Introducción al pensamiento religioso de Swedenborg.
La
Ciencia y su Explicación
COMO hemos visto, el método de Swedenborg consiste en invertir el procedimiento por el cual la mente humana acostumbra formar juicios sobre las cosas espirituales y divinas. Antes de analizar este método en detalle, convendrá prestar atención especial a esa «ciencia» que se considera el principal adversario intelectual de la religión. Las debilidades e inconsecuencias inherentes a diversas doctrinas religiosas han sido denunciadas a menudo con rudeza, pero generalmente no se trataba de posturas religiosas fundamentales, sino sólo de posiciones externas. Hoy en día son muchos los que afirman que la ciencia ha hecho insostenible la ciudadela misma: la creencia en Dios.
Para rebatir esta afirmación es muy importante, pues, que nos formemos un concepto claro de lo que la ciencia realmente es; es decir, de la naturaleza y los límites de la certeza. Sólo esto merece la calificación de ciencia. Mucho de lo que corrientemente se considera ciencia es simple conjetura más o menos plausible, cuya validez depende en gran medida de los presupuestos de que parte el teórico. Las hipótesis pueden ser perfectamente legítimas, como aparato práctico del pensamiento. Mientras no sean más que teorías de cómo suceden o han sucedido en el pasado ciertas cosas que escapan a nuestros sentidos, no tienden a ser más antirreligiosas que los hechos mismos en que se fundan. Desde luego, pueden fácilmente resultar incompatibles con otras teorías esencialmente del mismo orden que hayan sido propuestas en nombre de la religión. Pero la hipótesis científica, que pertenece propiamente al dominio de la filosofía, a menudo se presenta con toda la autoridad que es propia de la ciencia misma, al extremo de que muchos confundan la una con la otra. Es necesario, pues, distinguir claramente entre la teoría —por general que sea su aceptación— y los hechos indudables que propiamente constituyen la ciencia.
Por
mucho que se desconozca en la práctica, se admite
como teoría universal que el
único conocimiento absolutamente cierto que tiene o puede tener el
hombre es el de sus propios estados de conciencia. Para él esos
estados de conciencia son hechos indiscutibles, bien sean
sensaciones de objetos externos, que puede comprobar o repetir a
voluntad, o emociones y pensamientos independientes de los objetos
externos; imaginaciones, sueños o alucinaciones, o el recuerdo de
tales experiencias. Estos estados de conciencia constituyen su vida
tal como él la conoce. De la memoria deriva la convicción de la
persistencia de su personalidad bajo los múltiples e incesantes
cambios que experimenta en su vida. Estos dos elementos, la
personalidad persistente que conoce y las sensaciones conocidas,
forman para la mente en que ocurren, o, mejor dicho, que ellos
constituyen, un cuerpo de conocimientos absolutamente ciertos: la
ciencia propiamente dicha.
Tan
pronto como intentamos pasar más allá de esta esfera de conciencia,
aparece un elemento de incertidumbre. La conciencia consiste en dos
series de fenómenos relacionados entre sí, pero distintos: una serie
parece tener origen externo y la otra interno. Herbert Spencer ha
comparado muy acertadamente la esfera de la conciencia a una
interminable cinta móvil compuesta de dos partes longitudinales, la
anchura de las cuales varía indefinidamente en relación con la
anchura total. En un momento dado, la preocupación por los objetos
externos es tan intensa que la serie interna se reduce casi a una
línea. En otros momentos estamos tan absortos en la serie interna
que las sensaciones externas desaparecen casi por completo, hasta
que ocurre algo que nos despierta otra vez al mundo exterior.
Tenemos el hábito de considerar esta división como confirmación de
que la conciencia tiene dos orígenes diferentes: el uno en un mundo
con existencia externa e independiente de nuestras facultades
sensoriales, y el otro dentro de nuestra propia mente. Cuando el
filósofo no medita sobre la metafísica del asunto, da por sentado,
como lo haría el más torpe patán, que el mundo externo existe aparte
de sus sensaciones, tal como se lo presentan sus sentidos. Tiene la
sensación de que mágicamente su vista viaja fuera del cuerpo y
percibe los objetos a distancia. Cuando toca un objeto no le cabe
duda de que es la mano la que siente el contacto. Pero interviene
aquí la ciencia para asegurarnos de que estas impresiones son meras
ilusiones. Todas esas sensaciones existen en el cerebro mismo, que
por supuesto es parte del mundo aparentemente externo. Ahora bien:
la base de las sensaciones en el cerebro ha de consistir en alguna
modificación de su estructura molecular o de otra índole debida al
impacto de estímulos recibidos por vía de los órganos sensoriales.
