Introducción al pensamiento religioso de Swedenborg.
Swedenborg: Un Problema
EMANUEL SWEDENBORG nació en Estocolmo (Suecia)
en 1688, hijo de Jesper Svedberg, obispo de Eskara, y murió en
Londres en 1772. Durante los primeros cincuenta y seis años de su
vida, una vez terminada su educación, se dedicó a los deberes de su
cargo como asesor del Colegio de Minas, a las órdenes de Polheim, el
insigne ingeniero sueco. Prosiguió el estudio de las matemáticas, la
mecánica, la física, la química, la astronomía, la geología, la
anatomía, la filosofía y la sociología. Recorrió el campo completo
de las ciencias y la filosofía de su época, no sólo como estudiante,
sino como activo investigador y teórico.
Durante este período de su vida consagrado a la ciencia
teóricopráctica y a la filosofía, Swedenborg parece haber sido
hombre de profunda aunque discreta convicción religiosa. Pero no
había prestado atención especial a la teología y en general aceptaba
la luterana, que le había sido inculcada en su niñez y juventud. En
el año 1744 comenzaron sus contactos ostensibles con el mundo del
espíritu, que continuaron sin interrupción el resto de su vida.
La
veracidad de las afirmaciones que hace a base de esta experiencia
espiritual —ya que no es posible verificarla por observación propia—
ha de depender del carácter y conducta de Swedenborg y de la
naturaleza de las afirmaciones mismas. La cuestión fundamental es,
pues, la de su competencia y la de la confianza que pueda merecer
como testigo, lo que examinaremos a continuación.
Es
evidente que sí Swedenborg no entró en contacto con un mundo real,
externo a sí mismo, y no trató allí con gente verdadera, aun cuando
sustentó la firme convicción de haberlo hecho, debe de haber sido
víctima de ilusiones tan sostenidas y consistentes como para
constituir una maravilla psicológica sin precedente en la historia.
No es éste un caso de apariciones ocasionales, sino de una
permanente doble vida, vivida durante más de un cuarto de siglo.
Tampoco era una persona excitable o histérica, sino un pensador
singularmente sosegado y tranquilo y un maduro investigador que en
esta esfera de labor tan rara e imprevista conservó siempre sus
hábitos de análisis cuidadoso y metódico. La teoría de que sufría de
ilusiones mentales nos exige creer que durante veintiocho años
puedan persistir las alucinaciones más convincentes y firmes en una
mente a todas luces tranquila, lógica y sistemática. Pero esto es
sólo una parte del problema.
Cuando la fantasía de alguien se desborda hasta dejarlo convencido
de que sus imágenes son realidades objetivas, no se sabe adónde irá
a parar. Sin que haya nada que lo sujete, ¿qué necesidad tendrá de
detenerse? ¿Puede una imaginación desenfrenada contentarse con dar
vueltas a la noria y repetir durante veintiocho años esencialmente
lo mismo? En la experiencia de Swedenborg puede afirmarse que no
existe un solo rasgo de variación o inconsecuencia, y sí un progreso
evolutivo en la comprensión y en la apreciación de sus experiencias.
La presentación de los hechos mismos es idéntica desde el principio
hasta el fin.
Además, sus afirmaciones representan una filosofía de la creación —y
del hombre como parte de ella—, la más comprensiva, coherente y
armoniosa jamás llegada al mundo. Si Swedenborg hubiese presentado
sus enseñanzas como teorías en lugar de hechos, hubieran sido
calificadas, sin duda, como una de las tentativas más ingeniosas
para tratar estos problemas profundos. ¿Es posible que la
comprensión, la razón, el orden y la armonía emanen de la
alucinación?
