El Libre Albedrío y la Providencia

NUESTRA certeza de poseer el libre albedrío no basta para hacer inteligible esta facultad. Para comprenderla, necesitamos entender la función que realiza en el sistema de que forma parte. En todo sistema mecánico o mental, cada elemento se relaciona con la totalidad y sólo puede ser comprendido en su relación con ella. La razón de ser del libre albedrío puede descubrirse únicamente mediante el análisis de su utilidad en el desarrollo espiritual del hombre. Sólo así podemos comprender en qué medida se relaciona con el concepto de un Dios divinamente humano, que es la verdad central desde la cual tratamos de contemplar y armonizar todos los elementos de la vida. Necesitamos, en una palabra, saber algo de los propósitos y métodos que emplea esa Divina Providencia que utiliza como medio el libre albedrío. Resumamos, pues, alguno de los puntos principales de la enseñanza de Swedenborg acerca de esto.

1.    La Providencia es el gobierno universal del Amor y la Sabiduría divinos.
El amor y la sabiduría no son simples atributos de Dios: son Dios mismo. Se relacionan con El como la voluntad y el entendimiento se relacionan con el hombre. El amor es la sustancia y el motivo universales; la sabiduría es la forma universal o el medio que emplea el amor para manifestarse y lograr sus fines. Como todo lo finito es derivado de la misma sustancia y forma de Dios, mediante grados discretos y continuos en que rige un orden inviolable, el gobierno de Dios sobre el mundo espiritual y el natural es universal.

El concepto de un gobierno universal o general, tal como lo vemos representado en las instituciones humanas, envuelve la idea de que puede haber muchos detalles que escapen a su conocimiento y control; pero esto sería consecuencia de las limitaciones del amor, la sabiduría y el poder humanos. Por sincero que sea el deseo de un gobernante de hacer prevalecer la justicia en sus dominios, su poder para lograr tal resultado es limitado. Las leyes mismas son imperfectas. Su administración tiene que ser delegada en funcionarios interesados y parciales, y, por tanto, sujetos a error. Un gobierno que se circunscribiese a lo general y no alcanzase a casos particulares, no pasaría de ser un mero nombre. El dominio general de la justicia está constituido por los casos particulares a los que se aplica. Puesto que la Divina Providencia tiene que obrar mediante individuos, a los cuales no se les puede imbuir, sin su consentimiento, un amor genuino al bien ni una clara percepción de la verdad, y aun mediante individuos que rehúsan toda noción del bien y la sabiduría, diríase que su reino tiene que adolecer de igual imperfección. Si Dios crea al hombre como ser espiritual e inmortal, mediante su propia elección entre el bien y el mal, y no puede crearlo de otro modo porque esta elección es la esencia misma de su humanidad, es fácil ver que su Providencia también está sujeta a limitaciones parecidas a las que confronta un educador. Un profesor de Latín podría ayudar a sus discípulos a evitar errores en sus traducciones entregándoles una clave, pero sabe que el evitarlos por semejante procedimiento frustraría el propósito educativo. La misma ley gobierna nuestra educación en la utilización de nuestro propio cuerpo. Cuando un niño aprende a andar está propenso a caer y lastimarse. Sujeto por correas a una silla, no se caerá, pero tampoco aprenderá a caminar. Su bienestar físico depende de su libertad, con todas sus posibilidades concomitantes de error y peligro. La Divina Providencia es el incesante e inmutable propósito de lograr los mejores resultados posibles para el individuo y para la raza, con aquella naturaleza que mediante el ejercicio del libre albedrío cada persona hace suya durante su vida. Su perfección reside en la universalidad e imparcialidad de este propósito. No hay elemento en la vida humana, por insignificante que sea, que escape a su influencia.

2.   La única meta de la Divina Providencia es formar un cielo con la raza humana.
El amor desea entregarse a su objeto y ser correspondido libremente. El amor más puro y altruista anhela ser correspondido no sólo por interés propio, sino porque de otra manera la persona amada pierde el alma misma del don; se ve privada de la verdadera gratitud, que no es otra cosa sino una percepción cordial de la belleza y el valor del amor desinteresado. El amor queda frustrado a menos que pueda ser correspondido por otro amor. Dios, que es Amor, desea, sin duda, contar con objetos a quienes comunicar su propia bienaventuranza, formándolos a su propia semejanza e infundiéndoles su Vida. No puede menos de anhelar que su amor sea correspondido por el hombre, pues amar a Dios es amar todo lo bueno. La sabiduría divina percibe que es posible alcanzar este resultado mediante la libertad humana y únicamente por ella. El universo material es la base de esta creación espiritual, pues solamente en este plano pueden los humanos comenzar su existencia y prepararse para el cielo. La naturaleza es, por así decirlo, el molde en que se forma la mente natural, y ésta, el molde en que se forma la mente espiritual superior capaz de la vida celestial.

Mas lo espiritual no es lo primero, sino lo natural; luego, lo espiritual. El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Señor, es del cielo (I Cor., 15:46-47).

Por tanto, el universo material no cesará de existir nunca, pues es el semillero y la escuela para el cielo. Sus puertas no se cerrarán. El cielo no podrá llenarse jamás. Su extensión es tan infinita como el Amor y la Sabiduría Divino, a los que debe su existencia.

