métodos nuevos de producción desde su cargo de
miembro del Real Colegio de Minas. Inventó máquinas y dispositivos,
diseñó canales y obras públicas, ideó un nuevo método para
determinar la longitud terrestre, anticipó modernas teorías sobre la
constitución del átomo y la hipótesis de las nebulosas como
explicación del origen de los cuerpos celestes, hizo aportes
novedosos a las ciencias matemáticas. (Principia rerum naturalia,
1734.)
Al
tema de los principios (matemáticos, físicos, químicos) que rigen el
universo va sobreponiéndose en su interés el tema de la vida. En
Oeconomía regni animalis (1740-1741) y Regnum anímale (1744-1745) se
adentra en el problema de la biología. Recoge toda la sapiencia de
su tiempo sobre la anatomía y fisiología del mundo orgánico,
aportando nuevos hallazgos, hasta entrar en una exhaustiva
descripción del hombre. Y surge entonces el eterno problema de la
dualidad cuerpo-alma. Pasa así Swedenborg al período
preponderantemente teológico de su copiosa producción. Da en
concebir, un poco a la manera spinoziana, una «correspondencia»
entre el mundo corporal y el mundo espiritual. Llega el momento en
que se considera el vocero de Dios y afirma haber recibido
directamente de la Divinidad un mandato para guiar a la Humanidad
enceguecida hacia la verdad. Dios le ha impartido el privilegio de
ver conscientemente en el mundo espiritual como nuestros sentidos y
nuestra razón nos permiten ver en este mundo material.
Armonizando cuanto su inteligencia le ha permitido descubrir en el
Verbo, tal como se trasluce en la revelación bíblica, con lo que le
enseñan sus contactos con espíritus desencarnados, va construyendo
un cuadro detallado de lo que constituyen éste y el otro mundo, de
la naturaleza de la vida en el más allá, del sistema de premios y
castigos, del cielo y el infierno, del amor divino y la
responsabilidad individual, y sentando normas de conducta para los
mortales mientras llega el momento de su desencarnación. La clave de
la moral que sienta es el perpetuo conflicto entre los espíritus del
bien y los espíritus del mal. Sobre este conflicto preside la Divina
Providencia, toda amor y sabiduría; pero el triunfo gradual del bien
sobre el mal depende, no de una imposición superior, sino de la
iniciativa creadora de los espíritus mismos en ésta y en la
siguiente vida. Sólo por su libre voluntad va participando más y más
el hombre de la sabiduría y el amor divinos hasta alcanzar su
definitiva salvación.
Para
Swedenborg estas doctrinas constituían una nueva revelación, el
segundo advenimiento del Señor. La meticulosidad con que presenta
esta su revelada visión ha dado base a no pocas críticas y torcidas
interpretaciones. El cientificista siglo XVIII no podía recibir sin
resistencia tan tremenda sacudida. La reacción que produjo, por
ejemplo, en su ilustre contemporáneo y homónimo Kant ha tendido a
opacar la significación de Swedenborg, no ya sólo como teólogo, sino
como científico y filósofo. No es éste el lugar para entrar en un
estudio del opúsculo kantiano que tanto daño ha hecho al prestigio
de Swedenborg, pero sí convendrá hacer alguna referencia a su
ocasión y valor.
Mediado el siglo XVIII, ya el sabio de Estocolmo había viajado
extensamente por Europa y adquirido gran reputación por sus estudios
y escritos. El mismo filósofo de Koenigsberg lo tiene en alta
estima. Pero comienzan a llegar noticias de sus «visiones» y
contactos con el más allá. Kant se hallaba a la sazón en su época
precrítica, empeñado en demostrar la inutilidad e ineficacia de la
metafísica imperante entonces, representada por Leibnitz y Wolff.
