Introducción al pensamiento religioso de Swedenborg.
La
Encarnación
Swedenborg enseña que el hombre comenzó su existencia en este mundo
como ser espiritual que en lo concerniente a poderes mentales
naturales se diferenciaba muy poco de los apacibles y mansos
animales superiores. La diferencia fundamental era que dentro y por
encima de sus facultades naturales poseía tres grados interiores de
la mente, cada uno de los cuales era susceptible de desarrollo y
perfeccionamiento sucesivos durante su vida terrenal, y que éstos
formaban la base sustancial y orgánica para su futura introducción
en el cielo. De este estado infantil la raza humana o parte de ella
fue conducida hacia arriba por medio de un proceso gradual de
desarrollo espiritual, siempre en perfecta libertad. Esto sucedió
mucho antes del alborear de la Historia, y el único testimonio que
de ello tenemos se encuentra en el primer capítulo del Génesis, que
no trata de la creación del universo visible, sino de la creación
espiritual o regeneración del género humano hasta alcanzar el ápice
de su elevación espiritual en lo que Swedenborg llama «la Iglesia
más Antigua» o «Iglesia Celestial». Representada en el Génesis por
Adán —voz genérica hebrea que significa hombre— en el jardín del
Edén, o de delicias, poco a poco esa Iglesia degeneró,
corrompiéndose hasta ser al fin reemplazada por una nueva, a la cual
se confió un orden de la verdad inferior
mejor adaptado al estado espiritual inferior en que había caído el
resto de los seres buenos. Este proceso gradual de degeneración
continuó hasta el establecimiento de la Iglesia israelita, que no
era una iglesia espiritual, sino más bien la imagen representativa o
símbolo de una iglesia. Todos los preceptos, ritos y ceremonias
religiosas impuestos a los israelitas estaban desprovistos para
ellos de todo significado espiritual.
Swedenborg emplea el término «Iglesia» en dos sentidos. A menudo
menciona la «Iglesia universal», que comprende a todos los que en el
mundo entero se empeñan en obrar bien y en comprender y obedecer la
verdad. Pero, además, y como corazón central de este organismo
espiritual, siempre ha existido lo que él llama una «Iglesia
específica», depositaria y custodia de la Palabra. Al presentarlas
en una serie descendente, cada una peor que la anterior, me he
referido a las Iglesias específicas. La Palabra existía en formas
diversas en esas Iglesias, aunque sin cambiar esencialmente. Empero,
en la Iglesia israelita tomó la forma más externa posible: la de
leyes morales y observancias ceremoniales que representaban las
cosas divinas, sin que el pueblo tuviera percepción alguna de su
significado y propósito. No obstante, esta religión de meros ritos y
reglas de comportamiento externo bastaba para mantener ese contacto
entre los cielos y los habitantes del mundo, del cual depende la
estabilidad de ambos. Porque cuando los israelitas observaban fiel y
religiosamente las leyes que les habían sido dadas, sus pensamientos
despertaban en las mentes de los buenos espíritus con ellos
asociados ideas de las realidades divinas que las mismas
representaban. Estas ideas se transformaron interiormente en la
mente de los ángeles de los varios cielos y formaron la base de sus
pensamientos. Mediante este sistema de comunicación artificial, el
cielo mantenía su comunión con el mundo. Más tarde, cuando esta
Iglesia a su vez se corrompió, el último pedestal donde se asentaba
la Verdad Divina en la tierra corrió el peligro de ser destruido,
imposibilitando así la salvación humana. Por esta razón, Dios mismo
encarnó en este mundo como el «Verbo hecho carne». El centro de la
doctrina teológica de Swedenborg es que Nuestro Señor Jesucristo, en
su humanidad glorificada, es el único Dios a quien hemos de dirigir
nuestras oraciones y nuestra adoración.
No
se me escapa lo increíble que esta doctrina puede parecer aun a los
cristianos que aceptan la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Son
cuatro las mayores dificultades que al parecer suscita la doctrina
de la encarnación enseñada por Swedenborg. La primera y más
formidable es un sentimiento, indefinido, pero irresistible,
desprovisto de razones, que hace inconcebible aceptar que el Creador
y Sostenedor del Universo se haya encarnado en este mundo. La
segunda es que el concepto parece incompatible con los hechos
relatados en el Evangelio con respecto a la vida de Cristo. La
tercera, que. es la explicación ofrecida por Swedenborg, implica la
conclusión de que mediante la Encarnación Dios adquirió un poder que
antes no poseía. La cuarta es que no vemos ninguna razón adecuada
para tal intervención divina.
