Introducción al pensamiento religioso de Swedenborg.
La
Creación
YA HEMOS cubierto un buen trecho, más para
seguir avanzando tendremos que tomar como nuevo punto de partida la
conclusión a que hemos arribado. El medio principal con que contamos
para verificarlo consiste en reconocer el poder de esa conclusión
para explicar y conciliar hechos que a primera vista más parecen
contradecirla. ¿Cómo lograremos que los escépticos nos acompañen en
este examen de los hechos desde el centro a que hemos llegado, es
decir, el concepto de Dios como Hombre Divino, Amor y Sabiduría
infinitos? Únicamente dándole aceptación provisional a la anterior
conclusión. Esta aceptación no es irracional ni necesariamente
infructuosa; es precisamente el asentimiento que el investigador
científico da a una teoría de cuya verdad no está plenamente
convencido todavía, pero cuya posibilidad reconoce y desea discutir
francamente. La considera provisionalmente cierta a fin de ver si
logra explicar los hechos con que está directa o indirectamente
relacionada. Es decir, la admite como una hipótesis de trabajo cuya
verdad logra establecer al final, sólo cuando proporciona una
explicación inteligible y coherente de todos los hechos estudiados.
Por consiguiente, debemos suponer que nuestras posiciones
principales quedan admitidas, y hemos de proceder a demostrar que
sobre esa base podemos inferir legítimamente ciertas consecuencias y
comprobar hasta qué punto ellas explican los hechos estudiados.
La
primera inferencia natural podría ser que en su universo de tal
manera constituido no puede existir el mal físico o moral. Para
explicarlo de modo compatible con los principios enunciados, nos
vemos obligados a suponer que en alguna parte del orden de la
creación existe un elemento que, aunque derivado de Dios, no está de
acuerdo con su voluntad. Este elemento podría ser el libre albedrío
humano, si la suma total de las mentes humanas es, como enseña
Swedenborg, un factor en la cadena de causas creativas y si la
misma, pervertida, es capaz de generar en los hombres, no solamente
el mal físico y moral, sino también esos fenómenos exteriores al
hombre que más trabajo nos cuesta calificar como obras de un Dios de
amor.
Puede admitirse que la idea de un Dios personal y la de un Dios
inmanente son igualmente concebibles, aunque puede argüirse que
ambas no pueden ser al mismo tiempo ciertas. Nuestro principio
central requiere que aceptemos ambas como verdaderas. «Es posible
—se dirá— concebir un Dios personal trascendente al universo, y es
también posible concebir un Dios inmanente en el universo, que es,
en efecto, el universo mismo, pero es imposible reconciliar los dos
conceptos. El uno excluye el otro.» Nos encontramos aparentemente en
ese callejón sin salida al cual nos hemos referido en capítulo
anterior y que constituye el gran escollo del pensamiento religioso
moderno. «No hay un modo de pensar mediante el cual podamos
inteligentemente tender un puente sobre la brecha que se abre entre
nuestro concepto de Dios y nuestro concepto de la naturaleza.»
Tratemos de indagar si la enseñanza de Swedenborg nos proporciona
ese «modo de pensar». Quienes han estudiado seriamente sus obras
creen que sí. Pero es en extremo difícil formular claramente los
conceptos por los cuales se establece esta conexión. Siendo ellos el
medio por el cual puede la mente combinar las ideas de un Dios
personal y de un Dios inmanente, forman una sólida armazón que
sostiene el cuerpo entero de la doctrina teológica y filosófica de
Swedenborg.
Después de este preámbulo, veamos de qué medio se vale Swedenborg
para relacionar la idea de un Creador personal e inmanente con el
universo conocido por nuestros sentidos. Lo intenta con ayuda de su
doctrina de «los grados discretos», peculiar de la enseñanza de
Swedenborg, aunque se encuentren vislumbres de la misma en la
filosofía antigua y en los escritos de algunos místicos. Para mayor
conveniencia, dividamos nuestra indagación en dos partes.
1.
Lo que quiere decir Swedenborg por «grados discretos».