Mantenía que lo que él llamaría más tarde «razón pura» no puede
aplicarse a dilucidar los problemas en que se ocupa la metafísica,
señaladamente el problema de la existencia de Dios. Las «visiones»
de Swedenborg le ofrecen un punto de comparación para atacar a los
metafísicos que confunden especulación con demostración, opinión con
validez lógica, doxa con episteme, como dirían los griegos. Y
escribe su célebre Traume eines Geistersehers, erlautert durch
Traume der Metaphysic (Sueños de un visionario ilustrados por los
sueños de la metafísica). Aunque lamentablemente salpicada de
ironías y hasta de juicios despreciativos (de los que el propio Kant
parece haberse arrepentido después), no envuelve el citado opúsculo,
en manera alguna, un repudio de la sustancia de la doctrina
swedenborgiana. Ni es justo atribuir al filósofo de Koenigsberg,
como suele hacerse, una posición escéptica o antiespiritualista y
mucho menos atea. Sólo mantenía que ni nuestros sentidos ni nuestra
razón bastan para darnos certidumbre respecto a as proposiciones de
los metafísicos que él impugnaba, ni respecto a las actitudes que
asumimos y creencias que sostenemos en materia de religión. Y he
aquí que Swedenborg pretendía que sus doctrinas religiosas y
teológicas tenían una base «experimental.» No expresa, empero, el
acerbo crítico la menor duda de la sinceridad de Swedenborg en
cuanto dice respecto a sus comunicaciones con espíritus
desencarnados y sus experiencias de vidente (vista a la distancia de
cincuenta leguas de un incendio en Estocolmo, hallazgo de una
quitanza en una gaveta secreta siguiendo instrucciones del pagador
difunto, etc.), que el propio Kant describe tras escrupulosa
investigación.
Mas
no todos los oídos permanecen sordos a las enseñanzas del iluminado
maestro. Pese a la indiferencia, si no a la sospecha de heterodoxia,
de las iglesias cristianas organizadas, entre otros motivos porque
Swedenborg negaba el dogma de la unión hipostática del Padre, el
Hijo y el Espíritu Santo, muchos fueron los que, hallando en esta
nueva concepción de la vida humana en sus relaciones con la
Divinidad una fuente de esperanza y de consuelo, se fueron
aglutinando hasta dejar constituida en 1784 la Iglesia de la Nueva
Jerusalén, basada en doctrinas teológicas contenidas en toda la obra
del maestro, especialmente en Vera cristiana religio, escrita en
1771, un año antes de su fallecimiento, en Londres.
Tiene el público lector de habla española contraída una deuda de*
gratitud para con el señor Tomas H. Spiers por haber puesto a su
alcance la presente exposición del pensamiento religioso de uno de
los hombres más originales e inspiradores que ha conocido la
Humanidad. Hacemos votos porque la Swedenborg Foundation, que ha
dado a la estampa este volumen, siga acrecentando la hoy tan exigua
bibliografía swedenborgiana en español.
Luis
A. Baralt Carbondale, junio 1968.
PROLOGO
Quien comience a leer por primera vez una obra del notable pensador
sueco Emanuel Swedenborg, acaso cierre el libro, si no con un
suspiro de perplejidad, al menos con un sentimiento de frustración.
Y no será por razón del lenguaje o del vocabulario técnico, sino por
encontrarse de pronto, sin aviso previo ni preparación adecuada, en
un ambiente mental inusitado, que exige un modo de pensar
completamente nuevo. Para Swedenborg, el ser humano es un ciudadano
de dos mundos, criatura material y espiritual a la vez, que ha
nacido y habita simultáneamente en un universo de doble
manifestación. Experimenta poderosamente la influencia de ambos
aspectos, debiendo alcanzar su verdadero destino espiritual en este
mundo, y ahora mismo, por la vía del amor a su Creador y obediencia
a sus mandamientos tal como han sido revelados en la Biblia; es
decir, la Palabra divinamente inspirada •y particularmente adaptada
a la doble naturaleza del hombre.
Para
poner las enseñanzas de Swedenborg al alcance del mayor número
posible de lectores, se ofrece esta Introducción a las doctrinas del
famoso teólogo sueco, que tiene cada vez mayor influencia en el
mundo moderno.
Publicado este libro hace varios años originariamente con el título
de El Reino Celestial visto por Swedenborg, ha sido ahora
convenientemente revisado y condensado. Esperamos que sirva de
adecuado acceso al mundo espiritual que describe el gran teólogo y
filósofo sueco en sus obras.
