Introducción al pensamiento religioso de Swedenborg.
El
Mundo Espiritual en General
EL MUNDO espiritual comprende tres grandes
divisiones: el cielo, el infierno y un lugar intermedio que
Swedenborg llama «el mundo de los espíritus». En este último vive
también el hombre, aunque inconscientemente, durante su vida
natural. En este mundo se despierta después del breve período de
inconsciencia que normalmente acompaña a la muerte física. En cada
una de estas tres divisiones primarias existen innumerables
subdivisiones, pero de éstas no es necesario que nos ocupemos por
ahora. Lo principal en todas ellas es que son esencialmente estados
de la mente humana, individual y colectiva. El cielo está
constituido por un decidido amor al bien y a las verdades que lo
apoyan, iluminan y dirigen, y el infierno, por un decidido amor al
propio yo y a las falsedades que lo apoyan y justifican. El mundo de
los espíritus es un estado en el que todavía se encuentran en la
misma mente las influencias del cielo y las del infierno. Durante su
vida terrena el hombre elige entre estas influencias, y después de
su muerte física los resultados de su elección quedan completamente
expuestos.
Las
afirmaciones acerca del mundo espiritual suscitan a menudo dos
dificultades de tipo contradictorio. De una parte, la vida en ese
mundo se asemeja tanto a la vida que llevamos en éste que sus
enseñanzas parecen reducirlo a una especie de lugar común. Por otra
parte, las circunstancias fundamentales de ese mundo parecen tan
remotas de la humana experiencia que es difícil concebir en esas
condiciones una existencia humana real, estable y activa. Queda por
ver si estas dificultades tienen fundamento. Antes expondré
brevemente en qué sentido el mundo espiritual descrito por
Swedenborg se asemeja a la vida de este mundo y en qué sentido
difiere.
Se
parece en estos aspectos: una vez que el alma se ha separado
completamente del cuerpo físico —lo que usualmente ocurre al tercer
día después de la muerte—- se halla, según le informan sus sentidos,
exactamente como antes, salvo que el mundo material y todo lo que él
contiene ha desaparecido de su conciencia. Todas las facultades
corporales y mentales quedan intactas. Late el corazón, respiran los
pulmones, come, bebe y duerme. Se reúne en sociedad y conversa con
otros, y se divierte según sus gustos. Lee, estudia y trabaja de
acuerdo con sus aptitudes y costumbres. El hombre sigue siendo
hombre; la mujer, mujer, y el niño, niño. Se encuentra en un mundo
cuyo paisaje circundante parece idéntico al mundo que acaba de
dejar. Hay colinas, valles, ríos, lagos, mares, animales, plantas,
ciudades y gente. En una palabra, está rodeado de objetos semejantes
a los que le eran familiares durante su vida sobre la tierra.
Aparentemente no hay diferencia alguna. Swedenborg asegura repetidas
veces que la semejanza del otro mundo con éste es tan completa que,
a menos que reflexione sobre el asunto, una persona no se da cuenta
de que no vive ya en su cuerpo físico en el mundo material. Sin
embargo, aquí, en la apariencia externa de las cosas, termina la
semejanza.
La
desemejanza es considerable y no muy fácil de describir. Aunque en
el mundo espiritual los objetos parecen estar separados en el
espacio como lo están en el mundo natural, allí el espacio es de
orden enteramente distinto. Los objetos percibidos son objetos
espirituales, aunque representados por apariencias naturales, y el
espacio en que se mueven es un espacio espiritual. No está fijo,
como lo está en el espacio físico, porqué no hay materia ni
sensación física que pueda darles estabilidad. En su conjunto, los
objetos del mundo espiritual comprenden todas las variedades del
bien y la verdad y de las perversiones de éstas, que son las
sustancias y formas que lo componen. En otras palabras, los ángeles
y los espíritus experimentan las cualidades espirituales como formas
objetivas. Su condición sensorial es precisamente lo contrario de la
que tenemos los
habitantes de este mundo, que percibimos los objetos materiales
mientras las cualidades espirituales no son evidentes fuera de
nuestras propias mentes, salvo en la medida que aprendemos a
vislumbrarlas a través del velo de la materia.
