Introducción al pensamiento religioso de Swedenborg.
La
Mente Compleja
EL
CONSENTIMIENTO
Una
exposición completa de la psicología que encierran las enseñanzas de
Swedenborg requeriría una disertación separada. Ya se ha mencionado
algo sobre este tema al referirnos a la doctrina de los grados
discretos, mas para comprensión habrá que agregar otros detalles.
Presentemos sencillamente la médula de su enseñanza, sin pretender
justificarla. Su aceptación dependerá mayormente del juicio que
formemos sobre sus experiencias en el mundo espiritual y de la
credibilidad de la información que derivemos de ellas, pues tratan
de hechos que están en gran parte más allá de la observación
ordinaria.
Uno
de los fundamentos principales de toda la enseñanza de Swedenborg es
la afirmación de que la mente del hombre es el mismo cuerpo que
sobrevive a la muerte física y entra en el mundo espiritual. Este
cuerpo espiritual es un organismo sumamente complejo, compuesto de
cinco grados distintos de sustancia espiritual organizada, cada uno
de los cuales es capaz de tomar la forma de una mente completa que
posee voluntad, entendimiento y la consiguiente actividad que le es
peculiar. (En esta enumeración la mente natural ha sido considerada
como un solo grado, aunque realmente contiene tres.) Cada grado, sin
embargo, conserva una unión orgánica indisoluble y funcional con los
próximos grados contiguos, por encima o por debajo de él. Los grados
superiores o más interiores, pueden actuar sobre los exteriores, y,
por tanto, afectarlos, pero los inferiores no pueden operar sobre
los superiores, aunque sí afectar su actividad. La mejor ilustración
que brinda el mundo físico de estos grados distintos, pero
íntimamente asociados, son los sistemas nervioso, vascular, muscular
y óseo del cuerpo humano. Cada uno de éstos, sacado del cuerpo,
representaría de manera más o menos perfecta la forma humana. Cada
uno desempeña funciones distintas, pero homogéneas, todas
indispensables para la actividad y el mantenimiento del conjunto.
De
estos grados, el inferior es la mente «natural», de la que el hombre
tiene conciencia durante su vida en la tierra. Por tanto, es
mediante ella que ha de lograrse su cooperación con los propósitos
de la Divina Providencia. Sobre, o dentro de este grado, se halla el
primero de la mente «espiritual». Sobre éste se halla el segundo, y
más arriba aún, el tercero. El tercero es el grado más elevado o
interno, que puede ser el asiento de la conciencia aun en la otra
vida. Por encima de éste existe uno aún más íntimo y supremo, que es
la morada secreta de Dios en el hombre, por vía de la cual
descienden las influencias divinas directamente a los estratos
inferiores de su mente.
Cada
uno de estos grados, salvo el más elevado, puede llegar a ser el
asiento de la consciencia. Pero la conciencia de un grado significa
la inconsciencia de todos los otros. El ínfimo, o grado natural, es,
como ya se ha dicho, el asiento de la consciencia durante la vida
terrenal del hombre; mas como este grado está impregnado de ideas
sobre el espacio y el tiempo, aunque él mismo no está sujeto a estas
condiciones, no es capaz de entrar en el cielo. Para esta entrada
son imprescindibles la organización y actividad de uno u otro de los
grados superiores. Estos existen en toda alma desde su nacimiento,
pero en forma rudimentaria. Cada uno posee la facultad de
desarrollar una plena humanidad de su propio orden. Su desarrollo
depende del uso que haga de los poderes naturales de que es
consciente, y a los cuales, por tanto, está restringida su actividad
voluntaria. Esta actividad, en cuanto contribuye al desarrollo de
sus facultades espirituales superiores, consiste en un esfuerzo
denodado por regir su vida de acuerdo con los principios que concibe
como verdaderos. De tal esfuerzo depende el desarrollo de uno u otro
de los grados superiores de su mente. Esto es obra de la Divina
Providencia, pero es lo que el individuo haga en su mente natural
que lo hace posible.
