
¿Quién fue Swedenborg?
Los visitantes de la catedral de Upsala, en
Suecia, donde yacen enterrados los ciudadanos de mayor renombre de esa
nación, pueden ver un magnífico sarcófago de granito rojo sobre el cual
se lee el nombre de Emanuel Swedenborg. El sarcófago contiene los restos
de uno de los hijos más notables de Suecia. En fecha tan reciente como
fuera el año 1910, cuando tardíamente se reconoció el carácter
extraordinario de su intelecto, fue el Rey Gustavo V de Suecia quien
presidió el tributo nacional con que se decidió honrar su memoria. La
inhumación en lugares públicos es una distinción que Suecia reserva a
sus reyes, arzobispos, generales o figuras prominentes del mundo
intelectual. Muy pocos suecos han ganado el derecho a tal privilegio.
¿Quién
fue Emanuel Swedenborg? ¿Cuál fue el papel que le tocó desempeñar en la
historia para que se le concedieran tal atención y honra? La mayoría de
quienes visiten la catedral tendrán muy poca idea de quién es ese hombre
y cuál puede ser la respuesta a estas preguntas. Pero entre quienes
desfilan delante de esa tumba quizá haya algunos intelectuales que
recuerden el aporte de Swedenborg a la ciencia y la filosofía de Europa
durante el siglo XVIII. Y unos que otros dispersos serán seguidores de
aquel hombre para quienes la contemplación de tal santuario será un
gesto de reverencia, pues para ellos Swedenborg fue un nuevo profeta de
Dios en la tierra.
Sus antepasados le legaron, a este eminente ciudadano sueco, múltiples
talentos que en parte fueron los que determinaron el curso y tenor de su
existencia. Por el lado de su madre los parientes de Swedenborg durante
muchos años fueron dirigentes destacados de la industria minera. Su
padre, por otro lado, fue un devoto clérigo, de gran inteligencia y
celo. En tal hogar, señalado por la
combinación armoniosa de lo religioso y lo secular, nació Emanuel, el 29
de enero de 1688, en la ciudad de Estocolmo. Sara Behm, su madre, murió
cuando el niño tenía ocho años, pero su espíritu benévolo y manso dio
forma al carácter del que había sido su tercer hijo, el segundo varón.
Antes de la prematura muerte de Sara en
el 1696, los Swedberg llegaron a
tener seis hijos más.
El padre
de Emanuel, Jesper Swedberg, era profesor de teología en la Universidad
de Upsala y deán de la catedral. Más tarde llegaría a ser nombrado
obispo de Skara. Este cargo incluyó la elevación del rango social de los
Swedberg, que ingresaron en la nobleza por gracia de la reina Ulrika
Eleonora. Uno de los resultados de este cambio de estado social fue la
modificación del apellido familiar, de Swedberg a Swedenborg. El obispo
también sirvió como capellán de la familia real, gozando de ese modo de
acceso a los círculos sociales y políticos más elevados de Suecia.
Desde su
tierna infancia, Swedenborg conoció una atmósfera familiar caracterizada
por la reverencia y el fervor religioso. Los hijos del obispo
recibieron casi todos nombres bíblicos, para que recordaran siempre su
deber hacia Dios y la Iglesia. Emanuel significa "Dios con nosotros" y
los primeros años de la vida de Swedenborg son adecuados a tal epígrafe.
La familia conversaba frecuentemente sobre temas religiosos, durante las
comidas o en otras ocasiones sociales, y el joven Emanuel tuvo
frecuentes oportunidades de intercambiar ideas sobre la fe y la vida
cristiana con muchos clérigos. Años más tarde, cuando Swedenborg
recuerda la influencia de estos primeros contactos con la preocupación
teológica, escribe: "Durante todo el tiempo pensaba en Dios, en la
salvación y en las enfermedades espirituales del hombre".
Pero la
teología, aun cuando ocupaba un lugar de central importancia en el hogar
de los Swedberg, no eliminaba otros temas de conversación. La política,
la guerra, la filosofía y las tecnologías formaban parte, sin lugar a
dudas, de las conversaciones familiares. En junio del 1699 el estímulo
intelectual que recibiera en su hogar condujo muy naturalmente al joven
Emanuel a inscribirse en la Universidad de Upsala, pese a lo prematuro
de su edad. El estudiante mostró desde muy temprano un alto nivel de
rendimiento intelectual y una visión universal que lo llevó a
apasionarse por todas las cosas. En aquella época la universidad ofrecía
cuatro áreas principales de estudio: teología, leyes, medicina y
filosofía. Aun cuando Swedenborg se concentró en esta última disciplina,
su mente inquisitiva lo llevó a profundizar conocimientos en otros
campos. La facultad de filosofía incluía estudios científicos y
matemáticos, pero también tomó cursos en leyes. Siendo que la mayoría de
los cursos en la universidad se dictaban aún en latín, también aprendió
esta lengua altamente estructurada, a la que agregaría, al año
siguiente, el griego y el hebreo. Los viajes que realizaría más tarde, y
sus estudios subsecuentes lo capacitarían para el manejo dúctil del
inglés, el holandés, el francés y el italiano, además de su idioma
natal, el sueco, y las lenguas bíblicas. Como distracción, solía
escribir poemas en latín y estudiar música.
En este
último campo llegó a ser lo bastante bueno como para poder acompañar los
cánticos litúrgicos de la iglesia ejecutando el órgano cuando el
organista titular faltaba. Una gran ductilidad e imaginación fundadas en
la minuciosidad y el espíritu práctico caracterizaron su carrera
académica.
Cuando
concluyó sus estudios formales en la Universidad, en
el 1709, hizo planes
para un extenso período de viajes y estudios adicionales en el exterior.
En el 1710, con veinte años de edad, visitó Inglaterra por primera vez.
