La Inquietud Religiosa de nuestra época

UNIVERSALMENTE se admite que existen dificultades en cuanto a la fe en la revelación divina. Y toda persona pensante las experimenta probablemente en mayor o menor grado. Algunos las acogen como promesa de que en fecha no lejana sea posible abolir una antiquísima superstición. A los creyentes causan profunda angustia, puesto que se ven obligados a confesar que no pueden resolverlas. Por eso se aferran a su fe religiosa con la desesperación del ahogado.

Una de las causas principales de esta inquietud radica en que casi todas las indagaciones realizadas por los eruditos y científicos del siglo pasado han asestado severos golpes a las creencias consideradas como indispensables a la fe cristiana. La Geología y la Paleontología, al demostrar la enorme antigüedad del mundo y de la vida animal y vegetal, han destrozado la cosmogonía y la cronología bíblicas generalmente aceptadas en otros días. La Anatomía y la Embriología han demostrado el estrecho parentesco estructural entre el hombre y los animales inferiores, y han sugerido que únicamente se distingue de ellos por su mayor grado de inteligencia. Mucha gente sensata opina que la teoría de la evolución ha restado toda fuerza al argumento que asigna a la Creación un propósito y ha socavado así la doctrina de las creaciones especiales. El estudio de las religiones comparadas ha demostrado que determinados relatos de la Biblia, algunos de sus conceptos y no pocas de sus máximas, que antaño eran considerados como garantía de la religión revelada, aparecen con variaciones en la literatura antigua de muchos pueblos. El contacto creciente con las naciones no cristianas ha llevado a un concepto de las llamadas religiones «idólatras» totalmente incompatible con la teoría de «la obra del Diablo» que satisfizo a nuestros ortodoxos antepasados. Durante los últimos cien años los documentos que componen la Biblia han sido analizados con una  libertad  e  integridad  antes   desconocida.  Aunque pocos se consideran capacitados para formular juicio sobre la labor de los críticos, algunos de los resultados de su trabajo ha penetrado en la mente popular, o, mejor dicho, han llamado la atención sobre hechos que una vez señalados resultan evidentes. Por ejemplo, que los relatos de la Biblia no son siempre consistentes, que la paternidad de la mayoría de los documentos es desconocida y que algunos de los actos atribuidos a Jehová en el Antiguo Testamento son repulsivos.

Durante los últimos cien años aproximadamente parece haberse desarrollado una nueva facultad de la mente humana que podríamos llamar «conciencia científica», cuyo propósito no es comprobar todo lo que se ha aceptado como verdad en el pasado, sino averiguar la verdad mediante un estudio objetivo e imparcial. Esta conciencia desconfía de las emociones como factores para descubrir o explicar la verdad, y el único propósito de sus indagaciones es averiguar los hechos y formular una explicación racional. Esta moderación desapasionada ha afectado el modo de pensar de los investigadores de la verdad, quienes han comenzado a reflexionar sobre los tradicionales credos religiosos con una libertad sin precedentes. Los cristianos más ortodoxos tratan de racionalizar sus creencias en una forma que sus antepasados hubieran calificado de ataque a las mismas raíces de su fe religiosa. Con la excepción de la Iglesia Católica Romana, apenas se oye en ningún otro sector la admonición de creer sin analizar ni discutir lo que la Iglesia enseña, ni siquiera lo que enseña la Biblia. La época de la fe ciega parece desvanecerse sin posibilidades de que podamos detenerla o restaurarla. Ha sido reemplazada por un espíritu de inquietud y audacia que todo lo discute. En este ambiente es imposible que sobrevivan algunas de las creencias tradicionales de la cristiandad histórica. La idea de un infierno de eternos tormentos físicos sin un propósito determinado, por ejemplo, ha desaparecido de la mente de los sensatos. Como resultado, un sentimiento de intranquilidad y duda se extiende por todo el mundo cristiano y más allá de sus fronteras. Aun «el Oriente inmutable» parece estar en vías de soltar sus antiguas amarras religiosas.

