La Palabra

LA AFIRMACIÓN de Swedenborg de que la Biblia contiene de principio a fin un significado espiritual, o, mejor dicho, una serie de significados discretos, puede parecer improbable a quien no acepte como verdaderos los descubrimientos que hizo en el mundo espiritual acerca del propósito de la Creación. Si no existiera un mundo espiritual, no habría ciertamente necesidad de darle un sentido espiritual a la Palabra, puesto que en ese caso no existiría el cielo. Ese sentido contiene las verdades del cielo. Existe porque la Palabra no solamente está destinada a los habitantes de la tierra, sino asimismo a los del cielo. Sus significados superiores existen especialmente para los ángeles, pues aquéllos se adaptan al modo de pensar de éstos, que nosotros sólo podemos captar vagamente. El contenido interno de la Palabra es valioso para nosotros mayormente porque mediante él podemos convencernos de que es realmente divina, y sentirnos, por tanto, animados a acatar fielmente sus preceptos.

Swedenborg atribuyó a la Palabra una función más elevada que la que jamás antes se le había concedido: la de ser el medio de comunicación y de unión entre el Señor, los ángeles de los distintos cielos y los habitantes del mundo. La Palabra transmite a la Humanidad la vida espiritual.

Desde este punto de vista, constituye una nueva perspectiva, desde la cual todas nuestras normas comunes de juicio resultan completamente fuera de lugar. El único criterio es la idoneidad que tiene la Palabra para desempeñar esa sublime función en la economía del universo espiritual. De esto no podemos aprender nada por nosotros mismos; de manera que hemos de contentarnos con dejarnos enseñar. Pero aun con respecto a las cosas supremas existen dos modos de aprender. Uno consiste en aceptar ingenuamente lo que alguna autoridad que juzgamos competente para guiarnos nos asegura ser verdad, aunque podamos o no apreciar su veracidad. El otro consiste en examinar cuidadosamente lo que se nos enseña, a fin de descubrir si es verdad. Este último es el tipo de enseñanza que recomienda Swedenborg. Si bien nos brinda la exposición más precisa y detallada que jamás haya sido formulada de las doctrinas cristianas —no como expresión de su opinión particular, sino como relato de hechos revelados por Dios—, Swedenborg jamás exige que la aceptemos, no siendo por habernos percatado de su verdad. Jamás dice: «Esto es verdad y, por tanto, debéis creerlo», sino: «Esto es verdad. Comprobadlo por vosotros mismos. Si queréis, podréis.»

La Palabra tiene su origen en la misma Verdad Divina, tal como existe en Dios. Dios es el amor y la sabiduría divinos que unidos producen el bien infinito, o la utilidad. La Verdad Divina en Dios corresponde al entendimiento en el hombre, mediante el cual sus impulsos afectivos se dirigen a propósitos definidos- Es el mismo molde de Dios, que él utiliza para encauzar todas las fuerzas de su amor. Esta es la Palabra, o el Verbo, que «en el principio era con Dios y era Dios», y por el cual todas las cosas han sido creadas y se sostienen eternamente.

Pero en esta forma divina la verdad es totalmente impenetrable para la mente finita. Si permaneciera oculta en las profundidades de la naturaleza divina, sería impotente para realizar el propósito de la Creación, que es nuestra preparación para una vida eterna en los cielos mediante una vida de sumisión voluntaria al orden divino durante nuestra vida en la tierra. Todo orden emana de la verdad. Empero, cualquier verdad que trascienda las facultades del pensamiento humano no alcanza a penetrar la mente consciente del hombre. No puede servir de instrumento para guiar su voluntad y, por tanto, no puede contribuir en nada a su cooperación en la obra de la salvación. La Verdad Divina está presente constantemente en toda la esfera de la Creación. Siendo divina, es omnipresente e indivisible y es el principio universal de orden. Pero mientras el hombre carezca de la facultad mental adecuada para su recepción, continúa tan ajeno a sus influencias como si no existiera. Para hallar morada en la mente finita, la verdad desciende desde la infinitud inasequible e inimaginable de la naturaleza divina mediante los mismos grados discretos de la sustancia descrita en el capítulo XII. Estos constituyen pasos sucesivos en el orden de la Creación; es decir, la verdad asume sucesivamente formas inferiores de manifestación, adaptadas a la comprensión de seres de distinto grado de inteligencia espiritual. Cada forma inferior proviene de la próxima superior y, por tanto, la representa. Es celestial en el cielo más alto, espiritual en el cielo medio o espiritual, y natural-espiritual en el más bajo. Sobre la tierra se presenta en la Palabra escrita que tenemos en la Biblia.

La comprensión humana de la verdad divina sigue un orden inverso. Al principio es natural, después espiritual y al fin celestial. La capacidad de la mente humana para ascender por estos grados de entendimiento de la Palabra se debe a que está formada de sustancias espirituales de estos mismos grados en su orden. El hombre no tiene poder alguno para afectar directamente los procesos que se realizan en las esferas mentales espirituales interiores al grado natural, pues ignora totalmente su existencia. En ellos obra solamente la Divina Providencia, pero lo hace enteramente de acuerdo con los estados de la mente natural de que el hombre tiene consciencia y que está por tanto bajo su control. Aunque después de la muerte la mente natural queda en reposo, sigue siendo el asiento de todas sus facultades espirituales, y es imposible elegir sobre la misma una estructura de la mente interior que no sea compatible con ella. De otro modo, el hombre jamás podría llegar a ser una unidad completa, y su mente sería el escenario de un conflicto perpetuo entre impulsos en pugna.