Gracias a la ayuda de su cuñado, Eric Benzelius, se vio en condiciones
económicas de poder estudiar, bajo la dirección de individuos
especializados o por su propia cuenta, física, astronomía y la mayor
parte de otras ciencias naturales de su época. También se interesó
intensamente en la mecánica, y aprendió relojería, encuadernación,
ebanistería, litografía y la construcción de instrumentos de bronce,
recibiendo instrucción de capacitados artesanos ingleses. En su visita a
Holanda se dedicó al estudio de la óptica, que en aquella época apenas
si estaba en sus inicios. Sus investigaciones ulteriores lo introdujeron
en los campos de la cosmología, la matemática, la anatomía, la
fisiología, la política, la economía, la metalurgia, la mineralogía, la
geología, la ingeniería de minas y la química. Por añadidura adquirió
una profunda versación bíblica. Como ávido estudioso científico que era
logró de manera fructífera mantener largas entrevistas con
personalidades destacadas en los más diversos campos del conocimiento
científico. En una época cuando muy pocos hombres alcanzaban un
conocimiento tan vasto del mundo natural y espiritual, Swedenborg
empleó los primeros treinta y cinco años de su vida en un programa intensivo de educación formal y de
autodidacta.
Aun
cuando se sumergió en el estudio de las ciencias y otros intereses
seculares, Swedenborg no abandonó su inicial religiosidad. Retuvo su
aceptación de Dios como la fuerza causal del universo y siguió afirmando
su presencia universal. Toda la evidencia atestigua que obedeció
fielmente el consejo que le había dado su padre cuando debió abandonar
Upsala y aceptar un nombramiento en otra diócesis: "Te ruego con todas
mis fuerzas que Dios sea siempre para ti lo más importante entre todas
las cosas —dijo el obispo—, porque sin el temor de Dios toda la ciencia
que adquirirás al educarte, todo el estudio y los conocimientos, no te
servirán para nada y pueden llegar a ser ciertamente muy dañinos."
En
el 1716,
aun antes que concluyera este período de viajes y estudio, Swedenborg
comenzó su larga carrera en el servicio público de la corona sueca. El
Rey Carlos XII nombró a este talentoso científico de apenas 28 años de
edad como Asesor Extraordinario del Colegio Real
de Minas. Esta posición, aunque en parte era solamente honoraria,
comprendía varias responsabilidades relacionadas con la supervisión y el
desarrollo de la minería, una de las industrias más importantes de
Suecia. Durante treinta y un años Swedenborg sirvió a su nación como
miembro destacado de la Junta de Minas. Este organismo se reunía
regularmente y tomaba decisiones relacionadas con la totalidad de las
actividades mineras en el territorio sueco. Swedenborg en ocasiones
debió solicitar licencias con el motivo de viajar o para dedicarse a
diversos estudios, pero siempre que estaba en el territorio sueco
asistía fielmente a las reuniones de la junta.
El
puesto de asesor se convirtió para Swedenborg en mucho más que un
beneficio económico. Sus responsabilidades incluían la inspección de las
minas y la presentación de largos y detallados informes sobre la calidad
del mineral bruto que se extraía de ellas. La mayor parte de siete
veranos la empleó en recorrer toda Suecia en estas giras de inspección,
viajando a lomo de caballo o en carruajes por kilómetros y kilómetros
de interminables bosques, alojándose en las hosterías de las localidades
donde pasaba la noche, descendiendo a todo tipo de excavación, tanto las
que presentaban garantías de seguridad como las más peligrosas. Estuvo
implicado en los problemas administrativos y de gerencia de personal, en
el empleo de ejecutivos y en la arbitración de disputas laborales.
Frecuentemente presentaba sugerencias tendientes a mejorar el trabajo de
la extracción de minerales y las condiciones de los obreros y dirigentes
de este oficio. Hasta tuvo que desempeñar la tarea muy poco agradable de
recoger los impuestos que el gobierno nacional recibía sobre el material
extraído del subsuelo. Sus actividades en la Junta de Minas concluyeron
finalmente en el 1747, cuando renunció para dedicarse a actividades más
importantes, para las que creía haber recibido un llamado divino.
El
desempeño público de Swedenborg también incluyó unos cincuenta años de
servicio en la Casa de los Nobles del Parlamento sueco. La Casa de los
Nobles es uno de los cuatro sectores en que se divide el Riksdag o
Congreso sueco. Asumió esta responsabilidad en
el 1719, cuando su familia
fue designada para ingresar en la nobleza. Hasta pocos años antes de su
muerte, en el 1772, Swedenborg asistió a la mayoría de las reuniones de la
Casa de los Nobles. La profunda dedicación que lo caracterizaba en favor
del bienestar de su nación lo hizo planificar sus viajes al exterior
durante los períodos de feria legislativa. Por lo general estaba en su
Suecia cuando sesionaba el Riksdag, y aunque no era un creador
conspicuo, frecuentemente escribía folletos y proyectos legislativos
atinentes a los diferentes asuntos que se debatían. En diversas
ocasiones expresó sus puntos de vista sobre la economía y la estructura
impositiva de Suecia. También le preocuparon los problemas de relaciones
exteriores y el desarrollo intensivo de los recursos naturales de su
nación.
Su
disputa política más destacada se produjo en
el 1760, durante uno de los
períodos de dificultades económicas para Suecia. El Consejero de
Comercio, Anders Nordencrantz, fue designado presidente de una comisión
especial para estudiar el problema financiero. Se le autorizó a integrar
la comisión con las personas que él creyera más convenientes para esa
alta responsabilidad, y el informe que presentaron al parlamento
revelaba, sin lugar a duda, su propia tendencia en materia de economía,
puesto que todos los integrantes del grupo compartían sus puntos de
vista sobre la posible solución de la crisis económica de Suecia, tema
que él mismo había desarrollado en una extensa obra publicada poco
tiempo antes. El análisis que proponía Nordencrantz incluía algunas
ideas verdaderamente valiosas, pero sus propuestas de reforma amenazaban
con dar por tierra con toda la estructura política de Suecia; muchos
temían que sus recomendaciones, de ser aceptadas, desgarrarían
irremediablemente la sociedad sueca.