Hace
ya alrededor de cuarenta años que comencé el estudio diligente de
las obras teológicas de Swedenborg. Inclinado por naturaleza al
escepticismo, había descartado poco a poco de mi mente la teología
evangélica en que me crié. Al llegar a la madurez me hallé
convertido a mi pesar en un agnóstico que a ratos se sentía
desesperado. El universo se me presentaba como una enorme máquina
que crujía a lo largo de su interminable camino, irresistible e
impersonal, sin meta ni propósito comprensible para el hombre. Este
no aparecía sino como un elemento insignificante dentro de ese vasto
mecanismo, irremediablemente arrastrado por el conjunto mientras
acariciaba todavía la vana ilusión de contribuir a la marcha de tan
complicada estructura.
La
primera conmoción seria que sufrió aquel concepto tuvo su origen en
la lectura de dos artículos sobre espiritismo. Comencé a
«investigar» el espiritismo. Confieso, sin embargo, que lo hice de
una manera superficial e indecisa. Ninguna de las cosas
inexplicables y curiosas que vi era más extraordinaria que muchas de
las hazañas y trucos de prestidigitadores profesionales presenciadas
por mí en distintas ocasiones. Otras oí, de buena fuente y sin
intermediarios, aún más curiosas e inexplicables. Debo admitir que
en el espiritismo no encontré el sosiego y el consuelo que anhelaba
mi conturbado espíritu. Con la única excepción de su postulado de un
mundo invisible, el espiritismo representaba un caos doctrinal.
Descubrí que era un camino que no conducía a ninguna parte.
En
aquellos días tenía en mi biblioteca particular un libro de
Swedenborg titulado La verdadera religión cristiana, regalo de un
antiguo amigo mío, pero nunca lo había podido leer. A pesar de
haberlo intentado en varias ocasiones, siempre abandonaba la lectura
después de algunas frases. Hice un nuevo esfuerzo, y me sorprendió
descubrir que lo podía leer con interés, si bien no podía aceptar
todas, ni siquiera la mayor parte de sus enseñanzas. Lo que más me
impresionó fue la doctrina de Swedenborg acerca del alma y de la
vida futura. Según este filósofo, el alma es un cuerpo espiritual.
Es la persona misma.
Durante la primera etapa de su existencia está envuelta en un cuerpo
material, a fin de que pueda vivir y obrar en este mundo material.
Esta vestidura se debe a que el universo material es el medio
destinado a la creación de seres humanos y su preparación para su
destino eterno. Todos los ángeles de los cielos y todos los
espíritus malos de los infiernos han sido alguna vez hombres o
mujeres en este o en otro planeta. La muerte no es sino el
desprendimiento de la vestidura material de la persona, la cual
sobrevive en la plenitud de un ser en la vida de ultratumba, en un
mundo tan real como el que acaba de abandonar. Este otro mundo está
compuesto de la misma sustancia que su propio cuerpo espiritual, del
cual tiene conciencia por primera vez. En este mundo vive
eternamente, no como resultado de una potencia inherente al hombre,
sino porque su ser sigue mantenido por Dios, quien continuamente
crea y sostiene todas las cosas. «Al fin —pensé— encuentro algo
inteligible y verosímil.» La dificultad estaba en ver cómo se podían
probar estas manifestaciones. ¿Qué prueba podría concebirse
suficientemente firme e irrefutable para sostener tal creencia? No
hallaba suficiente evidencia en las expresiones «yo he visto, yo
sé». A Swedenborg esta evidencia íntima le bastaría, para él
constituiría prueba perfecta. Mas ¿para mí? ¿Cómo adoptar sus
convencimientos como propios?
Comencé a leer su libro titulado El cielo y el infierno. De cosas
oídas y vistas. En casi todas las páginas tropecé con dificultades,
pasajes oscuros y aparentes absurdos aquí y allá. A menudo sentía el
impulso de dejar a un lado el libro y no leer más, aunque no podía
negar la honradez del autor y su completo convencimiento de la
verdad de sus asertos, los que no podía descartar como pura
fantasmagoría.
