El Uso del Libre Albedrío

LA NATURALEZA y las leyes de la Divina Providencia constituyen el problema fundamental de la religión. Un conocimiento comprensivo, consistente y satisfactorio de este tema será la única noción intelectual acerca de Dios que la mente humana podrá alcanzar. Existe, claro está, un conocimiento más profundo, un conocimiento del corazón, inasequible a los procesos meramente intelectuales, sin el cual toda aclaración intelectual resultará estéril y evanescente. Pero aquí vamos a tratar de un problema intelectual: el de suprimir las dificultades que tienden a nublar nuestra mente cuando pensamos en la Providencia, aun con el deseo más sincero de creer en la existencia de un gobierno divino del mundo.

El breve sumario de la enseñanza de Swedenborg sobre este tema dado en el capítulo precedente basta para ilustrar la marcada diferencia que la distingue de las ideas mantenidas generalmente, aunque no dejará de suscitar probablemente algunas dificultades que le son propias. Si la Providencia es el gobierno universal del Amor y de la Sabiduría divinos, nos vemos, por una parte, relevados de la oscuridad y confusión que emanan de los conceptos comunes; mas, por otra parte, nos veremos al parecer confrontados con el problema de la relación entre Dios y el mal humano en su aspecto más desconcertante y aparentemente insoluble. Si su único propósito es la formación de un cielo con la raza humana, y sólo mira las cosas que se relacionan con el bienestar eterno del hombre, estas verdades nos obligan a adoptar un punto de vista totalmente nuevo. Nuestro antiguo criterio pierde validez. Por tanto, tenemos que buscar un nuevo modo de pensar más adecuado a la nueva perspectiva.

Antes de intentar esbozarlo, resumamos brevemente algunos de los resultados a que nos han llevado los capítulos anteriores que tienen relación directa con esta nueva perspectiva.

1.   Si un Dios divinamente humano es el Creador y Sostenedor del universo, la creación ha de tener una intención o propósito.

2.   No se puede concebir propósito más digno del amor y la sabiduría infinitos que un cielo sin confines y siempre creciente, alimentado por el universo creado y habitado por seres humanos que han llegado a cierto grado de semejanza con su Creador y que pueden ser cada vez más felices por toda la eternidad haciendo bien a los otros.

3.   Podemos inferir que las verdades relacionadas con la preparación para el cielo serán de las más sencillas, mientras que los expedientes de la Divina Providencia para lograr sus propósitos envolverán profundos misterios, sólo oscuramente discernibles por la razón humana. De igual manera, los actos mediante los cuales se sostienen la vida física, como el comer, el respirar y el movimiento voluntario, son muy sencillos, pero implican procesos indescriptiblemente maravillosos que desafían la investigación minuciosa.

Tratemos, pues, de seguir la trayectoria de estos procesos espirituales. Es importante que comencemos esta pesquisa con un concepto claro de la magnitud de nuestra inevitable ignorancia y de nuestro posible esclarecimiento. De otro modo aspiraríamos a lo imposible y nos privaríamos de la respuesta que un sobrio reconocimiento de los límites de nuestras capacidades podría darnos.

