El Conflicto de las Verdades

UNA COPIOSA evidencia atestigua la existencia de un mundo invisible junto al visible y habitado por seres que antes vivían en éste. Podemos negar que esa evidencia sea concluyente, pero no la evidencia misma. Es imposible dejar de impresionarse por su abundancia, continuidad y coherencia. La dificultad con que tropecemos para formular una interpretación racional de los hechos alegados no debe tentarnos a negar éstos ni a considerarlos con esta fácil incredulidad que muchas veces es solamente la expresión de una secreta falta de voluntad para dejarnos convencer. La historia abunda en ejemplos de cosas que habían sido declaradas imposibles por quienes parecían jueces autorizados. Tanta evidencia debiera al menos mantener abiertas nuestras mentes a la posibilidad de que pueda haber «en el cielo y en la tierra más cosas de las que sueña vuestra filosofía», aforismo que solemos desconocer en la práctica por mucho que lo admiremos como vuelo de la imaginación poética.

Pero hay amplia diferencia entre el concepto usual del mundo invisible en que entran los hombres al morir y el mundo espiritual descrito por Swedenborg. Aquél puede y suele concebirse como una mera extensión de la vida terrenal bajo condiciones diferentes: una transferencia, a través de la muerte, a otro mundo natural más interior. El segundo es un mundo realmente espiritual en que se desarrollan las mayores potencialidades para el servicio voluntario o involuntario, alto o bajo, y de la capacidad de amor al bien y a sus verdades correspondientes o, por el contrario, al mal y sus falsedades, según la inclinación de cada cual. El primero se conceptúa mayormente como una serie de fenómenos aislados, útiles sin duda para mantener la creencia en que esta vida no es todo, pero que arrojan poca luz sobre las grandes interrogaciones de la existencia. El mundo espiritual descrito por Swedenborg no es solamente un todo ordenado, consistente y armonioso, sino que inunda de luz ciertos elementos oscuros, pero importantísimos, de la naturaleza humana que motivan nuestro comportamiento. El conocimiento de ese mundo es de utilidad práctica en el más alto sentido.

El mundo espiritual descrito por Swedenborg es parte de una totalidad mayor en la que Dios, la creación y el hombre se pueden ver en la verdadera perspectiva de su relación mu¬tua. Antes de proceder a tratar este aspecto de su enseñanza, será conveniente considerar de manera general la necesidad de una nueva síntesis y cómo alcanzarla.

La existencia del hombre comienza en el mundo natural. Este mundo le rodea desde su nacimiento de manera estable, permanente, y en apariencia autosuficiente y semoviente. El niño no duda jamás que el mundo externo existe independientemente de sus sensaciones y que es exactamente como lo reflejan sus impresiones sensoriales. El adulto piensa del mismo modo, sin reflexionar, espontáneamente, aunque tenga mentalidad filosófica y esté convencido de la endeble base en que descansan estas suposiciones. Por tanto, el primer acto mental consciente se da en el plano sensorial, y este plano monopoliza la atención durante la vida adulta. La razón natural del hombre y todas sus facultades asociadas, como la memoria, la imaginación, etc., se desarrollan por medio de sus contactos con el mundo externo. A medida que envejece, estos contactos sensoriales pasan por un proceso continuo de análisis, comparación y correlación que los convierte en copioso arsenal de conocimientos ordenados. Ellos constituyen su «ciencia», que difiere no por su índole, sino sólo por la inferioridad de rango, precisión y minuciosidad, si se les compara con esos otros conocimientos mejor desarrollados que normalmente designamos con esa palabra.

Mas a medida que madura la inteligencia, otros conocimientos de orden diferente se revelan, o más bien se destacan, de la masa de datos o informaciones que recibe de los profesores, los libros y la naturaleza misma. Para el niño, el bien y el mal no son otra cosa que lo que le han enseñado sus padres y maestros. Acepta voluntaria o involuntariamente esta enseñanza sin analizarla interiormente; pero a medida que se va acercando a la vida adulta, estos datos se presentan desde otro aspecto. Empieza entonces a preguntarse: «¿Qué son el bien y el mal? ¿Cuáles son sus sanciones? ¿Cómo puedo distinguir entre el bien y el mal? ¿Por qué debo hacer lo que se llama el bien, si prefiero otra cosa?» Es un período de perplejidad y duda que puede ser breve o prolongado; a veces se sobrelleva con relativa facilidad; a veces, con angustiosa lucha y confusión.