Estos procesos mentales internos, aunque subconscientes, no son menos perfectos que los que tienen lugar en la esfera de lo consciente. En realidad son incomparablemente más perfectos, porque son más interiores. Swedenborg afirma que el hombre bueno que lee piadosamente la Palabra, aunque ignore completamente su significado espiritual, en su mente interior piensa realmente de acuerdo con aquel sentido. Después de su muerte logra espontáneamente, por así decirlo, entender su significado espiritual, debido a que su consciencia se mueve entonces en un rango mental superior.

En efecto, en la medida en que de acuerdo con las verdades de la Palabra un ser viviente rehúye los males como pecados contra Dios, el Señor va formando dentro de él, sin que el individuo lo sepa, una mente interior dotada de formas orgánicas capacitadas para percibir las verdades que le sean útiles. Esta mente recibe entonces sin esfuerzo la verdad divina adaptada a ella. La aceptación de la verdad meramente intelectual no asegura este resultado. Lo que importa es la vida, y sólo la vida.

Escrita en su totalidad mediante correspondencias, la Palabra  otorga  estas  verdades,   sucesivamente más elevadas e íntimas, a las mentes capacitadas para comprenderlas. Las correspondencias son símbolos derivados de la Naturaleza, cuyo significado puede ampliarse indefinidamente en la medida en que la mente es capaz de discernir su significado. Todo objeto natural es producto y expresión de una causa espiritual y, por tanto, la representa. Si estuviéramos facultados para percibir los grados de la sustancia por vía de los cuales operan las causas, veríamos que éstas ascienden por fin a lo divino; de ahí su capacidad para una indefinida expansión de su significado. Los símbolos bíblicos no son sencillamente objetos animados e inanimados de la Naturaleza, como el Sol, la Luna y las estrellas, los animales, las plantas y los minerales; incluyen también al hombre mismo y los órganos de su cuerpo físico, así como a grupos de individuos, como tribus, naciones y familias, y sus actos.

Las cosas inanimadas y carentes de inteligencia se asemejan a nuestras emociones. ¡Cuántas veces decimos que nos «fastidia» una idea! Todos sabemos lo que es debatir mentalmente un asunto, escuchar con el oído mental razones opuestas que parecen expresarse involuntariamente. La mente se asemeja a un escenario donde muchos actores desempeñan sucesivamente su papel; a veces el héroe asume el papel principal, y a veces lo asume el villano. Nuestras posesiones se comportan como personas porque nos llegan de seres personales con los cuales estamos asociados. Son efectivamente sus pasiones, expresadas en el grado inferior de la mente donde reside nuestro consciente. La correspondencia o representación depende finalmente de este hecho: la Creación procede de un Dios divinamente humano, cuyas obras llevan la huella cierta de la Humanidad.

Los poetas han echado mano a esta verdad y la han incorporado en sus imágenes. Es innegable lo apropiado de la comparación que hace Shakespeare en el memorable soliloquio del rey Juan, cuando, angustiado por las desastrosas consecuencias que le acarrearía el supuesto asesinato de Arturo, exclama:

Mis nobles me abandonan. Ponen sitio

legiones extranjeras a mis puertas.

El cuerpo mismo de esta opima tierra,

en que la sangre y el aliento bullen,

se ve en tumulto y en civil contienda.

Reina hostilidad entre mi conciencia

y la alevosa muerte de mi primo.

Se ha supuesto a veces que el sistema de exégesis de Swedenborg es arbitrario y acomodaticio, que sirve para extraer de cualquier texto la doctrina que mejor nos acomode; pero no es así. En primer lugar, él no descarta ni desprecia el sentido literal de las Escrituras. Al contrario, en sus obras doctrinales, y a diferencia de sus obras expositivas, apela casi siempre al significado literal de la Palabra en toda su plenitud, santidad y poder. Sin embargo, su método de interpretar las afirmaciones literales de las Escrituras no es menos notable que el contenido espiritual que descubre en ellas. Swedenborg no basa su enseñanza solamente en el Nuevo Testamento y menos aún sobre las Epístolas que han sido consideradas el máximo arsenal de la doctrina cristiana, sino en toda la Palabra divina de principio a fin. Si es la Palabra de Dios, ha de ser consistente consigo misma en su totalidad. Evidentemente no lo es en su apariencia superficial. La letra de las Escrituras está repleta de anomalías, y su explicación requiere una nueva interpretación que demuestre por qué existen estas anomalías, cómo deben entenderse y cuál es su finalidad. De aquí la afirmación de Swedenborg de que «sin doctrina (sin instrucción) no se puede entender la Palabra».

El sentido espiritual de la Palabra, que él también expone, se descubre mediante la aplicación de principios interpretativos definidos fundados en las correspondencias a que se ha hecho referencia y, por consiguiente, en las leyes de la Creación; es decir, en la naturaleza misma de las cosas. La aplicación de estos principios descubre un contenido interno en cada porción de la Palabra desde el Génesis hasta el Apocalipsis, de lo cual trataremos en el capítulo XXV.

Tal es, en resumen, la doctrina de Swedenborg sobre la Palabra. En el capítulo siguiente nos referiremos más detalladamente a lo que él dice en relación a la letra.


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