¿Quién fue Swedenborg?

Swedenborg retrato

Los visitantes de la catedral de Upsala, en Suecia, donde yacen enterrados los ciudadanos de mayor renombre de esa nación, pueden ver un magnífico sarcófago de granito rojo sobre el cual se lee el nombre de Emanuel Swedenborg. El sarcófago contiene los restos de uno de los hijos más notables de Suecia. En fecha tan reciente como fuera el año 1910, cuando tardíamente se reconoció el carácter extraordinario de su intelecto, fue el Rey Gustavo V de Suecia quien presidió el tributo nacional con que se decidió honrar su memoria. La inhumación en lugares públicos es una distinción que Suecia reserva a sus reyes, arzobispos, generales o figuras prominentes del mundo intelectual. Muy pocos suecos han ganado el derecho a tal privilegio.

¿Quién fue Emanuel Swedenborg? ¿Cuál fue el papel que le tocó desempeñar en la historia para que se le concedieran tal atención y honra? La mayoría de quienes visiten la catedral tendrán muy poca idea de quién es ese hombre y cuál puede ser la respuesta a estas preguntas. Pero entre quienes desfilan delante de esa tumba quizá haya algunos intelectuales que recuerden el aporte de Swedenborg a la ciencia y la filosofía de Europa durante el siglo XVIII. Y unos que otros dispersos serán seguidores de aquel hom­bre para quienes la contemplación de tal santuario será un gesto de reverencia, pues para ellos Swedenborg fue un nuevo profeta de Dios en la tierra.

Sus antepasados le legaron, a este eminente ciudadano sueco, múltiples talentos que en parte fueron los que determinaron el curso y tenor de su existencia. Por el lado de su madre los parientes de Swedenborg durante muchos años fueron dirigentes destacados de la industria minera. Su padre, por otro lado, fue un devoto clérigo, de gran inteligencia y celo. En tal hogar, señalado por la combinación armoniosa de lo religioso y lo secular, nació Emanuel, el 29 de enero de 1688, en la ciudad de Estocolmo. Sara Behm, su madre, murió cuando el niño tenía ocho años, pero su espíritu benévolo y manso dio forma al carácter del que había sido su tercer hijo, el segundo varón. Antes de la prematura muerte de Sara en el 1696, los Swedberg llegaron a tener seis hijos más.

El padre de Emanuel, Jesper Swedberg, era profesor de teología en la Universidad de Upsala y deán de la catedral. Más tarde llegaría a ser nombrado obispo de Skara. Este cargo incluyó la elevación del rango social de los Swedberg, que ingresaron en la nobleza por gracia de la reina Ulrika Eleonora. Uno de los resultados de este cambio de estado social fue la modificación del apellido familiar, de Swedberg a Swedenborg. El obispo también sirvió como capellán de la familia real, gozando de ese modo de acceso a los círculos sociales y políticos más elevados de Suecia.

Desde su tierna infancia, Swedenborg conoció una atmósfera familiar caracterizada por la reverencia y el fervor religioso. Los hijos del obispo recibieron casi todos nombres bíblicos, para que recordaran siempre su deber hacia Dios y la Iglesia. Emanuel significa “Dios con nosotros” y los primeros años de la vida de Swedenborg son adecuados a tal epígrafe. La familia conversaba frecuentemente sobre temas religiosos, durante las comidas o en otras ocasiones sociales, y el joven Emanuel tuvo frecuentes oportunidades de intercambiar ideas sobre la fe y la vida cristiana con muchos clérigos. Años más tarde, cuando Swedenborg recuerda la influencia de estos primeros contactos con la preocupación teológica, escribe: “Durante todo el tiempo pensaba en Dios, en la salvación y en las enfermedades espirituales del hombre”.

Pero la teología, aun cuando ocupaba un lugar de central importancia en el hogar de los Swedberg, no eliminaba otros temas de conversación. La política, la guerra, la filosofía y las tecnologías formaban parte, sin lugar a dudas, de las conversaciones familiares. En junio del 1699 el estímulo intelectual que recibiera en su hogar condujo muy naturalmente al joven Emanuel a inscribirse en la Universidad de Upsala, pese a lo prematuro de su edad. El estudiante mostró desde muy temprano un alto nivel de rendimiento intelectual y una visión universal que lo llevó a apasionarse por todas las cosas. En aquella época la universidad ofrecía cuatro áreas principales de estudio: teología, leyes, medicina y filosofía. Aun cuando Swedenborg se concentró en esta última disciplina, su mente inquisitiva lo llevó a profundizar conocimientos en otros campos. La facultad de filosofía incluía estudios científicos y matemáticos, pero también tomó cursos en leyes. Siendo que la mayoría de los cursos en la universidad se dictaban aún en latín, también aprendió esta lengua altamente estructurada, a la que agregaría, al año siguiente, el griego y el hebreo. Los viajes que realizaría más tarde, y sus estudios subsecuentes lo capacitarían para el manejo dúctil del inglés, el holandés, el francés y el italiano, además de su idioma natal, el sueco, y las lenguas bíblicas. Como distracción, solía escribir poemas en latín y estudiar música.

En este último campo llegó a ser lo bastante bueno como para poder acompañar los cánticos litúrgicos de la iglesia ejecutando el órgano cuando el organista titular faltaba. Una gran ductilidad e imaginación fundadas en la minuciosidad y el espíritu práctico caracterizaron su carrera académica.