El
universo está compuesto por sustancias de muchos órdenes, de las
cuales la materia es la más baja, inerte e inanimada. La sustancia
primaria, autoexistente, es el Dios infinito, origen de todas las
sustancias subsidiarias y finitas. Hay sustancias mentales, que
forman la mente del animal y la humana. Estas sustancias mentales
son de varios «grados
discretos», que se manifiestan psicológicamente por sus diferentes
maneras de funcionar. Así, en la mente del hombre existen varios
«grados discretos», aunque él no tenga conciencia de ellos durante
su vida mortal. También hay grados en la mente de los animales. Si
fuera posible examinar una acción particular de la mente con
suficiente minuciosidad como para descubrir todos sus integrantes,
se advertirían «grados discretos». En efecto, existen «grados
discretos» en las cosas mayores, tanto como en las menores, porque
el universo consiste en una serie infinita de causas y efectos.
Estos, sin embargo, forman una unidad tal que en ella ningún
elemento está completamente desconectado
de los demás.
El
significado del término «discreto» puede hasta cierto punto ser
apreciado por contraste con los llamados grados «continuos». Estos
consisten, más o menos, en la misma clase de cosas o cualidades,
como la luz, el calor, la densidad o peso en el mundo material, o el
amor, la inteligencia, el conocimiento, la industria o la entereza
en el mundo mental. En estas cualidades puede haber en un mismo
plano gradaciones, ilimitadas e imperceptibles, de más o de menos.
Pero los «grados discretos» se relacionan como lo anterior y lo
posterior, la causa y el efecto, lo interior y lo exterior,
interpretando estos términos no como representación de un orden
espacial o temporal, sino como una relación en la serie de procesos
creativos en los cuales todo lo que está en un plano inferior
depende de un plano superior y la actividad del superior depende del
inferior. El grado exterior o inferior se produce por la
consolidación de los elementos o unidades que componen el grado
antecedente interior o superior. Esta composición, mediante la cual
el producto más craso, apropiado para una función más tosca, más
general y limitada, surge de elementos más finos y puros, se ve, por
ejemplo, en la formación de un músculo o nervio a partir de fibras
primarias más pequeñas y finas. Parecida composición es también
característica de las sustancias mentales, aun cuando sean
invisibles al ojo físico. Todas estas sustancias proceden
ordenadamente de la primera Sustancia auto-existente e infinita, en
una serie unida por una cadena causal. Los elementos superiores
pueden existir sin los inferiores, pero no-a la inversa. A medida
que se realiza este proceso —que opera incesantemente, ya que la
subsistencia es una creación perpetua—, en cada grado inferior hay
pérdida progresiva de vitalidad y fuerza en relación con el grado
precedente. Sin embargo, el inferior conserva alguna semejanza con
el superior que no solamente lo forma, sino también lo vivifica
continuamente. La última sustancia o compuesto de sustancias más
bajo es la materia. Considerada por sí misma o aparte de los grados
interiores que la vivifican, carece por completo de vida divina y
mental. Las únicas indicaciones de la fuente de donde procede son
sus representaciones en una imagen física o encarnación de las
sustancias espirituales de las que se deriva, y en la
correspondiente utilidad que esté capacitada para prestar en su
propio plano. Tal es brevemente la doctrina de los «grados
discretos» de Swedenborg.
2. Cómo llegó Swedenborg a la convicción de que los «grados
discretos» son elementos integrales en el orden de la creación
Para
los que tienen el hábito de examinar sus propios pensamientos, es
obvio que cualquier filosofía es resultado de las convicciones o
suposiciones fundamentales que el pensador toma como presupuestos.
Es absurdo pensar que la mente pueda comenzar a investigar como
tabula rasa y llegar a conclusiones mediante un puro proceso de
inducciones y deducciones. La mente no es jamás una tabula rasa; si
lo fuera, no sería mente. La filosofía o explicación es fenómeno
tardío en el desarrollo de la razón humana. El que emprende esta
carrera posee ya una multitud de convicciones conscientes,
semiconscientes, e incluso inconscientes, mezcladas
inextricablemente con afectos, aspiraciones y preferencias todavía
más oscuros y aun más vitales e influyentes. Por necesidad, la mente
filosofa o explica partiendo de estos estados complejos. La
naturaleza en sí no da explicaciones; sólo indicaciones prácticas de
lo que sucederá en determinadas circunstancias. Somos nosotros
quienes llevamos a la naturaleza nuestra explicación y creemos
descubrir en sus fenómenos las suposiciones de que partimos. Son
éstas las determinaciones en nuestro pensamiento, que lo moldean y
dan color aun cuando apenas notemos su influencia.