En
las enseñanzas de Swedenborg es fundamental el concepto del mundo
espiritual sin espacio fijo, y, por consiguiente, sin tiempo
mensurable, puesto que toda medida del tiempo se deriva de los
movimientos de la materia en el espacio. A menos que podamos creer
en la posibilidad de que exista un mundo real que no se encuentra en
el espacio y el tiempo, es imposible concebir siquiera la naturaleza
de sus experiencias. El concepto
presentará poca dificultad a quien tenga nociones de
psicología, siempre que sus conocimientos se deriven de la
observación directa de los procesos mentales, no sólo de los textos.
El
mundo espiritual, considerado como un objeto de los sentidos, es
creado por Dios a través de la mente de los ángeles y espíritus, en
correspondencia con sus estados individuales y colectivos. Ese mundo
es real porque es su creación y porque da
consistencia a las supremas realidades de la existencia
humana, que son de índole espiritual. La diferencia entre el estado
consciente de los ángeles y el nuestro es que en tanto nosotros
percibimos los objetos como externos e independientes de nuestra
persona, y no vemos en ellos mucho que se relacione con nuestros
estados espirituales, el de los ángeles obra primariamente sobre la
base de los estados mentales o espirituales en que tienen su origen
los objetos percibidos. Esta inclinación de sus mentes no presupone,
como podría imaginarse, que sus estados conscientes se concentren
constantemente en sí mismos, sino precisamente lo contrario.
Sabedores de que reciben todas las cosas que constituyen el cielo,
dentro y fuera de sí, como libres dones procedentes de la abundancia
del amor y la bondad divinos, no es el propio yo lo que ven cuando
miran dentro de sí o a su alrededor, sino algo procedente de la
Fuente de donde mana todo bien altruista, que es la que los ha
moldeado y los conserva en cierta semejanza, aunque remota e
imperfecta, consigo misma.
No
se me escapa lo extremadamente difícil, si no imposible, que es para
la mente en ciertos estados captar la idea de un mundo desprovisto
de condiciones espaciales fijas. Porque instintiva y casi
inconscientemente damos por sentado que el mundo externo existe
exactamente como nos lo revelan los sentidos, y que se sostiene por
sí mismo; en una palabra, que su existencia está más allá de la
mente. Mas todo estudiante de filosofía sabe bien cuán poca
justificación tiene este concepto. No hay peligro en pensar que las
cosas percibidas son exactamente como nos las pintan nuestros
sentidos. Es así como tenemos que pensar para poder ejecutar nuestro
trabajo en el mundo. Sólo cuando comenzamos a razonar contrariamente
a lo Divino, sobre la base de esas
impresiones sensorias, es cuando ellas se tornan peligrosas y
acaso pueden ser fatales al conducirnos a un ateísmo práctico, si no
teórico. Acaso baste lo anterior para demostrar lo acertado de esta
advertencia de Swedenborg: «Os encarezco no intercalar el tiempo y
el espacio en vuestros
pensamientos sobre cosas espirituales, pues en la medida que el
tiempo y el espacio estén en nuestros pensamientos, no lograréis
comprenderlas.»
Aquellos a quienes les es difícil captar esta idea podrían
preguntarse seria y reverentemente si debemos pensar en Dios como
existente dentro del espacio y el tiempo. Si la respuesta es
afirmativa, sobrevendrá una de estas dos consecuencias, ambas
desastrosas para la claridad del pensamiento espiritual: o tenemos
que imaginarnos a Dios como una persona situada en algún sitio
espacialmente mensurable en el Universo, es decir, como una realidad
sin infinitud ni omnipresencia, o habremos de rechazar esta idea y
asirnos a la de su omnipresencia, en cuyo caso será muy fácil
confundir su inmanencia como existente dentro del espacio y el
tiempo. Si la respuesta es negativa —y ésta es la posición doctrinal
de todo el mundo cristiano—,si la Fuente suprema de toda existencia,
realidad y poder existe independientemente del tiempo y el espacio,
¿por qué no pueden existir mundos de seres reales y ordenados,
creados y sostenidos por El, también libres de las limitaciones
espaciales y temporales?
Si se acepta la idea de un mundo espiritual sin espacio, y qué el
hombre como criatura del espíritu vive en él incluso durante su vida
terrena, las experiencias de Swedenborg se hacen inmediatamente
inteligibles. La única condición necesaria a fin de capacitarlo para
estas experiencias sería que esas facultades que normalmente
permanecen inactivas hasta después de la muerte del cuerpo natural,
se activaran en él para impartirle plena conciencia del mundo
espiritual.