El presente afán de comprobar la verdad de lo que se profesa creer es sin duda saludable. Una fe meramente tradicional o cimentada únicamente sobre la supuesta autoridad de una secta, un libro o un gran maestro religioso, y que, por tanto, no expresa las convicciones racionales del creyente, seguramente arraigará en la mente de manera muy superficial. Una fe religiosa meramente convencional conducirá inevitablemente a una obediencia igualmente convencional de sus dictados. La inquietud religiosa que caracteriza la era presente no ha de tomarse, por tanto, como síntoma desalentador. Es en mucho comparable con ese período de duda interior que experimentan casi todos los jóvenes serios, quienes al aproximarse a la edad adulta y entrar en posesión de su independencia de juicio sienten la necesidad de ejercerla incluso en relación con las creencias que desde la infancia han sido impresas en su mente como sagradas. Si anteriormente las aceptaban sin oponer reparos, en gracia a la autoridad de sus padres y profesores, ahora sienten el impulso irresistible de satisfacer su propia mente con la comprobación de que son verdaderas. Para lograrlo es indispensable admitir la posibilidad de que sean parcial o totalmente falsas. No ha de condenarse, pues, el simple estado de duda; pero representa una crisis peligrosa de la que puede surgir una viva fe religiosa o un completo abandono de la religión.

En párrafo memorable, Swedenborg pronosticó la liberación de la mente humana de las ataduras de una fe tradicional e incomprensible que estamos presenciando. Lo vaticinó como resultado del gran Juicio que según él tuvo lugar en el mundo espiritual en el año 1757:

«El estado del mundo en el futuro será precisamente lo que ha sido hasta ahora, porque la gran transformación realizada en el mundo espiritual no produce alteración alguna en la apariencia externa del mundo natural… Pero de aquí en adelante el estado de la Iglesia será diferente. En cuanto a su apariencia externa, será similar, en efecto, pero interiormente será diferente. Exteriormente habrá al parecer, igual que antes, Iglesias divididas y también varias religiones gentiles. Pero los fieles de la Iglesia gozarán en adelante de mayor libertad de pensamiento en materias de fe y, por tanto, en materias espirituales relacionadas con el cielo, porque se habrá restablecido la libertad espiritual» (El Juicio final, 73).

Soy de opinión que hoy día hay más gente que nunca que piensa seriamente acerca de la religión. Pero en lo que se refiere a la revelación su pensamiento no es afirmativo, sino vacilante y apologético. Las creencias religiosas han perdido la iniciativa y sólo pueden mantenerse casi desesperadamente a la defensiva.

Acaso podríamos resumir como sigue las reflexiones de aquellos que anhelan tener una firme fe religiosa y al mismo tiempo alguna seguridad de que poseen la verdad:

«Es imposible ocultar el hecho de que la llamada revelación se reduce a una cuestión de opinión o convicciones personales. La gente acepta determinado documento como vehículo de la revelación divina, porque en su opinión la evidencia que convence a una mente deja de convencer a otra mente igualmente sincera. Aunque la misma revelación se acepte por unanimidad, como ocurre en el mundo cristiano, las interpretaciones de su contenido, según las distintas exposiciones, a menudo no concuerdan y aun resultan irreconciliables entre sí. Se supone que la doctrina de todas las Iglesias se halla en la Biblia, mas ¿cómo es posible aceptar como afirmación de la verdad divina la que se presta a tantas inferencias discordantes? ¿No debería la revelación divina poseer una claridad tal que no dejara en la mente del investigador honrado duda alguna respecto a su verdadero significado? El cristianismo fue fundado sobre supuestos sucesos históricos, cuya extraordinaria índole ha sido reconocida. Pero ¡cuan dudosa e insatisfactoria es, desde el punto de vista científico, la evidencia de que estos sucesos realmente acontecieron! Aparecen relatados en documentos cuyos autores no pueden ser identificados con seguridad, salvo las epístolas de San Pablo. Y aunque pudiera identificárseles, ¿qué certeza tenemos de que esos autores estaban capacitados para sopesar la evidencia de esos hechos maravillosos? No niego la posibilidad de los milagros; nadie que crea en un Dios personal puede negarla. Pero cuando examinamos la evidencia a base de la cual se nos pide creer que los milagros bíblicos se efectuaron realmente, ¡cuán endeble parece, cuán inconclusa! ¿Cómo podemos tener la seguridad de que aun los hechos no milagrosos que refiere la Biblia fueron anotados con exactitud? No había presente ningún taquígrafo que anotase las propias palabras de Jesús tal como salieron de su boca. Se cree que los Evangelistas escribieron muchos años después de la muerte de Cristo. ¿Cómo podemos sentirnos seguros de que sus dichos nos han sido trasmitidos en forma auténtica? Sin embargo, ¡qué tremendas inferencias se han derivado de las palabras de Jesús tal como las encontramos en los Evangelios! ¿Cómo puede un ser racional fundar toda su perspectiva de la vida y, por tanto, toda su conducta sobre cimientos tan inseguros? ¿No hemos de reconocer velis nolis que nada sabemos con certeza de los hechos fundamentales en que se apoya la religión? La religión es esperanza, no certidumbre».