Pronto llegué a la conclusión de que, cualquiera que fuese la
explicación de las experiencias de Swedenborg, él mismo representaba
un problema psicológico de primer orden. Aseguraba con toda seriedad
y cordura, y evidentemente con un completo convencimiento, que
durante los últimos veintiocho años de su vida había estado en
comunicación constante con el mundo espiritual. Según él, aunque ese
mundo nos rodea siempre, normalmente es invisible para nuestros ojos
físicos, porque éstos no están capacitados para percibirlo. No era
un caso de ocasionales «visiones» o «trances», de los cuales existen
numerosos ejemplos en todas las religiones, tanto cristianas como no
cristianas. Swedenborg afirma que sus contactos con el mundo
espiritual tenían lugar en estado de completa lucidez.
En
estos trances entraba en contacto con personas que había conocido en
vida y con personajes históricos. Se relacionaba con ellos familiar
y repetidamente, hasta llegar a convencerse de que se trataba
efectivamente de las mismas personas. Estas aseveraciones tienen que
ser o sustancialmente verdaderas o falsas. Si son falsas, lo serán
por impostura o por alucinación. Ahora bien: ninguna persona
instruida y de amplio criterio que estudie detenidamente las obras
de Swedenborg podrá considerarlo un impostor. Su invariable
determinación de presentar los hechos tal y como los veía y su
manifiesta humildad y dedicación a su trabajo, lo señalan como un
hombre de integridad a toda prueba.
Por
consiguiente, si sus aseveraciones fuesen sustancialmente falsas, se
debería a haber sido él víctima de alucinaciones. En otras palabras,
tiene que haber sido un demente, un archidemente, más demente que
nadie con apariencia de cordura pudo serlo jamás. Si Swedenborg se
engañó en cuanto al hecho mismo de sus contactos con ese mundo
invisible para el hombre normal; si todas sus experiencias no fueron
más que sus propios sueños y pensamientos proyectados sobre una
pantalla de aparente objetividad, habría que concluir que estaba
loco en grado superlativo.
La
cuestión de que Swedenborg no estuviera en su sano juicio me
preocupó durante muchos años, y sólo desapareció de mi mente cuando
acepté completamente sus enseñanzas. Dudo que nadie pueda sino así
llegar a igual convencimiento.
Desde que me convencí firmemente de la verdad de sus enseñanzas, ha
sido mi constante deseo presentarlas de la manera más sencilla. Este
libro responde a tal propósito. No es posible exponer las doctrinas
de Swedenborg de una manera fácilmente comprensible, ya que exigen
un nuevo enfoque mental de muchas cosas diferentes. Sin embargo, una
vez comprendidas, sus tesis resultan por lo general sencillas. La
dificultad principal estriba en desplazar nuestras ideas
preconcebidas.
La
meta de esta obra es dar en líneas generales una idea del carácter
distintivo de las enseñanzas de Swedenborg, para que el lector que
desee recurrir más tarde a la fuente misma pueda hacerlo con algún
conocimiento de su sistema de pensamiento. A menudo las obras de
Swedenborg resultan difíciles de entender, debido sencillamente a
que se ha descuidado el dar esta clase de preparación. El lector
tropieza frecuentemente con inusitados conceptos y afirmaciones
alarmantes, tan inexplicables como lo sería observar un solo hueso
completamente separado del esqueleto.
La
postura mental del que se halla convencido de la verdad de un
sistema de doctrina religiosa puede resultar antipática para quien
aún está enmarañado en dudas. Sin embargo, precisamente para éstos
se ha escrito el presente libro. Su mérito, si alguno tiene, es el
de que aborda las mismas dificultades contra las cuales tuvo que
luchar el autor durante largos años de meditación y estudio.
Al
iniciar el estudio de Swedenborg conviene no preocuparse demasiado
por las dificultades que surgen a cada paso. Estas van
desapareciendo a medida que nos compenetramos mejor con el sistema,
y sobre todo a medida que nos convencemos de la realidad del mundo
espiritual descrito por Swedenborg.
Existe realmente una sola dificultad fundamental para comprender la
doctrina del teólogo sueco sobre el mundo espiritual, y es la
dificultad de creer que la mente del hombre es en sí misma un cuerpo
espiritual. Lo material hiere nuestros sentidos y domina nuestro
pensamiento con tal constancia, que tendemos casi inconscientemente
a ver en lo material la realidad esencial, por mucho que repudiemos
el materialismo como filosofía. Sin embargo, la mente y el mundo
mental o espiritual tienen que ser preeminentemente reales, pues de
ellos surgen los hechos mismos de la vida.