Cada
uno de los grados superiores se caracteriza por un amor especial y
sus verdades correspondientes. En cada grado existe una variedad
ilimitada, tanto de los afectos como de las verdades con ellos
asociadas. Esta diversidad, empero, sólo fortalece la semejanza y
definición de rasgos fundamentales del afecto dominante en cada
grado. Por consiguiente, no impide la formación de un cielo
perfectamente separado de los otros y constituido por los individuos
dominados por afectos semejantes. El amor característico del primer
grado de la mente espiritual es el amor a la obediencia. Los sujetos
en que predomina este amor durante su vida no han estado ávidos de
recibir instrucción acerca de las cosas espirituales, aunque éstas
no les haya inspirado aversión. Han tratado de apartarse de lo que
han conceptuado el mal y de obrar el bien, de modo que en ellos se
ha formado una conciencia genuina. El amor dominante del segundo
grado es el amor a la verdad; no sólo la inclinación a hablar de
ella o pensar en ella, sino a obedecerla. En los sujetos del reino
de este amor se forma una conciencia de orden superior, y, por
consiguiente, entran en el segundo cielo. El amor característico del
tercer grado es el del bien por el bien mismo, al cual toda verdad
queda sencillamente subordinada. Aquellos en cuyo espíritu este amor
ha alcanzado predominio han pasado por los estados de conciencia
propios de los grados inferiores, los han dejado atrás, y entran en
el tercer cielo, o sea el más interior, que Swedenborg llama el
celestial.
Aunque cada grado de la mente espiritual se caracteriza por un amor
específico, todos estos amores pueden manifestarse en la mente
natural. Pero en este grado asumen necesariamente un aspecto
inferior. Aun la persona que tiene desarrollados estos amores no se
da cuenta, durante su vida material, de la capacidad de perfección
que tienen sus grados superiores, porque entonces su conciencia
reside en el grado natural de su mente. Este,
sin embargo,
puede modificarse,
y se modifica profundamente por la influencia de los grados
superiores. En realidad, sólo ellos pueden afectarlo radicalmente.
Como
se ve, esta doctrina implica la existencia en cada ser humano de
varios estados de humanidad de distintas posibilidades, cada cual
dotado de su propia y particular forma de afecto, intelecto y acción
resultante. Este concepto, aunque poco común, no debe presentar
dificultad alguna para los que comprenden que la misma mente natural
tiene al menos dos aspectos: un elemento que es puramente animal y
otro que es específicamente humano, y que las funciones y la
constitución orgánica de los dos son distintas e inconmensurables.
Si existen en la mente grados de los cuales estamos conscientes,
¿por qué no ha de haber otros de los cuales no nos percatamos al
presente?
Los
grados espirituales de la mente se desarrollan según el empeño de
cada uno de nosotros en obedecer fielmente a la verdad que conoce.
No hay desarrollo de grado superior sino mediante el desarrollo del
precedente inferior. El amor a la obediencia, el amor a obedecer la
verdad y el amor al bien por el bien mismo han de desarrollarse
sucesivamente. Durante este proceso hay una acción y reacción
constantes entre los grados superiores e inferiores. Todo esfuerzo
sincero de la mente natural por el bien hace posible un desarrollo
en los grados superiores. Esto a su vez abre el camino a influencias
más poderosas de un grado superior a uno inferior, tendentes a
descubrir en éste las tendencias malas y someterlas. Esto sucede
continua y progresivamente desde el principio hasta el fin de la
vida.
Mas
si la persona no se esfuerza por ordenar su mente natural por medio
de sus vislumbres de la verdad, se verifica un proceso precisamente
contrario. Primero, se afianza en su mal hereditario mediante el
simple descuido de las verdades que le podían indicar la naturaleza
de ese mal. Pasa a un estado exactamente contrario al sencillo bien
que caracteriza el primer cielo. No es al principio un estado de
desobediencia activa. Simplemente encuentra molestas las trabas de
la religión, y las aparta en todo lo posible de sus pensamientos.
Quizá no niegue todavía las verdades fundamentales de la religión,
pero se resiste a prestarles seria atención. Más tarde, piensa, ya
habrá tiempo para eso. Es más bien un estado de pereza espiritual
que un amor decidido a la falsedad o el mal. Simplemente deja correr
las cosas.
Pero
si no se arrepiente, una nueva caída le amenaza. Los males que
consiente le sugieren falsedades que parecen justificarlos o
excusarlos. Acaricia estas falsedades y urde con ellas un sistema,
poniendo en juego todo su ingenio, a fin de hacerlas parecer
razonables. Practica lo que se predica a sí mismo, hasta que
gradualmente se deja penetrar por el amor a la falsedad, que conduce
al mal. Es lo contrario del amor del segundo cielo.