Estas dificultades señalan la verdadera causa de la inquietud religiosa del día. Esta inquietud dimana del hecho de que la creencia, anteriormente compartida por todo el mundo cristiano, de que en la Biblia está la palabra misma de Dios, ha disminuido cuando no ha sido abandonada. Mientras esa creencia subsistió prácticamente sin discusión, el que cada cual llegase a una conclusión diferente con respecto a su significado no creaba ninguna dificultad insuperable, porque cada uno creía que su propia interpretación era la correcta. Pero la pérdida de tal creencia destruye toda verdad religiosa definida. Cuando así ocurre nos vemos obligados a apoyar los hechos en meras opiniones humanas. Base más endeble no puede imaginarse.

Si el cristianismo ha de ejercer la influencia que le corresponde si es verdadero, estas dificultades tendrán que resolverse de una manera convincente. Aunque la evidencia histórica fuese tan abundante como es en realidad escasa, no nos satisfaría jamás. La suprema necesidad de nuestra época es comprender la verdad de lo que se nos pide creer. La sola evidencia histórica nunca lo logrará. Si algo puede convencernos será la evidencia interna, derivada de la Palabra misma.

Trataremos este asunto en los capítulos siguientes. Entre tanto conviene recordar que ninguna de las dificultades en que la creencia religiosa se ha visto envuelta a causa de las modernas investigaciones científicas e históricas son motivo de inquietud para quien acepte las enseñanzas de Swedenborg. El derrumbe de la cosmogonía y la cronología mosaicas concuerda con la afirmación de Swedenborg de que los primeros capítulos del Génesis son una serie de inspiradas parábolas. El pueblo que los compuso, siglos antes de Moisés, nunca intentó darles un sentido literal o histórico.

La teoría de la evolución no presenta dificultad alguna, porque la creación del universo físico y todo su contenido es, desde el principio al final, una serie de procesos. Tampoco le preocupan en lo más mínimo los descubrimientos de la Anatomía y la Embriología comparadas, ya que comprende que la diferencia entre el hombre y el resto del mundo animal sólo estriba en el hecho de que el hombre posee grados mentales interiores, de que los otros animales carecen.

Es natural la existencia de relatos parecidos a los que aparecen en los primeros capítulos del Génesis si, como afirma Swedenborg, esos capítulos formaban parte de una Palabra más antigua que era del dominio común en el Oriente prehistórico. Cuando se hubo perdido su verdadero significado, la palabra en forma de parábola perteneciente a esa Iglesia fue la fuente de las tradiciones sagradas en épocas posteriores. Los destellos de verdad religiosa que se hallan en la literatura de todas las naciones proceden del mismo origen.

La actitud moderna hacia las religiones no cristianas concuerda con las enseñanzas de Swedenborg, que los teólogos contemporáneos de éste tildaron de altamente herética. Swedenborg afirmó que la Iglesia de Dios existe no sólo entre las naciones que poseen la Biblia, sino entre las personas buenas de todas las religiones; que la posesión de la Palabra no implica la superioridad de los cristianos sobre otros individuos. Los descubrimientos alcanzados por los críticos de la Biblia no preocupan al estudiante de Swedenborg, convencido como está de que los críticos siguen un procedimiento equivocado. Como buscan en la Biblia lo que ésta no contiene, de ninguna manera pueden hallarlo. Tan absurdo es aplicar a la Palabra los cánones de la crítica histórica y verbal como lo sería aplicarlos a la parábola del Hijo Pródigo. La verdad fundamental de la Biblia no depende de su exactitud histórica, sino de su capacidad para cumplir la sublime función espiritual que es su razón de ser. Sus profundidades, su contenido oculto, necesarios para esa función, sólo pueden descubrirse mediante métodos apropiados al estudio de esa clase de verdad.

Swedenborg nos ofrece la solución. La Palabra, dice, lleva la evidencia de su origen divino en el estilo mismo de su redacción y en las verdades espirituales que de ella se desprenden cuando comprendemos su función, su método de revelación y los procedimientos por medio de los cuales ha de ser interpretada. Es obvio que sólo evidencias de esta índole pueden resolver las dificultades que tanto nos confunden.


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