Es
fácil comprender, por tanto, el profundo impacto que tienen nuestras
convicciones arraigadas, y especialmente nuestros afectos, sobre
nuestra filosofía de la vida. La persona que no crea en Dios ni
quiera creer, filosofará de una manera; el que cree y desea creer,
lo hará de otra.
Swedenborg parece haber tenido durante toda su carrera un punto de
partida fijo; una creencia fija, inconmovible, en Dios como
Creador y Sostenedor del
universo. El escepticismo en sentido general, la duda con
respecto a la existencia de Dios o acerca de la intimidad y
constancia de sus relaciones con el universo creado, no parece
haberle pasado jamás por la mente. Siempre dispuesto a revisar sus
conceptos desde cualquier otro punto de vista y a la luz de una
mayor experiencia y una percepción más clara, la creencia en Dios
fue para él algo fundamental en el pensamiento racional. Para una
mente así constituida, en el estudio de cualquier objeto natural no
podía haber sino una meta: comprender el propósito del Creador.
Nunca se le ocurrió dudar de que todo lo existente tuviera utilidad.
Esta creencia era para Swedenborg evidente; su único propósito era
descubrir esa utilidad. Ningún fracaso lo perturbaba, ya que
comprendía claramente lo imposible que ha de ser para la mente
finita discernir todas las funciones ideadas por la mente infinita.
Daba
además mucha importancia a las percepciones e intuiciones de la
mente, que creía emanaban de Dios y tenían su propósito. El simple
hecho de que la mente formulara una pregunta representaba para él la
seguridad de que había una respuesta que era preciso hallar.
Contrariamente a la costumbre de su época que tendía a impedir la
investigación razonada de la religión, por considerarla destructora
de la fe, Swedenborg no consideraba ningún tema tan sagrado o
profundo como para eludir la investigación. Estaba convencido de que
todos los hechos pueden ser comprendidos racionalmente y de que en
realidad no creemos en aquello que no entendemos, por más que lo
proclamemos rotunda y sinceramente.
Pero
si bien mantenía esta firme creencia en el valor de la intuición,
Swedenborg tenía muy presente la propensión humana a razonar
erróneamente a base de principios preestablecidos, e inclusive a
aceptar como axiomas conclusiones falsas. Por eso adoptó como lema
el principio de que toda conclusión debe ser confirmada por la
experiencia. Jamás hombre alguno sintió tan fuertemente la necesidad
de basarse en hechos definidos y demostrables. Según él, para
establecer una conclusión todos los hechos conocidos deben
concurrir.
En
vista de estos principios, Swedenborg estaba persuadido de que el
universo material, por ser emanación de Dios, tenía que ser capaz de
revelar a todo espíritu reverente innumerables indicaciones acerca
de su modo de obrar, incluso en la esfera invisible. Porque siendo
Dios siempre y en todas parotes el mismo, todas sus obras han de
mostrar una semejanza entre sí que haga posible inferir, a partir de
una ley de la esfera visible, una ley de la esfera invisible.
Al
principio de su carrera había concebido que todo el universo
material estaba necesariamente construido sobre principios
mecánicos. Proyectó un nuevo método matemático, «la matemática de
los universales», mediante el cual esperaba corregir las
limitaciones del lenguaje para expresar los procesos trascendentales
de la creación. Se ha calificado este concepto de la naturaleza del
universo creado como una especie de «materialismo inocente». Aun en
este período estrictamente científico y filosófico de su carrera,
estaba profundamente impresionado por la importancia de los grados
discretos en el orden del mundo físico, y especialmente en el
orgánico. Sostenía, por ejemplo, que el éter era el origen del aire
atmosférico y de la materia, mediante un proceso de composición
sucesiva. La ciencia moderna parece inclinarse a esta misma
conclusión.