Sin embargo, en toda mente, sin excepción, una cosa, al menos, está clara: «El bien y el mal existen y existen para mí. Debo buscar el uno y evitar el otro.» Este dictado es tan indiscutible como el de cualquier sensación corporal. Puede ser que en un amplio radio de acción la presencia del deber sea oscura y aun imperceptible, pero existe siempre una esfera en la cual todos pueden verlo claramente, aunque no sea más que el deber de no robar o no maltratar a su mujer.

Este indiscutible sentido del bien y del mal demuestra que la mente ha comenzado a observar hechos de una clase distinta de los que antes le preocupaban, y que estos hechos son percibidos evidentemente por una facultad de distinto orden que la que opera en el estudio de la naturaleza. Esta facultad más elevada trata de objetos superiores.

Llega entonces para cada cual el momento crítico. Sus sentidos corporales perciben en el mundo externo un orden autónomo que él puede manejar en provecho propio, en la medida en que logra su constitución y sus leyes. Su conciencia le sugiere un poder superior, al cual debe lealtad. Los sentidos del cuerpo y la razón natural, animados secretamente por el amor propio, le sugieren: «Yo soy mi propio dueño. Percibo que existo. La vida es mía y puedo hacer con ella lo que se me antoje.» Por su parte, la conciencia afirma: «No soy mi propio dueño. Soy siervo de una fuerza superior. Mi deber es ser servidor voluntario y hacer mía la voluntad de Dios.»

He aquí el origen del conflicto eterno entre la religión y la ciencia. Desde hace siglo y medio presenciamos la agudización de este conflicto, porque el desarrollo científico durante este período no ha tenido precedente. Mas este antagonismo, ¿ es fundamental e irreconciliable? Es fundamental en el sentido de que tiene su origen en la constitución esencial del hombre. Por su naturaleza y los fines supremos para los cuales fue creado, el hombre está sujeto a influencias encontradas. Situado en medio de ellas, hace las elecciones que determinarán su destino eterno. Por otro lado, el antagonismo no es irreconciliable, ya que no existe en la naturaleza de las cosas, sino en la del hombre.

Es indudable la existencia de este conflicto y que el escepticismo y la duda son siempre el resultado de una discrepancia real o aparente entre la religión y la ciencia. El conflicto, pues, resuélvase de tres maneras distintas:

1) Un individuo puede adherirse a su ciencia y descartar la religión, excepto  como hecho  histórico  que  no  le atañe  personalmente.

2) Puede adherirse a su religión tanto como a la ciencia, considerándolas esferas independientes de sentimiento y pensamiento.

3) O puede arribar a un punto de vista desde el cual ambas parecen concordar y en el que, además, la una ilustra y confirma la otra. Las almas religiosas persiguen ávida y esperanzadamente esta solución, sintiendo instintivamente que en ella estriba su verdadera meta y su única satisfacción  definitiva.

Al analizar estos estados mentales es preciso distinguir cuidadosamente entre lo esencial y lo que puede ser accidental, temporal o incluso nominal en cada uno. No hay que suponer que el agnóstico ateo o teórico esté siempre tan desprovisto de religión como él mismo declara. Acaso crea que la conciencia se desarrolla solamente por imperativo social y la influencia del medio, pero no deja de obedecer sus dictados. No porque tema que el obrar de otra manera vaya en detrimento propio, sino porque concluye que el amor, la ternura, la justicia, la pureza y el servicio al prójimo son buenos. Acaso, en el fondo, sea menos ateo que muchos asiduos asistentes al culto religioso, que profesan su religión ruidosa y quizá sinceramente. La observancia religiosa externa puede no pasar de ser un narcótico que permite olvidarnos de Dios en el trajín diario, lo cual es fundamentalmente ateísmo.

Tampoco debemos dejar de reconocer el valor y belleza de carácter que hallamos con tanta frecuencia entre individuos cuya estructura mental los clasifica en la segunda categoría y de los cuales Faraday es un ejemplo conspicuo. Si no fuese por la feliz facultad que posee la mente de creer en cosas inconsistentes y contradictorias, muchas verdades superiores desaparecerían. Indudablemente, hay problemas con respecto a los cuales todos tenemos que practicar esta inconsistencia o algo muy parecido. Por grande que sea nuestro progreso hacia la tercera solución, siempre quedarán problemas que la mente no resuelve del todo o sólo imperfectamente. Habrá que contentarse con dejarlos sin resolver por el momento. Si abandonásemos nuestras creencias religiosas a cada tropiezo, nada adelantaríamos. Las dificultades son escollos para el irreflexivo, mas para el investigador serio son faros que le indican dónde su conocimiento es imperfecto.