Cuando concluyó sus estudios formales en la Universidad, en el 1709, hizo planes para un extenso período de viajes y estudios adicionales en el exterior. En el 1710, con veinte años de edad, visitó Inglaterra por primera vez. Gracias a la ayuda de su cuñado, Eric Benzelius, se vio en condiciones económicas de poder estudiar, bajo la dirección de individuos especializados o por su propia cuenta, física, astronomía y la mayor parte de otras ciencias naturales de su época. También se interesó intensamente en la mecánica, y aprendió relojería, encuadernación, ebanistería, litografía y la construcción de instrumentos de bronce, recibiendo instrucción de capacitados artesanos ingleses. En su visita a Holanda se dedicó al estudio de la óptica, que en aquella época apenas si estaba en sus inicios. Sus investigaciones ulteriores lo introdujeron en los campos de la cosmología, la matemática, la anatomía, la fisiología, la política, la economía, la metalurgia, la mineralogía, la geología, la ingeniería de minas y la química. Por añadidura adquirió una profunda versación bíblica. Como ávido estudioso científico que era logró de manera fructífera mantener largas entrevistas con personalidades destacadas en los más diversos campos del conocimiento científico. En una época cuando muy pocos hombres alcanzaban un conocimiento tan vasto del mundo natural y espiritual, Swedenborg empleó los primeros treinta y cinco años de su vida en un programa intensivo de educación formal y de autodidacta.

Aun cuando se sumergió en el estudio de las ciencias y otros intereses seculares, Swedenborg no abandonó su inicial religiosidad. Retuvo su aceptación de Dios como la fuerza causal del universo y siguió afirmando su presencia universal. Toda la evidencia atestigua que obedeció fielmente el consejo que le había dado su padre cuando debió aban­donar Upsala y aceptar un nombramiento en otra diócesis: “Te ruego con todas mis fuerzas que Dios sea siempre para ti lo más importante entre todas las cosas —dijo el obispo—, porque sin el temor de Dios toda la ciencia que adquirirás al educarte, todo el estudio y los conocimientos, no te servirán para nada y pueden llegar a ser ciertamente muy dañinos.”

En el 1716, aun antes que concluyera este período de viajes y estudio, Swedenborg comenzó su larga carrera en el servicio público de la corona sueca. El Rey Carlos XII nombró a este talentoso científico de apenas 28 años de edad como Asesor Extraordinario del Colegio Real  de Minas. Esta posición, aunque en parte era solamente honoraria, comprendía varias responsabilidades relacionadas con la supervisión y el desarrollo de la minería, una de las industrias más importantes de Suecia. Durante treinta y un años Swedenborg sirvió a su nación como miembro destacado de la Junta de Minas. Este organismo se reunía regularmente y tomaba decisiones relacionadas con la totalidad de las actividades mineras en el territorio sueco. Swedenborg en ocasiones debió solicitar licencias con el motivo de viajar o para dedicarse a diversos estudios, pero siempre que estaba en el territorio sueco asistía fielmente a las reuniones de la junta.

El puesto de asesor se convirtió para Swedenborg en mucho más que un beneficio económico. Sus responsabilidades incluían la inspección de las minas y la presentación de largos y detallados informes sobre la calidad del mineral bruto que se extraía de ellas. La mayor parte de siete veranos la empleó en recorrer toda Suecia en estas giras de inspección, viajando a lomo de caballo o en carruajes por kilómetros y kilómetros de interminables bosques, alojándose en las hosterías de las localidades donde pasaba la noche, descendiendo a todo tipo de excavación, tanto las que presentaban garantías de seguridad como las más peligrosas. Estuvo implicado en los problemas administrativos y de gerencia de personal, en el empleo de ejecutivos y en la arbitración de disputas laborales. Frecuentemente presentaba sugerencias tendientes a mejorar el trabajo de la extracción de minerales y las condiciones de los obreros y dirigentes de este oficio. Hasta tuvo que desempeñar la tarea muy poco agradable de recoger los impuestos que el gobierno nacional recibía sobre el material extraído del subsuelo. Sus actividades en la Junta de Minas concluyeron finalmente en el 1747, cuando renunció para dedicarse a actividades más importantes, para las que creía haber recibido un llamado divino.

El desempeño público de Swedenborg también incluyó unos cincuenta años de servicio en la Casa de los Nobles del Parlamento sueco. La Casa de los Nobles es uno de los cuatro sectores en que se divide el Riksdag o Congreso sueco. Asumió esta responsabilidad en el 1719, cuando su familia fue designada para ingresar en la nobleza. Hasta pocos años antes de su muerte, en el 1772, Swedenborg asistió a la mayoría de las reuniones de la Casa de los Nobles. La profunda dedicación que lo caracterizaba en favor del bienestar de su nación lo hizo plani­ficar sus viajes al exterior durante los períodos de feria legislativa. Por lo general estaba en su Suecia cuando sesionaba el Riksdag, y aunque no era un creador conspicuo, frecuentemente escribía folletos y proyectos legislativos atinentes a los diferentes asuntos que se debatían. En diversas ocasiones expresó sus puntos de vista sobre la economía y la estructura impositiva de Suecia. También le preocuparon los problemas de relaciones exteriores y el desarrollo intensivo de los recursos naturales de su nación.

Su disputa política más destacada se produjo en el 1760, durante uno de los períodos de dificultades económicas para Suecia. El Consejero de Comercio, Anders Nordencrantz, fue designado presidente de una comisión especial para estudiar el problema financiero. Se le autorizó a integrar la comisión con las personas que él creyera más convenientes para esa alta responsabilidad, y el informe que presentaron al parlamento revelaba, sin lugar a duda, su propia tendencia en materia de economía, puesto que todos los integrantes del grupo compartían sus puntos de vista sobre la posible solución de la crisis económica de Suecia, tema que él mismo había desarrollado en una extensa obra publicada poco tiempo antes. El análisis que proponía Nordencrantz incluía algunas ideas verdaderamente valiosas, pero sus propuestas de reforma amenazaban con dar por tierra con toda la estructura política de Suecia; muchos temían que sus recomendaciones, de ser aceptadas, desgarrarían irremediablemente la sociedad sueca.