Swedenborg, aun cuando compartía con Nordencrantz su preocupación por la
necesidad de mejoras económicas, creía que en términos generales las
opiniones de aquel estadista eran inaceptables. Nordencrantz adjudicaba
la culpa por la crisis financiera de su país a la irresponsabilidad de
los administradores, y proponía reemplazar a todos los responsables de
cargos públicos, exceptuando los militares y eclesiásticos. Estos nuevos
funcionarios, a su vez, serían reemplazados nuevamente cada dos años. El
aspecto más pernicioso de este plan hubiera sido, de aplicarse, un
incremento inconmensurable del poder de la corona.
El
comentario que Swedenborg hizo escuchar en el Riksdag sobre el informe
de Nordencrantz sugería que la crisis económica sueca era atribuible a
varios factores, tanto en los sectores públicos como en los privados, y
que no podía adjudicarse exclusivamente a la ineficiencia o la estupidez
de los funcionarios. Subrayó la necesidad de un justo equilibrio en la
crítica al desempeño público del gobierno, con el fin de mantener en
funcionamiento una estructura política efectiva, dentro de la cual, y
gradualmente, pudiera desarrollarse la libertad civil. "En todos los
países se cometen errores —escribió—, y todo ser humano es responsable
de muchas equivocaciones. Pero si ha de juzgarse a un gobierno solamente
por sus faltas, sería igualmente aceptable juzgar a los individuos por
sus pecados y deficiencias". En esta contienda, que finalmente ganó,
Swedenborg demostró ser un político moderado, dispuesto a trabajar
siempre que se tratara de obtener medidas prácticas que fueran
verdaderas soluciones a los problemas de la comunidad.
Sería
imposible dar por concluida esta reseña de la vida pública de Swedenborg
sin señalar cómo en muchas ocasiones puso su genio mecánico al servicio
de su nación. El Rey Carlos XII le pidió que sirviera como ingeniero
asesor suyo, impresionado por las contribuciones de Swedenborg en su
calidad de editor del periódico científico Daedalus, el primero que se
publicara en Suecia dedicado a las ciencias naturales. Al servicio del
Rey, Swedenborg actuó como ingeniero supervisor de muchas obras públicas
importantes. En esta función le cupo dirigir la construcción de un dique
seco de nuevo diseño, de un canal, la fabricación de maquinarias para la
explotación de fuentes salitrosas, y la invención de un sistema para
transportar por tierra grandes barcos de guerra. Demostró poseer una
inagotable imaginación práctica, al diseñar máquinas de carácter
futurístico, entre ellas un aeroplano, un submarino, un motor de vapor,
un fusil de aire comprimido y un horno de baja combustión.
Aunque
ninguno de los estudiosos de la naturaleza tenía a su disposición los
refinados instrumentos de observación de que dispone la ciencia
contemporánea, los principales intelectos de aquella época desarrollaron
en una medida no despreciable el conocimiento de los fenómenos
naturales. La escasez de los conocimientos disponibles en cada campo
hacía que fuera posible que los individuos más destacados se movieran
con comodidad en más de un campo de especialización, cosa que en
nuestros días sería imposible, dado el desarrollo de las ciencias que ha
visto la humanidad durante los siglos XIX y XX. La mente alerta de
Swedenborg, unida a sus extensos estudios en varias disciplinas, lo
colocó en la primera fila de los científicos de su día.
En un
siglo que desconocía la existencia del oxígeno, la circulación de la
sangre, la composición atmosférica, la electricidad, el análisis
espectrográfico, la fotografía, el concepto de la conservación de la
energía y la operación de los átomos, Swedenborg propuso algunas teorías
brillantes, aunque junto con ellas, a veces, sostuvo especulaciones
erróneas. Al desarrollarse, su mente fue interesándose cada vez más en
la generalización a partir de los descubrimientos de otros, antes que en
la ejecución de sus propios experimentos. Su pensamiento manifestaba una
proclividad filosófica antes que empírica.
Sin
embargo, en los campos de la metalurgia y la biología, hizo
descubrimientos experimentales que lo colocan junto a los pensadores
originales de esas dos disciplinas. En metalurgia, sus conclusiones con
respecto al tratamiento del hierro, el cobre y el bronce, contribuyeron
al progreso tanto de la ciencia como de la tecnología de los metales.
En
biología, sus estudios sobre el sistema nervioso y el cerebro le
valieron el galardón de ser el primero en desarrollar una comprensión
adecuada de la importancia de la corteza cerebral y de los movimientos
respiratorios de las membranas que envuelven la masa encefálica. Los
estudiosos modernos de esta ciencia sostienen que los descubrimientos de
Swedenborg señalan el camino de los fundamentos "de la fisiología de los
nervios y los sentidos". También se le reconoce y menciona
laudatoriamente por sus intuiciones con respecto al funcionamiento y la
importancia de las glándulas endocrinas, especialmente la pituitaria.
Si
hubiera empleado la mayor parte de sus años maduros en el estudio de la
metalurgia y la biología, muy posiblemente hubiera ido mucho más lejos,
en estos campos, de lo que lo hizo. No se entrego a la investigación
intensiva porque no creía estar particularmente bien dotado para este
tipo de trabajo. Más aún, descubrió que cuando lograba arribar a algún
descubrimiento de tipo experimental, esto tendía a apartarlo de las
generalizaciones filosóficas, obligándole a concentrarse en
explicaciones unilaterales que dependían demasiado de su propia
observación. Creía que hay mentes humanas de dos tipos principales; por
un lado, "aquellos dotados para la observación experimental, y con una
exquisita capacidad de visión que les viene por naturaleza, tales como
Eustachius, Ruysch, Leewenhoek, Lancisi, etc." Los otros, por su parte,
"gozan de una facultad natural para contemplar los hechos que ya han
sido descubiertos por otros, y son capaces de desentrañar las causas.
Ambos son dones peculiares, y rara vez se los encuentra en una misma
persona."
Swedenborg estaba animado por los intereses filosóficos centrales: la
cosmología y la naturaleza del alma humana. Aproximadamente entre 1720 y
1745 estudió estos dos temas, y publicó varios escritos con sus
conclusiones. Su primera obra filosófica significativa, que apareció
bajo el título de Química (1720), acentuaba su concepto de que todo lo
pertinente a la naturaleza puede explicarse en términos matemáticos.
