Introducción al pensamiento religioso de Swedenborg.
La
Divina Humanidad
TODO
pensamiento religioso busca necesariamente formar ideas acerca de Dios
mediante símbolos derivados de las cualidades humanas más elevadas que
sepa concebir. Todo reverente pensamiento religioso admite que estos
símbolos son representaciones inadecuadas de las realidades que ellas
manifiestan imperfectamente, pero sostiene que los símbolos retratan
verdaderamente una realidad aunque sean susceptibles de ser purificados
y elevados indefinidamente para llegar a representarla mejor. Este modo
de pensar presupone que Dios posee en grado perfecto e infinito esas
cualidades cuyos conceptos derivamos de las más altas posibilidades de
excelencia humana concebible. Todo nuestro pensamiento en símbolos
humanos carece de base y es erróneo, a menos que Dios mismo sea
Divinamente Humano.
Swedenborg, con audaz y sorprendente sencillez, presenta esta suposición
como un hecho. «Dios —dice— es Hombre.» No el nombre, no la humanidad
individual o colectiva en su más alto desarrollo espiritual, que en
efecto procede de Dios y en un sentido muy real es Dios. Su presencia
viviente, actual e inmediata en el hombre constituye la verdadera
naturaleza humana, Pero esa manifestación no define ni limita a Dios. El
en sí mismo, aparte e independiente de todo ser derivado, es el Hombre
Infinito y Divino.
No
pretende Swedenborg que esta afirmación sea interpretada en sentido
figurado o de otra manera indefinida, porque agrega: «Siendo Dios
Hombre, tiene cuerpo y todo lo que pertenece al cuerpo; por tanto, tiene
cara, pecho, abdomen, hombros y pies, pues sin éstos no sería hombre. Y
teniendo éstos, también posee ojos, oídos, nariz, boca, lengua; y además
los órganos internos del Hombre, tales como el corazón y los pulmones y
todas las partes que dependen de éstos, los que conjuntamente hacen al
hombre. En el hombre creado estas partes son muchas, y consideradas en
sus estructuras, innumerables; pero en Dios-Hombre son infinitas y
completas, y, por tanto, a El es atribuible la perfección infinita.»
Bien
recuerdo la sorpresa mental, la sacudida de incredulidad y hasta
repugnancia con que leí por primera vez las palabras «Dios es Hombre».
Inútil decir que no deben ser interpretadas en ningún sentido físico. La
forma del cuerpo humano deriva de la mente que lo anima, pues el alma es
forma y hace el cuerpo. Corresponde a la mente, no sólo como entidad,
sino en cada parte diminuta, interna y externa. Es un modelo físico de
la mente. La mente es sustancia tan real y verdaderamente orgánica, y,
por consiguiente, tan verdaderamente corpórea como él mismo cuerpo
físico. Es la mente humana aquello que puede transformarse en imagen y
semblanza de Dios, el Creador y Sostenedor de toda sustancia y forma
derivada.
Hemos
admitido la necesidad de pensar acerca de Dios por medio de símbolos
derivados de nuestras experiencias más elevadas, para no caer en el
riesgo de no poder explicar el universo como un todo y descender
inevitablemente a un concepto inferior que es lo meramente físico,
existente o material. Pero si estos conceptos derivados de la
experiencia humana no corresponden a la realidad; si Dios no posee las
cualidades que nos sentimos impelidos a atribuirle, todas esas nociones
no sólo resultan inadecuadas e imperfectas, sino falsas; ni siquiera se
aproximan a la verdad. Concedido que no pueden ser sino aproximaciones,
símbolos imperfectos; que la realidad sobrepasa infinitamente todo
concepto a nuestro alcance. Pero si Dios no es divinamente Humano en su
naturaleza, ¿no estamos obligados a concluir que en la constitución de
la mente humana existe una contradicción fundamental e irreconciliable,
que el poder del cual todo proceda la ha formado de manera tal que,
teniendo por fuerza que pensar en El, lo hará falsamente? Nadie se
sentirá inclinado a abrigar esta creencia. Todo sistema de pensamiento
presupone la validez de los procesos mentales humanos. Si dudamos de
esto, estaremos socavando los cimientos de cualquier verdad filosófica,
ética o espiritual.
Revisemos, pues, brevemente los pasos mediante los cuales hemos arribado
a la conclusión de que Dios ha de poseer atributos correspondientes a
las formas más altas de la vida humana, aunque trascendiéndolas
infinitamente. Estos pasos consisten en una serie de proposiciones, cada
una de las cuales contiene la afirmación de un hecho. Un solo hecho
equivocado invalidaría la conclusión, pues una cadena no puede ser más
fuerte que su eslabón más débil. Se enumeran como sigue:
1.
No podemos dejar de suponer una Primera Causa con existencia
propia.
