El Problema del Mal

SI ES difícil precisar lo que piensa la gente acerca del cielo, más aún lo es descubrir sus ideas sobre el infierno. Hoy en día se evita el tema aun en el pulpito, y se considera harto descortés sugerir que cualquier miembro de una congregación pueda ir a semejante lugar. Sin embargo, si, como afirma Swedenborg, el infierno es esencialmente el amor al yo dominando la voluntad, confirmado y justificado intelectualmente y realizado en la vida hasta donde es posible hacerlo, no podemos mirar a nuestro alrededor sin ver un verdadero infierno. Más aún: la experiencia de cuantos traten sinceramente de hacer el bien habrá de convencerlos de que en su propio pecho existe al menos un posible infierno en potencia.

Es necesario, por tanto, si deseamos entender lo que es el infierno, comprender la naturaleza y el origen del mal. Para lograr esto debemos descartar la idea de que Dios es un autócrata omnipotente que puede producir cualquier resultado a su simple mandato. Si la omnipotencia de Dios fuera así, no podríamos absolverlo de responsabilidad por la existencia del mal, porque, si quisiera, podría transformar inmediatamente a un hombre malo en bueno, y a un espíritu del mal en ángel de luz. En verdad, no tendría por qué haber existido el mal, pues aun suponiendo que de un mal se derivase algún bien, El podía haber logrado ese bien sin necesidad de permitir el mal. Si creemos que Dios es el amor infinito e invariable, tenemos que creer también que permite el mal para algún fin bueno.

El próximo paso hacia un entendimiento racional de la naturaleza del mal es comprender que éste no es una realidad en sí mismo; es decir, no tiene existencia independiente, sino tan sólo derivada. El mal es siempre la perversión y mal uso de alguna cualidad o potencia que en su propio lugar y orden es buena.

No obstante, esto sólo plantea un problema más. ¿Qué necesidad hay de admitir en la naturaleza humana esta posibilidad de perversión? Si el universo fue creado por un Dios de perfecta bondad con propósitos completamente buenos, y si la creación misma fue «en gran manera buena», ¿por qué la criatura para quien todo fue creado y en quien solamente podía realizarse ese fin ha de ser capaz de tal perversión?

La respuesta de Swedenborg es que la creación del hombre, como ser espiritual maduro y plenamente desarrollado, no puede lograrse sino por su propia elección, pues es esto lo que lo distingue de todas las demás criaturas. Para que pueda haber elección han de presentársele caminos alternos de acción, oposiciones no necesariamente entre el bien y el mal, pero al menos entre bienes más o menos elevados. Podemos imaginar un ser constituido de tal manera que los goces de los sentidos y de la mente en todas sus facultades estuvieran identificados de modo tan perfecto con el orden divino que merecieran la calificación de «buenos en gran manera». Pero si ese ser no tuviera la perspicacia para comprender la superioridad de lo más elevado sobre lo inferior, ni la capacidad de elegir entre ambos, no sería más que un autómata.

Por otra parte, si las incitaciones de su voluntad superior e inferior obrasen independientemente una de la otra y fuera menester un esfuerzo de la voluntad para afianzar el predominio de los motivos superiores, entonces existiría el verdadero libre albedrío. Su pecado consistiría entonces en preferir los impulsos inferiores.

Algo parecido es la caída de Adán, relatada en los primeros capítulos del Génesis. La doctrina de la caída está bastante desacreditada hoy día. El hombre, dicen los evolucionistas, se ha levantado por encima del reino animal mediante un continuo progreso ascendente, y es ilusorio creer que jamás haya sido mejor que ahora. Si la interpretación que da Swedenborg de las Escrituras es valedera, habrá que restablecer la doctrina de la caída, aunque harto modificada. El juicio que la siguió no fue la condenación arbitraria de un acto de desobediencia aislada, trivial en sí. La caída fue una desviación de las leyes fundamentales del bienestar humano, que se ha repetido una y otra vez en la historia del género humano.

El hombre no cayó de un estado de perfección que le había sido impuesto independientemente de su propia voluntad, sino de un estado al que había ascendido por vía de un largo proceso educativo espiritual realizado con su cooperación. El hombre comenzó su existencia sobre este planeta como ser espiritual, poseedor de una cierta bondad simple y rudimentaria, no muy diferente de la de los niños en su inocencia. Pero sus afectos y sus pensamientos eran al principio embrionarios, informes e instintivos. A esta bondad elemental se le ofreció la posibilidad de avanzar hacia una bondad superior mediante verdades apropiadas a su estado, que le permitían vislumbrar claramente otra bondad superior. Estas verdades apelaban a sus afectos más que a su entendimiento, porque las gentes primitivas pensaban afectivamente. A medida que sus voluntades aceptaban esas revelaciones y las encarnaban, por tanto, en sus vidas, la aceptación representaba un ascenso y el punto de partida de otros posibles pasos hacia una mayor perfección. Estas revelaciones progresivas y adelantos espirituales se relatan brevemente en el primer capítulo del Génesis. Están simbolizadas por los seis días de la creación y culminan en la creación del hombre a imagen y semejanza de Dios. Llega entonces el séptimo días, en que se dice que «Dios reposó de todas sus obras». Habíase alcanzado un estado en que la naturaleza humana estaba en conformidad con la voluntad de Dios, de manera que no quedaba en ella nada que contrariara o desviara los fines que la Divina Providencia tenía para su bien. No se nos dice cuánto duró este proceso de elevación, pero llegó un tiempo en la historia de la humanidad en que la raza, o al menos parte de ella, había sido elevada a una condición tal de belleza y perfección espirituales que hoy nos parecería ideal e imposible. Eran los días «del cielo sobre la tierra», que la literatura ha inmortalizado como la leyenda de «la edad de oro».

