Introducción al pensamiento religioso de Swedenborg.
La
Vida
EL
HOMBRE no es hombre como resultado de las cualidades físicas que lo
distinguen de los animales inferiores, ni de las dotes mentales que
se dirigen solamente a propósitos mundanos. No es hombre porque sepa
construir hogares cómodos, hacer cálculos elaborados, ni siquiera
porque pueda formular ideas abstractas y expresar su pensamiento en
lenguaje articulado. Estos son, en efecto, atributos de su
humanidad, pero no la constituyen esencialmente. Más bien son
resultados de su condición de hombre. El cuerpo se amolda a la mente
y tiende a perfeccionarse a medida que ésta se ennoblece. También
las facultades mentales inferiores, que son comunes al hombre y al
animal, se amoldan a las facultades superiores distintivamente
humanas, que actúan por medio de aquéllas y las dirigen. El
verdadero hombre es aquel que se ha hecho capaz de recibir
consciente y voluntariamente, alguna participación infinitesimal del
Amor y la Sabiduría que constituyen el mismo ser de Dios, junto con
el poder de transformar este influjo de vida en servicio altruista
para con su prójimo. A medida que más se capacita para recibir y
transmitir esa vida divina, es más hombre; mientras menos reciba,
menos hombre será. Una persona, por tanto, no es verdaderamente
humana por nacimiento natural, así como una semilla no es una planta
por completo desarrollada. El germen de la verdadera hombría existe
al nacer; aun antes de nacer. Pero este germen tiene que
desarrollarse, y la vida en el mundo es el campo para este
desarrollo. La creación del hombre es un proceso que comienza con su
concepción y nunca termina, ni en este mundo ni en el otro. Para
comprender este proceso necesitamos conocer algo de la organización
espiritual del hombre. Dios mismo es el supremo organismo, porque es
la fuente de la cual se deriva toda organización. Su vida puede
influir en seres finitos únicamente por canales apropiados.
Consideremos este concepto bajo los siguientes enunciados:
1.
La vida es increable.
2.
La vida es recibida por los seres finitos según su forma u
organización espiritual interna.
3.
La vida verdaderamente humana no puede recibirse, excepto en
libertad.
1.
La vida es increable.
Incluso los materialistas o panteístas están prontos a aceptar la
anterior afirmación en cierto sentido, pues, en común con los
teístas, tienen que enfrentarse al problema de que hay algo eterno
y, por tanto, con existencia propia. Su objeción sería a la
implicación de que es posible crear cosa alguna: La proposición está
más bien en pugna con lo que pudiéramos llamar el pensamiento
cristiano irreflexivo. Este último supone que «para Dios todo es
posible», y no ve mayor dificultad en la creación de una
autosostenida vida finita que en la creación de un universo físico
autosostenido. Pero este concepto de la vida como inherente en el
hombre es tan vulnerable como la teoría de la creación a partir de
la nada, ya que contradice la experiencia de que un efecto sólo
persiste en tanto que persisten las causas y nuestra convicción de
que así tiene que ser. Si creemos en la inmortalidad estamos
obligados a admitir que en el hombre hay algo inherente que lo hace
vivir eternamente. Este concepto pugna con la razón, puesto que la
existencia perenne, que es un atributo infinito, no puede pertenecer
a un ser finito. Mas si, como afirma Swedenborg, ni el hombre ni
ninguna otra criatura viviente tiene la menor vida en sí mismo, y
apenas son formas orgánicas espirituales y naturales que reciben de
Dios el influjo vital, ya no tenemos que considerar la inmortalidad
como un intrínseco atributo humano. Si el hombre es inmortal, es
porque el Dios que al presente sostiene su vida nunca dejará de
sostenerla.
¡Qué
brillante luz arroja este concepto sobre muchas líneas de las
Sagradas Escrituras que han sido objeto de escasa atención! «Que
ames al Señor tu Dios, porque El es tu vida...» (Deut., 30:20); «...
de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre» (Deut.,
8:3); «El es quien puso vida en nuestra alma» (Salmos, 66:9);
«Porque en El vivimos y nos movemos y somos» (Hech., 17:28); «Porque
como el Padre tiene vida en Sí mismo, así también ha hecho que el
Hijo tenga vida en Sí mismo» (Juan, 5:26).
