La Mente Compleja

EL CONSENTIMIENTO y cooperación del hombre son necesarios para su regeneración o preparación para el cielo, ya que consiste en la formación en él de nuevos afectos, y esto es imposible, a menos que se eliminen las viejas inclinaciones que constituyen su vida misma. Si ha de conservar su personalidad es imposible realizar tal desplazamiento sin su propio consentimiento. Es obvio que bajo estas condiciones aun el amor y la sabiduría omnipotentes han de confrontar limitaciones comparables a las que estorban la obra de un educador humano. Como no vale la coacción, habrá que recurrir a la persuasión. Para ello se ordenarán las circunstancias espirituales y naturales que lo expongan a las influencias más favorables, de cuya elección depende su eterno bienestar. Como cada individuo es único, estas influencias no serán exactamente las mismas en dos casos separados. Sólo podemos obtener una idea general de su índole, pero aun así hemos de tener algún conocimiento acerca de la constitución de la mente humana, que forma el escenario donde opera la Divina Providencia.

Una exposición completa de la psicología que encierran las enseñanzas de Swedenborg requeriría una disertación separada. Ya se ha mencionado algo sobre este tema al referirnos a la doctrina de los grados discretos, mas para comprensión habrá que agregar otros detalles. Presentemos sencillamente la médula de su enseñanza, sin pretender justificarla. Su aceptación dependerá mayormente del juicio que formemos sobre sus experiencias en el mundo espiritual y de la credibilidad de la información que derivemos de ellas, pues tratan de hechos que están en gran parte más allá de la observación ordinaria.

Uno de los fundamentos principales de toda la enseñanza de Swedenborg es la afirmación de que la mente del hombre es el mismo cuerpo que sobrevive a la muerte física y entra en el mundo espiritual. Este cuerpo espiritual es un organismo sumamente complejo, compuesto de cinco grados distintos de sustancia espiritual organizada, cada uno de los cuales es capaz de tomar la forma de una mente completa que posee voluntad, entendimiento y la consiguiente actividad que le es peculiar. (En esta enumeración la mente natural ha sido considerada como un solo grado, aunque realmente contiene tres.) Cada grado, sin embargo, conserva una unión orgánica indisoluble y funcional con los próximos grados contiguos, por encima o por debajo de él. Los grados superiores o más interiores, pueden actuar sobre los exteriores, y, por tanto, afectarlos, pero los inferiores no pueden operar sobre los superiores, aunque sí afectar su actividad. La mejor ilustración que brinda el mundo físico de estos grados distintos, pero íntimamente asociados, son los sistemas nervioso, vascular, muscular y óseo del cuerpo humano. Cada uno de éstos, sacado del cuerpo, representaría de manera más o menos perfecta la forma humana. Cada uno desempeña funciones distintas, pero homogéneas, todas indispensables para la actividad y el mantenimiento del conjunto.

De estos grados, el inferior es la mente «natural», de la que el hombre tiene conciencia durante su vida en la tierra. Por tanto, es mediante ella que ha de lograrse su cooperación con los propósitos de la Divina Providencia. Sobre, o dentro de este grado, se halla el primero de la mente «espiritual». Sobre éste se halla el segundo, y más arriba aún, el tercero. El tercero es el grado más elevado o interno, que puede ser el asiento de la conciencia aun en la otra vida. Por encima de éste existe uno aún más íntimo y supremo, que es la morada secreta de Dios en el hombre, por vía de la cual descienden las influencias divinas directamente a los estratos inferiores de su mente.

Cada uno de estos grados, salvo el más elevado, puede llegar a ser el asiento de la consciencia. Pero la conciencia de un grado significa la inconsciencia de todos los otros. El ínfimo, o grado natural, es, como ya se ha dicho, el asiento de la consciencia durante la vida terrenal del hombre; mas como este grado está impregnado de ideas sobre el espacio y el tiempo, aunque él mismo no está sujeto a estas condiciones, no es capaz de entrar en el cielo. Para esta entrada son imprescindibles la organización y actividad de uno u otro de los grados superiores. Estos existen en toda alma desde su nacimiento, pero en forma rudimentaria. Cada uno posee la facultad de desarrollar una plena humanidad de su propio orden. Su desarrollo depende del uso que haga de los poderes naturales de que es consciente, y a los cuales, por tanto, está restringida su actividad voluntaria. Esta actividad, en cuanto contribuye al desarrollo de sus facultades espirituales superiores, consiste en un esfuerzo denodado por regir su vida de acuerdo con los principios que concibe como verdaderos. De tal esfuerzo depende el desarrollo de uno u otro de los grados superiores de su mente. Esto es obra de la Divina Providencia, pero es lo que el individuo haga en su mente natural que lo hace posible.

