Asuntos Civiles

El mensaje de Swedenborg tiene que ver con los
asuntos cotidianos que hacen a las relaciones humanas tanto como a los
grandes aspectos de la existencia. Muchos pasajes contienen
generalizaciones sobre la organización correcta y las estructuras
adecuadas de la vida en el mundo natural, y del papel que los individuos
deben desempeñar en la prosecución de la vida, la libertad y la
felicidad para todos. Si bien las cuestiones civiles pertenecen al plano
más exterior de la existencia humana, colocan la base sobre la que podrá
construirse, en otro plano, el orden moral y espiritual. El que ama el
orden civil correcto de por sí y busca preservar la libertad individual,
llegará eventualmente a apoyar el reino de los cielos. Difícilmente el
hombre pueda llegar a ser espiritual sin vivir de manera activa en los
asuntos de la vida en su plano más exterior.
Hay dos
cosas en el hombre que es importante mantener ordenadas, a saber, las
cosas que son del cielo y las cosas que son del mundo. Las cosas que son
del cielo se denominan eclesiásticas, y las cosas que pertenecen al
mundo se denominan civiles.
Sin
gobernantes no se puede mantener el orden en el mundo. (...) Los
gobernantes existen para premiar a los que viven según el orden, y para
castigar a los que viven contrariamente al orden. Si esto no se hiciera,
la raza humana perecería, porque la voluntad de mandar sobre los demás,
y la de poseer los bienes de los demás, es innata, por herencia, en todo
individuo humano, de donde proceden las enemistades, las envidias, los
odios, las venganzas, los engaños, las crueldades y muchos otros males.
A menos (...) que los hombres sean mantenidos bajo control mediante las
leyes (...) [con] premios acordes a sus amores (...) la raza humana
perecería. A quienes hacen el bien se les ofrecen honores y ganancias, y
a los que hacen males se los amenaza con castigos (...) [que comprenden]
la pérdida de honores, o posesiones, o de la vida.
Por lo
tanto debe haber gobernantes, que se ocupen de mantener en orden las
concentraciones humanas, y deben ser hombres habilidosos en la
jurisprudencia, sabios y temerosos de Dios. También debe haber orden
entre los gobernantes, para que ninguno pueda, por capricho o
ignorancia, permitir aquellos malos que son contrarios al orden, y por
lo tanto destruirlo. Esto se realiza cuando hay gobernantes superiores e
inferiores, y los segundos están subordinados a los primeros. (NJHD
311-313)
Del
mismo modo como hay sacerdotes asignados a la administración de aquellas
cosas que están relacionadas con la ley divina y la adoración, los reyes
y los magistrados están asignados a la administración de aquellas cosas
que tienen que ver con la ley civil y los juicios.
Desde
que el rey solo no podría administrar todas las cosas, hay gobernantes
bajo su autoridad, a cada uno de los cuales se le otorga una provincia
para que la administre, cosa que el rey no podría hacer (...) por sí
mismo. Estos gobernadores, tomados en su conjunto, constituyen la
realeza, pero el rey es el que gobierna sobre todos.
La
realeza en sí no está en la persona, sino que se une o suma a la
persona. El rey que cree que la realeza está en su persona, y el
gobernador que cree que la dignidad de ser gobernador está en su
persona, no son sabios. La realeza consiste en administrar la cosa
pública según las leyes del reino, y en juzgar según estas leyes, con
justicia. (...) El rey que considera que la ley está por encima de él,
coloca la realeza bajo la ley, y la ley lo gobierna. Sabe que la ley es
justa (...) y que toda justicia es divina. Pero el rey que se considera
por encima de la ley, coloca la realeza en su propia persona, y puede
ser que crea que él mismo es la ley, o que la ley (...) emana de él, de
este modo se atribuye a sí mismo lo que es divino.
La ley
(...) debe ser ejecutada en el reino por personas capacitadas para ello
(...) sabias y temerosas de Dios. [Bajo tales circunstancias] tanto el
rey como sus súbditos deben vivir según la ley. El rey que vive según la
ley, y en esto precede a sus súbditos, siendo ejemplo para ellos, es
verdaderamente un rey. El rey que tiene poder absoluto (...) [y] cree
que sus súbditos son como sus esclavos, teniendo
él derecho sobre sus posesiones y vidas (...) no es un rey sino
un tirano. Debe haber obediencia al rey según las leyes del reino, y no
se lo debe injuriar de manera alguna, sea de hecho o de palabra. De esto
depende la seguridad pública. (NJHD 319-325)
El
hombre es el prójimo. (...) Una sociedad puede ser el prójimo, porque la
sociedad es un hombre compuesto. La patria es el prójimo, porque la
patria consiste en muchas sociedades, y por lo tanto es un hombre aún
mucho más compuesto. Y la raza humana está compuesta de grandes
sociedades, cada una de las cuales es un hombre compuesto. (C 72)
La
patria es más nuestro prójimo que una comunidad, porque la patria
consiste de muchas comunidades, y por lo tanto el amor hacia la patria
es un amor más amplio y elevado. Más aún, amar a la patria es amar el
bienestar público. La patria es nuestro prójimo porque es como nuestro
padre. Uno ha nacido en ella, y ella lo ha alimentado, y continúa
alimentándolo, y lo ha protegido de todo mal, y continúa protegiéndolo.