Por
supuesto, si la afirmación de Swedenborg acerca de que mantenía
constantes relaciones con el mundo de los espíritus se considera
prueba incontestable de que sufría alucinaciones, continuar
indagando sobre este tema resultaría infructuoso. Pero ¿es razonable
tal actitud mental? Ella se basa, evidentemente, en la suposición
tácita de que no existe un mundo espiritual al cual pasan las
personas al morir. Mas si tal mundo existe y es un lugar
verdaderamente habitado por personas reales, unos sentidos adecuados
a sus fenómenos han de ser capaces de percibirlos. Nadie puede
probar que el hombre no posee latentes en sí las facultades que le
capaciten en un futuro para experimentar ese mundo, ni que sea
imposible que tales facultades se hagan activas mientras aún habita
en la tierra. No hay razón al objetar que el acceso de Swedenborg al
mundo de los espíritus no tiene precedentes y que las revelaciones
resultantes —de
ser verídicas—
deberán modificar
profundamente muchas de las creencias del mundo cristiano. Nuestro
progreso en el conocimiento de las cosas naturales no ha seguido
nunca un curso previsto. Si hace un siglo se les hubiese hablado a
nuestros antepasados del teléfono, la televivión, el automóvil, la
luz eléctrica, el aire líquido, la radiactividad y otras maravillas
de la ciencia moderna, ¿no les hubiera parecido un increíble cuento
de hadas? ¿Por qué no hemos de admitir que nuestros conocimientos de
las cosas sobrenaturales —si existen— pueden sobrepasar y aun
trastrocar nuestras expectativas del presente? Careciendo de base
para concluir a priori lo que es posible y lo que no lo es, debemos
tener cuidado de no rechazar el testimonio de un testigo competente
que refiere hechos de su propia experiencia, sólo porque no están de
acuerdo con nuestras ideas preconcebidas. El mundo contiene
demasiados prodigios y demasiadas sorpresas para que ninguna persona
inteligente pueda limitar la exploración de los hechos y decir:
«Hasta aquí llegarás y no más.»
La actitud de Swedenborg
frente a sus propias experiencias no fue en modo alguno la que sería
de esperar en un desequilibrado mental. El fanático que se atribuye
la gracia de una revelación se inclina a hacer valer esta revelación
como suficiente por sí misma. Swedenborg siempre afirmó que sus
experiencias espirituales eran un elemento secundario, aunque
esencial, de la misión para la cual había sido llamado. Esa misión
era enseñar el verdadero sentido literal y explicar el significado
interior o espiritual de la Palabra de Dios. Para tal fin era
necesario que él estuviese en contacto directo con el mundo del
espíritu; que viera cómo allí también rige la Palabra, ajustada a la
forma espiritual de los que viven en ese mundo; que comprobara que
las sustancias de que se compone ese mundo espiritual presentan a
los sentidos de los seres espirituales las mismas apariencias que se
observan en sus materializaciones terrenas, ya que ésta es la base
principal para fundamentar una definida exégesis o interpretación
espiritual de la Palabra Divina.
Sería lógico suponer que un hombre, cuya mente estaba desquiciada al
punto de identificar sus propias meditaciones y fantasías con
objetos externos, no demorase en proclamar el nuevo conocimiento
sobrenatural que creía haber adquirido. Swedenborg nunca mostró tal
premura. Después del
despertar de sus sentidos espirituales en 1744, empezó a estudiar el
hebreo con el propósito de poder leer el Antiguo Testamento en su
idioma original. Se dedicó entonces a leer la Biblia desde el
comienzo hasta el final, repetidas veces, comparando detenidamente
pasaje con pasaje, palabra con palabra. Únicamente después de
haberse dedicado a estos estudios preliminares durante dos o tres
años emprendió la tarea de comenzar su primera obra expositiva,
Arcana caelestia (Arcanos celestes), publicada en 1749.
Swedenborg jamás dio señales de concederse demasiada importancia a
sí mismo, rasgo tan característico del fanático. Ni siquiera
manifestó inclinación a fundar ninguna secta. Publicó sus obras en
latín, como era uso corriente en el mundo científico de su época,
contentándose con divulgarlas libremente dondequiera que a su juicio
pudieran ser de utilidad. Hasta cuatro años antes de su muerte no
mencionó en ellas su nombre como autor. Después de comenzar sus
experiencias espirituales, siguió dedicado, como antes, a la más
asidua labor. Aunque, por su incesante laboriosidad, era casi un
recluso, en la vida social gozaba fama de caballero culto,
asequible, jovial, que conversaba con facilidad sobre cualquier
tema. Nunca insistía en sus convicciones teológicas o sus
experiencias peculiares, aunque siempre estaba listo a conversar de
ellas franca y abiertamente con cualquiera que las tomase en serio.
Por otra parte, era capaz de hacer callar con dignidad a quien
abordara el tema frívolamente.
De hecho, Swedenborg no exhibió ninguna de las características que
debieran haberlo distinguido si hubiera sido víctima de tan profundo
engaño como presupone la teoría de su alucinación. Tolo lo que dijo
e hizo se caracterizó por la sobriedad, la dignidad, la estabilidad,
la laboriosidad, la claridad de percepción, el método. En resumen,
todo en él indica que poseía una mente bien equilibrada. Nada
absolutamente se opone a que lo
juzguemos testigo competente, a no ser que se alegue lo
siguiente: «Dijo que conversaba con los muertos, y, por tanto, debe
de haber sufrido de alucinaciones.» Contra este prejuicio es
imposible razonar.