Mas
al pasar al estudio del mundo espiritual, Swedenborg amplió
considerablemente sus conceptos sobre la sustancia y los grados
discretos. Comprobó que el tema único de las matemáticas y la
mecánica es el mundo físico, y que existen otros mundos dentro de
otros mundos, interiores a la materia, a los que estos procesos
mentales no son aplicables. Ajustándonos a este pensamiento ampliado
y corregido, resumiremos a continuación, de modo breve y general, el
concepto de Swedenborg acerca del orden de la creación.
Dios
es la única Sustancia y Forma con existencia propia, de la cual se
derivan todas las otras sustancias y formas. Esa Sustancia y Forma
es totalmente inconcebible para cualquier mente finita, excepto
mediante símbolos finitos, de los cuales el fundamental es que Dios
es el Hombre Divino. La emanación de su amor y sabiduría es el
primer acto de creación, no en cuanto a tiempo, puesto que el tiempo
no tiene relación con esa esfera, sino en cuanto a orden. Esta
emanación se presenta constantemente a los ángeles del cielo más
elevado como un sol de incomparable esplendor, y, con mayor o menor
frecuencia, a los ángeles del cielo inferior. De El reciben el calor
espiritual o amor, y la luz espiritual o sabiduría. La emanación
divina de este Sol es lo primero que llega a los sentidos angélicos,
pero el Amor y la Sabiduría Divinos que de aquél emanan permanecen
más allá de su comprensión. El ardor de esta manifestación es tan
intenso, que si no fuese templado por atmósferas espirituales
intermedias, capaces de adaptarlo para que pueda ser recibido por
las mentes angélicas,
las abrasaría en lugar de bendecirlas. Este Sol aparece a una
distancia media entre el horizonte y el cenit, a una distancia
aparentemente comparable a la de nuestro sol. Pero aunque el Sol del
mundo espiritual esté lejos de los ángeles —y así es, en efecto,
espiritualmente, es decir, cualitativamente, es, sin embargo, para
su conciencia la representación de algo que existe en ellos: su más
permanente y esencial relación con Dios, que es la de recibir todo
su amor y toda su sabiduría, y por tanto su vida toda, como don
perpetuo procedente de El. Cuando la percepción de este hecho y la
satisfacción de haberlo percibido es muy vivida, el sol brilla con
toda su fuerza. Cuando la percepción se oscurece, el Sol se nubla.
Mas ese Sol está, en realidad, dentro de ellos mismos, como lo
muestra claramente el hecho de estar siempre delante de sus ojos por
más que vuelvan sus cuerpos en una dirección u otra.
La
primera etapa de la creación consiste, por tanto, en la
manifestación y a la vez la limitación del Amor y- la Sabiduría
infinitos en una esfera mucho más allá del alcance de la más elevada
inteligencia finita. No obstante, es capaz de penetrar en la
conciencia humana, por ser el primer elemento que la forma. Para
Swedenborg, esta etapa era un grado discreto, un grado distinto de
lo Divino mismo del cual emanaba, y también distinto de los efectos
y pensamientos de los ángeles en los cuales fluía.