3.    La Divina Providencia tiene por metas únicamente las cosas que se relacionan con el eterno bienestar del hombre.
Esto es consecuencia necesaria de ser Dios Amor y Sabiduría infinitos, y de que la calidad de la vida del hombre esté determinada por la manera en que ejerce su libre albedrío durante su vida natural. Porque ¿qué valor pueden tener las cosas temporales comparadas con las eternas? Si el éxito futuro de un muchacho dependiera de su comportamiento durante un solo día, ¿le importaría al padre que su hijo tuviera sus juguetes favoritos, o las viandas que más le apetecieran? ¿No sería su mayor preocupación lograr que la conducta del hijo fuera capaz de beneficiar a éste para toda la vida? Si tuviera poder para influir en su conducta, ¿no dedicaría a este fin todos sus esfuerzos? Si las efímeras satisfacciones mundanas son cosas insignificantes comparadas con las duraderas, ambas han de calificarse de absolutamente insignificantes comparadas con el bien eterno. Si Dios es Amor y Sabiduría infinitos, y si todas las circunstancias de la vida humana tienen consecuencias eternas, El no considerará tales circunstancias sino a la luz de esas consecuencias. Las cosas temporales están, en efecto, bajo el control total de la Divina Providencia. Todas las circunstancias, internas y externas, que forman la totalidad de la vida humana, es decir, todo lo que es ajeno al libre albedrío, está gobernado hasta en sus detalles mínimos con el fin de servir al bienestar eterno del hombre. Es imposible concebir algo que dimane del Dios infinito y no sirva directa o indirectamente a algún propósito eterno. Pero las satisfacciones y descontentos temporales no son en sí mismos propósitos de la Divina Providencia, sino medios de que se vale. Dios no proporciona prosperidad a los buenos porque sean buenos, ni miseria a los malos porque sean malos: Dios provee imparcialmente a todos de lo que mejor les convenga y sólo con miras a su bienestar eterno.

4.    La Divina Providencia es imparcial con los malos y con los buenos.
Esto es inevitable, porque Dios es Amor infinito. Afirma Shakespeare en uno de sus más hermosos sonetos:

No es amor el amor que se altera cuando halla alteración, o se inclina a destruir al que destruye.

Si esto es verdad del amor humano más elevado, ¡cuánto más no lo será del Amor infinito! Es imposible que por perversidad —por atroz y obstinada que ella sea— un ser humano quede excluido del influjo omnipresente del Amor y la Sabiduría Divinos. El Amor infinito no puede transformarse en mala voluntad porque el hombre abuse de las facultades de que ha sido dotado. Podrá parecer que se altera, pero la aparente causa del cambio siempre reside en el individuo. La eterna enemistad del Amor y la Sabiduría divinos hacia toda forma del mal, y su propósito de desarraigarlo por todos los medios posibles, al hombre malvado le pueden parecer odio. Con todo, aun cuando permite el sufrimiento más severo, es Amor constante e inmutable. Debemos aprender que el amor sabio es lo más estricto, inexorable y a la vez más tierno que existe. El juicioso amor paternal puede, si es necesario, colocar al hijo sobre la mesa de operaciones, a pesar de sus gritos. El amor puede dirigir el escalpelo del cirujano y hacerle parecer insensible al dolor que inflige. El afecto personal ciego se permite a menudo indulgencias dañinas, no así el amor sabio. El Amor Divino es severo. Son inmensas las penas que los malos sufren en la otra vida, y con frecuencia en ésta, como consecuencia de su perversidad. A menudo también son inmensas las penas de los buenos en esta vida y en la otra, a medida que se despojan de los afectos impuros que se les han adherido durante su vida terrena. Pero todos estos males son permitidos y controlados por una sabiduría que percibe infaliblemente los resultados que pueden lograrse por el sufrimiento.

La Divina Providencia no sólo es igual con los malos y con los buenos, sino que es en sí misma invariable. Es siempre el propósito fijo, inalterable, de salvar al hombre; salvarlo del mal y conducirlo al cielo y al amor del bien, y una vez en el cielo, de elevarlo a uno mejor; preservarlo del infierno o de un impenitente amor al mal; o si no puede evitar que elija el infierno, impedir que se hunda en uno peor. Cualquiera que fuese su estado, la Providencia Divina lo rodea de un amor y una merced inagotables, y obra siempre para su mejoramiento. Sin embargo, los límites impuestos al individuo en el ejercicio de su libre albedrío durante su vida no admiten casación, ni siquiera por la Divina Providencia.

5.    La Divina Providencia se vale de medios.
Ya hemos visto que la proposición contraria a ésta, es decir, que el Poder Divino puede producir cualquier resultado mediante un simple fiat, es insostenible. La contradice la experiencia. Obstaculiza el pensamiento racional, que envuelve necesariamente un proceso, y, por tanto, hace ininteligible la religión. Impugna la bondad divina, porque si el permitir ésta el mal no es necesario para lograr un buen fin que de otro modo sería inasequible, nos vemos obligados a atribuir a Dios la responsabilidad del mal humano, cuya existencia hubiese podido evitar sin funestas consecuencias si hubiese querido. Esto no es compatible con la perfecta bondad.

La mente humana es tan orgánica como el cuerpo. Todas las funciones del cuerpo son imágenes, en forma material, de procesos espirituales que se verifican en la mente. La sociedad humana es orgánica, como admite la mayoría de los sociólogos. El mundo espiritual, en su totalidad, es orgánico, está constituido  de partes correlacionadas cuyas funciones específicas contribuyen al bienestar del conjunto. Cada sociedad del mundo espiritual, grande o pequeña, y cada uno de sus habitantes son igualmente orgánicos. La organización del conjunto y de cada parte desempeña una función común: la de hacer que la unidad orgánica, de escala máxima o mínima, sea voluntariamente receptiva de la vida divina de servicio altruista. Esta recepción voluntaria es el objeto del libre albedrío. La libertad es la facultad humana esencial sobre la cual únicamente puede fundarse el cielo, ya como conjunto o en una sola persona. Pero necesariamente implica la potencialidad de obrar y amar el mal, o la posible existencia del infierno.


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