No obstante, el estado mental de la segunda categoría es siempre precario. Se presta a ser sojuzgado por una invasión repentina de la facultad científica en el dominio religioso, con lo que se rompe la aparente tregua y se inicia el conflicto. Con demasiada frecuencia las abrumadoras certidumbres científicas —al menos por un tiempo— le ganan la jornada a las certidumbres ideales de la religión. Por otra parte, el hombre se encuentra impotente para justificar su posición frente a los demás. Las certezas interiores en que confía son incomunicables. No puede racionalizar la esperanza que abriga. Cada día se hace más difícil mantener la hipótesis asumida por este grupo. Las personas reflexivas ven con creciente claridad que el propio mantenimiento de la religión como factor esencial en la vida del hombre depende del descubrimiento de alguna síntesis que la una con la ciencia.

Hay que admitir, pues, la necesidad de una nueva síntesis. Pero hay que admitir también que aún no se ha encontrado ninguna satisfactoria. ¿Por qué? Porque no existe un aparato mental que sepa formular ideas definidas acerca de Dios, o salvar inteligentemente la brecha que separa nuestros conceptos de Dios de nuestros conceptos de la naturaleza. El sistema delineado por Swedenborg suple estas deficiencias, o al menos lo intenta. El mundo espiritual es el vínculo entre Dios y la naturaleza, y sin algún conocimiento de él no podemos comprender ni el uno ni la otra; nada en la tierra o en el cielo puede comprenderse separadamente de su función. Ahora bien: la función del mundo natural es contribuir a la formación del mundo espiritual. Sin éste el mundo natural es ininteligible. Discernimos, sin duda, su utilidad para la vida natural, pero no su utilidad para la vida espiritual, que es su función suprema.

Admitida la necesidad de una síntesis y sugerida su naturaleza, ¿cómo puede lograrse? El principio básico general puede expresarse sencillamente y en pocas palabras. Consiste en lograr un nuevo punto de vista; en aprender a mirar las cosas desde el centro, desde lo más interno, que es Dios, hacia la periferia o más externo, que es la naturaleza, no a la inversa, como solemos hacer. Consiste esta síntesis en aprender a pensar de acuerdo con el hecho de que las cosas proceden en este orden desde su fuente; en una palabra, en aprender a examinar todos los hechos en lo posible desde el punto de vista divino, como los mira Dios.

El fundamento de la enseñanza de Swedenborg, como de toda enseñanza cristiana digna del nombre, radica en que la mente humana es capaz de comprender los hechos más elevados, inclusive la naturaleza y propósitos de Dios. Aunque no logra hacerlo perfectamente, porque lo finito no puede abarcar lo infinito, puede lograr una comprensión adecuada a sus necesidades y a su destino.

Lejos de ser las soñadoras meditaciones de un amable visionario, estas enseñanzas representan un esfuerzo lógico y coherente para cambiar el orden que tiende a seguir la mente cuando piensa en asuntos divinos y espirituales; es decir, llevarlos frente al tribunal de la razón natural y allí juzgarlos según nuestras normas. Si se aceptan estas enseñanzas, ellas producirán progresivamente en el pensamiento humano una revolución tan completa como la que siguió a los descubrimientos de Copérnico, que fueron consecuencia de haberse él mismo situado mentalmente en el Sol. Desde ese punto de vista, el Sol, la Luna, los planetas y las estrellas presentaban un aspecto totalmente diferente. No necesitó poner en duda ni mucho menos negar fenómenos visibles desde la Tierra. En realidad, todos los hechos eran necesarios para su teoría, pero todos se presentaban a nuevas explicaciones más sencillas, consistentes y comprensivas. Sólo por el hecho de mirar desde un nuevo punto de vista los hechos ya conocidos, Copérnico se salía de este pequeño globo rodeado de lucecitas que giraban para entrar en el ilimitado universo estelar.

No hay que suponer que Swedenborg anunciara su propósito de provocar cambio tan radical en nuestra manera de pensar. En sus sobrias páginas no se habla de revolución ni mental ni de otra clase. Prosigue sosegadamente su trabajo y deja que los resultados hablen por sí. La revolución que desata pasa en silencio e inadvertida, como suele ocurrir con las revoluciones grandes y duraderas. Sólo cuando miramos hacia atrás y vemos dónde estábamos antes y dónde estamos ahora, es cuando nos damos cuenta de haber entrado en un mundo en el que «todo es nuevo», incluso las cosas más familiares.


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