Con respecto a nuestra irremediable ignorancia, es un hecho cierto que no llegaremos a comprender ningún acto humano, salvo en la medida que logremos comprender su propósito y lo adecuado de los medios empleados para realizarlo. Si una persona enteramente ignorante de la cirugía hubiera presenciado una operación seria efectuada en un niño —antes del descubrimiento de la anestesia—, no hubiese podido distinguirla de un acto de inhumana crueldad. Sin embargo, la operación habría sido dictada por la compasión más real. El cirujano y sus ayudantes habrían tenido la noción de que obedecer solamente a un impulso natural de compasión que nos hace evitar el dolor podría resultar en la muerte o la incapacidad permanente. Esa aparente piedad hubiera sido la verdadera crueldad, mientras que la aparente crueldad era la compasión verdaderamente sabia. El hecho de que nuestras mentes son finitas nos impide comprender los propósitos contemplados, los medios utilizados por la Divina Providencia en cada caso particular. No conocemos el estado de una mente dada en un momento dado, con respecto a su preparación o falta de preparación para el cielo; ni cómo se modifican estos estados mediante las circunstancias espirituales o naturales con las cuales se pone en contacto. Menos aún somos capaces de discernir las remotas consecuencias de los cambios así introducidos, ni sobre todo los resultados postreros en la constitución orgánica de esa mente, y la influencia que la misma pueda ejercer, consciente o inconscientemente, sobre otras mentes. Todos estos elementos, hasta en sus detalles más minuciosos, caen dentro de la esfera de acción de la Divina Providencia. No pueden ser plenamente visibles para ningún ser creado. Las operaciones de la Mente infinita han de ser en gran medida inescrutables para la mente finita.

Si no tuviéramos otra explicación que ésta, estaríamos protegidos contra una temeraria negación de la existencia de la Divina Providencia, pero no sabríamos formarnos de ella una idea definida. Sin embargo, podemos vencer la ambigüedad del problema. El amor y la sabiduría humanos más elevados se asemejan a los divinos, porque aquéllos emanan de éstos y son sus imágenes finitas. Por tanto, nos suministran los símbolos por medio de los cuales podemos concebir y comprender la Providencia Divina; símbolos bastante inadecuados, por cierto, pero sólo porque la mente finita es incapaz de aprehender la infinitud Son inadecuados no porque sean tan supremamente elevados que parezcan imposibles, sino porque no son en sí bastante buenos y verdaderos. Y estos conceptos son susceptibles de desarrollo infinito, a fin de que nuestros pensamientos de Dios y su Providencia puedan crecer continuamente.

La enseñanza de Swedenborg nos capacita para comprender claramente cómo toda suerte de acontecimientos que nos crean dificultades son útiles para nuestro desarrollo espiritual. Así es fácil creer que sucesos similares tienen siempre una utilidad similar, aunque no nos sea posible discernir en qué consiste tal utilidad. También nos demuestra que los propósitos de la Divina Providencia requieren que sus operaciones estén profundamente ocultas detrás de la serie de acontecimientos aparentemente naturales. Nos encontramos, por tanto, en una postura mental casi análoga a la de un hombre inteligente, pero casi completamente ignorante de la cirugía, la fisiología o la anatomía, cuyos conocimientos generales, combinados con la confianza en sus médicos, le animan, sin embargo, a someterse a una dolorosa operación. Donde sus conocimientos son imperfectos, confía en aquellos más ilustrados que él. El resultado de esta clase de explicación no es tanto eliminar la oscuridad como suprimir los obstáculos. Si esta apreciación general de los métodos de la Divina Providencia es suficientemente amplia, los hechos que antes nos perturbaban dejarán de constituir dificultades, aunque no podamos comprender las consecuencias específicas que ellos están destinados a producir.

Examinemos a continuación la manera en que el libre albedrío contribuye a reorganizar la mente humana y disponerla para el cielo. Tendremos que enfrentarnos con esta pregunta: «La doctrina de que la Divina Providencia gobierna todas las cosas, ¿no aniquila prácticamente el libre albedrío?» Aun concediendo que goza de libre albedrío, parecería que, de acuerdo con las enseñanzas de Swedenborg, no tiene realmente ningún poder para obrar independientemente, puesto que todas sus acciones las ejecuta por un poder derivado de Dios y hasta en sus detalles más insignificantes están intervenidas por El. ¿Cómo podemos entonces dejar de pensar que tanto las malas acciones como las buenas son actos de Dios?

Para resolver esta dificultad debemos tener presentes estos tres principios:

1.   El libre albedrío dimana de Dios en el sentido de que esa facultad existe a cada instante por creación suya. Pero El no determina el modo en que el hombre lo ejerce, porque esto anularía la facultad.