Por tanto, si tal modificación se efectuara sin estímulo externo,
tendríamos la sensación de un mundo externo tan nítida e
indiscutiblemente real como la que tenemos por el proceso sensorial
tal como se concibe comúnmente. Esta es, en efecto, una de las bases
del idealismo. No es necesario tratar de justificar aquí la posición
filosófica que insiste en que cuanto conocemos es mental y en que
nada se gana en claridad o consistencia al suponer que existe una
entidad externa llamada materia. Pero puede afirmarse con confianza
que, desde la época de Berkeley, se ha mantenido ésta como una
aplicación posible de los hechos de la naturaleza. Basta señalar
aquí que apenas pasamos más allá de lo sensorial, en el sentido más
estricto, y postulamos un mundo externo independiente de nuestras
sensaciones, nos apartamos de la certeza absoluta y entramos en una
región en que hay que reconocer una posible alternativa.
Igual sucede en la naturaleza con la relación entre antecedentes y
consecuentes. Todo el mundo supone irreflexivamente que se trata de
una verdadera relación de causa y efecto; pero viene el crítico y
nos asegura que estamos equivocados o que al menos damos por sentado
algo que no ha sido comprobado ni es posible comprobar. Cuando el
individuo ha observado repetidamente cierta secuencia de fenómenos,
ésta se sitúa en el orden de la naturaleza tal como él la concibe.
Espera confiadamente su repetición, y su confianza se ve
constantemente justificada por el acontecimiento. A pesar de esto,
es falaz la noción de que cuando lo haya observado por milésima vez
comprenderá mejor que al principio la causa de la secuencia. Se ha
familiarizado con ella, eso es todo. Lo que conecta los fenómenos en
orden invariable es un misterio absoluto. Tampoco se resuelve el
enigma con analizar un fenómeno aparentemente sencillo y
descomponerlo en varios fenómenos secundarios que exhiben un orden
parecido. La causa que conecta a cada uno con sus antecedentes y
consecuentes es igualmente inescrutable. La suposición de que existe
una verdadera relación causal entre antecedentes y consecuentes vale
para fines prácticos, como valía en su tiempo la de que el Sol y las
estrellas giraban alrededor de la Tierra. Pero es una suposición, no
una certeza, y puede estar tan lejos de la verdad absoluta como lo
es el aparente movimiento diurno de los astros. Es posible concebir
un orden causal que sea compatible con la secuencia de los hechos
observados y en el cual la yuxtaposición de los fenómenos naturales
en orden invariable no indique conexión causal directa entre ellos.
Los
hechos científicos, por consiguiente, no se explican por sí. Debemos
aportar a los mismos nuestra explicación, derivándola de alguna
fuente externa. Es decir, que necesariamente enfocamos la
interpretación de los hechos desde un punto de vista o presupuesto
más o menos definido, que tiñe y a menudo dicta todas nuestras
explicaciones ontológicas. Los hechos científicos, puros y simples,
ni contradicen ni apoyan la religión: son neutrales. Es su
explicación o interpretación la que puede ser religiosa o
antirreligiosa, y una explicación no tiene mayor certeza científica
que otra. Todas son igualmente extracientíficas. Sólo la filosofía o
la interpretación pueden atacar a la religión o defenderla.
¿Qué
entendemos por filosofía o interpretación? No cabe duda de que habrá
alguna explicación de los hechos de la vida. ¿Qué es, sin embargo,
lo que realmente los explica, los hace inteligibles, los interpreta?
Un hecho no se explica simplemente porque haya sido experimentado
gran número de veces, aunque la falta de reflexión haga pensar así a
muchos. Una «ley» es una generalización basada en hechos observados,
pero nada explica. ¿No habrá, pues, alguna explicación, algo que
pueda hacer inteligible el universo? Sí hay una, la única, y es la
percepción de sus usos.
Consideremos un instrumento cualquiera: un cuchillo, un violín, un
reloj, un telescopio o una máquina. Su utilidad es su explicación.
Consideremos cualquier órgano del cuerpo, interno o externo: la
mano, el ojo, el cerebro, el corazón. Su utilidad es su explicación.