Rechazó el concepto newtoniano de la existencia de partículas
permanentes e irreductibles de materia, proponiendo en cambio la idea de
que todo era esencialmente movimiento ordenado según pautas geométricas.
Alrededor del
1720 desarrolló su teoría de la forma en que el universo
llegó a existir, subsiste y continuará existiendo en el futuro. Una
obra de 600 páginas, titulada Principios menores (se publicó
póstumamente), presenta el producto de esos esfuerzos. Pero su obra más
importante de estudios filosóficos apareció en
el
1734. Contenía tres
volúmenes bajo el título general de Obras filosóficas y mineralógicas.
En el primer volumen, que se titulaba Principia, siguiendo la costumbre
de los filósofos del siglo XVIII desarrolla los resultados de sus
reflexiones cosmológicas. Fundaba sus explicaciones sobre "los
principios de las cosas naturales" en la experiencia, la geometría y la
razón, postulando la creación de "un primer punto natural de materia".
Este punto inicial, movido a la acción por la voluntad divina,
consistía de puro movimiento. Desde éste descendieron toda una serie de
finitudes, cada una más amplia y en cierta forma menos activa que la
precedente. La cosmología de Swedenborg, en otras palabras, está llena
de pura energía desde el principio hasta el final. Sostenía que la
actividad es el concepto clave para comprender los tres reinos de la
naturaleza, el animal, el vegetal y el mineral. Todas las sustancias
materiales emanan esferas de energía que interaccionan con la materia
que las rodea. Contribuyeron a su creencia en un universo activo sus
estudios de magnetismo, cristalografía, fosforescencia y metalurgia.
La
experimentación moderna, particularmente aquella que se conduce en el
campo de la energía atómica, ha confirmado muchas de las especulaciones
cosmológicas de Swedenborg. Svante Arrhenius, Premio Nobel de química y
fundador de la físicoquímica contemporánea, sostiene que Buffon, Kant,
Laplace, Wright y Lambert propusieron sistemas de la creación que ya
aparecen, con anterioridad, en los Principia de Swedenborg. El segundo
volumen de sus Obras filosóficas y mineralógicas se ocupa del hierro y
el acero, y el tercero, del cobre y el bronce. En éstos Swedenborg no se
ocupa solamente de la tecnología que comprende el tratamiento de
metales, sino que incluye además especulaciones filosóficas sobre la
constitución y el funcionamiento del universo.
No hay
nada en las Obras filosóficas y mineralógicas que sirva como indicio
para entender que a su autor le satisfacía las explicaciones puramente
materiales del universo. Sus escritos reposan sobre la afirmación
fundamental de que la fuerza divina sustenta toda la materia. Su
pensamiento se dedicaría, a continuación, a especular sobre las
relaciones entre lo finito y lo infinito. Su voluminoso ensayo sobre lo
Infinito, que se publicó en el 1734, lleva título completo de "Bosquejo de
un razonamiento filosófico sobre lo infinito, y la causa final de la
creación, y sobre el mecanismo de la operación del alma y el cuerpo". En
éste y otros estudios similares, Swedenborg sostenía que aun cuando lo
finito no puede comprender a lo infinito, la razón exigía que se
concluyera que el individuo humano es el fin de la creación. Todo lo que
ha sido creado contribuye al funcionamiento del hombre como ser
pensante. El alma debe ser el lazo de unión entre Dios y el hombre, lo
infinito y lo finito, aun cuando el hombre no puede ni ver ni medir el
alma. Swedenborg desarrolló sus investigaciones sobre el alma, de manera
más comprensiva, en un estudio que tituló La economía del reino
animal, que apareció publicado en dos extensos volúmenes en
el 1740 y 1741.
Tal como el título lo sugiere, concebía el reino vital como una
maravillosa unidad, estructurada de manera bien estrecha en torno a un
gran diseño que puso como centro de la creación al alma individual. Sus
especulaciones, que hacían uso del mejor conocimiento anatómico de su
época, concebían la sangre como el más probable medio de soporte del
alma. Swedenborg se aproximó maravillosamente a la explicación de cómo
los pulmones sirven para purificar la sangre, en una época cuando aun
llevaría cincuenta años el descubrimiento del oxígeno. Apoyándose en sus
estudios previos sobre el cerebro y los nervios, concluyó que el
funcionamiento de la mente y el cuerpo dependían de un "fluido
espiritoso", transportado por la sangre, que aun cuando no podía
"conocerse" científicamente, debía de ser el portador del alma. En un
segundo libro, titulado El reino animal, continuó sus investigaciones
en torno a las posibles explicaciones racionales de las operaciones del
alma. Era su esperanza, "dispersar las nubes que oscurecen el sagrado
templo de la mente" y abrir de ese modo el camino a la fe. Otros libros
de este período, algunos publicados en vida del autor y otros que dejó
en forma manuscrita, incluyen El cerebro, Los sentidos, Los órganos de
la generación y Psicología racional.
La
economía del reino animal fue muy bien recibida por los eruditos de su
época. Sin embargo, los bibliógrafos ignoran, por lo general, sus otras
obras sobre el tema del alma. Los manuscritos inéditos, por supuesto,
eran desconocidos fuera del círculo de los amigos íntimos del autor.
Swedenborg llegó a avanzar tanto como estaba a su alcance en el intento
de explicar las tardes cuestiones de la existencia humana, valiéndose
exclusivamente de la fe en la que había sido criado, a cuyo auxilio
acudieron sus extraordinarias capacidades intelectuales. Los resultados
de esta búsqueda le dejaron insatisfecho, pero muy pronto se abriría una
nueva etapa de su vida, que debe ser analizada desde una perspectiva
bien distinta.
Durante
los años 1744 y 1745 experimentó una serie de sueños y visiones que lo
conmovieron profundamente. A veces sentía temor, a veces euforia, al
reflexionar sobre estas experiencias. Fueron años inquietos,
perturbados, que él mismo nunca pudo explicar satisfactoriamente y
respecto de los cuales guardó silencio frente a otros, aunque sus
experiencias están registradas meticulosamente en sus Diario de sueños y
Diario de viajes. Volvió a estudiar la Biblia y comenzó la composición
de un libro sobre el tema de La adoración y el amor de Dios.