Swedenborg, aun cuando compartía con Nordencrantz su preocupación por la necesidad de mejoras económicas, creía que en términos generales las opiniones de aquel estadista eran inaceptables. Nordencrantz adjudicaba la culpa por la crisis financiera de su país a la irresponsabilidad de los administradores, y proponía reemplazar a todos los responsables de cargos públicos, exceptuando los militares y eclesiásticos. Estos nuevos funcionarios, a su vez, serían reemplazados nuevamente cada dos años. El aspecto más pernicioso de este plan hubiera sido, de aplicarse, un incremento inconmensurable del poder de la corona.

El comentario que Swedenborg hizo escuchar en el Riksdag sobre el informe de Nordencrantz sugería que la crisis económica sueca era atribuible a varios factores, tanto en los sectores públicos como en los privados, y que no podía adjudicarse exclusivamente a la ineficiencia o la estupidez de los funcionarios. Subrayó la necesidad de un justo equilibrio en la crítica al desempeño público del gobierno, con el fin de mantener en funcionamiento una estructura política efectiva, dentro de la cual, y gradualmente, pudiera desarrollarse la libertad civil. “En todos los países se cometen errores —escribió—, y todo ser humano es responsable de muchas equivocaciones. Pero si ha de juzgarse a un gobierno solamente por sus faltas, sería igualmente aceptable juzgar a los individuos por sus pecados y deficiencias”. En esta contienda, que finalmente ganó, Swedenborg demostró ser un político moderado, dispuesto a trabajar siempre que se tratara de obtener medidas prácticas que fueran verdaderas soluciones a los problemas de la comunidad.

Sería imposible dar por concluida esta reseña de la vida pública de Swedenborg sin señalar cómo en muchas ocasiones puso su genio mecánico al servicio de su nación. El Rey Carlos XII le pidió que sirviera como ingeniero asesor suyo, impresionado por las contribuciones de Swedenborg en su calidad de editor del periódico científico Daedalus, el primero que se publicara en Suecia dedicado a las ciencias naturales. Al servicio del Rey, Swedenborg actuó como ingeniero supervisor de muchas obras públicas importantes. En esta función le cupo dirigir la construcción de un dique seco de nuevo diseño, de un canal, la fabricación de maquinarias para la explotación de fuentes salitrosas, y la invención de un sistema para transportar por tierra grandes barcos de guerra. Demostró poseer una inagotable imaginación práctica, al diseñar máquinas de carácter futurístico, entre ellas un aeroplano, un submarino, un motor de vapor, un fusil de aire comprimido y un horno de baja combustión.

Aunque ninguno de los estudiosos de la naturaleza tenía a su disposición los refinados instrumentos de observación de que dispone la ciencia contemporánea, los principales intelectos de aquella época desarrollaron en una medida no despreciable el conocimiento de los fenómenos naturales. La escasez de los conocimientos disponibles en cada campo hacía que fuera posible que los individuos más destacados se movieran con comodidad en más de un campo de especialización, cosa que en nuestros días sería imposible, dado el desarrollo de las ciencias que ha visto la humanidad durante los siglos XIX y XX. La mente alerta de Swedenborg, unida a sus extensos estudios en varias disciplinas, lo colocó en la primera fila de los científicos de su día.

En un siglo que desconocía la existencia del oxígeno, la circulación de la sangre, la composición atmosférica, la electricidad, el análisis espectrográfico, la fotografía, el concepto de la conservación de la energía y la operación de los átomos, Swedenborg propuso algunas teorías brillantes, aunque junto con ellas, a veces, sostuvo especulaciones erróneas. Al desarrollarse, su mente fue interesándose cada vez más en la generalización a partir de los descubrimientos de otros, antes que en la ejecución de sus propios experimentos. Su pensamiento manifestaba una proclividad filosófica antes que empírica.

Sin embargo, en los campos de la metalurgia y la biología, hizo descubrimientos experimentales que lo colocan junto a los pensadores originales de esas dos disciplinas. En metalurgia, sus conclusiones con respecto al tratamiento del hierro, el cobre y el bronce, contribuyeron al progreso tanto de la ciencia como de la tecnología de los metales.

En biología, sus estudios sobre el sistema nervioso y el cerebro le valieron el galardón de ser el pri­mero en desarrollar una comprensión adecuada de la importancia de la corteza cerebral y de los movimientos respiratorios de las membranas que envuelven la masa encefálica. Los estudiosos modernos de esta ciencia sostienen que los descubrimientos de Swedenborg señalan el camino de los fundamentos “de la fisiología de los nervios y los sentidos”. También se le reconoce y menciona laudatoriamente por sus intuiciones con respecto al funcionamiento y la importancia de las glándulas endocrinas, especialmente la pituitaria.

Si hubiera empleado la mayor parte de sus años maduros en el estudio de la metalurgia y la biología, muy posiblemente hubiera ido mucho más lejos, en estos campos, de lo que lo hizo. No se entrego a la investigación intensiva porque no creía estar particularmente bien dotado para este tipo de trabajo. Más aún, descubrió que cuando lograba arribar a algún descubrimiento de tipo experimental, esto tendía a apartarlo de las generalizaciones filosóficas, obligándole a concentrarse en explicaciones unilaterales que dependían demasiado de su propia observación. Creía que hay mentes humanas de dos tipos principales; por un lado, “aquellos dotados para la observación experimental, y con una exquisita capacidad de visión que les viene por naturaleza, tales como Eustachius, Ruysch, Leewenhoek, Lancisi, etc.” Los otros, por su parte, “gozan de una facul­tad natural para contemplar los hechos que ya han sido descubiertos por otros, y son capaces de desen­trañar las causas. Ambos son dones peculiares, y rara vez se los encuentra en una misma persona.”

Swedenborg estaba animado por los intereses filosóficos centrales: la cosmología y la naturaleza del alma humana. Aproximadamente entre 1720 y 1745 estudió estos dos temas, y publicó varios escritos con sus conclusiones. Su primera obra filosófica significativa, que apareció bajo el título de Química (1720), acentuaba su concepto de que todo lo pertinente a la naturaleza puede explicarse en términos matemáticos. Rechazó el concepto newtoniano de la existencia de partículas permanentes e irreductibles de materia, proponiendo en cambio la idea de que todo era esencialmente movimiento ordenado según pautas geométricas.

