La buena vida
Las
buenas obras son todas las cosas que el hombre hace, escribe, predica o
aun conversa, no de sí mismo sino del Señor. El hombre actúa escribe,
predica y conversa a partir del Señor cuando vive según las leyes de su
religión. Las leyes (...) de la religión son que ha de adorarse a un
solo Dios, que han de rehuirse los adulterios, los robos los asesinatos,
los falsos testimonios, y que también han de tenerse como abominación
los fraudes, las ganancias ilícitas, los odios, las venganzas, las
mentiras, las blasfemias, y muchas otras cosas que se mencionan, no
solamente en el Decálogo sino en otros lugares de la Palabra, y que se
denominan pecados contra Dios. Cuando el nombre rechaza todas estas
cosas porque se oponen a la Palabra, y por lo tanto a Dios, y porque
pertenecen al infierno, entonces el hombre (...) es guiado (...) por el
Señor. En la medida en que sea guiado por el Señor (...) sus obras [son]
buenas. Entonces es cuando se siente inspirado e impulsado a hacer
bienes y a decir verdades por amor mismo de los bienes y las verdades, y
no por amor de sí mismo o del mundo. Los usos son su regocijo, y las
verdades, su delicia. Más aún, diariamente el Señor lo instruye en lo
que debe hacer y decir, y también en lo que debe predicar o escribir.
Cuando elimina los males está continuamente bajo la guía del Señor y es
iluminado por él. Sin embargo no se lo guía y enseña de modo directo,
mediante algún tipo de dictado, ni por inspiración perceptible alguna,
sino mediante un influjo que penetra su deleite espiritual, y que él
percibe según las verdades en las que consiste su comprensión. Cuando
actúa a partir de este influjo (influencia) que parece actuara como por
sí mismo, y sin embargo él mismo en su corazón reconoce que proviene del
Señor. (AE 825)
Hay
hombres que exceden a los demás en su capacidad de percibir y comprender
lo que es honorable para la vida moral, lo que es justo en la vida civil
y lo que es bueno en la vida espiritual. La causa de esto consiste en la
elevación del pensamiento a las cosas que pertenecen al cielo, mediante
lo cual se retira la mente de las cosas externas de los sentidos. Los
que piensan solamente a partir de las cosas de los sentidos no pueden
ver ni comprender lo que es honorable, justo y bueno, y por lo tanto se
basan en las opiniones de los demás, o recurren mucho a la memoria, y de
este modo aparecen ante sí mismos como más sabios que los demás. Pero
quienes son capaces de pensar por encima de las cosas de los sentidos
(...) poseen una capacidad mayor que la de los demás para comprender y
percibir, y esto según el grado en que ven las cosas a partir de lo
interior. (AC 6598)
Algunos
creen que es difícil llevar una vida que conduce al cielo, una vida que
se llama espiritual, porque han oído decir que el hombre tiene que
renunciar al mundo y privarse de las concupiscencias llamadas del cuerpo
y de la carne y que ha de vivir espiritualmente. Por esto entienden que
han de renunciar a las cosas del mundo, que son principalmente las
riquezas y honores; que han de andar continuamente en piadosa meditación
acerca de Dios, de la salvación y de la vida eterna; y que han de pasar
su vida en oraciones y la lectura de la Palabra y de libros píos. Creen
que esto es renunciar al mundo y vivir en el espíritu y no en la carne.
[Pero]
he aprendido que quienes renuncian al mundo y viven así en el espíritu
de este modo se preparan para sí una vida triste en la cual no se recibe
el gozo celestial, ya que la vida de cada uno sigue siendo la misma
después de la muerte. Al contrario, para la recepción de la vida del
cielo es preciso que el hombre viva en el mundo, se ocupe allí en sus
oficios y negocios, recibiendo entonces mediante una vida moral y civil
(...) la vida espiritual. Así y no de otra manera puede formarse en el
hombre la vida espiritual y prepararse su espíritu para el cielo. (HH
528)
Una
persona puede, en forma exterior, vivir como otra, acumular riquezas,
tener una mesa abundante, vivir en vivienda elegante y vestir ropa
costosa conforme su condición y oficio, disfrutar de diversiones y
amenos entretenimientos, y ocuparse en asuntos mundanos por negocios o
por el recreo de su mente y cuerpo, con tal que interiormente reconozca
lo Divino y desee el bien del prójimo (...) Entrar en el camino que
conduce al cielo no es tan difícil como muchos creen. La sola dificultad
es poder resistir el amor al propio yo y al mundo, impidiendo que se
hagan dominantes (...) porque son la fuente de todos los males. (HH 359)
Tanto el piadoso como el impío (...) el justo como el injusto (...) el bueno como el malo gozan por igual de dignidades y posesiones, y sin embargo (...) el impío e injusto (...) termina en el infierno, mientras que el piadoso y justo (...) entra en el cielo. (...) Las dignidades y las riquezas, los honores y las posesiones son tanto bendiciones como maldiciones. [Son] bendiciones para el bueno y maldiciones para el malo. (...) En el cielo hay tanto ricos como pobres, grandes o pequeños, y del mismo modo en el infierno. (...) Las dignidades y las riquezas eran bendiciones, en el mundo, para los que ahora están en el cielo, y eran maldiciones, en el mundo, para los que ahora están en el infierno. (...) Son bendiciones para los que no ponen su corazón en ellas, y maldiciones para los que sí lo hacen. Poner el corazón en ellas significa amarse a uno mismo en ellas. No poner el corazón en ellas significa amar los usos en ellas, y no el propio yo. (DP 217)