En abril
del 1745 fue sujeto de una experiencia penetrante. Estaba en Londres y
cenaba en la hostería donde frecuentemente tomaba sus comidas,
completamente solo en el comedor. Notó que la habitación de manera
repentina se oscurecía. Entonces tuvo una visión y un aparecido le
dirigió la palabra. Cuando la habitación volvió a iluminarse Swedenborg
regresó a su departamento, profundamente conmovido. Durante esa misma
noche volvió a tener la misma visión. Se le apareció un espíritu que le
habló de la necesidad de una persona humana que sirviera como medio para
que Dios pudiera revelarse nuevamente a los hombres, de manera similar a
las visiones que se registran frecuentemente en el Antiguo Testamento.
Swedenborg llegaría a creer que Dios le había llamado para comunicar a
los hombres una nueva revelación, y desde
el
1745 hasta su muerte,
veintisiete años más tarde, ocupó casi todo su tiempo en agregar
escritos teológicos a la ya voluminosa bibliografía de sus obras
filosóficas y científicas. Pocas experiencias trascendentales de las que
registra la historia humana encierran una pretensión de magnitud tal
como la que proclamó Swedenborg.
Los dos
años que siguieron a su "llamado" Swedenborg los empleó en realizar un
estudio profundo de la Biblia. Escribió unas 3.000 páginas de
comentarios inéditos, y preparó un extenso índice bíblico que utilizaría
como instrumento en todos sus posteriores estudios teológicos.
Perfeccionó sus conocimientos de hebreo y griego, para poder leer los
textos sagrados en sus idiomas originales, e hizo una nueva traducción
de muchos de los libros tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. En
el 1747 comenzó la publicación de su obra teológica más extensa, Arcana
Coelestia. Este estudio sobre los libros de Génesis y Éxodo alcanza a
más de 7.000 páginas o unos tres millones de palabras. El subtítulo de
esta obra en varios volúmenes afirma que los "misterios celestiales" que
contiene están en "las Sagradas Escrituras de la Palabra del Señor
revelada" y que se los presenta junto con "algunas de las cosas
maravillosas que han sido vistas (por el autor) en el Mundo de los
Espíritus y en el Cielo de los Ángeles".
Los
escritos teológicos continuarían fluyendo de la pluma de Swedenborg.
Escribió ocho volúmenes de comentarios sobre el Apocalipsis, y tres
obras tituladas La providencia divina, El amor y la sabiduría divinos y
Las cuatro doctrinas, es decir, la del Señor, la Sagrada Escritura, la
Vida y la Fe. Ofreció un relato testimonial de sus experiencias en el
otro mundo en un volumen de carácter descriptivo que se titula El Cielo
y sus maravillas y el Infierno. En
el 1768 publicó un extenso volumen sobre
el matrimonio, que se titula Los deleites de la sabiduría en lo que
respecta al amor conyugal, después de lo cual siguen los placeres de la
insania en lo que respecta al amor fornicario. Otras obras menores se
ocupan de una gran variedad de temas.
Hay
varios aspectos de la carrera teológica de Swedenborg que vale la pena
anotar. En primer lugar, durante la mayor parte de este período,
escribió y publicó sus escritos de manera anónima, y por lo tanto muy
pocos, aun entre sus amigos íntimos, conocían la naturaleza de sus
estudios teológicos a medida que éstos evolucionaban. En segundo lugar,
Swedenborg invirtió una buena parte de su fortuna personal en la
publicación de estos trabajos, ya que ninguna de sus obras teológicas
gozó de una circulación significativa. Regaló muchos ejemplares, a
clérigos, universidades y bibliotecas, siempre de manera anónima. En
tercer lugar, durante los primeros años de su período teológico, vivió
una vida normal, aunque ligeramente recluida. Siendo soltero, pasaba la
mayor parte del tiempo con sus libros, por lo general en un pequeño
pabellón de verano que mandó construir en la parte posterior del jardín
de su casa de Estocolmo. En cuarto lugar, en la segunda parte de su
período teológico, las experiencias que vivió invirtieron drásticamente
el estilo del anonimato y reclusión de su vida hasta ese momento, ya que
sus obras llegaron a ser ampliamente conocidas en círculos eruditos. Por
último, hasta el final de sus días mantuvo la convicción de que el Señor
le había llamado para traer una nueva revelación a los hombres. El
cumplimiento de su vocación dependía de su doble existencia, en el mundo
espiritual y el natural alternativamente, mientras año tras año se
fueron multiplicando sus comentarios.
Swedenborg no hizo esfuerzo alguno para formar una nueva secta, ni
congregó en torno suyo seguidores que formaran o constituyeran una
iglesia. Sus esfuerzos por mantenerse en el anonimato con respecto a su
producción teológica duraron hasta 1759. En esa época ocurrió en Suecia
un incidente que le proporcionó una notoriedad poco común, y que llevó a
muchos a relacionar la persona de Swedenborg con su ya abundante
producción teológica anónima, y particularmente con El Cielo y el
Infierno. En julio de aquel año, en la ciudad de Gotemburgo que se
encuentra a cuatrocientos cincuenta kilómetros de Estocolmo, mientras
cenaba con algunos amigos en la casa del rico comerciante William Castel,
Swedenborg repentinamente empalideció y se manifestó profundamente
turbado. Durante unos momentos se retiró de la mesa, en dirección al
jardín, y volvió al poco tiempo con la noticia de que un gran incendio
había estallado en Estocolmo, no lejos de su casa. Expresó que el fuego
se extendía rápidamente, y que temía que el incendio destruyera algunos
de sus manuscritos. Finalmente, a las 8 de la noche, dijo,
manifiestamente aliviado: "¡Gracias a Dios! El fuego ha sido apagado,
apenas a tres puertas de mí casa". Todos los presentes, conmovidos por
el incidente, desde que en su mayoría tenían propiedades, familiares o
amigos en Estocolmo, quedaron enormemente impresionados por la
clarividencia de Swedenborg. Esa misma noche uno de ellos narró la
historia al gobernador provincial, y éste llamó a Swedenborg para que le
dijera qué era, en realidad, lo que había visto. Al día siguiente,
domingo, Swedenborg dio al gobernador los detalles de su visión del
incendio, ofreciendo una minuciosa descripción de la naturaleza y
extensión del fuego, y de los medios que se habían movilizado para su
extinción. La noticia del supuesto incendio se desparramó rápidamente
por la ciudad de Gotemburgo y el asunto se convirtió en el tema de
conversación del momento.
