El Sentido Literal de la Palabra

HAY QUE admitir que la doctrina de Swedenborg con respecto a la Biblia muestra una cohesión lógica, merecedora de la más seria consideración. Dados los hechos fundamentales del mundo espiritual en que se basa toda su enseñanza, esta doctrina coincide naturalmente con el sistema del cual evidentemente forma un elemento esencial. Resumamos brevemente algunas de sus proposiciones fundamentales:

1.a   Un Dios divinamente Humano.

2.a   La creación del hombre con el solo fin de poblar el cielo.

3.a   El hombre debe cooperar en el proceso de su preparación para el cielo.

4.a   La voluntaria obediencia a la Verdad Divina es el único medio de lograrlo.

5.a   Toda verdad penetra en la mente por medio de los sentidos.

Si las anteriores proposiciones son verdaderas, es evidente que se ha de proveer al hombre de algún medio para comunicarse con la Verdad divina que sea adecuado a sus necesidades y capacidades; un medio asequible a todos para que sea factible el propósito divino de su creación. La revelación, lejos de constituir una dificultad, aparece como algo inevitable. No existe, pues, obstáculo alguno para admitir la consistencia de esta doctrina con el resto de las enseñanzas de Swedenborg. Pero se presentan dificultades en cuanto se menciona que esta comunicación divina sólo se encuentra en algunos de los libros de nuestra Biblia.

La distinción que señala Swedenborg entre los libros de la Biblia, en el sentido de que algunos poseen valor y autoridad incomparablemente mayores que los otros porque son la palabra misma de Dios, representa para muchos devotos un serio escollo. Los libros divinamente inspirados, son en el Antiguo Testamento, el Pentateuco, Josué, los Jueces, 1 y 2 de Samuel, 1 y 2 de los Reyes, los Salmos, y los Profetas desde Isaías hasta Malaquías y en el Nuevo Testamento, los cuatro Evangelios y el Apocalipsis.

Estos libros se distinguen por el hecho de comunicar la verdad divina tal como existe en Dios, pero en forma modificada, a fin de hacerla bastante inteligible a las mentes finitas, a partir de lo celeste, hasta incorporarse al fin en expresiones que le son naturales a la Humanidad terrena. Sin embargo, Swedenborg estima, tanto como cualquier cristiano, los libros de la Biblia que no poseen esa característica. Por el contrario, les atribuye una santidad mucho más alta de la que jamás se les hubiera concedido anteriormente. Las Epístolas, por ejemplo, no forman parte de lo que se llama «la Palabra» en el sentido estricto, pero las cita con frecuencia y recurre a las mismas una y otra vez para apoyar la doctrina. En efecto, habla de ellas frecuentemente como si fueran parte de la Palabra en el sentido más amplio; como escrituras doctrinales dirigidas a fomentar en la primitiva Iglesia un conocimiento de las verdades que habían de servirle de fundamento. La presentación de estas verdades tenía que ser adaptada necesariamente a la comprensión de sus oyentes, conversos del judaísmo o el paganismo. Ahora es posible hacer una afirmación más completa y coherente de estas verdades, a la luz del mundo espiritual y de los conocimientos más vastos y precisos con que contamos en el mundo moderno. Además, las escrituras doctrinales no tienen las cualidades que las capacitan para constituir la Palabra divina en el sentido estricto de este término, pues ésta ha sido escrita en términos de correspondencia, a fin de servir de «Palabra» a todos los grados de la inteligencia espiritual, ya sean de este mundo o del cielo. La descripción que hace Swedenborg del proceso, mediante el cual la verdad divina se incorpora a la letra de las Escrituras, da lugar a otra dificultad. Si la verdad divina tomó forma en esas manifestaciones inferiores que la adaptan para ser recibida por las mentes finitas, y si las mismas fueron transmitidas desde el cielo para incorporarse al fin en las formas correspondientes apropiadas al mundo, ¿por qué la letra de la Palabra se ocupa tan extensamente de los crímenes cometidos por hombres y naciones? ¿Cómo aceptar el Jehová del Antiguo Testamento, que ordenó la extinción de tantas naciones, como una revelación del mismo Dios a quien Jesús llamó Padre? La dificultad es muy real y exige adecuada solución.