El concepto de la
Encarnación.
La
primera dificultad se descompone en dos elementos principales. Las
ideas que muchos tienen acerca de Dios son tan vagas, o están tan
imbuidas de la noción de que omnipotencia implica el poder de
hacerlo todo mediante un mero fiat, que el concepto de Dios como un
trabajador —a través de procesos y hacia fines definidos— ocasiona
sorpresas y espanto. Incluso puede provocar esa incredulidad
irracional con que la mente recibe generalmente todo lo que es poco
común, sobre todo con respecto a las cosas espirituales. Sin
embargo, las Escrituras mencionan con frecuencia «las obras» de
Dios. Jesús mismo dijo: «Mi sustento es hacer la voluntad del que me
envió y acabar sus obras» (Juan, 4:34), y «Mi padre obró hasta
ahora, y ahora obro Yo» (Juan, 5:17). ¿Qué significación o poder
tendrían el amor y la sabiduría infinitos si no se manifestaran y
expresaran en obras o utilidad infinitas? Si sólo hiciera falta un
mero fiat para lograr los fines divinos, obrar sería superfluo. Toda
obra implica un medio reaccionario o resistente. Este medio en la
obra divina es la mente humana, cuya voluntad es capaz de resistir u
obrar contra Dios y cuyo entendimiento es capaz de pensamientos
contrarios a El.
Pero
la mayor dificultad proviene de nuestra falta de fe en Dios como
amor infinito; o, al menos, de que no captamos la verdad en el
sentido en que Swedenborg la entiende. No nos formemos un concepto
de este amor según el modelo de ese sentimiento benigno de
preferencia personal al cual aplicamos habitualmente el vocablo. Es
el amor a hacer el bien, infinita e imparcialmente. Ese amor es la
sustancia misma de Dios. Es Dios. Su sabiduría es precisamente la
forma y manifestación de su amor. Todas
las funciones que
existen en
el universo
creado se derivan de su amor por medio de la sabiduría. Igualmente
todos los servicios que una persona realiza nacen de su voluntad o
sus afectos, mediante la acción de su entendimiento. La naturaleza
de todo genuino amor es querer dar, más bien que obtener. Su
satisfacción se deriva del placer de dar. Si esto es verdad del amor
humano más elevado, tanto más ha de serlo del amor divino, que es la
fuente de todo verdadero amor humano. Dios es un ser cuya naturaleza
completa se concentra en el impulso de dar. Entregarse totalmente
cuando sea posible, pero al menos darse con toda la plenitud que
permitan las facultades receptivas de la mente humana. El universo
físico fue creado por el solo motivo de que pudiéramos nacer en él y
pasar al cielo después de nuestra breve morada en la tierra. Este
fue el propósito central de la Creación, y su realización se vio
comprometida. La intervención que tan increíble nos parece debe
haber sido para el Ser Divino, por así decirlo, tan natural e
inevitable como el acto que realiza un padre para arrancar a su hijo
de algún peligro. El amor no siente como carga o privación las
energías que despliega en favor del objeto amado. Privación sería
que no le fuera permitido ejercer sus poderes cuando fuere
necesario.
El
cristianismo es la única entre las grandes religiones que aventura
el concepto de un Dios «humilde y manso», como no lo puede negar
nadie que atribuya autoridad divina a las palabras de Cristo, quien
invitaba a todos a acudir a El porque era humilde y manso de
corazón, y afirmó también: «Por mi parte no puedo hacer nada; como
oigo, así juzgo» (Juan, 5:30). «Las palabras que os hablo no las
digo por Mí mismo: el Padre que está en Mí es quien las obra» (Juan,
14:10). El amor infinito ha de ser infinitamente manso y humilde. ¿Y
acaso ser genuinamente manso y humilde no es estar exento de amor
propio y arrogancia?
Por
tanto, esta dificultad solamente existe en nuestra imaginación; es
resultado de las ideas imperfectas que formamos acerca de la bondad
divina.
Su
compatibilidad con los relatos evangélicos.
La
segunda dificultad surge de la aparente incompatibilidad entre la
enseñanza de Swedenborg y la documentación que poseemos sobre la
vida de Jesús. ¿Cómo es posible que quien elevó sus oraciones al
Padre sea interiormente, con respecto a su alma, el Padre mismo?
