El Infierno

AL LLEGAR a este punto estamos en disposición de comprender mejor cómo se originó el mal. Para recibir de Dios el bien voluntariamente, el hombre ha de tener libertad de elección, y esto sólo es posible viviendo una vida en apariencia independiente de Dios, Si creyera que todo impulso de la voluntad y todo pensamiento le vienen de fuera hacia adentro —como es en realidad—, se sentiría como simple canal por donde fluyen las influencias externas. Por eso ante su propia conciencia aparece cómo si viviera por sí mismo. Sin embargo, su verdadera felicidad es reconocer que, a pesar de todas las apariencias, todo lo que tiene de bueno es de Dios y no suyo propio. El yo, por consiguiente, es la raíz de todo mal; un yo no originalmente malo, pero capaz de perversión si en lugar de utilizarlo como medio de entregarse a Dios, el hombre lo hace morada de un egoísmo indisciplinado y de las ilusiones que el amor propio invoca como su razón de ser y su justificación.

Cuando este amor de sí mismo a que el hombre se entrega arraiga orgánicamente en la naturaleza humana, se transmite a los hijos como tendencia hacia los mismos males. Pero los descendientes no son responsables de esas tendencias, ni son castigados por ellas en la otra vida, según atestigua Swedenborg.  Son responsables, eso sí, de su comportamiento frente a esas tendencias heredadas y a las verdades que conocen y aceptan, las cuales los condenan. Aun en el caso de que una tendencia heredada sea tan fuerte que aniquile momentáneamente su libertad, no termina aquí el asunto. Cuando pasa el momento-de pasión abrumadora y el hombre vuelve a su juicio y libre albedrío, ¿qué hace entonces? ¿Se condena a sí mismo por su error, lo lamenta y pide a Dios que le dé fuerzas para resistir en el futuro? O, por el contrario, acalla el pensamiento de transgresión y se disculpa diciendo: «Era natural. ¿Por qué no hacer lo que me plazca?» Hay una gran diferencia entre los dos casos, por mucho que a primera vista parezcan similares.

El que persevera en la lucha contra sus maldades nunca es completamente esclavo de ellas, porque su voluntad interior no las acepta. De lo contrarío, no lucharía. Lo único que resulta fatal es entregarse a ellas, justificarlas y buscar oportunidades de darles rienda suelta. Si persiste, desoyendo la amonestación interior que le llega de tiempo en tiempo para que detenga su carrera descendente, su conciencia se debilitará gradualmente hasta el punto de no poder distinguir entre el bien y el mal, viendo en ellos una mera cuestión de gusto particular o convención social. Entonces estará espiritualmente muerto.

El infierno, afirma Swedenborg, consiste exclusivamente en estas almas «muertas». Dios no envía a nadie al infierno; el que va lo hace voluntariamente, en busca de un lugar y un estado en armonía con los suyos propios, y allí desea quedarse porque ama sus perversidades y no quiere separarse de ellas. Nadie va al infierno si en conciencia, es decir, por el afecto y por el pensamiento correspondiente prefiere al mal cualquier bien, por inferior que sea. En este caso puede ser conducido a una comunidad celestial acorde con su carácter, aunque sea por un largo camino de penosas experiencias. Todo depende de su voluntad. ¿Desea realmente en lo íntimo de su alma hacer el bien y resistir el mal? En caso afirmativo, hay para él salvación y se salvará. Pero si se entrega al mal y resiste al bien, ¿qué puede hacerse con él? ¿Admitirlo en el cielo? Allí sufrirá más que en el infierno. El mismo es su propio infierno, y podrá hallar relativo solaz únicamente en su ambiente afín. ¿Se le debe sujetar por la fuerza a influencias que detesta y rechaza? ¿De qué le serviría esto, a él o a los demás? Mas si ha de relacionarse con otros de carácter semejante, ¿no tendrá que ser bajo algunas restricciones? Todos sus afectos son activamente antisociales. No piensa en el bien general, sino exclusivamente en el suyo. ¡Imaginemos un grupo de tales almas, reunidas sin que un poder exterior reprima sus animosidades y su concupiscencia! ¡Qué pandemónium de ultrajes y desorden reinaría en esas condiciones! Pero no existe tal pandemónium. En el infierno hay ley, y castigo pronto y seguro para los que la infringen. En «las corrientes pervertidas de este mundo», el malhechor puede eludir ser descubierto o evitar las consecuencias de un crimen. No así en el infierno. Una «justicia imparcial le lleva a los labios los ingredientes de su propio cáliz emponzoñado», inmediata e ineluctablemente. El castigo está en proporción a la ofensa. Se impone, cada vez que se repite ésta, con la intensificación necesaria para hacerla cesar, no porque cese la voluntad de ofender, sino por resultar insoportable el sufrimiento.