Un
nuevo deslizamiento espera al viajero en este declive: puede llegar
a dominarlo el amor al mal por el mal mismo, que es el extremo
opuesto al amor del cielo superior. Hace del mal su bien, y del
bien, su mal. Ya no se limita a oponerse a la verdad espiritual,
sino que la aborrece.
Es
importante formarnos una idea clara de estos grados mentales, tanto
reales como en potencia, y de sus relaciones recíprocas, pues sin
ella casi todo lo que nos enseña Swedenborg acerca de los tres
cielos y los tres infiernos será casi ininteligible. Tal vez una
ilustración como de cuento de hadas ayudará nuestra imaginación.
Supongamos que durante su vida mortal el hombre habita una casa
mágica de la cual solamente ocupa la planta baja. En la medida que
se dedica a ordenar, limpiar y embellecer las habitaciones, una
potencia invisible, sin él saberlo, construye y prepara para su
ocupación eventual una, dos o tres plantas superiores. A su muerte
abandona la planta baja, que ya no ve más, y sube a la planta
superior que halle más cómoda y habitable. Allí encuentra
reproducido todo lo que ha creado abajo, pero con una perfección que
supera infinitamente todo lo que hubiese podido lograr por esfuerzo
propio. Esta es su «casa no hecha por manos humanas, eterna en los
cielos». Pero la planta baja, aunque ya no la vea más, existe
todavía y es la base de toda la estructura superior. En este
sentido, y en ningún otro, nuestras obras nos acompañan.
Lo
anterior ejemplifica lo que pasa cuando una persona se empeña en
gobernar sus poderes naturales de acuerdo con las verdades que
conoce. Supongamos, por otra parte, que nuestro protagonista no se
afana por el embellecimiento de su planta baja, sino, por el
contrario, la deja caer en un estado de descuido, desorden y
decadencia. En tal caso la misma potencia invisible excava uno, dos
o tres subsuelos, uno debajo del otro. Allí se reproducen su
negligencia y desorden en formas que le sería imposible imaginar. A
su muerte, este hombre desciende a uno de estos subsuelos, el más
alto en que pueda acomodarse.
Acaso parezca que este
ejemplo falla por atribuir a la misma mano invisible la obra de los
subsuelos tanto como la de los pisos superiores, pero no es así. El
Señor gobierna los detalles más minuciosos de los infiernos tanto
como de los cielos, no porque El desee que nadie descienda a
aquéllos, sino porque los estados de las almas perversas son tales,
que sólo el temor del infierno es capaz de inducirlos a someterse a
las leyes de orden externo.
La
condición final de cada ser humano —ya sea el ángel más excelso o el
peor de los diablos— depende de su capacidad para soportar la
proximidad del Señor. Los ángeles del cielo más elevado no pueden
soportar el ardor y resplandor sin velos del amor y la sabiduría
divinos. Aun ellos necesitan la protección de un velo que tamice la
luz y el calor divinos hasta un grado soportable. Si un ángel de un
cielo inferior fuera trasladado a uno superior, no lograría percibir
sus delicias y se sentiría incómodo porque la radiación de amor y
sabiduría excedería su capacidad receptiva. ¿Qué no sucedería
entonces a los sumergidos en el amor al mal si no fuese por la
protección de una envoltura aún más densa? Sufrirían un tormento
continuo, sin alivio posible.
La
mente natural del hombre no está, ni ha estado desde hace siglos, en
la condición dispuesta por el Creador, y a la que llegó mediante el
proceso de educación espiritual, que en el sentido espiritual nos
relata el primer capítulo del Génesis. Aun entonces contenía en
potencia un elemento adverso a Dios. Poseía ese sentido de vida
independiente que es indispensable para la existencia del hombre
como ser racional capaz de entregarse a Dios. Pero el abuso de ese
sentido fue la fuente de todo mal. Este factor, que Swedenborg llama
el proprium del hombre —lo que es suyo propio, su esencia—, no
estaba entonces saturado de tendencias hacia el mal como está ahora.