Alrededor del 1720 desarrolló su teoría de la forma en que el universo llegó a existir, subsiste y continuará existiendo en el futuro. Una obra de 600 páginas, titulada Principios menores (se publicó póstumamente), presenta el producto de esos esfuerzos. Pero su obra más importante de estudios filosóficos apareció en el1734. Contenía tres volúmenes bajo el título general de Obras filosóficas y mineralógicas. En el primer volumen, que se titulaba Principia, siguiendo la costumbre de los filósofos del siglo XVIII desarrolla los resultados de sus reflexiones cosmológicas. Fundaba sus explicaciones sobre “los principios de las cosas naturales” en la experiencia, la geometría y la razón, postulando la creación de “un primer punto natural de materia”. Este punto inicial, movido a la acción por la voluntad divina, consistía de puro movimiento. Desde éste descendieron toda una serie de finitudes, cada una más amplia y en cierta forma menos activa que la precedente. La cosmología de Swedenborg, en otras palabras, está llena de pura energía desde el principio hasta el final. Sostenía que la actividad es el concepto clave para comprender los tres reinos de la naturaleza, el animal, el vegetal y el mineral. Todas las sustancias materiales emanan esferas de energía que interaccionan con la materia que las rodea. Contribuyeron a su creencia en un universo activo sus estudios de magnetismo, cristalografía, fosforescencia y metalurgia.

La experimentación moderna, particularmente aquella que se conduce en el campo de la energía atómica, ha confirmado muchas de las especulaciones cosmológicas de Swedenborg. Svante Arrhenius, Premio Nobel de química y fundador de la físicoquímica contemporánea, sostiene que Buffon, Kant, Laplace, Wright y Lambert propusieron sistemas de la creación que ya aparecen, con anterioridad, en los Principia de Swedenborg. El segundo volumen de sus Obras filosóficas y mineralógicas se ocupa del hierro y el acero, y el tercero, del cobre y el bronce. En éstos Swedenborg no se ocupa solamente de la tecnología que comprende el tratamiento de metales, sino que incluye además especulaciones filosóficas sobre la constitución y el funcionamiento del universo.

No hay nada en las Obras filosóficas y mineralógicas que sirva como indicio para entender que a su autor le satisfacía las explicaciones puramente materiales del universo. Sus escritos reposan sobre la afirmación fundamental de que la fuerza divina sustenta toda la materia. Su pensamiento se dedicaría, a continuación, a especular sobre las relaciones entre lo finito y lo infinito. Su voluminoso ensayo sobre lo Infinito, que se publicó en el 1734, lleva título completo de “Bosquejo de un razonamiento filosófico sobre lo infinito, y la causa final de la creación, y sobre el mecanismo de la operación del alma y el cuerpo”. En éste y otros estudios similares, Swedenborg sostenía que aun cuando lo finito no puede comprender a lo infinito, la razón exigía que se concluyera que el individuo humano es el fin de la creación. Todo lo que ha sido creado contribuye al funcionamiento del hombre como ser pensante. El alma debe ser el lazo de unión entre Dios y el hombre, lo infinito y lo finito, aun cuando el hombre no puede ni ver ni medir el alma. Swedenborg desarrolló sus investigaciones sobre el alma, de manera más comprensiva, en un estudio que tituló La economía del reino animal, que apareció publicado en dos extensos volúmenes en el 1740 y 1741. Tal como el título lo sugiere, concebía el reino vital como una maravillosa unidad, estructurada de manera bien estrecha en torno a un gran diseño que puso como centro de la creación al alma individual. Sus especulaciones, que hacían uso del mejor conocimiento anatómico de su época, concebían la sangre como el más probable medio de soporte del alma. Swedenborg se aproximó maravillosamente a la explicación de cómo los pulmones sirven para purificar la sangre, en una época cuando aun llevaría cincuenta años el descubrimiento del oxígeno. Apoyándose en sus estudios previos sobre el cerebro y los nervios, concluyó que el funcionamiento de la mente y el cuerpo dependían de un “fluido espiritoso”, transportado por la sangre, que aun cuando no podía “conocerse” científicamente, debía de ser el portador del alma. En un segundo libro, titulado El reino animal, continuó sus investigaciones en torno a las posibles explicaciones racionales de las operaciones del alma. Era su esperanza, “dispersar las nubes que oscurecen el sagrado templo de la mente” y abrir de ese modo el camino a la fe. Otros libros de este período, algunos publicados en vida del autor y otros que dejó en forma manuscrita, incluyen El cerebro, Los sentidos, Los órganos de la generación y Psicología racional.

La economía del reino animal fue muy bien recibida por los eruditos de su época. Sin embargo, los bibliógrafos ignoran, por lo general, sus otras obras sobre el tema del alma. Los manuscritos inéditos, por supuesto, eran desconocidos fuera del círculo de los amigos íntimos del autor.

Swedenborg llegó a avanzar tanto como estaba a su alcance en el intento de explicar las tardes cuestiones de la existencia humana, valiéndose exclusivamente de la fe en la que había sido criado, a cuyo auxilio acudieron sus extraordinarias capacidades intelectuales. Los resultados de esta búsqueda le dejaron insatisfecho, pero muy pronto se abriría una nueva etapa de su vida, que debe ser analizada desde una perspectiva bien distinta.

Durante los años 1744 y 1745 experimentó una serie de sueños y visiones que lo conmovieron profundamente. A veces sentía temor, a veces euforia, al reflexionar sobre estas experiencias. Fueron años inquietos, perturbados, que él mismo nunca pudo explicar satisfactoriamente y respecto de los cuales guardó silencio frente a otros, aunque sus experiencias están registradas meticulosamente en sus Diario de sueños y Diario de viajes. Volvió a estudiar la Biblia y comenzó la composición de un libro sobre el tema de La adoración y el amor de Dios.