A
este respecto puede ayudarnos la comparación con el proceso de la
regeneración humana, que de modo imperfecto y finito es semejante a
la glorificación del Señor. En toda persona, desde su nacimiento,
hay por encima de su ambiente consciente tres grados mentales
interiores que corresponden a los tres cielos. En toda persona buena
uno u otro de estos grados se abre mediante la regeneración, o se
activa funcionalmente, o se hace capaz de ser el asiento de la
consciencia. Esta consciencia y en semejante grado, no la adquiere,
sin embargo, hasta después de la muerte. No es que esté inactivo
hasta entonces el grado que se le ofrece; obra mediante el influjo
en el grado natural de la mente y ejerce una profunda influencia
sobre sus afectos y pensamientos.
Ahora bien: el Señor Jesucristo durante su vida en la tierra poseía
consciencia en el grado natural de su mente. Durante su vida todos
los procesos interiores de su glorificación afectaron su consciencia
solamente en este grado. Pero en ese grado su consciencia alternaba
entre dos estados: alternativamente predominaba la Humanidad en
proceso de glorificación o la humanidad inestable heredada de su
Madre. Por consiguiente, mientras estaba bajo la influencia de su
humanidad heredada se sentía abandonado a sí mismo, igual que nos
sentimos nosotros. Se daba cuenta de su dependencia interior de lo
divino, igual que nosotros, pero con una intensidad
incomparablemente mayor. Oraba al Padre como si fuera otro ser
independiente de sí. Experimentaba la desesperación y se sentía
abandonado por Dios. Sólo cuando terminó el proceso de glorificación
pudo decir: «Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra»
(Mateo, 28:18). Del cuadro que nos ofrece el Evangelio no pasemos
por alto ningún rasgo de debilidad humana, si hemos de comprender
que la humanidad asumida por el Señor desde su nacimiento se
asemejaba exactamente y en todo respecto a la nuestra. La única
diferencia era que su única herencia finita la derivaba
indirectamente a través de María. Es natural que la conciencia de su
naturaleza y misión divinas fuese cuestión de desarrollo gradual de
su mente y estuviera sujeta a la tentación y la incertidumbre. Hasta
la glorificación total de su humanidad existió una separación real
entre la naturaleza humana que tomó por su nacimiento material y su
naturaleza divina que era el Padre en él.
¿Puede Dios
adquirir poder?
La
tercera dificultad reside en que el concepto de la Encarnación
presentado por Swedenborg parece implicar que mediante ella Dios
adquirió un poder que no poseía antes y que no hubiera podido
adquirir de otra manera. Swedenborg, en efecto, enseña que por estos
medios Dios asumió e incorporó en su naturaleza un aspecto de su ser
que antes existía sólo en potencia. ¿Cómo imaginar que el Dios
infinito se convirtiera en algo que antes no era?
A mi
modo de ver, Swedenborg no confrontó ni explicó jamás directamente
esta dificultad. Tal vez no la viera. Quizá no existe fuera de
nuestra propia mente. Sugiero, pues, una explicación fundada en su
afirmación de que el grado divino natural asumido mediante la
Encarnación ha existido siempre en potencia. Si llevamos a su
extrema conclusión lógica la idea de que el infinito no sólo abarca
toda la potencia existente, sino a la vez excluye cualquier forma de
desarrollo o proceso, llegamos inevitablemente al concepto de un
Dios que no hace nada. Todo acto implica algo nuevo. En cuanto a su
naturaleza esencial, siendo amor y sabiduría infinitos y con
existencia propia, Dios no puede cambiar. Sin embargo, es
completamente posible concebir que cambie infinitamente en la
manifestación de estos atributos según los estados y requisitos
variables de la mente humana. Podemos presentar como ejemplo eficaz
la labor de un educador, ya que la religión es el método que sigue
Dios para educar a los hombres para el cielo. Todo maestro sabio se
esfuerza no sólo por presentar sus enseñanzas en la forma más
completa y verdadera que permita la capacidad de sus discípulos,
sino también en adaptarlas a las necesidades particulares de cada
uno de ellos. Si sus talentos pedagógicos son adecuados, lo mismo
que el amor y la sabiduría que posea como condiciones educativas,
sabría adaptar su modo de enseñar a las necesidades particulares de
cada discípulo. En otras palabras, cuanto más perfectos fuesen sus
afectos y entendimientos, tanto más parecería cambiar —y en efecto
cambiaría— la manifestación de esas cualidades fundamentales. Del
mismo modo en nuestro concepto del Dios infinito hemos de admitir la
inmutabilidad de sus atributos esenciales, pero también la
mutabilidad infinita de su manifestación. Hemos de reconocer tanto
la potencialidad infinita como la actualidad infinita que existe en
Dios.