Aunque las permita para fines buenos, las malas acciones no pueden venir de Dios y no pueden, por tanto, representar directamente sus actos ni la verdad divina que El es. Para eliminar esta dificultad hace falta una explicación de por qué se utilizan tales expresiones y una clave que permita interpretarlas. Es un dicho común que la revelación tiene un aspecto humano al igual que uno divino, pero en el sentido frecuentemente aceptado de que el Verbo contiene un elemento humano y, por consiguiente, es falible e imperfecto. Swedenborg admite el elemento humano, pero insiste, sin embargo, en que la Palabra es perfecta en todos sus detalles, aun en su letra; no históricamente, sino para los fines de la suprema función que cumple.

La necesidad de un elemento humano e imperfecto en la Palabra surge de la necesidad de adaptarla a la comprensión de mentes en estado de oscuridad espiritual casi completa. Le es preciso apelar a motivos capaces de influir en esas mentes aun en el estado en que se encuentran. Como veremos, el principio de adaptación es indispensable, puesto que hemos reconocido que la razón de ser del hombre es su reforma y regeneración; un proceso en el cual tanto su voluntad como su entendimiento desempeñan un papel primordial. ¿No es evidente que una revelación en un idioma desconocido para la Humanidad sería completamente fútil? Pero las ideas corrientes en una época o nación dados, o al alcance de una mente individual cualquiera, no son sino un idioma más interior. Si la revelación divina no estuviera adaptada a su recepción, fracasaría tan completamente como si fuera pronunciada en un idioma desconocido.

Los motivos que puedan influir sobre una persona en un momento dado tienen limitaciones y condiciones parecidas. Para surtir efecto beneficioso han de ajustarse al estado actual de su mente. Decir a una persona sumida en el amor propio y la sensualidad que el cielo es un lugar o estado donde la felicidad consiste en apartarse totalmente de la búsqueda del propio interés y donde el gozo se cifra en hacer bien a sus semejantes, sería evocar en su mente una visión de insoportable aburrimiento. Si la idea de un Dios de amor infinito e inmutable fuese presentada a una mente de este tipo, o la rechazaría como increíble, o concluiría que, por perverso que fuese, al fin acabaría bien. Si se le dijera que Dios no castiga a nadie, que el mal trae su propio castigo por la infracción de las leyes inmutables del bienestar humano, diría: «Eso no me preocupa. Acepto el riesgo.» Así, para él, la verdad sería inútil o decididamente peligrosa.

Los israelitas fueron llamados el pueblo «escogido de Dios», y, en efecto, lo fueron. Pero la selección divina no implicaba parcialidad o mérito, sino simplemente cierta aptitud para la obra que le fue confiada. Existían razones para encargar a esta nación de cumplir esa función específica, ya que sentían gran veneración por las tradiciones heredadas de sus antepasados y ansiaban en extremo asegurar su propia prosperidad mundana. En consecuencia, se aferraban tenazmente a la idea de que Jehová los miraba con especial favor y proyectaba hacer de ellos la primera nación de la tierra. Concebían a Jehová como un dios nacional, de igual manera que las naciones vecinas concebían a los dioses suyos. Interiormente eran tan idólatras como los gentiles, aun cuando practicaban sus ritos divinamente instituidos. Más que en la veneración de imágenes u objetos, la idolatría consiste en observar las formas religiosas sin considerar la bondad o la verdad, o sin el deseo de practicarlas. Este tipo de idolatría abunda en todas las religiones y está muy lejos de haberse extinguido en la Iglesia cristiana de hoy. El bajo estado espiritual del pueblo israelita se ve claramente en la índole de los motivos a que se apeló al establecerse la ley mosaica, que no le descubrió la vida futura ni le presentó la necesidad de una conversión o cambio radical de ánimo y pensamiento. La única salvación que les preocupaba era resguardarse de los desastres mundanos. Por eso se les prometió abundantes cosechas, salud y larga vida mientras obedecieran, amenazándolos con hambre, peste y esclavitud en caso contrario. Si hubiesen sido capaces de dejarse influir por motivos más elevados, no hubiera sido necesaria la invocación de semejantes alicientes. La Divina Providencia siempre guía al hombre mediante lo mejor y más puro de sus facultades. Si le gobierna por medio de sus afectos, es porque no existe en la naturaleza humana otro elemento capaz de generar un motivo claramente reconocido. Si el hombre no se deja conducir por medio del amor al bien y a la verdad en sí mismos, habrá que conducirlo por motivos egoístas. Los motivos que gobernaban a los israelitas eran esencialmente los mismos que sirven para mantener el orden en los infiernos.