Se debió
esperar hasta el lunes, cuando llegó un mensajero desde Estocolmo con
los detalles del incendio (enviado por la Junta Mercantil de esa
ciudad), para confirmar la veracidad de las declaraciones de
Swedenborg, con lo cual quedó convertido en una figura pública, y todos
experimentaron gran curiosidad por su persona. Poco tiempo después fue
conocida su autoría de Arcana Coelestia y El Cielo y el Infierno. Muchas
personas prominentes, curiosas por encontrarse con un hombre que
pretendía ser capaz de penetrar los secretos del cielo, comenzaron a
escribir descripciones de la personalidad de Swedenborg y de sus hábitos
de vida. Los que aún no le conocían tendían a opinar que había perdido
la razón. Pero después de encontrarse con él y conversar sobre los más
diversos temas no podían más que afirmar que su aspecto, por lo menos,
era el de una persona cuerda, y que su conversación era impecablemente
razonable. Frecuentemente terminaban en un callejón sin salida, al no
querer aceptar la verdad de sus pretensiones, pero sintiendo que les era
imposible acusarlo de locura.
En la
primavera del año siguiente ocurrió otro incidente que contribuiría aún
más a confirmar los poderes sobrenaturales de Swedenborg. La viuda del
embajador holandés en Estocolmo, Mme. de Marteville, se interesó en la
facultad que tenía Swedenborg, según sus escritos, de dialogar con los
espíritus. Su esperanza era de carácter utilitario, en realidad. Un
platero le había hecho llegar una cuenta bastante abultada por un juego
de plata que su esposo, según decía el artesano, le había comprado antes
de morir. Ella estaba segura de que su esposo había pagado la cuenta,
pero no podía encontrar el recibo. Swedenborg aceptó el encargo de
preguntar al esposo sobre el recibo cuando lo viera en el mundo
espiritual. Pocos días después Swedenborg visitó a la viuda, y le dijo
que se había encontrado con su esposo, en el mundo de los espíritus, y
que éste le había dicho que él mismo se encargaría de revelar a su
esposa el lugar donde estaba guardado el recibo. Ocho días después Mme.
de Marteville tuvo un sueño en el cual se le apareció su esposo y le
pidió que buscara detrás de uno de los cajones de su escritorio.
Siguiendo las instrucciones del muerto, la viuda encontró el recibo, y
no solamente esto sino una valiosa joya con un diamante que había
perdido y no sabía dónde buscar. A la mañana Swedenborg visitó a Mme. de
Marteville y, antes que ésta pudiera contarle de su sueño, le dijo que
la noche anterior había vuelto a encontrar a su esposo, en el mundo
espiritual, y que le había recordado el asunto del recibo, y que éste le
había dejado para ir a decirle a su esposa, antes que volviera a
olvidarse del encargo, dónde podía encontrar el recibo.
Más
extraordinario aún fue otro incidente, conocido como "el secreto de la
Reina". En el otoño de 1761 el Conde Ulric Scheffer invitó a Swedenborg
a acompañarle a la corte para visitar a la reina Lovisa Ulrika, que se
sentía interesada en Swedenborg por haber oído hablar de sus poderes
fuera de lo común. La reina le pidió que se comunicara con su difunto
hermano Augustus William, que había muerto dos años antes. Swedenborg
aceptó el encargo, y pocos días después visitó nuevamente a la reina, le
obsequió varios ejemplares de sus obras, y en un rincón de la sala, en
audiencia privada, le dijo un secreto que produjo gran sorpresa en la
soberana. Lovisa Ulrika exclamó que la comunicación de Swedenborg
contenía informaciones que solamente su hermano podía conocer. El
incidente gozó de amplia difusión y se lo discutió durante mucho tiempo
en los círculos de la sociedad sueca.
Estos
tres ejemplos de la capacidad clarividente de Swedenborg, junto con
otros episodios de menor cuantía, sirvieron para extender su fama.
Continuó viviendo y escribiendo como de costumbre, pero muchos curiosos
visitaban su casa e interrumpían sus estudios, eran muchos los que
querían visitar al hombre que con voz calmada declaraba ser capaz de
conversar con los ángeles.
En
relación con todo esto resulta interesante registrar la reacción del
gran filósofo Immanuel Kant cuando se enteró de los poderes visionarios
de Swedenborg. Aunque Kant nunca conoció a Swedenborg personalmente,
mantuvo correspondencia con él y también le envió mensajes mediante
mutuos amigos. Kant, el gran racionalista, tendía a no creer en
testimonios de experiencias místicas, pero los informes repetidos y
autorizados con respecto a los poderes sobrenaturales de Swedenborg lo
obligaron a reconsiderar su posición. A veces escribía favorablemente, a
veces manifestaba una opinión totalmente adversa. Sin embargo, hay
abundantes testimonios de su interés sostenido en el asunto. Aun su
escrito más crítico sobre Swedenborg, Los sueños de un visionario, que
apareció en 1766, en el cual Kant procura denigrar a Swedenborg, revela
dudas con respecto a los fundamentos de su argumentación. En resumen,
Kant debe ser contado entre aquellos intelectos superiores,
contemporáneos a Swedenborg, que encontraron difícil explicar de manera
satisfactoria la fase teológica de la distinguida carrera del pensador
sueco.
Durante
los últimos años de la vida de Swedenborg, muchos conocidos de larga
data o personas que sólo acababan de trabar amistad con él, escribieron
descripciones de la impresión que les había causado la personalidad de
Swedenborg. La mayoría pensaba que sus pretensiones eran ofensivas al
sentido común, y sin embargo habiéndolo conocido y habiendo conversado
con él, muy pocos podían afirmar que encontraran en su persona algo que
no fuera normal. Les dejaba perplejos todo lo que Swedenborg narraba
sobre sus encuentros con los espíritus, pero en todo lo demás daban
testimonio de su carácter suave, amable, de su buen humor, y del aspecto
benigno y tranquilo de su persona. A veces, cuando los visitantes
intentaban burlarse de sus visiones, Swedenborg reaccionaba de manera
cortante y aguda, pero en general era un huésped ideal.
