El Cielo

ES DIFÍCIL decir lo que piensan los cristianos acerca del «cielo». Muchos emplean esta palabra para significar algo de supremo valor, sin poder definir en qué consiste ese algo. Probablemente sienten que no se puede saber nada de él y que cualquier concepto que pueda formar la imaginación devota habrá de ser sólo provisional. No se atreven a afirmar explícitamente: «Creo en esto o aquello.»

Sin embargo, podemos dar por sentado que las ideas sobre el cielo aceptadas generalmente por los cristianos son: a) que consta de dos categorías de seres: ángeles y hombres; b) que todos sus habitantes tienen una experiencia vivida y constante de la presencia de Dios; c) que su ocupación principal es la adoración de Dios; d) que allí no hay ni trabajo ni recreo; e) que el mal está totalmente ausente; f) que el cielo es el mismo para todos; g) que la diferencia de sexo, si no ha desaparecido, al menos no constituye elemento esencial de su vida.

La enseñanza de Swedenborg es contraria a casi todos estos conceptos. Según él, no hay ángeles creados originalmente como tales. Todos han sido personas de este o de otro planeta. Es notable el poco apoyo que tiene en las Escrituras la creencia de que los ángeles y los hombres son criaturas de categorías distintas. Cuando se habla de ángeles se los describe como hombres. Las Escrituras no ofrecen justificación alguna para imaginárnoslos provistos de alas.

El cielo consiste esencialmente en la presencia de Dios en toda la esfera celestial y en el corazón de cada uno de sus habitantes, no como ser visible, sino como presencia en lo más recóndito del alma; presencia que reconocemos y en la que nos regocijamos como fuente de todo sentimiento, pensamiento y acción. Dios mismo es el cielo, porque todo lo que constituye el cielo proviene de El y no de los ángeles. Cómo y en qué grado está presente en cada ángel, depende de cierta facultad de recepción adquirida durante la vida en la tierra, según el grado en que uno se haya esforzado por regir su vida de acuerdo con su creencia religiosa; en una palabra, de acuerdo con la clase de conciencia que se haya formado. Puesto que esta facultad de recepción no es nunca la misma en todos los seres humanos, no se puede afirmar que nadie habite precisamente el mismo cielo que otro. Hay, sin embargo, innumerables comunidades de ángeles reunidos a base de su semejanza de carácter.

El mal no está completamente ausente del cielo, porque nada que alguna vez haya formado parte de nuestra naturaleza y haya sido incorporado en su estructura orgánica puede ser eliminado totalmente. Los ángeles, por consiguiente, llevan consigo el mal a los cielos, aunque sojuzgado y reducido por el poder divino a una quietud innocua. «Para los ángeles —escribe Swedenborg—, el cielo consiste en alejarse de ellos mismos»; es decir, de su amor propio. A veces se les permite que, en cierta medida, tengan conciencia de estos males, ya que los ángeles en sí mismos son falibles; no han alcanzado el cielo por mérito o fuerza propia. Si no experimentasen cambios de estado, no solamente dejarían de progresar, sino que se inclinarían a imaginar que poseían el cielo por virtud de algún mérito inherente a ellos, con lo cual se alejarían del mismo cielo. Por eso se les permite sufrir en ocasiones una reactivación remota y casi subconsciente de sus males, y, por consiguiente, una disminución del sentimiento de gozo que experimentan por el influjo de la vida divina. Esto representa un período de oscuridad y sombra, teñido de tristezas; una especie de crepúsculo del que luego emergen en alborear o plenitud de gozo. Por medio de estos estados alternativos los ángeles se mantienen en constante progreso espiritual, puesto que la regeneración continúa eternamente.

Lejos de ser un lugar de ocio continuo o adoración formal, el cielo es escenario de una actividad incesante. Los ángeles tienen ocupaciones diarias que constituyen su fuente principal de dicha. «El amor celestial consiste en amar el servicio por sí mismo.» Cada ángel ama la función para la cual está capacitado, y a ella se entrega de todo corazón. Tienen también sus recreos y diversiones. La invariable dedicación a una sola actividad, aun a la más elevada de la que fueran capaces, surtiría efectos deprimentes y embotaría la mente.

También hay en el cielo gobiernos y administraciones, porque todos sus habitantes no poseen capacidades iguales. Los hay relativamente sabios y los hay simples, y éstos necesitan dirección. Los más sabios son los guías, no por espíritu de dominio, sino por el placer de servir. Este gozo superior los hace de hecho más sabios, porque el servicio amoroso es la facultad misma por la que influye Dios en sus espíritus. Tienen asimismo reuniones de adoración pública, pero éstas sirven de complemento a una vida cotidiana de activa utilidad motivada por el amor al bien, que constituye la verdadera adoración.

El cielo, afirma Swedenborg, es un lugar o estado de infinita variedad, al extremo de poder afirmarse que el cielo de un ángel no es jamás idéntico al de otro. Sin embargo, esta variedad interminable se combina en una unidad magnífica y armoniosa que él titula el Maximus Homo, o sea el hombre superior; es la realización de la imagen y semejanza de Dios por el conjunto del cielo. Pocas son las enseñanzas de Swedenborg consideradas tan difíciles como su doctrina de la persistencia universal de la forma humana. No obstante, es simple e inevitable corolario si se acepta la doctrina de la creación. Dios, dice Swedenborg, es Hombre, el único Hombre, en efecto, puesto que El es la única fuente autosubsistente de las cualidades que constituyen la verdadera humanidad. Nos crea a su propia imagen a fin de que podamos recibir sus dones y exhibir, dentro de nuestra esfera finita, alguna semejanza con El. La forma humana, por consiguiente, es primordialmente espíritu. Es sólo como un derivado de esta forma espiritual que el cuerpo humano la exhibe en una encarnación física. Como en Dios se reúnen elementos de variedad infinita, los ángeles y los hombres derivan de El un sinfín de variedades del bien y de la verdad.  Esto no es resultado de diferencia alguna en su relación con ellos, puesto que El es siempre lo mismo, sino de grados distintos entre las capacidades receptivas de hombres y ángeles. La suma total de estas capacidades en la humanidad constituye un solo organismo espiritual, y el cielo es un Maximus Homo.