Cada uno de los grados superiores se caracteriza por un amor especial y sus verdades correspondientes. En cada grado existe una variedad ilimitada, tanto de los afectos como de las verdades con ellos asociadas. Esta diversidad, empero, sólo fortalece la semejanza y definición de rasgos fundamentales del afecto dominante en cada grado. Por consiguiente, no impide la formación de un cielo perfectamente separado de los otros y constituido por los individuos dominados por afectos semejantes. El amor característico del primer grado de la mente espiritual es el amor a la obediencia. Los sujetos en que predomina este amor durante su vida no han estado ávidos de recibir instrucción acerca de las cosas espirituales, aunque éstas no les haya inspirado aversión. Han tratado de apartarse de lo que han conceptuado el mal y de obrar el bien, de modo que en ellos se ha formado una conciencia genuina. El amor dominante del segundo grado es el amor a la verdad; no sólo la inclinación a hablar de ella o pensar en ella, sino a obedecerla. En los sujetos del reino de este amor se forma una conciencia de orden superior, y, por consiguiente, entran en el segundo cielo. El amor característico del tercer grado es el del bien por el bien mismo, al cual toda verdad queda sencillamente subordinada. Aquellos en cuyo espíritu este amor ha alcanzado predominio han pasado por los estados de conciencia propios de los grados inferiores, los han dejado atrás, y entran en el tercer cielo, o sea el más interior, que Swedenborg llama el celestial.

Aunque cada grado de la mente espiritual se caracteriza por un amor específico, todos estos amores pueden manifestarse en la mente natural. Pero en este grado asumen necesariamente un aspecto inferior. Aun la persona que tiene desarrollados estos amores no se da cuenta, durante su vida material, de la capacidad de perfección que tienen sus grados superiores, porque entonces su conciencia reside en el grado natural de su mente. Este,  sin  embargo,  puede modificarse,  y se modifica profundamente por la influencia de los grados superiores. En realidad, sólo ellos pueden afectarlo radicalmente.

Como se ve, esta doctrina implica la existencia en cada ser humano de varios estados de humanidad de distintas posibilidades, cada cual dotado de su propia y particular forma de afecto, intelecto y acción resultante. Este concepto, aunque poco común, no debe presentar dificultad alguna para los que comprenden que la misma mente natural tiene al menos dos aspectos: un elemento que es puramente animal y otro que es específicamente humano, y que las funciones y la constitución orgánica de los dos son distintas e inconmensurables. Si existen en la mente grados de los cuales estamos conscientes, ¿por qué no ha de haber otros de los cuales no nos percatamos al presente?

Los grados espirituales de la mente se desarrollan según el empeño de cada uno de nosotros en obedecer fielmente a la verdad que conoce. No hay desarrollo de grado superior sino mediante el desarrollo del precedente inferior. El amor a la obediencia, el amor a obedecer la verdad y el amor al bien por el bien mismo han de desarrollarse sucesivamente. Durante este proceso hay una acción y reacción constantes entre los grados superiores e inferiores. Todo esfuerzo sincero de la mente natural por el bien hace posible un desarrollo en los grados superiores. Esto a su vez abre el camino a influencias más poderosas de un grado superior a uno inferior, tendentes a descubrir en éste las tendencias malas y someterlas. Esto sucede continua y progresivamente desde el principio hasta el fin de la vida.

Mas si la persona no se esfuerza por ordenar su mente natural por medio de sus vislumbres de la verdad, se verifica un proceso precisamente contrario. Primero, se afianza en su mal hereditario mediante el simple descuido de las verdades que le podían indicar la naturaleza de ese mal. Pasa a un estado exactamente contrario al sencillo bien que caracteriza el primer cielo. No es al principio un estado de desobediencia activa. Simplemente encuentra molestas las trabas de la religión, y las aparta en todo lo posible de sus pensamientos. Quizá no niegue todavía las verdades fundamentales de la religión, pero se resiste a prestarles seria atención. Más tarde, piensa, ya habrá tiempo para eso. Es más bien un estado de pereza espiritual que un amor decidido a la falsedad o el mal. Simplemente deja correr las cosas.