En abril del 1745 fue sujeto de una experiencia penetrante. Estaba en Londres y cenaba en la hostería donde frecuentemente tomaba sus comidas, completamente solo en el comedor. Notó que la habitación de manera repentina se oscurecía. Entonces tuvo una visión y un aparecido le dirigió la palabra. Cuando la habitación volvió a iluminarse Swedenborg regresó a su departamento, profundamente conmovido. Durante esa misma noche volvió a tener la misma visión. Se le apareció un espíritu que le habló de la necesidad de una persona humana que sirviera como medio para que Dios pudiera revelarse nuevamente a los hombres, de manera similar a las visiones que se registran frecuentemente en el Antiguo Testamento.

Swedenborg llegaría a creer que Dios le había llamado para comunicar a los hombres una nueva revelación, y desde el 1745 hasta su muerte, veintisiete años más tarde, ocupó casi todo su tiempo en agregar escritos teológicos a la ya voluminosa bibliografía de sus obras filosóficas y científicas. Pocas experiencias trascendentales de las que registra la historia humana encierran una pretensión de mag­nitud tal como la que proclamó Swedenborg.

Los dos años que siguieron a su “llamado” Swedenborg los empleó en realizar un estudio profundo de la Biblia. Escribió unas 3.000 páginas de comentarios inéditos, y preparó un extenso índice bíblico que utilizaría como instrumento en todos sus posteriores estudios teológicos. Perfeccionó sus conocimientos de hebreo y griego, para poder leer los textos sagrados en sus idiomas originales, e hizo una nueva traducción de muchos de los libros tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. En el 1747 comenzó la publicación de su obra teológica más extensa, Arcana Coelestia. Este estudio sobre los libros de Génesis y Éxodo alcanza a más de 7.000 páginas o unos tres millones de palabras. El subtítulo de esta obra en varios volúmenes afirma que los “misterios celestiales” que contiene están en “las Sagradas Escrituras de la Palabra del Señor revelada” y que se los presenta junto con “algunas de las cosas maravillosas que han sido vistas (por el autor) en el Mundo de los Espíritus y en el Cielo de los Ángeles”.

Los escritos teológicos continuarían fluyendo de la pluma de Swedenborg. Escribió ocho volúmenes de comentarios sobre el Apocalipsis, y tres obras tituladas La providencia divina, El amor y la sabiduría divinos y Las cuatro doctrinas, es decir, la del Señor, la Sagrada Escritura, la Vida y la Fe. Ofreció un relato testimonial de sus experiencias en el otro mundo en un volumen de carácter descriptivo que se titula El Cielo y sus maravillas y el Infierno. En el 1768 publicó un extenso volumen sobre el matrimonio, que se titula Los deleites de la sabiduría en lo que respecta al amor conyugal, después de lo cual siguen los placeres de la insania en lo que respecta al amor fornicario. Otras obras menores se ocupan de una gran variedad de temas.

Hay varios aspectos de la carrera teológica de Swedenborg que vale la pena anotar. En primer lugar, durante la mayor parte de este período, escribió y publicó sus escritos de manera anónima, y por lo tanto muy pocos, aun entre sus amigos íntimos, conocían la naturaleza de sus estudios teológicos a medida que éstos evolucionaban. En segundo lugar, Swedenborg invirtió una buena parte de su fortuna personal en la publicación de estos trabajos, ya que ninguna de sus obras teológicas gozó de una circulación significativa. Regaló muchos ejemplares, a clérigos, universidades y bibliotecas, siempre de manera anónima. En tercer lugar, durante los primeros años de su período teológico, vivió una vida normal, aunque ligeramente recluida. Siendo soltero, pasaba la mayor parte del tiempo con sus libros, por lo general en un pequeño pabellón de verano que mandó construir en la parte posterior del jardín de su casa de Estocolmo. En cuarto lugar, en la segunda parte de su período teológico, las experiencias que vivió invirtieron drásticamente el estilo del anonimato y reclusión de su vida hasta ese momento, ya que sus obras llegaron a ser ampliamente conocidas en círculos eruditos. Por último, hasta el final de sus días mantuvo la convicción de que el Señor le había llamado para traer una nueva revelación a los hombres. El cumplimiento de su vocación dependía de su doble existencia, en el mundo espiritual y el natural alternativamente, mientras año tras año se fueron multiplicando sus comentarios.

Swedenborg no hizo esfuerzo alguno para formar una nueva secta, ni congregó en torno suyo seguidores que formaran o constituyeran una iglesia. Sus esfuerzos por mantenerse en el anonimato con respecto a su producción teológica duraron hasta 1759. En esa época ocurrió en Suecia un incidente que le proporcionó una notoriedad poco común, y que llevó a muchos a relacionar la persona de Swedenborg con su ya abundante producción teológica anónima, y particularmente con El Cielo y el Infierno. En julio de aquel año, en la ciudad de Gotemburgo que se encuentra a cuatrocientos cincuenta kilómetros de Estocolmo, mientras cenaba con algunos amigos en la casa del rico comerciante William Castel, Swedenborg repentinamente empalideció y se manifestó profundamente turbado. Durante unos momentos se retiró de la mesa, en dirección al jardín, y volvió al poco tiempo con la noticia de que un gran incendio había estallado en Estocolmo, no lejos de su casa. Expresó que el fuego se extendía rápidamente, y que temía que el incendio destruyera algunos de sus manuscritos. Finalmente, a las 8 de la noche, dijo, manifiestamente aliviado: “¡Gracias a Dios! El fuego ha sido apagado, apenas a tres puertas de mí casa”. Todos los presentes, conmovidos por el incidente, desde que en su mayoría tenían propiedades, familiares o amigos en Estocolmo, quedaron enormemente impresionados por la clarividencia de Swedenborg. Esa misma noche uno de ellos narró la historia al gobernador provincial, y éste llamó a Swedenborg para que le dijera qué era, en realidad, lo que había visto. Al día siguiente, domingo, Swedenborg dio al gobernador los detalles de su visión del incendio, ofreciendo una minuciosa descripción de la naturaleza y extensión del fuego, y de los medios que se habían movilizado para su extinción. La noticia del supuesto incendio se desparramó rápidamente por la ciudad de Gotemburgo y el asunto se convirtió en el tema de conversación del momento.