Al
tratar de pensar que Dios adquiere poder tengamos la precaución de
fundar tales ideas sobre un concepto apropiado. Hay varios tipos de
poder, pero ni en el físico ni en el mental se encuentra el símbolo
preciso. El Ser Divino posee todo poder y no podría faltarle nunca
la capacidad de ejercer cualquier control que estuviera en armonía
con el amor y la sabiduría divinos. Pero, además, tiene el poder del
amor y de la sabiduría, que es totalmente contrario a la coacción y
solamente desea guiar libremente en el camino del bien. Si recurre a
la coacción, lo que a veces es necesario, es siempre con miras a
restablecer la libertad una vez que la coacción ha surtido su
efecto. En esto quizá hallamos el símbolo apropiado para pensar en
la adquisición del poder por parte de Dios, pues toda guía supone
cierta adaptación al estado mental de la persona que ha de ser
guiada. El que quiera enseñar a un niño, ha de hacerse niño por el
momento. Quien quiera enseñar a un ignorante, ha de hacerse, como
quien dice, ignorante. Y en esta adaptación el amor no procede por
condescendencia, sino expresa su elemento y su vida. La antítesis de
las palabras «Yo habito en la altura y la santidad, y también con el
quebrantado y humilde de espíritu» (Isaías, 57:15), es solamente
verbal. La verdadera relación de las cláusulas es la secuencia. En
la Epístola a los hebreos se indica una función de este descenso de
lo divino a lo humano: «Porque en cuanto El mismo sufrió tentación,
es poderoso para socorrer a los que son tentados» (2:18). Este
descenso no sólo fue un aislado acontecimiento histórico, sino uno
perpetuo y universal en la historia de la Humanidad.
La necesidad de la
Encarnación.
La
cuarta dificultad proviene de nuestra incapacidad para percibir la
necesidad de esta suprema intervención divina. ¿Cómo pudo haber sido
necesario que Dios, que posee infinito poder, viniera al mundo para
redimir y salvar a la Humanidad? La explicación más común es que lo
hizo para salvar a la Humanidad del castigo de sus pecados,
infligiéndolo a un ser perfectamente inocente. Hoy comenzamos a
darnos cuenta de la falsedad de esta idea, que además está
desprovista de todo apoyo bíblico. Pero si se rechaza este concepto
erróneo, se hace difícil comprender la necesidad de una encarnación
divina. Si su único propósito era comunicar ciertas verdades y
darnos el ejemplo de una vida humana divinamente organizada,
¿no habría podido vivir un individuo superlativamente bueno
como era Jesús, hablar palabras como las que El habló y sufrir la
muerte que El sufrió? Esta pregunta no tiene respuesta si asumimos
que Jesús vivió únicamente con el fin de darnos ejemplo e
instrucción. Pero, según la enseñanza de Swedenborg, esto no fue
todo, ni siquiera la mayor parte, de la obra realizada por su
advenimiento. El motivo principal fue realizar un gran juicio en el
mundo espiritual, glorificar su naturaleza humana y hacerla divina,
y asegurar así para siempre a la Humanidad la libertad espiritual.
Ya
he mencionado las sucesivas Iglesias o dispensaciones de la Verdad
Divina que han existido en el mundo. Las que sucedieron a la Iglesia
más antigua señalaron pasos diferentes en la caída del hombre. Sus
facultades superiores, mediante el abuso y la perversión, se
cerraron progresivamente y quedaron aparentemente borradas. Por
tanto, la mente humana quedó reducida a un grado de espiritualidad
inferior. Los niveles superiores se tornaron inaccesibles.
Es
característico de toda Iglesia decadente que vastas multitudes de
sus miembros pasen al mundo espiritual en estados mentales de gran
confusión. El bien y el mal, la verdad y la falsedad parecen
inextricablemente mezclados en sus mentes. El primer destino del
hombre después de la muerte es el mundo de los espíritus, porque
como espíritu habitó en ese mundo durante su vida terrenal. Sirve,
por así decirlo, de aparato digestivo del mundo espiritual, donde se
efectúa la separación de los elementos esenciales de su carácter de
los temporales que anteriormente predominaban. Es, por tanto, el
lugar del juicio, que consiste en la exhibición de lo que cada
persona realmente es, lo que verdaderamente ama, y el ajuste de
todos sus poderes subordinados en conformidad con sus afectos. En el
otro mundo nadie puede conservar una mente dividida. O ama el bien y
comprende la verdad, o ama el mal y entiende la falsedad. Ha de
existir un equilibrio preciso entre los afectos de la voluntad y las
percepciones del intelecto para que la una acompañe y apoye al otro.