Trate el lector de imaginar la condición espiritual de una persona de aquella época. Desde la cuna estaría rodeada de influencias benévolas. Desde el amanecer de su inteligencia, el amor, la ternura y la consideración por los otros habrían sido su pan de cada día. Ninguna mala herencia lo importunaría con incitaciones a la rebelión. Sus antepasados habrían evitado el mal como pecado contra Dios, con sincero celo y completa integridad, y ellos, por su parte, transmitirían a sus hijos las virtudes adquiridas en forma de buenas disposiciones. Su inclinación natural sería hacia el bien.

El cielo en verdad formaría el «ambiente de su infancia», pues los ángeles le visitarían y conversarían con él, en forma visible. No le cabrían dudas respecto a la realidad de la vida futura, porque sus propios amigos y parientes ya fallecidos se le aparecerían desde la eternidad. ¿Podría esperarse que esta persona entrara en el cielo de manera espontánea y natural, sin abnegación ni lucha? De ninguna manera. El bien natural heredado no capacita a nadie para entrar en el cielo, como tampoco condena al infierno el mal hereditario. Este individuo también tendría que hacer su propia elección; no entre el bien y las formas groseras del mal, tal como las conocemos nosotros, sino entre bienes superiores e inferiores.

Porque en esa criatura había, como en nosotros, una jerarquía de poderes, unos más elevados que otros, y su integridad espiritual dependía de que ellos se mantuvieran en debido orden. «El hombre —dice Swedenborg— fue creado para amarse a sí mismo y al mundo, a su prójimo, al cielo y también al Señor». Cuando dominan los afectos superiores y los inferiores sirven, todos son buenos. Pero los afectos inferiores no se subordinan espontáneamente a los superiores. Ello requiere un esfuerzo por parte del hombre. Por consiguiente, aquellos seres prístinos no nacían de hecho idóneos para el cielo, ni se hacían aptos por la mera obediencia espontánea a sus buenos impulsos naturales. Ellos, como nosotros, tenían que regenerarse por medio de su elección del bien, aunque para ellos el mal era un bien inferior que sólo se convertía en mal cuando suplantaba a un bien superior.

No es posible trazar aquí en detalle el gradual proceso de decadencia que los capítulos segundo y siguientes del Génesis relatan en forma alegórica, como era costumbre entonces describir los acontecimientos espirituales. Los once primeros capítulos del Génesis son la única relación existente de una revelación mucho más antigua que el resto de la Biblia. Están escritos en un estilo en que no cabe tomar los hechos literalmente, como tampoco en las parábolas de Nuestro Señor. Como vehículo de la historia espiritual se utilizaba la forma histórica, tan grata a la facultad poética e imaginativa innata en los pueblos de aquella época.

El Jardín del Edén o «lugar de delicias» representa ese estado del espíritu humano, colectivo e individual, en que todas sus potencias se armonizan con la Divina Voluntad. En el centro se encuentra el Árbol de la Vida, símbolo de la percepción interior de que todo el bien de que se disfruta en ese estado emana del Señor. Pero está también el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal, símbolo del reconocimiento por parte del hombre de que piensa y quiere; es decir, de que vive por sí. Bien está este árbol en el jardín, porque sin tal sentido de independencia el hombre no sería capaz de actuar como ser racional ni tendría manera de someterse de buen grado a la Voluntad Divina. Pero a los habitantes del jardín les estaba prohibido comer la fruta de este árbol; es decir, dejarse imbuir por la creencia de que su aparente independencia de Dios era verdadera.

Su amor propio les hizo creer que su aparente independencia era una realidad y desobedecieron la prohibición. Así encontramos en la respuesta de la mujer a la serpiente —que simboliza el elemento sensual de la naturaleza humana, en contacto inmediato con el mundo natural y del cual procedió la tentación-— que el árbol de la vida ya no estaba en «el centro del jardín», o no representaba ya el hecho central de su conciencia. Ahora el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal se hallaba «en el centro». Su percepción fundamental ya no era que la vida y todo lo que ésta significa emanaba de Dios y debía ser considerado como algo que El les hubiese confiado, sino que era suyo propio. Este fue el primer paso definido en la prolongada declinación que constituyó la caída del hombre; Al principio no fue el abandono de lo que pudiéramos llamar «el bien práctico». No cesaron inmediatamente de amar al prójimo y a Dios, pero empezaron a pensar que las virtudes que poseían eran suyas propias. A partir de este momento fácil era incurrir en el verdadero mal. Si la vida era cosa propia e independiente, podían gobernarla a su antojo. Se consideraron dioses, puesto que podían originar la vida. Debían entregarse a todo impulso que sintieran, pues para eso era divino. Tal vez la ausencia de verdadera lucha contra el mal, por parte de estos progenitores, hizo a sus descendientes presa fácil de este principio capcioso. Claramente se comprende la facilidad con que podría conducir a la justificación e incluso a la deificación de los apetitos más monstruosos.


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