Lo que no tenga utilidad en la economía humana se considera ajeno al
cuerpo y está en camino de extinguirse. Consideremos una institución
cualquiera, un estudio, una ocupación: su explicación es su
utilidad. Los juegos y las diversiones, que no parecen tener ninguna
utilidad directa, pueden justificarse únicamente a base de algún
provecho, como el recreo y la renovación. Hasta esas cosas
intangibles a las que parece difícil señalarles una utilidad
definida: la belleza, la música y el arte, seguramente poseen alguna
utilidad, aparte de la de proporcionar placer. Existe una fuerza
purificadora en la hermosura de la naturaleza. Hay arte que
ennoblece y arte que degrada. Aquí, también, para comprenderlas
hemos de percibir su utilidad. Sin ésta serían inexplicablemente
superfluas para la vida humana. Cuando encontramos en la naturaleza
cosas a las cuales no podemos señalar ninguna utilidad, nos resultan
por lo mismo
inexplicables. El
descubrirles una utilidad adecuada las explicaría.
¿No
es evidente que este principio de que únicamente la función o
utilidad explica las cosas se adapta a toda la vida humana? ¿Qué es
lo que hace ininteligible el mal moral y físico, que para muchos es
incompatible con la doctrina de un Dios de amor o simplemente de un
Dios, sino la incapacidad de hallarle ninguna utilidad? Si
pudiéramos descubrirle un uso adecuado, sería tan explicable como
una operación quirúrgica que al ignorante puede parecerle un acto de
bárbara crueldad. Una función adecuada explica cualquier cosa, por
mucho que a primera vista nos parezca inútil o incluso perjudicial.
El
mundo de la naturaleza está tan colmado de usos que miles de
individuos viven entregados a investigar sus procesos, convencidos
de que, si logran descubrir algo nuevo, ese algo resultará de
utilidad inmediata o futura. Una utilidad puede quedar latente o
inadvertida durante siglos, como la fuerza del vapor en la marmita
hirviente, hasta que de repente en manos de un Watt surge la
utilidad y se inicia una nueva era. Ahora bien: toda utilidad tiene
su origen en el intelecto. ¿De qué podría surgir sino del intelecto?
La idea de que este mundo maravilloso, ordenado y funcional haya
emanado de fuerzas puramente mecánicas, desprovistas de
inteligencia, es el colmo de la irracionalidad humana. No en balde
ha sido desechada prácticamente por todas las personas de juicio.
El
argumento en pro de la existencia de Dios, a base de la infinidad de
funciones halladas en la naturaleza, puede considerarse como una
derivación del argumento llamado «de designio» a que se adhirieron
tantos apologistas cristianos de mediados del siglo pasado.
Posteriormente, este argumento ha caído en descrédito, en parte
porque la teoría evolucionista parecía explicar la adaptación del
órgano a su ambiente sin implicar la idea de una inteligencia
guiadora, pero además porque —en la forma en que antiguamente solía
presentarse el argumento— se considera incompatible con ese concepto
más grande y elevado de Dios a que aspiran ahora universalmente los
pensadores religiosos. Nuestra reverencia por Dios se resiente de
pensar en El como diseñador de coyunturas y órganos, como cualquier
otro inventor de máquina. Mas esta objeción no se opone al argumento
a base de la universalidad de la función, porque el amor a cumplir
una función, a ser útil, es idéntico al amor del bien mismo. ¿Qué es
un hombre bueno sino el que intenta —en la medida de sus fuerzas
—realizar una función, no en provecho propio, sino por amor al
resultado mismo? Es imposible formarse un concepto más elevado de
Dios que el de un Ser que infinitamente se propone, concibe y
realiza servicios eternos; que es esencialmente la Fuente del
supremo servicio del cual emanan todos los servicios o usos
subsidiarios.
¿Qué
constituye entonces fundamentalmente el servicio humano activo y
productivo? Pueden distinguirse tres elementos: el motivo, que es el
amor a servir o hacer el bien; el medio, que es la sabiduría o
conocimiento de la forma de llevarlo a cabo, y el acto, que es
resultado de los dos. El servicio no resulta perfecto sin la unión
de estos elementos. Es verdad que el bien se realiza a veces por
otros motivos que no son el amor desinteresado. Mas aunque tales
bienes puedan ser beneficiosos para la comunidad, no lo son para la
persona que los produce, excepto en la medida que contribuyen a los
fines por él perseguidos: su provecho propio, su exaltación o algo
por el estilo. Estos bienes no contribuyen a desarrollar en él esa
vida de amor, sabiduría y servicio reunidos que es la verdadera vida
humana, porque tiene su fuente y origen en lo divino.