2.
Únicamente podemos pensar mediante símbolos derivados de la
experiencia humana.
3.
En la experiencia humana existen elementos superiores e
inferiores.
4.
Todo ha de concebirse en términos de sus cualidades más elevadas
y distintivas.
5.
Lo más elevado y distintivo de la experiencia humana ha de tener
su origen y analogía en la Primera Causa.
6.
Por tanto, hemos de concebir la Primera Causa en términos de la
experiencia humana más elevada.
Evidentemente, ninguna de estas proposiciones posee una fuerza lógica
como la que tiene la demostración de un problema matemático. La
conclusión es inevitable si se aceptan como verdaderas las premisas,
pero cada una de las premisas puede ser negada. Uno puede decir: «Yo no
siento la necesidad de pensar en una Primera Causa. Acepto las cosas tal
como las encuentro, y considero que especular sobre su origen es una
pérdida de tiempo.» Sospecho que esta actitud mental caracteriza hoy día
a muchos, a quienes fundamentalmente no les preocupa la religión, al
menos como sistema de pensamiento. Mas suponer por esto que sean
completamente irreligiosos sería llegar a una conclusión errónea. Es un
estado mental que puede hallar cómodo el afiliarse más o menos
formalmente a una iglesia determinada o a ninguna. Puede ser compatible
con una vida honrada y sana, llena de servicio práctico y humana bondad,
pero que se preocupa poco o nada de explicaciones. Uno de los índices de
la rara cordura y comprensión de Swedenborg es que haya hecho plena
justicia a este tipo de mentalidad diametralmente opuesta a la suya y
tan poco dispuesta a examinar siquiera el sistema de pensamiento
religioso que él se creía llamado a presentar al mundo. No hemos de
olvidar, sin embargo, que esta mentalidad tiene su lado sórdido. Muchos
no se preocupan porque los ideales y exigencias de la religión les son
odiosos. No desean frenar sus goces, y la religión se les antoja un
freno.
Pero no
nos preocupemos por las gentes de esta clase. Si hubieran ojeado este
libro, lo habrían apartado de sí antes de llegar a este punto. En
cambio, hay otros que dirán: «Yo no sé si los demás tienen que pensar en
una Primera Causa. Sólo sé que yo sí.» No necesitamos más. Basta con que
experimentemos la necesidad, la irresistible necesidad de pensar en una
Primera Causa.
En el
supuesto, pues, de que se acepte la primera proposición, parece
irrebatible que sólo podamos pensar en la Primera Causa en términos de
la experiencia humana. Es innegable que en la naturaleza humana hay
elementos superiores e inferiores, a menos que neguemos la distinción
entre el bien y el mal y que exista, por ejemplo, algo llamado
abnegación. Si una persona piensa así, nadie le convencerá de su error.
El asunto está en que se reconocen o no ciertas distinciones. Acaso nos
haga vacilar la afirmación de que todo ha de conceptuarse en términos de
lo que contiene de más elevado y distintivo. No obstante, creo que
mientras más se piense en ello, más claramente se verá que es una ley
universal del pensamiento. Todas nuestras percepciones sensoriales están
basadas necesariamente en distinciones; como también nuestras ideas
sobre las cosas de orden civil, moral y espiritual. No podemos ver, a
menos que distingamos los colores. El sentido del tacto depende de las
diferencias del esfuerzo muscular, del frío y el calor, de la textura
áspera o tersa, dura o blanda. Los movimientos del cuerpo humano son
mecánicos; pero considerados como meras expresiones mecánicas, carecen
de explicación o significado. Las interpretamos en términos derivados de
nuestra voluntad, inteligencia y acción consiguiente. Si el hombre posee
un elemento que lo vincula a lo Divino y lo capacita para asemejarse a
Dios en cierto sentido, ¿no formamaremos fatalmente un concepto erróneo
de su naturaleza si no hacemos de esto el elemento predominante en
nuestro pensamiento?
No es
probable que quien haya aceptado las proposiciones anteriores niegue la
afirmación de que lo más elevado y distintivo de la experiencia humana
debe tener su origen y analogía en la Primera Causa. Tal vez surja la
duda de si —sobre la base de este principio— estamos asimismo obligados
a aceptar que también lo más bajo de la naturaleza humana tiene su
analogía en la Primera Causa, como lo tiene lo más elevado. Es elemento
esencial de la enseñanza de Swedenborg que lo inferior de la naturaleza,
es decir, lo físico y lo mecánico, tiene su analogía en Dios. Toda la
doctrina de las correspondencias descansa sobre este axioma. El
librarnos de esta duda acerca de si también el mal tiene su analogía,
depende de que entendamos y aceptemos la doctrina de que el mal no es
sino la perversión del bien mediante la acción del libre albedrío,
doctrina que, a mi juicio, es peculiar a la enseñanza de Swedenborg.