Estas tendencias proceden de la larga declinación espiritual que fue
la caída del hombre. Comenzando por atribuirse a sí mismo la bondad
y la verdad que poseía, este primer apartamiento del orden divino lo
llevó progresivamente a otras formas más groseras del mal y,
finalmente, a la completa destrucción de la religión genuina. Las
maldades del hombre, que sus afectos originan y su juicio ratifica,
pasan a sus descendientes como tendencias a incurrir en maldades y
falsedades parecidas, de las cuales éstos no son responsables y por
las que no están sujetos a castigo en el más allá. Pero cada uno es
responsable de la actitud que deliberadamente adopta hacia esos
males en cuanto los reconoce como tales; es decir, alentándolos o
resistiéndolos. La transmisión de las cualidades hereditarias
también hace posible la transmisión de los adelantos espirituales de
una generación a sus descendientes, en forma de disposiciones
heredadas hacia el bien. De esta manera están capacitados para
emprender la lucha espiritual en un nivel superior y llevar la
victoria a nuevas provincias, del mismo modo que las laboriosas
investigaciones de los científicos habilitan a otros para comenzar a
indagar dónde terminaron sus predecesores. Esta es la utilidad
fundamental y divina de la herencia. Pero necesariamente incluye la
transmisión de las malas tendencias tanto como de las buenas.
Como, por lo general, la historia espiritual de la Humanidad ha ido
desde hace siglos pendiente abajo, la mente natural está tan
saturada de tendencias egotistas y mundanas que puede decirse que no
es en sí más que el mal. Tal es el «cuerpo de la muerte» del que el
hombre tiene que librarse para llegar a ser morador del cielo.
Si
no hubiese en la mente natural nada que hiciera contrapeso a ese
conglomerado de tendencias al mal, su estado sería desesperado. Pero
toda persona está provista de tal contrapeso. En el origen mismo de
cada ser humano se le implanta el embrión de esa nueva naturaleza
hecha a semejanza de Dios, que más tarde podrá aprovechar para
resistir y vencer los males a que por naturaleza está propenso.
Tiernos gérmenes de bien son nutridos por el inocente amor a sus
padres, maestros y compañeros que caracteriza al niño. Son éstos los
que capacitan al niño bien criado a aceptar, a su manera infantil,
las verdades de la vida individual, social y aun religiosa que se le
inculcan. Así forma una conciencia rudimentaria
e inmatura.
Durante la vida adulta el libre albedrío está colocado, por así
decirlo, entre las fuerzas contrarias del bien y el mal para elegir
a cuál servir. La función de la Divina Providencia es ayudar a
elegir el bien, pero en ningún caso obligar a hacerlo, porque obrar
así sería anular la humanidad esencial y frustrar el propósito para
el cual fue creado el hombre. Cuando el ser humano rechaza los males
porque los ve en sí mismos como pecados, está haciendo la parte que
le corresponde. El Señor puede entonces hacer la suya, que es
desarrollar a plenitud ese germen de verdadera humanidad que está en
el hombre desde su nacimiento. Esto lo realiza sojuzgando sus
inclinaciones al mal y alentando los afectos al bien, llevando los
grados internos de su mente a la mayor perfección que permita el
estado de su mente natural. Todo es obra completamente divina. El
hombre no participa en ella sino para proveer las condiciones que la
hagan posible.
La
esfera de acción de la Divina Providencia queda, por consiguiente,
de manifiesto: consiste en inducir al hombre por todos los medios
posibles a elegir correctamente entre las dos influencias
encontradas que reconoce existir en su mente, una de las cuales lo
incita a preferir la bondad y las verdades que la iluminan y
dirigen, y otra que lo induce a favorecer el amor propio y sus
racionalizaciones. Veamos ahora cómo el permitir el mal es en manos
de la Divina Providencia un medio para ayudar al hombre a hacer la
elección correcta.
Es
preciso advertir que las posibilidades que dependen de las
elecciones del hombre son infinitas. No se trata solamente de entrar
en el cielo o en el infierno, sino de lo que él mismo es cuando
entra en su cielo o su infierno particulares. En cualquiera de los
tres cielos puede entrar con una relativa mayor o menor capacidad
para los usos, y, por consiguiente, las bienaventuranzas
características de ese cielo. De igual manera puede entrar en
cualquiera de los tres infiernos poseído de un amor relativamente
profundo o superficial a su mal. Toda experiencia, pues, capaz de
conducir a un alma al cielo o a un cielo superior, o que la refrena
de precipitarse en un infierno más bajo, es resultado de la buena
dirección y propósito de la Providencia de Dios.