Se debió esperar hasta el lunes, cuando llegó un mensajero desde Estocolmo con los detalles del incendio (enviado por la Junta Mercantil de esa ciudad), para confirmar la veracidad de las declara­ciones de Swedenborg, con lo cual quedó convertido en una figura pública, y todos experimentaron gran curiosidad por su persona. Poco tiempo después fue conocida su autoría de Arcana Coelestia y El Cielo y el Infierno. Muchas personas prominentes, curio­sas por encontrarse con un hombre que pretendía ser capaz de penetrar los secretos del cielo, comenzaron a escribir descripciones de la personalidad de Swedenborg y de sus hábitos de vida. Los que aún no le conocían tendían a opinar que había perdido la razón. Pero después de encontrarse con él y conversar sobre los más diversos temas no podían más que afirmar que su aspecto, por lo menos, era el de una persona cuerda, y que su conversación era impecablemente razonable. Frecuentemente terminaban en un callejón sin salida, al no querer aceptar la verdad de sus pretensiones, pero sintiendo que les era imposible acusarlo de locura.

En la primavera del año siguiente ocurrió otro incidente que contribuiría aún más a confirmar los poderes sobrenaturales de Swedenborg. La viuda del embajador holandés en Estocolmo, Mme. de Marteville, se interesó en la facultad que tenía Swedenborg, según sus escritos, de dialogar con los espíritus. Su esperanza era de carácter utilitario, en realidad. Un platero le había hecho llegar una cuenta bastante abultada por un juego de plata que su esposo, según decía el artesano, le había comprado antes de morir. Ella estaba segura de que su esposo había pagado la cuenta, pero no podía encontrar el recibo. Swedenborg aceptó el encargo de preguntar al esposo sobre el recibo cuando lo viera en el mundo espiritual. Pocos días después Swedenborg visitó a la viuda, y le dijo que se había encontrado con su esposo, en el mundo de los espíritus, y que éste le había dicho que él mismo se encargaría de revelar a su esposa el lugar donde estaba guardado el recibo. Ocho días después Mme. de Marteville tuvo un sueño en el cual se le apareció su esposo y le pidió que buscara detrás de uno de los cajones de su escritorio. Siguiendo las instrucciones del muerto, la viuda encontró el recibo, y no solamente esto sino una valiosa joya con un diamante que había perdido y no sabía dónde buscar. A la mañana Swedenborg visitó a Mme. de Marteville y, antes que ésta pudiera contarle de su sueño, le dijo que la noche anterior había vuelto a encontrar a su esposo, en el mundo espiritual, y que le había recordado el asunto del recibo, y que éste le había dejado para ir a decirle a su esposa, antes que volviera a olvidarse del encargo, dónde podía encontrar el recibo.

Más extraordinario aún fue otro incidente, conocido como “el secreto de la Reina”. En el otoño de 1761 el Conde Ulric Scheffer invitó a Swedenborg a acompañarle a la corte para visitar a la reina Lovisa Ulrika, que se sentía interesada en Swedenborg por haber oído hablar de sus poderes fuera de lo común. La reina le pidió que se comunicara con su difunto hermano Augustus William, que había muerto dos años antes. Swedenborg aceptó el encargo, y pocos días después visitó nuevamente a la reina, le obsequió varios ejemplares de sus obras, y en un rincón de la sala, en audiencia privada, le dijo un secreto que produjo gran sorpresa en la soberana. Lovisa Ulrika exclamó que la comunicación de Swedenborg contenía informaciones que solamente su hermano podía conocer. El incidente gozó de amplia difusión y se lo discutió durante mucho tiempo en los círculos de la sociedad sueca.

Estos tres ejemplos de la capacidad clarividente de Swedenborg, junto con otros episodios de menor cuantía, sirvieron para extender su fama. Continuó viviendo y escribiendo como de costumbre, pero muchos curiosos visitaban su casa e interrumpían sus estudios, eran muchos los que querían visitar al hombre que con voz calmada declaraba ser capaz de conversar con los ángeles.

En relación con todo esto resulta interesante registrar la reacción del gran filósofo Immanuel Kant cuando se enteró de los poderes visionarios de Swedenborg. Aunque Kant nunca conoció a Swedenborg personalmente, mantuvo correspondencia con él y también le envió mensajes mediante mutuos amigos. Kant, el gran racionalista, tendía a no creer en testimonios de experiencias místicas, pero los informes repetidos y autorizados con respecto a los poderes sobrenaturales de Swedenborg lo obligaron a reconsiderar su posición. A veces escribía favorablemente, a veces manifestaba una opinión total­mente adversa. Sin embargo, hay abundantes testimonios de su interés sostenido en el asunto. Aun su escrito más crítico sobre Swedenborg, Los sueños de un visionario, que apareció en 1766, en el cual Kant procura denigrar a Swedenborg, revela dudas con respecto a los fundamentos de su argumentación. En resumen, Kant debe ser contado entre aquellos intelectos superiores, contemporáneos a Swedenborg, que encontraron difícil explicar de manera satisfactoria la fase teológica de la distinguida carrera del pensador sueco.

Durante los últimos años de la vida de Swedenborg, muchos conocidos de larga data o personas que sólo acababan de trabar amistad con él, escribieron descripciones de la impresión que les había causado la personalidad de Swedenborg. La mayoría pensaba que sus pretensiones eran ofensivas al sentido común, y sin embargo habiéndolo conocido y habiendo conversado con él, muy pocos podían afirmar que encontraran en su persona algo que no fuera normal. Les dejaba perplejos todo lo que Swedenborg narraba sobre sus encuentros con los espíritus, pero en todo lo demás daban testimonio de su carácter suave, amable, de su buen humor, y del aspecto benigno y tranquilo de su persona. A veces, cuando los visitantes intentaban burlarse de sus visiones, Swedenborg reaccionaba de manera cortante y aguda, pero en general era un huésped ideal.