De lo contrario, quedaría destruido el orden que reina en todo el
mundo espiritual. En tal caso una persona podría aliarse con el
cielo mediante las verdades de su entendimiento y con el infierno
mediante los males de su voluntad. No se le podría asignar esa
morada permanente en el mundo espiritual, donde, si es bueno, puede
desarrollar todas las potencialidades de su naturaleza, ni a un
lugar en que, si es malo, podría mejorar su estado.
Durante la existencia de todas las Iglesias sucesivas han existido
tres clases de habitantes en el mundo de los espíritus:
1.a
Los que estaban tan definitivamente confirmados en el amor al bien y
a la verdad que después de una preparación más o menos larga podían
ser admitidos en el cielo.
2.a
Los que estaban tan irrevocablemente confirmados en el amor al mal y
a la falsedad que podrían ser trasladados al infierno sin más
preámbulo.
3.a
Aquellos que estaban en tan confusa situación que habían de ser
detenidos hasta el fin de la dispensación a que pertenecían.
Entonces se realizaba un gran juicio mediante el cual se disponía de
la mayor parte de los espíritus. Sus estados interiores quedaban
esclarecidos y podían ser trasladados a su destino final.
Esta
acumulación de espíritus en el estado intermedio, o mundo de los
espíritus, producía sobre las percepciones espirituales del género
humano un efecto parecido a una niebla o una bruma. Oscurecía los
rayos del sol celestial que, descendiendo a través de los cielos,
llega finalmente a la mente humana por vía del mundo de los
espíritus. Tal acumulación de espíritus tiende a aumentar
grandemente en el caso de la Iglesia decadente, sobre todo hacia su
fin, pues una Iglesia decadente no abandona abiertamente su
religión, sino la somete a su orgullo, amor propio y ambición de
poder. Sus miembros se creen muy religiosos; exhiben a menudo un
ardiente celo por muchas de las doctrinas de su Iglesia, no por las
doctrinas mismas, sino por la influencia que por medio de ellas
alcanzan sobre la mente de los demás. Esa multitud de espíritus,
mayormente de carácter perverso, brindaba a los infiernos un apoyo
más firme en aquel mundo y, por tanto, una mayor influencia sobre
las mentes de los hombres. Finalmente, el mal tendía a aplastar el
bien y el libre albedrío humano corría peligro de destrucción. En
una época así, hasta «las virtudes del cielo se bambolearán», pues
la Iglesia en el cielo descansa sobre el fundamento que tenga en
este mundo.
Todos estos juicios consistían principalmente en una efusión más
potente de la Verdad Divina por todo el mundo espiritual, adaptada
al estado de aquellos que están en el mundo de los espíritus. La
verdad es siempre la que juzga, o mediante la cual el hombre se
juzga a sí mismo. El juicio consiste en el descubrimiento de su
verdadera relación con la Verdad Divina cuando, revelados
plenamente, sus afectos íntimos llegan a dominar todo su ser.
Ahora bien: al acercarse el fin de la Iglesia hebrea la efusión de
la Divina Verdad no tenía por sí sola poder suficiente para realizar
el juicio en el mundo de los espíritus y poner orden en los
infiernos, como necesario para restaurar el libre albedrío de la
Humanidad. A esto se refiere el pasaje de Isaías que dice: «Vio que
no quedaba ningún hombre de bien, y se pasmó de no encontrar un
intercesor; y halló en su mismo brazo la salud; y su justicia fue la
que lo fortaleci» (59:16).
Esta
intervención significaba que la Divinidad debía acercarse, no en el
espacio, sino en el estado espiritual. Debía descender hasta el
nivel de los espíritus en su mundo y en el de los infiernos, porque
sin contacto no puede haber acción. Ahora bien: la Divinidad en su
esencia no puede entrar en contacto íntimo con ningún ser finito. El
influjo del amor y la sabiduría divinos, aun en el cielo más alto,
ha de moderarse mediante diversos medios; de otro modo los ángeles
no lo podrían soportar. Mucho menos podría la Divinidad acercarse a
los hombres pecadores y a los espíritus malos sin consumirlos
totalmente. Era necesario, por tanto, que Dios tomara una forma
análoga a la suya y en el mismo grado de sustancia que el hombre.
Esto lo hizo mediante nacimiento a través de una virgen: a través de
María asumió la tendencia a todos los males que afligen a la
Humanidad; como reza la Epístola a los hebreos: «Tentado en todo
según nuestra semejanza, pero sin pecado» (4:15). Mediante esta
Humanidad endeble podía entrar, como quien dice, en contacto
personal con los espíritus y aun con los infiernos y ejecutar el
juicio necesario.