Como allí nadie puede ser guiado por el amor al bien o la verdad, es mediante premios y castigos externos que se mantiene a sus moradores dentro de los límites necesarios para guardar el orden social, exactamente como en el caso de los israelitas. La letra de la Palabra tenía que acomodarse a individuos en ese estado mental y espiritual.

Aunque las anteriores consideraciones pueden quizá mitigar, si no suprimir, la dificultad que confrontamos, no dejan de promover otra. El carácter de Jehová, como lo presentaba la ley mosaica a los israelitas, no era el verdadero. ¿Cómo concebir que el Dios de la Verdad autorizara y mucho menos manifestara una falsedad?

La palabra «verdad» tiene varios sentidos; es preciso distinguir cada uno de ellos con sumo cuidado. Existe la verdad literal o histórica; es decir, la afirmación de lo que de hecho existe o ha sucedido. Pero a menudo hablamos de una obra imaginativa como «fiel a la vida». Libre de las trabas del hecho histórico, puede tal obra encarnar una verdad más elevada y vivida que la que presenta la historia, tan amarrada a la evidencia documental. Así, hablamos de la verdad de una parábola o alegoría, en que importan poco los hechos. ¿Tiene importancia que existiera realmente un padre como el descrito en la parábola del Hijo Pródigo? Lo importante es si existe o no ese amor misericordioso de Dios hacia sus hijos pecadores que la parábola presenta. Toda la verdad de la parábola está en esa relación.

Swedenborg nos lleva a un concepto aún más interior y universal de la verdad. La verdad es la fuente del orden en todo el universo creado, en los reinos mineral, vegetal y animal y en las mentes de los habitantes del mundo, del cielo y del infierno. Pues la Verdad Divina no existe sólo en los cielos, en el mundo espiritual y sobre la tierra, sino también pasa a los infiernos y los mantiene en orden. Pero en los infiernos la verdad está separada del bien, y si se la adopta, es únicamente por motivos egoístas. Ahora bien: la Verdad Divina no podría ser aplicada universalmente a la diversidad de estados mentales humanos sin antes ser adaptada a las formas apropiadas a estos estados. Las formas o apariencias son, por tanto, verdaderas en su esfera propia y nada más. Son lo más aproximado a la genuina verdad espiritual que pueden captar los seres entre quienes se originan. Evidentemente, si el Señor no hubiera apelado a los que están en el estado espiritual más depravado en términos que ellos pudieran comprender, habrían quedado sin su auxilio. La pura verdad espiritual no los habría conmovido, aunque fuesen ellos quienes más la necesitasen. En la revelación, pues, la Verdad Divina toma formas derivadas de las bajas ideas de quienes la reciben y las emplea como símbolos, pues otras formas de mayor espiritualidad quedarían incomprendidas. Esta es sencillamente la aplicación de la ley universal de que «todo influjo es según su recepción». La pura Verdad Divina, libre de mixtura o error humano, afirma Swedenborg no puede existir en la mente consciente de hombre o ángel alguno. Se presenta siempre disfrazada de apariencias consonantes con el individuo y dictadas por el estado en que éste se encuentre.

Si se acepta como adecuada esta explicación de la visible discrepancia que en cuanto al carácter del Ser Divino presentan el Viejo y el Nuevo Testamento, ¿no debemos inferir que el conjunto de documentos donde prevalece tan tergiversada idea de Dios debe calificarse de anticuado a la más clara luz de la verdad cristiana?

La dificultad quedaría resuelta si tuviéramos una clave para interpretar esas expresiones bíblicas que casi toda mente devota juzga incompatibles con el concepto de Dios como amor y sabiduría infinitos e inmutables; una clave que nos permitiera traducir correctamente estas expresiones en su verdadero significado. Para que esta clave exista es necesario que tales ex-presiones sean resultado de la operación de una definida ley que transforma las ideas a medida que pasan de un estado mental a otro. Esta ley, y por tanto la clave, se hallan en la afirmación de Swedenborg de que el mal y la falsedad no son creaciones originales ni entidades con existencia independiente; son corrupciones del bien y la verdad, debido a la manera en que las formas orgánicas de la mente humana tergiversan el orden divino. Todos los que encuentran imposible creer que Dios es el autor del mal adoptan de seguro un concepto semejante. El hombre no puede crear el mal ni el bien; sólo puede convertir en mal y falsedad lo que en su fuente y origen fue bueno y verdadero.