2.   El único elemento esencial y eterno de toda acción es el motivo que la origina y que ella confirma y desarrolla, o debilita y desplaza.

3.   La Divina Providencia permite que se traduzcan en acción aquellas malas intenciones que no podrían dejar de realizarse sin detrimento para el bienestar eterno del hombre.

El primero de estos principios sólo necesita ser mencionado. El segundo es el tema que al presente nos ocupa.

En general, los pensadores religiosos han dado por sentado que el libre albedrío ha sido otorgado al hombre con objeto de facultarlo para realizar, o dejar de realizar, ciertos actos definidos que Dios permite o prohíbe; para llevar un registro de sus desobediencias, ya que la justicia divina requiere la imposición de un castigo proporcionado a la gravedad de la ofensa. En la letra de la Biblia se encuentra abundante material destinado a justificar estos conceptos, que sin duda eran los mejores quo las gentes de otros siglos supieron formar acerca de las leyes divinas y de las consecuencias de desobedecerlas. Tales ideas tenían analogía con las leyes humanas, cuya infracción se castiga con penalidades que rara vez guardan ninguna necesaria relación con la ofensa. Se imponen mediante juicios que prestan poca consideración a las innumerables circunstancias que pueden agravar considerablemente la falta en determinados casos, y en otros casos hacerlos relativamente leves. Era el mejor concepto que en aquel entonces podía formarse la mente humana con respecto a la ley de justicia espiritual. Toda infracción de las leyes divinas, ya sea mental, ya se haya traducido en hechos, efectivamente acarrea consecuencia penales. Pero las consecuencias no son extrínsecas a la ofensa, sino inherentes en ella. La penalidad refuerza y confirma los efectos criminosos que sugieren el acto y básicamente lo constituyen, y, por tanto, refuerza y confirma la tendencia a otras transgresiones parecidas. No hay libro donde queden registrados los actos, buenos o malos, de una persona, fuera de ella misma. Uno mismo es el libro que se abre y por el que se nos juzga. Pero el resultado en la otra vida es tal como si se hubiese llevado un registro, al que se ajustasen los castigos y recompensas, porque a su muerte el hombre pasa a la eternidad con todos los afectos internos formados precisamente de acuerdo con las elecciones que haya hecho durante su vida terrestre. Cuando se cierra el juicio, o sea la exhibición de sus estados básicos de afecto y voluntad, el individuo aparece de manifiesto tal como íntimamente quiso y se esforzó por ser durante su vida en la tierra. El premio de una persona buena es ese mismo amor al servicio altruista que haya llegado a constituir su naturaleza adquirida. En el cielo podrá disfrutar de todo el deleite en el servicio de que es capaz. El castigo de una persona perversa consistirá en los afectos depravados que han llegado a constituir su naturaleza adquirida y que la impelen a actos perjudícales para el prójimo. El único freno a sus impulsos será ahora el temor al castigo. Cuanto más arraigado esté el amor al mal en que se ha sumergido, tanto más severos serán los castigos necesarios para frenarlo.

Podemos, pues, afirmar de una manera más definida que «el objeto de la Divina Providencia es formar en el hombre sólo afectos buenos», porque los afectos dominan al hombre y determinan en última instancia tanto lo que piensa como lo que hace. Por consiguiente, se nos ha dado el libre albedrío para que obremos bien. Pero la buena conducta ha de ser el resultado de inclinaciones y afectos y no de la mera obediencia a una ley impuesta externamente. El esforzarse por obrar con rectitud es el medio por el cual el hombre puede lograr ese fin. Sólo de este modo pueden arraigar en él los nuevos afectos, que, además de transformar radicalmente su naturaleza, dejan intacta su personalidad como instrumento libre del servicio divino.