En 1768,
cuando tenía ochenta años de edad pero aún mantenía una perfecta salud
física y mental, Swedenborg partió para su penúltimo gran viaje en esta
tierra. Muchos viajes anteriores lo habían llevado a las diversas
naciones de Europa, incluyendo Italia, Francia, Alemania, Holanda e
Inglaterra. En esta ocasión visitó primero Francia y después Inglaterra,
donde se alojó con una pareja joven en Wellclose Square, Londres.
Durante el verano ocupó largos días en la composición de su última gran
obra teológica, un estudio en dos volúmenes que titularía La verdadera
religión cristiana. También disfrutaba de frecuentes paseos por los
parques cercanos a su residencia, de conversaciones con conocidos y de
la visita a amigos. Alguien que lo conoció íntimamente durante este
último período de su vida dijo: "Algunos podrán pensar que el asesor
Swedenborg es un excéntrico, pero la verdad es todo lo contrario. Era de
fácil y agradable compañía, conversaba sobre cualquier tema que se
presentara y solía acomodarse a las ideas de su interlocutor; nunca
hablaba de sus doctrinas a menos que se le hubiera preguntado por
ellas".
En 1769
regresó a Suecia, en parte para responder a las acusaciones de herejía
que habían levantado contra él algunos de los prelados de la Iglesia
Luterana del estado. Corresponsales amigos le habían informado que sus
escritos eran el tema de una gran controversia en el Consistorio de la
Iglesia que se había reunido en Gotemburgo. Por esta época varios de los
escritos de Swedenborg habían sido traducidos al sueco, y había laicos y
sacerdotes de la Iglesia Luterana que se consideraban sus discípulos y
defendían los puntos de vista que presentaba en sus libros.
En
septiembre de 1768 un pastor rural precipitó un debate decisivo, al
introducir un proyecto de resolución que reclamaba medidas para detener
la circulación de las obras que divergían con los puntos de vista del
luteranismo. El pastor dirigía su ataque especialmente contra los
escritos de Swedenborg. Aunque algunos miembros del consistorio
insistieron en que no se tomara una decisión hasta que todos hubieran
leído detenidamente las obras de Swedenborg, el Deán Ekebom, el prelado
de más alto rango, anunció que según su examen las obras de Swedenborg
eran "corruptoras, heréticas, injuriantes y en alta medida objetables".
Aunque confesó que no había leído detenidamente ninguna de las obras de
Swedenborg, excepto el libro titulado El Apocalipsis Revelado concluía
que las doctrinas de Swedenborg sobre la naturaleza de Dios, la Biblia,
la Santa Comunión, la fe y otras enseñanzas fundamentales, debían
eliminarse por ser peligrosas para las concepciones religiosas
establecidas. Acusó a Swedenborg de socinianismo, o sea de negarse a
aceptarla divinidad de Cristo.
Al
enterarse de estas acusaciones Swedenborg replicó por escrito
vigorosamente, asumiendo su propia defensa. Le molestaba particularmente
la acusación de socinianismo, y escribió: "Para mí la palabra sociniano
es directamente un insulto y una diabólica burla". Una de las líneas de
argumentación teológica más cuidadosas de Swedenborg es la que rechaza
precisamente el socinianismo y acepta a Cristo como Dios sobre la
tierra.
La
disputa se hizo candente en poco tiempo y alcanzó dimensiones políticas
cuando el asunto fue llevado a la Dieta Nacional. El consejero legal del
Deán Ekebom, fiscal principal de la causa, solicitó que se tomaran las
medidas más enérgicas para "ahogar, castigar y erradicar de manera total
las innovaciones y descaradas herejías del pensamiento swedenborgiano,
que nos asedian todo alrededor nuestro (...) de tal manera que el jabalí
que nos devasta, y la bestia salvaje que nos acosa pueda ser expulsada
definitivamente de nuestra tierra con brazo poderoso". El Consejo Real,
designado por la Dieta, presentó un informe en abril de 1770. Los
opositores a Swedenborg obtuvieron prácticamente todo lo que pedían. Se
ordenó a los clérigos que compartían las ideas de Swedenborg que no las
predicaran más y los funcionarios de aduana recibieron el encargo de
detener la circulación de los libros de Swedenborg, y requisarlos, a
menos que el Consistorio más cercano a su sede otorgara autorización
para el libre tránsito. Fueron las propias palabras del Consejo Real que
se "condenaba, rechazaba y prohibía la doctrina teológica contenida en
los escritos de Swedenborg".
Mientras
la disputa prosiguió durante tres años más, Swedenborg siguió
protestando la decisión del Consejo y peticionó personalmente al Rey por
una revisión del proceso. El Consejo Real refirió el asunto a la Corte
de Apelaciones de Gótha, la que solicitó a varias universidades,
incluyendo aquella en donde se había graduado Swedenborg, la de Upsala,
un estudio concienzudo de las ideas de Swedenborg. Las universidades, en
su totalidad, declinaron esta tarea. No encontraban nada objetable en
los escritos de Swedenborg, pero, por otro lado, no querían poner a los
obispos y al mismo consistorio de la Iglesia en situación de ser
acusados por falso testimonio, la única forma de eliminar los cargos
formulados contra Swedenborg. El asunto poco a poco fue perdiendo
interés. Algunos clérigos seguían predicando las doctrinas de
Swedenborg; la mayoría se plegó a la decisión de sus autoridades
eclesiásticas. Emanuel Swedenborg siguió escribiendo y hablando con toda
libertad durante los pocos años de vida sobre la tierra que le quedaban.
La
terminación de la obra teológica que coronaría todos sus escritos lo
ocupaba totalmente. Aunque tenía 82 años de vida, emprendió su último
viaje por el extranjero con el propósito de promover este esfuerzo.