Los castigos no son impuestos por Dios ni por sus agentes, aunque El los permita, aplicándolos rectamente, para bien de los que no pueden ser reformados por otros medios. Son infligidos por los propios asociados del malhechor, que están imbuidos de crueldad y gustosamente aprovechan cualquier oportunidad para ocasionar el sufrimiento que no les acarrea consecuencias punitivas a ellos mismos. El efecto del delito es quitar al delincuente la protección que Dios brinda a todos los habitantes del infierno y exponerlo a los asaltos de sus compañeros, si bien éstos, por otra parte, son refrenados para que no le hagan demasiado daño. Allí están los ángeles, no para imponer castigos, sino para mitigarlos y ver que su severidad no exceda de lo necesario.

¿Debemos suponer entonces que los sufrimientos del infierno son eternos? Sí y no. Esos castigos externos no son eternos. Se imponen solamente para refrenar. Una vez que los pecadores aprenden a contenerse a sí mismos —aunque sólo sea por temor a las consecuencias—, cesan los castigos. Es de presumir que nadie insistirá en cometer el mal contra sus semejantes si cada ofensa le produce un sufrimiento intenso. Tarde o temprano, los habitantes del infierno llegan a un estado en que se abstienen por voluntad exterior, pero no interior, de traspasar los límites prescritos. Entonces el castigo no es necesario y no se inflige más.

Pero hay «un gusano que no muere y un fuego que no se apaga». El castigo no desarraiga el amor al mal, aunque frene su aparición. Los males que una persona ama y que forman su personalidad misma subsisten por mucho que se refrene por temor a las consecuencias. Estos males desean expresarse, pero su dueño no osa entregarse a ellos.

Ningún comentario nos dice hasta qué grado pueden ser mitigados estos sufrimientos inherentes, mas el estudio cuidadoso de todo lo que Swedenborg ha afirmado al respecto indica que pueden modificarse tanto que lleguen a no sentirse agudamente. De la Misericordia Divina, que vigila constantemente, así el bienestar de los malos como el de los buenos, emana seguramente el gran alivio. Sabemos que en este mundo la costumbre «engendra una especie de comodidad», aun cuando la nueva costumbre no sea resultado de un arrepentimiento sincero, sino que se adopta por el convencimiento de que la anterior era funesta. Un ebrio consuetudinario puede de repente darse cuenta de su propio desatino. En tal estado es posible que se diga: «Estoy arruinando mi salud y malogrando mi porvenir; de ahora en adelante no pasará por mis labios ni una gota de alcohol». Durante varios días o semanas sufrirá tormentos al parecer insufribles, porque el vicio reclama furiosamente su satisfacción. Pero si aprieta los dientes y resiste, llegará el día en que su anhelo disminuya y al fin desaparezca. Este hombre volverá a ser dueño de sí. Ahora bien: este cambio de comportamiento puede tener lugar en una persona de voluntad fuerte, sin representar ninguna alteración radical en su naturaleza espiritual. Puede no haber arrepentimiento ni verdadero propósito de enmienda. Puede no habérsele ocurrido la idea de evitar el mal de la embriaguez como un pecado contra Dios, o, si se le ocurrió, puede haberla desechado; El cambio puede deberse simplemente a haber calculado las consecuencias que de ello se le seguirían. Sin embargo, ha sido un bien, tanto para él como para sus semejantes. Está saludable, fuerte, y en adelante podrá llevar una vida útil para su familia y para la sociedad, cosa que antes no le había sido posible realizar.

De igual manera, sin duda en el infierno la costumbre genera cierta facilidad para la práctica de esa disciplina que es necesaria a fin de evitar el castigo. Una vez formado el hábito, es posible que sigan nuevas reiteraciones. La ambición egoísta, la fama y el afán de lograr la aprobación pública son motivos mundanos e intrínsecamente infernales. Sin embargo, en esta mezcla extraña y aparentemente caótica que constituye la sociedad en que vivimos, son fuertes estímulos para el servicio social. Es muy posible que la Divina Providencia pueda aprovechar los motivos egoístas para desarrollar en el infierno una forma de sociedad progresivamente más refinada y conducente al bienestar de sus miembros. Las trabas que impiden a sus habitantes hacerse daño mutuamente serían disimuladas bajo formas y costumbres sociales que disfrazarían su verdadera índole. Es concebible una sociedad externa de orden relativamente elevado y que, no obstante, tenga el propio yo como motivo central; es decir, que sea esencialmente de índole infernal. Puede ser que en el infierno tengan lugar tales desarrollos. Si son posibles y además resultaren beneficiosos, se verificarán. Porque el Señor es todo misericordia inagotable e inmutable y cuida y atiende a los habitantes del infierno tanto como a los del cielo. Por ellos hará cuanto su estado permita.


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