La
Iglesia cristiana ha sido reacia a admitir que la humanidad del
Señor Jesucristo fuera exactamente como la nuestra; que estuviera
sujeta a todas las malas tendencias que tenemos nosotros. Sin
embargo, las palabras del Señor mismo (Lucas, 22:28), así como las
arriba citadas afirman, que El fue tentado. Y la tentación envuelve
inevitablemente dos factores: una tendencia interna, algo mental,
que hace atractivos el mal y la falsedad, y un estímulo externo. Si
falta uno cualquiera de estos elementos, no puede existir la
tentación. Si una persona no sintiera la menor inclinación a robar,
la oportunidad para apropiarse de los bienes ajenos dejaría de
representar tentación alguna.
La
dificultad para pensar que en Nuestro Señor Jesucristo pudiera
existir alguna clase de mal proviene de que no sabemos distinguir
entre la tendencia al mal y el mal mismo o pecado. No somos
pecadores porque tenemos tendencias al mal, pues éstas nos llegan
espontáneamente por vía de nuestros padres y antepasados. Pero se
tornan pecado cuando las adoptamos y las hacemos propias.
No
caigamos en el error de creer que, por tener origen en condiciones
hereditarias como las nuestras, las tentaciones que sufrió el Señor
fuesen, por tanto, comparables en todos sus aspectos a las que
nosotros experimentamos. Antes de emplearla, para describir lo que
padeciera el Señor, es preciso revisar la noción común de lo que es
tentación. En el idioma corriente la tentación es la inclinación a
hacer algo malo. Si se resiste, se supone que uno ha vencido la
tentación. Pero una crisis de este tipo no implica necesariamente
ningún elemento de tentación espiritual. La decisión puede estar
determinada por el temor a las consecuencias que entrañaría para uno
mismo el ceder a la inclinación. Sólo existe tentación espiritual
cuando el bien y el mal, o la verdad y la falsedad, luchan por
dominar una mente. Esto puede suceder únicamente cuando se ha
formado, en cierta medida, una conciencia o sincera preferencia por
el bien como contrario al mal, y por la verdad en contra de la
falsedad, porque es la conciencia la que sufre el ataque. Las
tentaciones a las cuales se expone una mente que se regenera se
hacen más internas y penosas a medida que la conciencia se
desarrolla y los afectos la hacen más sensibles. Estas tentaciones
interiores a veces no presentan relación alguna con la conducta
externa. Puede librarse una espantosa lucha interior en la mente de
alguien que atiende sus deberes diarios con la mayor compostura.
La
función de la tentación es conducir a la persona al conocimiento
progresivo de los elementos más recónditos de su propia naturaleza
y, finalmente, al sincero reconocimiento de que en sí misma no
habita el bien, porque todo bien y verdad que pueda poseer son de
Dios en él.
Tal
convencimiento nunca puede surgir en persona alguna sino mediante
una lucha activa y enérgica contra las malas tendencias que advierte
en sí misma, y esto ha de llevarse a cabo precisamente como si los
poderes mediante los cuales obra fuesen enteramente propios. Este es
el fundamento de la relación recíproca que ha de establecerse entre
él y el Señor.
Todas las tendencias al mal y la falsedad son instaladas en nuestra
mente por los espíritus malos y a través de esos miembros del mundo
de los espíritus con quienes estamos más íntimamente relacionados.
Sin embargo, ellos ignoran al igual que nosotros la influencia que
ejercen sobre nuestra persona. La Divina Providencia permite y
controla todas esas influencias, a fin de despertar en nuestra mente
un reconocimiento de los males inherentes a nuestra naturaleza. Si
dejásemos de reconocerlos por medio de estas experiencias,
seguiríamos ignorando su existencia y no podríamos resistirlos ni
librarnos de ellos. Las tentaciones son pruebas que demuestran la
vitalidad de nuestra religión. El vigor y la paciencia que
desplegamos para resistirlas dan la medida de nuestra capacidad para
eliminar de los afectos los males que descubrimos.
Una
vez comprendidos estos conceptos, nos capacitan para formarnos una
idea, aunque vaga, de las tentaciones que padeció el Señor durante
su vida sobre la tierra. Eran como las que experimenta la gente
común en el sentido de que manaban de un influjo del mundo
espiritual en las formas orgánico-espirituales, hereditarias y
propensas al mal de su humanidad materna. Pero a diferencia de las
nuestras, no sólo tenían origen en los espíritus malos, sino también
procedían de los espíritus buenos, inclusive de los ángeles. Estas
influencias eran las más internas y penosas de todas, porque no se
presentaban manifiestamente como males y falsedades, sino con una
falaz apariencia de bondad y verdad.