En 1768, cuando tenía ochenta años de edad pero aún mantenía una perfecta salud física y mental, Swedenborg partió para su penúltimo gran viaje en esta tierra. Muchos viajes anteriores lo habían llevado a las diversas naciones de Europa, incluyendo Italia, Francia, Alemania, Holanda e Inglaterra. En esta ocasión visitó primero Francia y después Inglaterra, donde se alojó con una pareja joven en Wellclose Square, Londres. Durante el verano ocupó largos días en la composición de su última gran obra teológica, un estudio en dos volúmenes que titularía La verdadera religión cristiana. También disfrutaba de frecuentes paseos por los parques cercanos a su residencia, de conversaciones con co­nocidos y de la visita a amigos. Alguien que lo conoció íntimamente durante este último período de su vida dijo: “Algunos podrán pensar que el asesor Swedenborg es un excéntrico, pero la verdad es todo lo contrario. Era de fácil y agradable compañía, conversaba sobre cualquier tema que se presentara y solía acomodarse a las ideas de su interlocutor; nunca hablaba de sus doctrinas a menos que se le hubiera preguntado por ellas”.

En 1769 regresó a Suecia, en parte para responder a las acusaciones de herejía que habían levantado contra él algunos de los prelados de la Iglesia Luterana del estado. Corresponsales amigos le ha­bían informado que sus escritos eran el tema de una gran controversia en el Consistorio de la Iglesia que se había reunido en Gotemburgo. Por esta época varios de los escritos de Swedenborg habían sido traducidos al sueco, y había laicos y sacerdotes de la Iglesia Luterana que se consideraban sus discípulos y defendían los puntos de vista que presentaba en sus libros.

En septiembre de 1768 un pastor rural precipitó un debate decisivo, al introducir un proyecto de resolución que reclamaba medidas para detener la circulación de las obras que divergían con los puntos de vista del luteranismo. El pastor dirigía su ataque especialmente contra los escritos de Swedenborg. Aunque algunos miembros del consistorio insistieron en que no se tomara una decisión hasta que todos hubieran leído detenidamente las obras de Sweden­borg, el Deán Ekebom, el prelado de más alto rango, anunció que según su examen las obras de Swedenborg eran “corruptoras, heréticas, injuriantes y en alta medida objetables”. Aunque confesó que no había leído detenidamente ninguna de las obras de Swedenborg, excepto el libro titulado El Apocalipsis Revelado concluía que las doctrinas de Swedenborg sobre la naturaleza de Dios, la Biblia, la Santa Comunión, la fe y otras enseñanzas fundamentales, debían eliminarse por ser peligrosas para las concepciones religiosas establecidas. Acusó a Swedenborg de socinianismo, o sea de negarse a aceptarla divinidad de Cristo.

Al enterarse de estas acusaciones Swedenborg replicó por escrito vigorosamente, asumiendo su propia defensa. Le molestaba particularmente la acusación de socinianismo, y escribió: “Para mí la palabra sociniano es directamente un insulto y una diabólica burla”. Una de las líneas de argumentación teológica más cuidadosas de Swedenborg es la que rechaza precisamente el socinianismo y acepta a Cristo como Dios sobre la tierra.

La disputa se hizo candente en poco tiempo y alcanzó dimensiones políticas cuando el asunto fue llevado a la Dieta Nacional. El consejero legal del Deán Ekebom, fiscal principal de la causa, solicitó que se tomaran las medidas más enérgicas para “ahogar, castigar y erradicar de manera total las innovaciones y descaradas herejías del pensamiento swedenborgiano, que nos asedian todo alrededor nuestro (…) de tal manera que el jabalí que nos devasta, y la bestia salvaje que nos acosa pueda ser expulsada definitivamente de nuestra tierra con brazo poderoso”. El Consejo Real, designado por la Dieta, presentó un informe en abril de 1770. Los opositores a Swedenborg obtuvieron prácticamente todo lo que pedían. Se ordenó a los clérigos que compartían las ideas de Swedenborg que no las predicaran más y los funcionarios de aduana recibieron el encargo de detener la circulación de los libros de Swedenborg, y requisarlos, a menos que el Consistorio más cercano a su sede otorgara autorización para el libre tránsito. Fueron las propias palabras del Consejo Real que se “condenaba, rechazaba y prohibía la doctrina teológica contenida en los escritos de Swedenborg”.

Mientras la disputa prosiguió durante tres años más, Swedenborg siguió protestando la decisión del Consejo y peticionó personalmente al Rey por una revisión del proceso. El Consejo Real refirió el asun­to a la Corte de Apelaciones de Gótha, la que solicitó a varias universidades, incluyendo aquella en donde se había graduado Swedenborg, la de Upsala, un estudio concienzudo de las ideas de Swedenborg. Las universidades, en su totalidad, declinaron esta tarea. No encontraban nada objetable en los escritos de Swedenborg, pero, por otro lado, no querían poner a los obispos y al mismo consistorio de la Iglesia en situación de ser acusados por falso testimonio, la única forma de eliminar los cargos formulados contra Swedenborg. El asunto poco a poco fue perdiendo interés. Algunos clérigos seguían predicando las doctrinas de Swedenborg; la mayoría se plegó a la decisión de sus autoridades eclesiásticas. Emanuel Swedenborg siguió escribiendo y hablando con toda libertad durante los pocos años de vida sobre la tierra que le quedaban.