Veamos
el otro término de la proposición «Dios es Hombre». Tal vez la
dificultad resida en nuestra imperfecta concepción del hombre, o, por lo
menos, de lo que Swedenborg quiere significar al referirse al hombre. Es
palabra que empleamos a cada instante, pero algunos de los términos más
corrientes son muy difíciles de definir. ¿Qué es el hombre? ¿Qué es lo
que constituye esencialmente su humanidad y lo distingue de los
animales, aunque participe de su naturaleza? Si nos satisfacen las
definiciones que lo presentan como un animal que «razona» o que «habla»,
o si pensamos en él como poseedor de cualidades físicas y mentales
superiores en algunos respectos a las de otros animales, pero
esencialmente del mismo orden, la proposición «Dios es Hombre» nos
parece absurda. Mas ¿son suficientes tales ideas? Acaso toda la
dificultad emana de un concepto inadecuado de lo que constituye
básicamente la calidad del hombre. Examinemos, al menos, lo que
significa para Swedenborg. Hay que permitirle a todo pensador que defina
sus propios términos; por consiguiente, debemos aceptar el significado
que él asigna al vocablo.
Según su
enseñanza, el hombre es humano porque el vasto alcance de su mente lo
capacita para comprender la relación del bien y el mal consigo mismo y
con la vida humana en general. Entre los seres creados, es el único que
puede llegar a preguntarse: «¿Es esto justo o injusto? ¿Debo hacerlo o
no?» Y junto con este poder que lo capacita para entrar en un mundo de
pensamiento que está cerrado al animal, posee la capacidad para seguir
lo que conceptúa el bien y evitar lo que conceptúa el mal. Si persiste
en hacer lo que cree justo, resistiendo los impulsos que le atraen al
camino opuesto, desarrolla progresivamente un amor a la bondad y a la
verdad por el valor intrínseco que tienen. Este desinteresado amor al
bien y a las verdades que lo sirven y lo dirigen a fines útiles
constituye su conciencia. La conciencia se purifica, se ilumina y
perfecciona precisamente en el grado en que el amor al bien y su
percepción de la verdad gobiernan su comportamiento. La conciencia, por
tanto, es esencialmente el deleite en el bien o la utilidad y en las
verdades que lo dirigen a la acción benéfica. El amor sin sabiduría para
guiarlo es ciego e impotente. En efecto, no puede tener conciencia de sí
mismo si no se incorpora a alguna idea intelectual. Si la
materialización intelectual mediante la cual actúa es falsa o
imperfecta, el acto consiguiente será en el mismo grado perjudicial e
imperfecto. La conciencia no crecerá nunca si se estaciona en el estado
ideal del amor y sus percepciones complementarias de la verdad. Para su
desarrollo e incremento perpetuo, éstas han de culminar en obras buenas.
Con lo anterior, Swedenborg quiere decir buen trabajo, trabajo sano de
toda clase, mental o físico, que no se hace por obtener recompensa
—aunque ésta pueda representar una concomitancia legítima e
indispensable—, sino por utilidad del trabajo mismo.
El
hombre, pues, es hombre porque es capaz de ser inducido por un amor
altruista y guiado por la sabiduría a una vida de utilidad práctica. En
otras palabras, es hombre porque tiene la facultad de llegar a ser él
mismo amor, sabiduría y servicio. Estas cualidades no existen como
abstracciones, sino como realidades concretas, como sustancias y formas
mentales. En el grado en que estas cualidades se desarrollan en él y
arraigan en su vida, se hace verdaderamente hombre. En suma, el hombre
es hombre en la medida en que ame altruistamente, sepa expresar su amor
con actos verdaderamente benéficos y viva de acuerdo con este amor.
Cuando
aceptamos esta definición del hombre, automáticamente desaparece
cualquier aparente incongruencia en los términos de la proposición «Dios
es Hombre». Pensar en Dios como un Hombre Divino equivale a pensar en él
como Amor y Sabiduría infinitos, activos, de manifiesto en el servicio,
lo que es otra forma de afirmar que sólo podemos pensar rectamente
acerca de Dios mediante símbolos derivados de las más altas cualidades
humanas concebidas, y que Dios ha de poseer estas cualidades con
perfección infinita.
Una vez
aceptado lo anterior, sólo resta un obstáculo para pensar correctamente
acerca de Dios: la dificultad, aun la imposibilidad de concebir lo que
son el amor y la sabiduría infinitos. El concepto humano de Dios
necesariamente ha de variar según el concepto que sepamos formar de
estos atributos. A medida que el hombre llega a ser en la práctica la
encarnación del amor y de la sabiduría, se desarrolla su facultad de
pensar en Dios acertadamente. Este proceso puede continuar
indefinidamente.