Las
diferencias principales entre las características de nuestras
tentaciones y las que sostuvo el Señor son las siguientes. En
nuestro caso la tentación espiritual no comienza antes de la vida
adulta. Hasta entonces no se ha formado una conciencia
independiente, o sentido de la verdad. Los niños tienen, por cierto,
una forma de conciencia rudimentaria, sin madurez, como resultado de
la instrucción paterna y escolar. Pero es más bien un reflejo de la
conciencia de los otros que algo propio. La conciencia genuina se
desenvuelve solamente en la mente capaz de formarse un juicio
independiente sobre las cosas espirituales. Pero el Señor tenía
conciencia congénita del amor divino que era su vida. Por tanto, fue
expuesto a la tentación espiritual desde su niñez.
Todo
el mundo ha caído alguna vez en la tentación. En realidad,
uno cae
constantemente,
aun cuando
se considere
victorioso. No conoce sus motivos recónditos, ni lo contaminado que
está con ideas de mérito y presunción. Sin embargo, el Poder Divino
nos eleva constantemente todo lo que es posible sin contravenir
nuestro libre albedrío. Pero el Señor no se rindió jamás en lo más
mínimo a las provocaciones insidiosas del mal y la falsedad. Su vida
entera fue una victoria completa y perpetua sobre la tentación.
Nosotros apenas llegamos a conocer algunos de nuestros males
latentes. La mayor parte de ellos permanecen inactivos, o al menos
ignorados durante la vida. No se nos pide resistir y vencer sino a
los pocos que reconocemos. El Señor tomó en sus manos nuestra
naturaleza, contaminada como estaba por todas las tendencias al mal
acumuladas desde la Creación. Todas ellas se manifestaron
progresivamente a su conciencia, por lo que entró en contacto con
todos los infiernos, les hizo frente y los venció a todos.
Nuestros males y falsedades nunca se desarraigan por completo. El
Poder Divino sólo los mantiene en sujeción e inactividad en los
seres regenerados. La única condición esencial para esta divina
subyugación de los males heredados o adquiridos es el anhelo sincero
de vencerlos. «Para los ángeles —dice Swedenborg—, el cielo es verse
librado de la influencia de su propio yo.» Pero en el caso del
Señor, los males y las falsedades fueron totalmente desarraigados.
En
todas nuestras tentaciones está presente el amor propio, que nos
ayuda a sostenernos en el conflicto. Luchamos por nuestra propia
purificación y salvación. Este es un elemento necesario, porque sin
él nunca seríamos inducidos a luchar, sobre todo al principio. Pero
en las tentaciones del Señor no existía para nada este elemento. El
Amor Divino, que no contiene el menor rasgo de egoísmo, era su vida
misma. El no podía pensar siquiera en vencer el mal para su propio
bien. Dándose cuenta, comprendiendo que en los conflictos que
sostenía estaba en juego la salvación del género humano. «Por amor
de ellos -—dijo—, me santifico a Mí mismo con el fin de que ellos
sean santificados» (Juan, 17:19). Esto precisamente originó las
agonías casi inaguantables, y para nosotros completamente
inconcebibles, no sólo sobre la cruz, sino también durante toda su
vida en el mundo. Porque en toda tentación existe la duda en cuanto
al resultado. Si no la hubiera, no habría tentación.
Si
logramos concebir claramente los dos extremos de la vida del Señor
en el mundo —su comienzo infantil, sin más conocimiento que el que
posee cualquier otro pequeñuelo, y el final, cuando después de su
resurrección dijo: «Toda potestad me es dada en el cielo y en la
tierra»— veremos que el mismo proceso de su glorificación ha de
haberlo agobiado de tentaciones de las más terribles. La conciencia
de su poder y su misión divinos ha de haberse desarrollado
gradualmente en El. Debe de haber estado expuesto a la oscuridad y
la duda, y por tanto, a la tentación. La envergadura de estos
conflictos está delineada en el relato de sus tentaciones en el
desierto, que no ha de ser considerado como un incidente aislado,
sino más bien como un resumen en forma parabólica de todas las
tentaciones que afrontó. El tentador lo acometió con verdades de la
Palabra, y El resistió mediante verdades de la Palabra. Se trataba
de si no podría emplear en el rescate de la Humanidad los poderes
divinos de que se sentía dotado, a fin de hallar un procedimiento
menos difícil que el de la sencilla obediencia a las leyes del orden
divino. Esto, sin embargo, parecía irrealizable en el estado en que
se hallaban. Se trataba de dejar al hombre en perfecta libertad para
crear su propio cielo y su propio infierno; de cubrir otro camino
más fácil que el recto y estrecho que conduce a la vida.