Una
vez que Swedenborg tuvo conocimiento de la organización de las
comunidades en el mundo espiritual y de sus mutuas relaciones, vio
que ellas también manifestaban otros grados discretos. Los cielos
superiores aparecen como si estuvieran encima de los inferiores; sin
embargo, no están separados espacialmente, sino por la calidad de su
vida espiritual. La vida de los inferiores depende completamente de
la de los superiores, al extremo de ser inseparables. Los afectos y
pensamientos de los superiores forman los de los inferiores,
mediante la consolidación de los estados o elementos más tenues en
estados menos tenues y más comunes, que reciben el amor y la
sabiduría de grado inferior. Los refinamientos de los afectos y
pensamientos de los ángeles de un cielo superior pueden ser como en
razón de mil a uno comparados con los afectos y pensamientos de
ellos derivados. Estos grados, no obstante ser tan distintos que los
afectos y pensamientos de los ángeles de un cielo superior son
incomprensibles para los de uno in¬ferior, no están separados. Esto
se evidenciaba para Swedenborg en el hecho de que a un ángel de un
cielo superior le es posible descender a uno inferior; es decir, que
su conciencia puede pasar del grado mental que le es habitual a uno
inferior. que normalmente sólo está latente en él. Pero al hacerlo
.deja necesariamente el ambiente de amor y sabiduría de su propio
cielo y entra en el del cielo al cual desciende. Pierde de vista los
objetos de su ambiente normal y se hace consciente sólo de los
objetos propios del cielo inferior al cual se ha dirigido. Del mismo
modo es posible a un ángel del cielo inferior ascender a uno
superior. En este caso su conciencia se transfiero del grado
inferior a uno superior, que en él sólo está en potencia. Se eleva
por el momento al grado de amor y sabiduría del cielo al cual
asciende, y también pierde de vista los objetos de su propio cielo y
únicamente tiene conciencia de los del cielo superior. En ningún
caso el cambio puede ser permanente. El ángel superior no puede
quedar satisfecho con el grado de amor y sabiduría del cielo
inferior y desea volver a su propia esfera. Lo mismo ocurre al ángel
inferior, por una razón diferente. La atmósfera superior lo oprime,
y anhela volver al lugar en el cual solamente puede hallar morada
permanente. Del mismo modo, los afectos y pensamientos de los
hombres no se generan solos. Entran en sus mentes desde el mundo
espiritual, y son afectos y pensamientos que allí existen
manifestados en una encarnación más oscura y general. Los estados
mentales de los hombres, e incluso de los otros animales, son
comparables en este sentido a los movimientos del cuerpo. Estos se
perciben por los sentidos como simples movimientos de los miembros,
aunque en realidad son resultado de la concertada actividad de las
partes componentes más y más finas, hasta que el origen del
movimiento se pierde en la acción de fibras tan infinitesimalmente
pequeñas que escapan a la observación.
Cuando pasamos del mundo mental o espiritual al material, hallamos
un modo similar de producción, pero con una diferencia. La materia
del cuerpo físico no se deriva directamente del espíritu que lo
anima, sino, evidentemente, del mundo material en que vive, y en
última instancia del Sol. El Sol, según Swedenborg, no solamente es
el centro y sostén del sistema soplar, sino la causa inmediata de su
existencia, porque para él es axiomático que un efecto sólo se
mantiene mediante la acción continuada de la causa que lo produjo.
Por tanto, cuando observamos una causa que obra universalmente para
mantener una entidad, podemos inferir que esta causa la produjo.
Así, el sistema nervioso gobierna todos los actos del cuerpo; por
tanto, el sistema nervioso, como causa subordinada e instrumental,
produce el cuerpo. Los mismo puede decirse del sol y del universo
físico. El comienzo de todo sistema solar es la creación de un sol.
De la actividad de este sol emanan radiaciones de energía, que por
un proceso de consolidación, según grados discretos, produce
finalmente la atmósfera ponderable y la materia que compone el mundo
físico. No obstante, el sol físico debe su creación al proceso de
emanación del sol espiritual, según grados discretos que existen en
el mundo espiritual y lo constituyen.
La
materia derivada del sol físico, por tanto, desde su origen más
remoto posee esta cualidad: la de ser susceptible de vivificación
mediante las fuerzas espirituales y, por consiguiente, estar
capacitada para representarlas en una imagen o encarnación material.
Considerados por sí mismos, separadamente de las fuerzas
originarias, el sol físico y el universo material son inertes.
De
esta manera, lo Divino, por su actividad creadora, sé convierte en
lo finito y se despoja de su propia vida infinita por etapas o
grados distintos. En cada grado sucesivo lo Divino se manifiesta en
un medio inferior del amor y la sabiduría, hasta que en la esfera
física no queda nada de esas cualidades, sino tan sólo la
potencialidad y capacidad para las funciones que sirven al amor y a
la sabiduría.
Es preciso admitir que la doctrina de «los grados discretos»
proporciona la manera de vincular los conceptos aparentemente
incompatibles de un Dios personal y a la vez inmanente.