Los hombres debieran hacer el bien a su patria, por amor hacia ella,
según sus necesidades, algunas de las cuales son naturales y otras
espirituales. Las necesidades naturales están relacionadas con la vida y
el orden civil, y las espirituales están relacionadas con la vida y el
orden espiritual. Que deba amarse a la patria más de lo que uno se ama a
sí mismo, es una ley que está inscripta en el corazón humano, de donde
deriva el principio bien conocido, que todo hombre verdadero endorsa,
que si la patria está amenazada de ruina por algún enemigo, o por algún
otro peligro, es honroso morir por ella y para el soldado motivo de
gloria derramar su sangre por ella. Se dice todo esto porque hasta tal
punto debe llegar el amor por la patria. (TCR 414) El soldado raso (...)
si mira hacia el Señor y rechaza las acciones malas por considerarlas
pecaminosas, y de manera sincera, justa y fiel cumple con su deber (...)
éste se convierte en caridad. (...) El es contrario al saqueo injusto.
Abomina el inútil derramamiento de sangre. Pero en la batalla es otra
cosa. En la batalla no se opone al derramamiento de sangre, porque no
piensa en ello, sino que el enemigo es un enemigo, que desea su propia
sangre. Cuando el soldado escucha el sonido de los tambores que lo llama
a desistir de la matanza, cesa su furia. Y considera sus prisioneros,
después de la batalla, como prójimos suyos, según la calidad de su bien.
Antes de la batalla eleva su mente hacia el Señor, y encomienda su vida
en sus manos. Después de haber hecho esto, permite que su mente
descienda desde tales alturas y se reintegre al cuerpo, y se enfurece
con valentía. El pensamiento del Señor —que él no tendrá conciencia de
que permanece en su mente aún— estará por encima de su bravura. Y
entonces si muere, muere en el Señor; y si vive, vive en el Señor. (C
166) Entre los deberes de la caridad pública uno de los principales es
el pago de los impuestos y tributos, que no deben ser confundidos con
los deberes oficiales. Los que son espirituales los pagan con una
disposición interior diferente a la que se da (...) en aquellos que son
simplemente naturales. Los que son espirituales los pagan de buen grado,
porque se los recoge para la preservación de su país, y para su
protección, y para la protección de la iglesia, y también para la
administración del gobierno por funcionarios públicos y gobernadores, a
quienes se debe pagar del erario público un sueldo y estipendios.
Aquellos
para quienes la patria y también la iglesia son sus prójimos, pagan sus
impuestos con espontaneidad y con una disposición favorable, y
consideran inicuo evadirlos o pagarlos con engaño. Pero aquellos para
quienes la patria y la iglesia no son sus prójimos, los pagan
renuentemente y, en toda oportunidad que se presente, defraudan al fisco
y lo engañan. (...) (TCR 430)
Todos
los hombres han sido predestinados para el cielo, y nadie para el
infierno, porque todos nacen hombres, y en consecuencia la imagen de
Dios está en ellos. La imagen de Dios en ellos es la capacidad de
comprender la verdad y hacer el bien. La habilidad de comprender la
verdad proviene de la sabiduría divina, y la habilidad de hacer el bien
(...) del amor divino. Esta habilidad es la imagen de Dios, que persiste
en todo ser humano normalmente cuerdo. (...) De aquí proviene la
habilidad de llegar a ser un hombre moral y un buen ciudadano. El hombre
moral y buen ciudadano puede también llegar a ser espiritual, porque lo
cívico y lo moral son receptáculo de lo espiritual. Se denomina buen
ciudadano al hombre que conoce las leyes del reino donde es ciudadano y
vive de acuerdo con ellas. Es moral el hombre que hace de esas leyes sus
leyes morales y sus virtudes, y por esta razón las pone por obra.
(...)Vive estas leyes, no solamente como leyes civiles y morales, sino
también como leyes divinas, y será un hombre espiritual. No existe
nación en el mundo que por ser tan bárbara no haya prohibido mediante
sus leyes cosas tales como el crimen, el homicidio, el adulterio con la
mujer de otro, el robo, el falso testimonio y todo tipo de injuria
contra el prójimo. El hombre que es buen ciudadano y un hombre moral
observa estas leyes, para poder llegara ser (...) un buen ciudadano. (DP
322)
Los que en el mundo aman el bien de la patria más
que el suyo y el bien de su prójimo tanto como el suyo son los que en la
otra vida aman y buscan el reino del Señor, porque allí el reino del
Señor está en lugar de la patria; y los que aman hacer bien a otros no
por interés propio sino por interés del bien, éstos aman al prójimo;
porque allí el bien es el prójimo. Los que están así se hallan todos en
el Máximo Hombre es decir, en el cielo (HH 64).