Esta
explicación de la necesidad de la Encarnación parece adecuada si es
cierta la presentación que hace Swedenborg del propósito de la
Creación, la constitución del mundo espiritual y su estado cuando el
Señor vino al mundo. Pero en cierto modo este propósito de la
Encarnación era temporal. Había también un propósito eterno, que
consistía en la glorificación de la humanidad del Señor para
desarraigar de ella todo elemento finito, es decir, todo lo que
derivara de la Virgen María, y dejar solamente el elemento divino y,
por tanto, infinito de su humanidad. Esto implica que la Divinidad
asumió efectivamente durante su manifestación en el mundo una
humanidad no derivada del hombre, pero que estaba, no obstante, en
el plano de la vida natural del hombre. Por consiguiente, las
influencias divinas, de las cuales depende el bienestar espiritual
del género humano, podrían en adelante descender no sólo a través
del mundo espiritual, sino también directamente de Dios mismo. El
Alpha se hizo también Omega.
Ahora bien: es evidente que la humanidad tomada por el Señor con su
nacimiento era finita. Nació sin más conocimientos que los de
cualquier otro infante humano. Se nos dice expresamente que «creció
en sabiduría y en estatura». Comía, bebía, se fatigaba y dormía como
cualquier otro ser humano.
¿Cómo es posible concebir que esta humanidad finita se hiciera
infinita? Swedenborg reconoce que la transmutación de lo finito a lo
infinito es opuesta a las leyes divinas. ¿Cómo entonces se produjo
el cambio? Sólo pudo producirse de una manera: descartando las
sustancias y formas finitas que el Señor asumió en su nacimiento
natural y reemplazándolas por las sustancias y formas de la
Divinidad, o el Padre, en El. Habiéndose cumplido el proceso de
glorificación, de esta manera dejaba de ser el Hijo de María. De
consiguiente, fue glorificado «con el propio ser del Padre» (Juan,
17:15).
Este
proceso de glorificación habría sido imposible a no ser por el hecho
de que Jesús no tenía padre humano. La participación paterna en el
parentesco incluye la propagación de su alma en todos sus grados,
que es la fuerza formativa interior del nuevo ser creado. Por fuerza
esta alma germinal es finita, igual que aquella de la cual se
deriva. El cuerpo, o vestido de la forma interior humana, deriva de
la madre. Todos aceptamos que así sucede con el cuerpo físico
visible. Pero es ley invariable que cuanto sucede visiblemente en la
naturaleza exterior, se realiza igualmente en la naturaleza
interior. En cada célula del cuerpo humano ha de existir un elemento
paterno y uno materno; de otro modo el conjunto no presentaría
semejanza paterna ni materna. En todo el cuerpo, tanto en sus
detalles menores como en los mayores, el elemento paterno es interno
y el materno es externo. Lo mismo se puede afirmar de la mente y de
todos los elementos que la componen. Ahora bien: el elemento paterno
en Jesús era enteramente divino. El Padre, el Infinito, el Divino
Increado, era su alma. La humanidad natural infinita que adquirió
durante su vida en el mundo era algo muy distinto de la que asumió
al nacer; no procedía de su Madre Virgen, sino de la Divinidad
misma.
La Iglesia cristiana tradicionalmente ha conceptuado al Señor Jesucristo como una especie de Dios subordinado, existente antes de su encarnación como una de las personas de la Trinidad. Este concepto no resuelve ninguna dificultad. Tan difícil es imaginar la encarnación de ese ser divino y, por tanto, infinito como imaginar la encarnación del Dios Único. Al mismo tiempo destruye la sencilla aceptación de la verdad de que Dios es uno. Pero esta verdad forma parte del importante mandamiento que reza: «Oye, ¡oh Israel!, que Dios Nuestro Señor es Uno». Este mandamiento seguramente debe estar dirigido a nuestro pensamiento y no sólo a nuestros labios. En la enseñanza de Swedenborg, la Trinidad se convierte en un verdadero Dios trino en lugar de una personalidad triple. Ofrece tan poco obstáculo al concepto del Dios Único en su sentido más absoluto como el que ofrece la noción de un individuo como alma, cuerpo, y su actividad conjunta o espíritu. En realidad existe siempre un misterio, un misterio profundo. El hombre es un misterio, la Naturaleza es un misterio; todas las cosas son un misterio. Únicamente una mente amodorrada por la rutina deja de ver el misterio que envuelve aun a las cosas más comunes.