Aparentemente sentía que ya no habría de regresar a Suecia, porque se
despidió de todos los miembros de la Junta de Minas, de sus amigos y de
sus seguidores. Hizo arreglos para que su fiel amo de llaves recibiera
una pensión, hizo listas de sus posesiones para que fueran distribuidas
y dijo a su viejo amigo y vecino, Cari Robsahm: "No sé si volveré a
Suecia, pero puedo asegurarte una cosa, que el Señor me ha prometido que
viviré hasta ver publicada en forma impresa la obra en que actualmente
estoy trabajando". Se refería al manuscrito que aparecería en 1771 en
Holanda, bajo el título de La verdadera religión cristiana.
Un
visitante escéptico, pero amistoso, llegó hasta Swedenborg en Ámsterdam,
mientras se imprimía La verdadera religión cristiana, e informó que el
vidente, aunque recargado por los años, trabajaba "infatigablemente, y
aun de manera pasmosa y sobrehumana", leyendo las pruebas y
devolviéndolas corregidas al editor. Agregó que Swedenborg estaba
convencido de que servía, como lo dice la portada del libro, como
"siervo del Señor Jesucristo".
Cuando
se terminó de imprimir este libro Swedenborg cruzó el canal, y llegó a
Londres en septiembre de 1771. Aquí nuevamente alquiló un cuarto en la
casa de una familia particular, los Shearsmith, en la calle Great Bath.
Aunque su salud declinaba manifiestamente continuó trabajando en sus
libros. Pero en diciembre sufrió un ataque que anuló su capacidad de
hablar y lo dejó inconsciente durante la mayor parte de tres días
seguidos. Durante enero y febrero recobró gradualmente el habla y volvió
a conversar con las personas que iban a visitarle.
Escribió
a John Wesley, un destacado ministro inglés de la Iglesia, diciéndole
que le agradaría mucho poder conversar con él sobre asuntos religiosos,
siempre que. le fuera posible llegarse hasta Londres. Swedenborg había
manifestado que sabía, gracias a sus contactos en el mundo de los
espíritus, que Wesley estaba muy interesado en hablar con él sobre temas
teológicos. Wesley expresó enorme sorpresa entre sus amigos al recibir
esta carta, porque según su propia declaración, nunca había hablado a
nadie de su interés en la carrera del vidente sueco. Escribió a
Swedenborg una carta diciéndole que en efecto estaría muy interesado en
conversar con él, pero que sería necesario esperar hasta que terminara
la gira de seis meses en la que estaba embarcado. Cuando Swedenborg
recibió la respuesta de Wesley manifestó que seis meses serían
demasiado, porque él entraría permanentemente en el mundo de los
espíritus el 29 de marzo de 1772. La sirvienta que atendía al barón
Swedenborg durante los últimos meses de su vida, también ha dado
testimonio de que su señor había predicho con exactitud el día de su
muerte.
Varios
amigos visitaron a Swedenborg durante el mes de marzo de 1772, y algunos
lo invitaron a que escribiera una declaración final con respecto a la
verdad o mentira de la nueva revelación que había fluido de su pluma
durante tantos años. Swedenborg respondió agudamente: "No he escrito
otra cosa que la verdad, y de esta verdad recibiréis cada día de
vuestras vidas más y más confirmaciones, siempre que os mantengáis cerca
del Señor sirviendo con fidelidad a El sólo, evitando todas las clases
de mal como pecados contra El, buscando diligentemente en su Palabra,
que desde el principio hasta el final da testimonio incontrovertible de
la verdad de las doctrinas que yo he entregado al mundo". Y en otra
ocasión, respondiendo a una pregunta similar, Swedenborg dijo: "Tan
verdaderamente como me ves delante de tus ojos, así es verdadero todo lo
que he escrito; y hubiera podido decir más si se me lo hubiera
permitido. Cuando entres en la eternidad lo verás todo, y entonces tú y
yo tendremos mucho sobre lo que hablar".
El
domingo 29 de marzo de 1772 la señora Shearsmith y Elizabeth Reynolds,
la sirvienta, observaban a Swedenborg mientras despertaba de un largo
sueño. Les pidió a las mujeres que le dijeran la hora. "Son las cinco de
la tarde", le contestaron, "Muy bien —dijo Swedenborg, y agregó—: Les
doy gracias. Que Dios les bendiga". Muy suavemente suspiró y ese fue el
modo de su muerte.
Muy poco
después de la muerte de Swedenborg, un enérgico londinense llamado
Robert Hindmarsh encontró una copia de El Cielo y el Infierno, se
convirtió a las enseñanzas de Swedenborg y reunió el primer grupo de
seguidores. Reuniéndose frecuentemente en Londres, el grupo de Hindmarsh
comenzó a exponer las ideas fundamentales de la teología de Swedenborg.
Los seguidores suecos se organizaron bajo la dirección de Johan Rosen y
Gabriel A. Beyer, dos destacados intelectuales que habían estado leyendo
las obras de Swedenborg durante algún tiempo. James Glen, que había sido
miembro del grupo londinense, llevó a Filadelfia algunos ejemplares de
las obras de Swedenborg, en 1784, y el swedenborgianismo en los Estados
Unidos data de los esfuerzos de Glen por organizar un grupo de lectores
en la ciudad cuáquera y en otros lugares. Aun cuando la cantidad de los
seguidores de Swedenborg nunca ha sido multitudinaria, hay grupos
adherentes activos en todos los países del mundo.
Las enseñanzas de Swedenborg ejercen una
influencia clara y directa sobre todos los que se consideran a sí mismos
seguidores de la nueva fe. Los swedenborgianos se dedican al estudio de
los escritos teológicos del vidente sueco, y procuran poner en practica
en sus propias vidas como los miembros de cualquier otra secta
religiosa, los principios que profesan creer. La influencia menos
tangible —sobre el pensamiento universal— aún no ha sido evaluada a
rondo. Los eruditos que ensayan esta colosal tarea muy probablemente
concluyan, haciendo eco a las palabras de Arthur Conan Doyle, que se
encuentran ante "una de las cumbres del pensamiento humano".