Si comprendemos claramente este concepto, veremos que la libertad no puede ser destruida, ni mermada siquiera, por el imperio de ley alguna externa a nosotros mismos. No está en nuestro poder cambiar el orden físico de la naturaleza, pero esto en modo alguno anula nuestro libre albedrío. Nuestro libre albedrío utiliza este orden como medio para lograr sus fines, adaptándose a sus leyes. Considerado este concepto en una esfera más elevada, es fácil ver que las tendencias al mal, heredadas y ambientales, no enervan en nada la realidad del libre albedrío. Ya sean débiles o fuertes esas tendencias, la mente queda igualmente libre en cuanto a su actitud hacia ellas. Hay solamente dos condiciones esenciales a esta libertad:

1.   Que reconozcamos mentalmente el mal.

2.   Que tengamos fuerza de voluntad para resistirlo.

Si falta cualquiera de estas condiciones, no existe responsabilidad. Nadie puede resistir un impulso por malo si no lo reconoce como tal, ni logrará vencer el mal si carece de suficiente fuerza de voluntad. En toda persona cuerda existen estas condiciones en grado adecuado para hacer lo que se exige de ella en la obra de su regeneración.

La verdad de que la formación de los afectos buenos es la meta de la Divina Providencia despeja ese obstáculo que a menudo se considera invencible: la enorme diferencia entre las circunstancias hereditarias, educacionales y sociales que rodean a los distintos individuos. Por ejemplo, una persona dotada de buena disposición natural y que goza de bienestar material, está al amparo de muchas de las tentaciones que rodean a los pobres. Como ha sido criada con esmero y cuidada desde la niñez, va adquiriendo  costumbres casi inconscientemente. En cambio, otra persona nace en un barrio pobre o una choza, rodeada desde niño por la violencia, la intemperancia y la obscenidad. Desde el punto de vista del pronóstico espiritual, las ventajas que posee el primer individuo diríanse incomparablemente más favorables. Si el destino eterno de los dos fuese juzgado por sus actos externos, sería inconmensurablemente más favorable. Pero si el criterio es el amor a lograr resultados útiles, mejorar los métodos y vencer las dificultades, tendremos que aplazar el juicio. La facilidad e incluso el éxito con que se realiza una obra no son la medida del poder o del valor de los afectos que respaldan el esfuerzo. Imaginemos un buen estudiante de violín, con el mejor profesor y tiempo abundante para practicar, y que posee un magnífico Stradivarius, y otro estudiante de igual talento, pero obligado a aprender por sí solo, durante sus escasos intervalos libres de trabajo, con un violín barato. Es fácil adivinar cuál de los dos saldría vencedor en un concurso. Mas si el criterio a seguir es el genuino amor a la música por la música misma y como medio de brindar felicidad a los demás, ¿quién podrá decir cuál es la condición más favorable?

En la palestra que es la vida humana estamos propensos a equivocarnos con respecto a las circunstancias favorables o desfavorables para el desarrollo de nuestra naturaleza espiritual. La dificultad de realización no constituye necesariamente un impedimento; al contrario, a veces sirve de estímulo. La facilidad, por sí misma, no es una ventaja. Con frecuencia conduce a la pereza y el orgullo.

Para formarnos juicio al respecto, tendríamos que poseer un conocimiento ilimitado de los estados mentales hereditarios y adquiridos en cada caso en cuestión, lo que nos está necesariamente vedado. Pero al menos podemos comprender que las circunstancias favorables tienden a cegar a una persona con relación a su propio estado espiritual y a alentar el orgullo y la vanagloria. También pudieran llevarla a entablar una lucha decidida contra los males más sutiles de su naturaleza. Esto le es tan necesario como a su hermano menos favorecido el luchar contra las formas más groseras del mal.

Los males más descarnados y patentes, sobre todo los que dimanan de la concupiscencia carnal, no son los peores. No corrompen y carcomen nuestro carácter tanto como los que obran ocultamente en lo más recóndito del corazón. Sólo el Señor, que todo lo ve desde el principio hasta las últimas consecuencias, sabe repartir las experiencias que le convienen.


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