Pero si no se arrepiente, una nueva caída le amenaza. Los males que consiente le sugieren falsedades que parecen justificarlos o excusarlos. Acaricia estas falsedades y urde con ellas un sistema, poniendo en juego todo su ingenio, a fin de hacerlas parecer razonables. Practica lo que se predica a sí mismo, hasta que gradualmente se deja penetrar por el amor a la falsedad, que conduce al mal. Es lo contrario del amor del segundo cielo.

Un nuevo deslizamiento espera al viajero en este declive: puede llegar a dominarlo el amor al mal por el mal mismo, que es el extremo opuesto al amor del cielo superior. Hace del mal su bien, y del bien, su mal. Ya no se limita a oponerse a la verdad espiritual, sino que la aborrece.

Es importante formarnos una idea clara de estos grados mentales, tanto reales como en potencia, y de sus relaciones recíprocas, pues sin ella casi todo lo que nos enseña Swedenborg acerca de los tres cielos y los tres infiernos será casi ininteligible. Tal vez una ilustración como de cuento de hadas ayudará nuestra imaginación.

Supongamos que durante su vida mortal el hombre habita una casa mágica de la cual solamente ocupa la planta baja. En la medida que se dedica a ordenar, limpiar y embellecer las habitaciones, una potencia invisible, sin él saberlo, construye y prepara para su ocupación eventual una, dos o tres plantas superiores. A su muerte abandona la planta baja, que ya no ve más, y sube a la planta superior que halle más cómoda y habitable. Allí encuentra reproducido todo lo que ha creado abajo, pero con una perfección que supera infinitamente todo lo que hubiese podido lograr por esfuerzo propio. Esta es su «casa no hecha por manos humanas, eterna en los cielos». Pero la planta baja, aunque ya no la vea más, existe todavía y es la base de toda la estructura superior. En este sentido, y en ningún otro, nuestras obras nos acompañan.

Lo anterior ejemplifica lo que pasa cuando una persona se empeña en gobernar sus poderes naturales de acuerdo con las verdades que conoce. Supongamos, por otra parte, que nuestro protagonista no se afana por el embellecimiento de su planta baja, sino, por el contrario, la deja caer en un estado de descuido, desorden y decadencia. En tal caso la misma potencia invisible excava uno, dos o tres subsuelos, uno debajo del otro. Allí se reproducen su negligencia y desorden en formas que le sería imposible imaginar. A su muerte, este hombre desciende a uno de estos subsuelos, el más alto en que pueda acomodarse.

Acaso parezca que este ejemplo falla por atribuir a la misma mano invisible la obra de los subsuelos tanto como la de los pisos superiores, pero no es así. El Señor gobierna los detalles más minuciosos de los infiernos tanto como de los cielos, no porque El desee que nadie descienda a aquéllos, sino porque los estados de las almas perversas son tales, que sólo el temor del infierno es capaz de inducirlos a someterse a las leyes de orden externo.

La condición final de cada ser humano —ya sea el ángel más excelso o el peor de los diablos— depende de su capacidad para soportar la proximidad del Señor. Los ángeles del cielo más elevado no pueden soportar el ardor y resplandor sin velos del amor y la sabiduría divinos. Aun ellos necesitan la protección de un velo que tamice la luz y el calor divinos hasta un grado soportable. Si un ángel de un cielo inferior fuera trasladado a uno superior, no lograría percibir sus delicias y se sentiría incómodo porque la radiación de amor y sabiduría excedería su capacidad receptiva. ¿Qué no sucedería entonces a los sumergidos en el amor al mal si no fuese por la protección de una envoltura aún más densa? Sufrirían un tormento continuo, sin alivio posible.