El sentido común abona este criterio, pues los males y las falsedades que conocemos no se nos presentan como fenómenos de un rango completamente distinto. Tal semejanza guardan con los de signo opuesto que a menudo no podemos distinguir a qué categoría pertenecen. La cólera egoísta, que abriga mala voluntad hacia su objeto y deseo de hacerle daño, con frecuencia no se distingue de la indignación que todo hombre justo siente cuando ve hacer el mal. El denominador común en cada caso es el celo. Poco vale el hombre que no sabe indignarse cuando presencia la opresión del débil por el fuerte, pero su indignación pasa con la ocasión. No deja malicia, sino tal vez compasión por el agresor como el más despreciable de los dos, pues es más digno sufrir la injusticia que infligirla. De igual modo la hipocresía y el engaño son perversiones del don de abstenernos de expresar opiniones que podrían resultar inconvenientes o nocivas. Esta habilidad histórica, ingénita en la mente humana, defiende la reserva e inviolabilidad de los pensamientos y sentimientos más íntimos, de los cuales depende la conservación de nuestra libertad. Igualmente los desórdenes sexuales surgen del abuso de poderes tanto mentales como físicos que capacitan a los sexos para unirse en santas y felices nupcias. El fraude es el abuso del deseo adquisitivo, uno de los motivos más poderosos y que constituye un bien cuando se atiene a principios justos y viene frenado por la religión.

Toda buena cualidad humana tiene su prototipo en Dios y es uno de los medios por los cuales podemos pensar en El correctamente. La perversión de estas virtudes y excelencias prototípicas es, por tanto, susceptible de volver a transformarse en sus tipos originales. La cólera y la furia que se atribuyen al Ser Divino significan su celo por el bien, el que anhela ver triunfar por todos los medios posibles, por penosos que ellos sean. El culto y la obediencia que El pide a todo hombre no los exige en gracia a El, sino para el bienestar del hombre mismo. Todo bien y toda verdad emanan de El, y el bienestar del hombre depende de que reconozca este hecho y dedique todas sus fuerzas al servicio divino. Los castigos y amenazas que se atribuyen a Dios representan los males que inevitablemente atraerán sobre sí los que se empeñan en cifrar su bienestar en el amor propio y la egolatría. El arrepentimiento, que también se atribuye a veces a Jehová, refleja la realidad de que a medida que cambian los hombres en su relación con las cosas divinas Dios asume en sus mentes un nuevo aspecto, aunque El en sí es inalterable.

Los conceptos de que hablamos son intrínsecamente falsos, pero no los juzgaban así los israelitas, los primitivos cristianos ni nuestros antepasados, quienes creían que Dios verdaderamente se encolerizaba y era capaz de venganza; que precipitaba al hombre al infierno y lo condenaba al castigo eterno sin   otro  propósito   que  vindicar   su  inflexible  justicia.  Juzgaban justa su cólera y su venganza porque El tenía derecho a hacer lo que quisiera con sus propias criaturas. Mientras se piense así, el concepto de Dios como un autócrata omnipotente cuyas decisiones han de aceptarse simplemente porque son suyas y porque tiene además el poder para imponerlas, no tiene nada de repugnante. Es lo que más se acerca a la verdad. Las leyes de la tolerancia no fueron reveladas a los israelitas ni a la primitiva Iglesia cristiana. No podían serlo antes de que se revelasen el mundo espiritual y la psicología de la regeneración. De otro modo la gente hubiera concluido inevitablemente que Dios aprobaba o condenaba aquello que permitía. Consecuentemente, en sus leyes a veces se presentaba a Jehová como si ordenara hechos que en realidad sólo toleraba con propósitos necesarios y saludables.

No es difícil comprender por qué la letra de la Palabra trata con tanta amplitud de los crímenes de los hombres y naciones. Sus significados espirituales no se relacionan solamente, ni aun principalmente, con la Verdad Divina en su misma esencia, sino con la forma de la verdad que puede penetrar en la mente humana. Allí tropieza con innumerables obstáculos originados por perversiones y falsedades, y los combates espirituales así suscitados sólo pueden describirse mediante imágenes naturales, como guerras, desórdenes sociales y otros parecidos.


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