Desde que el hombre comenzó a
pensar se ha preguntado qué es la vida. La respuesta de Swedenborg
es conmovedora en su sencillez: la vida es amor. Un poco de
reflexión desapasionada demostraría lo sensato y sencillo de esta
afirmación. ¿Qué hay en nuestra conciencia —que es la que debe por
fuerza suministrar los datos únicos para comprender la vida— sino:
1) motivo: amor, afecto, deseo; y 2) pensamiento, en el cual el amor
se hace consciente, se expresa y se dispone a actuar? Cuando nos
ocupamos de un asunto árido y abstracto, digamos una proposición
geométrica, estamos impulsados por un tipo de amor que puede ser el
amor al saber, o a progresar en la vida, o a la aprobación de los
demás. Si nos retirasen por completo la fuerza que motiva nuestros
afectos, cesarían las operaciones intelectuales de la mente. ¿No
está acaso todo el cuerpo animado por el amor a la propia
conservación, de modo tal que, por ejemplo, no necesitamos pensar en
pestañear cuando el polvo amenaza entrar en el ojo, sino que lo
hacemos automáticamente? ¿Qué es lo que constituye la vida de los
animales sino su amor al alimento, a la propagación y a la manada,
y, como derivado del amor, esa inteligencia que los guía de sus
objetivos? ¿Siente alguien que vive verdaderamente si no goza del
libre ejercicio de sus afectos? La afirmación de que la vida es
amor, por sorprendente que parezca al principio, resulta de estricto
sentido común que la reflexión tiende a hacer cada vez más evidente.
Si Dios esencialmente es amor, ¿qué otra vida puede comunicar a sus
criaturas sino la suya propia?
¿Debemos, pues, inferir de esta doctrina que los animales malignos,
las plantas venenosas, los hombres perversos, los espíritus malos y
el mismo infierno, todos viven bajo el influjo de la vida divina? La
respuesta de Swedenborg es afirmativa.
2.
Toda vida es recibida por los seres finitos según su íntima
forma u organización espiritual.
Sería difícil hallar otra proposición más en armonía con la
experiencia general. El sol derrama sus rayos sin discriminación; no
obstante, por medio de ellos cada cosa particular genera las
cualidades apropiadas a su propia naturaleza: el estercolero,
putrefacción y hedor; la rosa, hermosura y perfume. El color y la
forma responden a las diferentes maneras en que los objetos absorben
y reflejan los mismos rayos. Todas las bellezas de la naturaleza
afectan al espíritu según sus propios recursos y aptitudes. Al que
carece de oído para la música, una sinfonía de Beethoven puede
parecerle una cacofonía insoportable. La vianda que alimenta el
cuerpo sano lo daña si la digestión es defectuosa. El ojo enfermo
sufre con la luz. Es un error suponer que todos ven la misma cosa
cuando miran un objeto. Vemos lo que estamos preparados o tenemos
capacidad para ver. En un seto al borde del camino o en un pie
cuadrado de césped, el botánico ve una multitud de cosas diferentes,
invisibles al ojo no educado, salvo como una masa confusa de
vegetación. ¿No descubrimos en una obra de gran mérito, al volver a
leerla, bellezas o defectos no observados en la primera lectura?
Allí estaban, pero no los podíamos ver. Suele decirse que si uno
odia a una persona, ésta no puede mover un dedo sin que uno la odie
más aún por la manera que lo mueve. La mala voluntad convierte el
acto más sencillo e inocente en algo ofensivo. La buena voluntad
busca excusas y razones para suspender el juicio final aun sobre los
más malos. Es inútil decir más. Todo lo que sabemos acerca de la
influencia de una cosa sobre otra, animada o inanimada, confirma la
ley de que el efecto es determinado por las cualidades del ente
influido.
¿Por
qué, entonces, hemos de encontrar dificultad alguna en aceptar la
proposición: «Toda vida es recibida por los seres finitos según su
íntima organización o forma espiritual»? La mayoría de la gente no
concibe que las plantas estén animadas por elemento espiritual
alguno, pero esto es una inconsistencia. Siendo la creación
necesariamente la limitación y adaptación de la Causa Infinita, la
doctrina de los grados discretos nos capacita para comprender cómo
puede ser frenada, por así decirlo, la acción del Infinito. Frenada,
puede manifestarse en cualquiera de estos planos superiores o
inferiores, o en cualquier punto establecido por los grados
continuos con que éstos estn asociados. De esta manera la vida
divina de amor y sabiduría, aunque permanece inmutable en sí misma,
puede producir y animar la variedad infinita de formas orgánicas que
existen en el mundo natural y en el espiritual.
3.
La vida verdaderamente humana no puede recibirse, excepto en
libertad.
Así
tiene que ser si la vida es amor. La libertad es la esencia misma
del amor, que exige igual libertad para su objeto.