La mente natural del hombre no está, ni ha estado desde hace siglos, en la condición dispuesta por el Creador, y a la que llegó mediante el proceso de educación espiritual, que en el sentido espiritual nos relata el primer capítulo del Génesis. Aun entonces contenía en potencia un elemento adverso a Dios. Poseía ese sentido de vida independiente que es indispensable para la existencia del hombre como ser racional capaz de entregarse a Dios. Pero el abuso de ese sentido fue la fuente de todo mal. Este factor, que Swedenborg llama el proprium del hombre —lo que es suyo propio, su esencia—, no estaba entonces saturado de tendencias hacia el mal como está ahora. Estas tendencias proceden de la larga declinación espiritual que fue la caída del hombre. Comenzando por atribuirse a sí mismo la bondad y la verdad que poseía, este primer apartamiento del orden divino lo llevó progresivamente a otras formas más groseras del mal y, finalmente, a la completa destrucción de la religión genuina. Las maldades del hombre, que sus afectos originan y su juicio ratifica, pasan a sus descendientes como tendencias a incurrir en maldades y falsedades parecidas, de las cuales éstos no son responsables y por las que no están sujetos a castigo en el más allá. Pero cada uno es responsable de la actitud que deliberadamente adopta hacia esos males en cuanto los reconoce como tales; es decir, alentándolos o resistiéndolos. La transmisión de las cualidades hereditarias también hace posible la transmisión de los adelantos espirituales de una generación a sus descendientes, en forma de disposiciones heredadas hacia el bien. De esta manera están capacitados para emprender la lucha espiritual en un nivel superior y llevar la victoria a nuevas provincias, del mismo modo que las laboriosas investigaciones de los científicos habilitan a otros para comenzar a indagar dónde terminaron sus predecesores. Esta es la utilidad fundamental y divina de la herencia. Pero necesariamente incluye la transmisión de las malas tendencias tanto como de las buenas.

Como, por lo general, la historia espiritual de la Humanidad ha ido desde hace siglos pendiente abajo, la mente natural está tan saturada de tendencias egotistas y mundanas que puede decirse que no es en sí más que el mal. Tal es el «cuerpo de la muerte» del que el hombre tiene que librarse para llegar a ser morador del cielo.

Si no hubiese en la mente natural nada que hiciera contrapeso a ese conglomerado de tendencias al mal, su estado sería desesperado. Pero toda persona está provista de tal contrapeso. En el origen mismo de cada ser humano se le implanta el embrión de esa nueva naturaleza hecha a semejanza de Dios, que más tarde podrá aprovechar para resistir y vencer los males a que por naturaleza está propenso. Tiernos gérmenes de bien son nutridos por el inocente amor a sus padres, maestros y compañeros que caracteriza al niño. Son éstos los que capacitan al niño bien criado a aceptar, a su manera infantil, las verdades de la vida individual, social y aun religiosa que se le inculcan. Así forma una conciencia rudimentaria  e inmatura.

Durante la vida adulta el libre albedrío está colocado, por así decirlo, entre las fuerzas contrarias del bien y el mal para elegir a cuál servir. La función de la Divina Providencia es ayudar a elegir el bien, pero en ningún caso obligar a hacerlo, porque obrar así sería anular la humanidad esencial y frustrar el propósito para el cual fue creado el hombre. Cuando el ser humano rechaza los males porque los ve en sí mismos como pecados, está haciendo la parte que le corresponde. El Señor puede entonces hacer la suya, que es desarrollar a plenitud ese germen de verdadera humanidad que está en el hombre desde su nacimiento. Esto lo realiza sojuzgando sus inclinaciones al mal y alentando los afectos al bien, llevando los grados internos de su mente a la mayor perfección que permita el estado de su mente natural. Todo es obra completamente divina. El hombre no participa en ella sino para proveer las condiciones que la hagan posible.

La esfera de acción de la Divina Providencia queda, por consiguiente, de manifiesto: consiste en inducir al hombre por todos los medios posibles a elegir correctamente entre las dos influencias encontradas que reconoce existir en su mente, una de las cuales lo incita a preferir la bondad y las verdades que la iluminan y dirigen, y otra que lo induce a favorecer el amor propio y sus racionalizaciones. Veamos ahora cómo el permitir el mal es en manos de la Divina Providencia un medio para ayudar al hombre a hacer la elección correcta.

Es preciso advertir que las posibilidades que dependen de las elecciones del hombre son infinitas. No se trata solamente de entrar en el cielo o en el infierno, sino de lo que él mismo es cuando entra en su cielo o su infierno particulares. En cualquiera de los tres cielos puede entrar con una relativa mayor o menor capacidad para los usos, y, por consiguiente, las bienaventuranzas características de ese cielo. De igual manera puede entrar en cualquiera de los tres infiernos poseído de un amor relativamente profundo o superficial a su mal. Toda experiencia, pues, capaz de conducir a un alma al cielo o a un cielo superior, o que la refrena de precipitarse en un infierno más bajo, es resultado de la buena dirección y propósito de la Providencia de Dios.


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