La terminación de la obra teológica que coro­naría todos sus escritos lo ocupaba totalmente. Aunque tenía 82 años de vida, emprendió su último viaje por el extranjero con el propósito de promover este esfuerzo. Aparentemente sentía que ya no habría de regresar a Suecia, porque se despidió de todos los miembros de la Junta de Minas, de sus amigos y de sus seguidores. Hizo arreglos para que su fiel amo de llaves recibiera una pensión, hizo listas de sus posesiones para que fueran distribuidas y dijo a su viejo amigo y vecino, Cari Robsahm: “No sé si volveré a Suecia, pero puedo asegurarte una cosa, que el Señor me ha prometido que viviré hasta ver publicada en forma impresa la obra en que actualmente estoy trabajando”. Se refería al manuscrito que aparecería en 1771 en Holanda, bajo el título de La verdadera religión cristiana.

Un visitante escéptico, pero amistoso, llegó hasta Swedenborg en Ámsterdam, mientras se imprimía La verdadera religión cristiana, e informó que el vidente, aunque recargado por los años, trabajaba “infatigablemente, y aun de manera pasmosa y sobrehumana”, leyendo las pruebas y devolviéndolas corregidas al editor. Agregó que Swedenborg estaba convencido de que servía, como lo dice la portada del libro, como “siervo del Señor Jesucristo”.

Cuando se terminó de imprimir este libro Swedenborg cruzó el canal, y llegó a Londres en sep­tiembre de 1771. Aquí nuevamente alquiló un cuarto en la casa de una familia particular, los Shearsmith, en la calle Great Bath. Aunque su salud declinaba manifiestamente continuó trabajando en sus libros. Pero en diciembre sufrió un ataque que anuló su capacidad de hablar y lo dejó inconsciente duran­te la mayor parte de tres días seguidos. Durante enero y febrero recobró gradualmente el habla y volvió a conversar con las personas que iban a visitarle.

Escribió a John Wesley, un destacado ministro inglés de la Iglesia, diciéndole que le agradaría mu­cho poder conversar con él sobre asuntos religiosos, siempre que. le fuera posible llegarse hasta Londres. Swedenborg había manifestado que sabía, gracias a sus contactos en el mundo de los espíritus, que Wesley estaba muy interesado en hablar con él sobre temas teológicos. Wesley expresó enorme sorpresa entre sus amigos al recibir esta carta, porque según su propia declaración, nunca había hablado a nadie de su interés en la carrera del vidente sueco. Escribió a Swedenborg una carta diciéndole que en efecto estaría muy interesado en conversar con él, pero que sería necesario esperar hasta que terminara la gira de seis meses en la que estaba embarcado. Cuando Swedenborg recibió la respuesta de Wesley manifestó que seis meses serían demasiado, porque él entraría permanentemente en el mundo de los espíritus el 29 de marzo de 1772. La sirvienta que atendía al barón Swedenborg durante los últimos meses de su vida, también ha dado testimonio de que su señor había predicho con exactitud el día de su muerte.

Varios amigos visitaron a Swedenborg durante el mes de marzo de 1772, y algunos lo invitaron a que escribiera una declaración final con respecto a la verdad o mentira de la nueva revelación que había fluido de su pluma durante tantos años. Swedenborg respondió agudamente: “No he escrito otra cosa que la verdad, y de esta verdad recibiréis cada día de vuestras vidas más y más confirmaciones, siempre que os mantengáis cerca del Señor sirviendo con fidelidad a El sólo, evitando todas las clases de mal como pecados contra El, buscando diligentemente en su Palabra, que desde el principio hasta el final da testimonio incontrovertible de la verdad de las doctrinas que yo he entregado al mundo”. Y en otra ocasión, respondiendo a una pregunta similar, Swedenborg dijo: “Tan verdaderamente como me ves delante de tus ojos, así es verdadero todo lo que he escrito; y hubiera podido decir más si se me lo hubiera permitido. Cuando entres en la eternidad lo verás todo, y entonces tú y yo tendremos mucho sobre lo que hablar”.

El domingo 29 de marzo de 1772 la señora Shearsmith y Elizabeth Reynolds, la sirvienta, ob­servaban a Swedenborg mientras despertaba de un largo sueño. Les pidió a las mujeres que le dijeran la hora. “Son las cinco de la tarde”, le contestaron, “Muy bien —dijo Swedenborg, y agregó—: Les doy gracias. Que Dios les bendiga”. Muy suavemente suspiró y ese fue el modo de su muerte.

Muy poco después de la muerte de Swedenborg, un enérgico londinense llamado Robert Hindmarsh encontró una copia de El Cielo y el Infierno, se convirtió a las enseñanzas de Swedenborg y reunió el primer grupo de seguidores. Reuniéndose frecuentemente en Londres, el grupo de Hindmarsh comenzó a exponer las ideas fundamentales de la teología de Swedenborg. Los seguidores suecos se organizaron bajo la dirección de Johan Rosen y Gabriel A. Beyer, dos destacados intelectuales que habían estado leyendo las obras de Swedenborg durante algún tiempo. James Glen, que había sido miembro del grupo londinense, llevó a Filadelfia algunos ejemplares de las obras de Swedenborg, en 1784, y el swedenborgianismo en los Estados Unidos data de los esfuerzos de Glen por organizar un grupo de lec­tores en la ciudad cuáquera y en otros lugares. Aun cuando la cantidad de los seguidores de Swedenborg nunca ha sido multitudinaria, hay grupos adherentes activos en todos los países del mundo.

Las enseñanzas de Swedenborg ejercen una influencia clara y directa sobre todos los que se consideran a sí mismos seguidores de la nueva fe. Los swedenborgianos se dedican al estudio de los escritos teológicos del vidente sueco, y procuran poner en practica en sus propias vidas como los miembros de cualquier otra secta religiosa, los principios que profesan creer. La influencia menos tangible —sobre el pensamiento universal— aún no ha sido evaluada a rondo. Los eruditos que ensayan esta colosal tarea muy probablemente concluyan, haciendo eco a las palabras de Arthur Conan Doyle, que se encuentran ante “una de las cumbres del pensamiento humano”.