En el cielo existe el matrimonio. El hombre es hombre, y la mujer, mujer, mental y físicamente, y cada sexo fue creado para ser complemento y consorte del otro. Ni el uno ni el otro pueden alcanzar la plenitud de perfección de que son capaces, a no ser en una unión feliz y santa. Separados, son incompletos. La diferencia radical entre su naturaleza es precisamente lo que capacita a cada uno para suplementar y completar al otro. Sus distintas constituciones mentales y la consiguiente necesidad de que el uno supla las cualidades que faltan al otro los acompaña también en la otra vida. No puede ser de otra manera si han de conservar sus propias identidades. En el cielo existe, pues, el matrimonio, aunque es un matrimonio de almas, esencialmente espiritual.

Tales afirmaciones parecen contradecir las palabras de Nuestro Señor, aparentemente tan precisas y terminantes: «Porque en la resurrección ni los hombres tomarán mujeres ni las mujeres maridos; serán como los ángeles de Dios en el cielo» (Mateo, 22, 30). Para interpretar  correctamente estas palabras hay que tener presente que al tratar con gentes de mentalidad inferior es necesario dirigirse a ellas en términos apropiados a su comprensión, que encierran una verdad relativa, no absoluta. Así hallamos que en la Biblia se le atribuyen a Dios los sentimientos de ira, odio, venganza, no porque existan en El, sino porque así ven los hombres impíos su eterna hostilidad al mal. Sólo así es posible hacerles comprender las consecuencias de rebelarse contra sus mandamientos. En la época de Nuestro Señor, los saduceos y el pueblo en general tenían un concepto elemental y aun grosero del matrimonio. Para ellos era meramente una legalización de las relaciones sexuales. Como en el cielo no existe matrimonio de esta naturaleza, el Señor empleó por necesidad el vocabulario adaptado a los estados e ideas de los oyentes. Sin embargo, en cierto sentido las palabras del Señor son literalmente ciertas, si bien no excluyen el matrimonio como estado común a todos aquellos que son «como ángeles».

El matrimonio ha sido oscuramente considerado como símbolo de cualquier clase de unión entre los hombres y aun entre cosas distintas, pero complementarias. Así unidos, son capaces de lograr mayor perfección que la que podrían alcanzar separadamente. Dice Shakespeare en uno de sus sonetos:

No de he admitir impedimentos

al matrimonio de espíritus leales.

Milton habla del «matrimonio entre la música y los versos inmortales». La misma naturaleza, impregnada de elementos semejantes a la unión sexual, sugiere poderosamente que la relación de los sexos emana de la fuente eterna de todo ser y simboliza algo que existe en esta misma. Este prototipo divino del matrimonio es la unión en Dios de la sabiduría y el amor infinitos. Estas cualidades forman en El una unidad inseparable, pero en su manifestación finita en la creación parecen distintos, porque los seres creados las reciben y las encarnan en grado y proporción variables. Así ocurre entre los sexos: la mujer encarna mayormente el aspecto afectivo, y el hombre, el intelectual; mas ambos están constituidos de tal manera que por medio de su unión el uno puede suministrar lo que le falta al otro. El fundamento del matrimonio celestial es un mutuo amor de Dios; el esfuerzo unido, en todas las relaciones de la vida, por rehuir el mal como pecado contra El. Dondequiera que exista esta unión interna y espiritual, un matrimonio contraído en la tierra puede perdurar en la otra vida. Pero cuando no se ha contraído matrimonio en la tierra, o cuando un matrimonio contraído no es capaz de perpetuarse en la vida eterna, el cielo mismo facilita los esponsales y el consorte. Sin embargo, en cuanto a su esencia y fundamentos, el matrimonio no se verifica en el cielo, sino en la tierra. El hombre bueno, aun durante su vida en la tierra, se relaciona espiritualmente con alguna comunidad celestial de carácter y temperamento afines a los suyos. Cuando en el mundo de los espíritus se desprende de los estados mentales que le han acompañado desde su vida material, encuentra en esa comunidad un hogar espiritual. Su completa unión con esta comunidad se verifica en el cielo, pero los cimientos y todo lo que la hace real y perdurable ya existían en la vida terrenal. Así sucede con el matrimonio de los ángeles. Los que en la tierra no llegaron a formar uniones espirituales no quedan privados de la más dulce de todas las relaciones humanas. Pero no eligen por sí mismos, en obediencia a un impulso egoísta, ni por la intervención de sus amigos. Estos matrimonios son en verdad «celestiales», los ordena y dispone la Divina Providencia, si bien se vienen preparando desde la vida en el mundo. Aunque no se hayan conocido dos seres durante su vida terrenal, su capacidad para formar una unión feliz está prevista y alentada por la Divina Providencia. Por sendas extraviadas y ocultas, al final se encuentran en la otra vida, y al encontrarse reconocen que se pertenecen mutuamente. Esto es «ser como los ángeles de Dios en el cielo», unidos en el amor y servicio de Dios por lazos tan espontáneos, dulces y compenetrantes que, como dice Swedenborg, no se sienten como dos seres separados, sino como un solo ser, dada la perfecta y recíproca comunicación de sus respectivos dones.


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