La Regeneración

LAS CUALIDADES descritas en el capítulo precedente como los elementos esenciales de la religión no son evidentemente las que uno posee por naturaleza o desee poseer. Al contrario, son antagónicas a nuestras tendencias instintivas. Es verdad que cualquiera que piensa siquiera en Dios lo concibe antropomórficamente y le atribuye las cualidades que conoce en sí y en el prójimo, aunque en un grado de perfección trascendente. Sin embargo, esta idea es variable y endeble cuando se le concibe por la primera vez. Dista mucho de ser ese sentido constante de la presencia divina que ilumina la mente angelical y es el sol en su cielo. Al principio la idea de Dios se atesora en la memoria junto con otros conocimientos. Se evoca únicamente cuando así lo requieren los pensamientos que en ese momento ocupan la mente. Durante los primeros años de la vida, y a menudo años después, ejerce por lo regular poco o ningún gobierno sobre nuestros pensamientos, intenciones y comportamiento. Aún menos constituye la fuerza dominante de todo nuestro ser.

Todo el mundo experimenta placer al hacer bien a quien ama. Tampoco le es difícil hacerlo para alcanzar aplausos, o para halagar su propia estimación, o para asegurarse beneficios en este o en el otro mundo. Pero no experimenta placer en obrar bien por otros motivos que los antes citados, todos los cuales están relacionados directa o indirectamente con el amor propio.

El amor al saber tiene profundas raíces en la naturaleza humana. La clase de conocimientos que una persona adquiere gustosamente está determinada por sus motivos y aficiones. Es posible tener un gusto natural o adquirido por las prácticas religiosas y asimismo por la verdad religiosa, aunque este gusto sea esencialmente mundano. Pero no es natural convertir las verdades que uno conoce en una regla de la vida cotidiana. Por el contrario, la tendencia natural es darse por satisfecho con creer la verdad y despreocuparse de practicarla.

La inocencia, tal como la describe Swedenborg, no es atractiva para una persona que no está en estado de regeneración. A esta persona le agrada manejarse por sí misma; no tiene el menor deseo de dejarse conducir en ningún momento por Dios. Ni siquiera tiene idea de que sea posible tal gobierno. Aprecia sus virtudes porque las considera como propias. La idea de que debe librarse de toda complacencia en su propia bondad parece asestar un golpe a las raíces mismas de su ser. La noción de que la verdadera felicidad consiste en dejarse conducir por Dios en todos sus afectos, pensamientos y actos, a su juicio, lo convierte en un autómata.

Por tanto, si estas cualidades constituyen el cielo y si el cielo ha de estar dentro de él para que el individuo pueda entrar en el cielo, está claro que la vida religiosa implica una completa revolución mental. La persona dotada de una buena disposición heredada y que disfruta de un ambiente favorable necesita esta revolución tanto como la necesita aquel cuyas tendencias heredadas son malas y además ha sido envilecido por los malos ejemplos y enseñanzas. El estado espiritual de aquél también está cimentado en el amor propio, que como motivo dominante es opuesto al amor de Dios y del prójimo, que constituye la esencia de la vida religiosa.

Una vez captada perfectamente la idea de que se requiere un cambio radical en la naturaleza de cada uno antes de que la verdadera vida religiosa pueda manifestarse en él, se comprenderán fácilmente ciertos corolarios.

El proceso ha de ser gradual. No es de esperar que nadie pase en un día o en un año de un estado casi totalmente dominado por el amor propio a uno casi completamente libre de su influencia. Si fuere posible efectuarlo repentinamente, ello equivaldría a la destrucción de un ser y la creación de otro. No existiría continuidad en el proceso y el individuo perdería su identidad. El verdadero cambio es tan imperceptible como el que elimina y reemplaza los elementos del cuerpo físico. Aun cuando parezca súbito, es el resultado de procesos de metamorfosis mental que han venido ocurriendo desde la niñez. La conversión es efectivamente un hecho de importancia trascendental. Significa que una persona, más o menos consciente y deliberadamente, ha cambiado de dirección, y en lugar de seguir el camino del amor propio ha elegido otro rumbo. Si este viraje o cambio de opinión no se efectúa, no hay regeneración. Pero  este viraje en sí no  es regeneración,  aunque conduce a ella si el nuevo rumbo se sigue fielmente hasta el fin de la vida.

Puesto que el hombre tiene que cooperar con Dios durante el proceso de regeneración y no puede obrar sino con la capacidad que en realidad posea, debe estar influido por los motivos que lo afectan. La prueba suprema no será siempre lo relativamente mejor, o lo mejor para él. Los motivos superiores no surten efecto durante las primeras etapas de su recorrido espiritual; en esta etapa sólo surten efecto los motivos adaptados a su propio estado imperfecto. El sentido del mérito propio es la última cualidad que se desarraiga de la mente que trata de regenerarse. Sin embargo, este sentimiento es el primer peón en la causa. Si fuese suprimido violenta y prematuramente, la mente quedaría inerte. Esta verdad es patente en el caso de los niños, cuyo afán de merecer la aprobación es uno de los factores que más los mueven. Si se prolonga demasiado, este amor se convierte en abuso. Por eso, a medida que progresa en la vida adulta, ha de ser sustituido por un sentido del deber. Pero aun este último será mayormente egoísta en los comienzos. Todos nosotros tenemos que realizar de tiempo en tiempo sustituciones semejantes; es decir, de ciertos motivos por otros más puros. Todos somos niños grandes que aprendemos nuestras lecciones a lo largo de la vida; no debemos cerrar los libros hasta no haber aprendido sus lecciones. Todo lo que hayamos alcanzado debe ser un paso hacia nuevos progresos.

Si una persona percibiera la transformación total que implica la regeneración, es decir, si viese todos los viles afectos latentes en su ser que habría que eliminar, quedaría anonadada por la magnitud y aparente imposibilidad de la tarea. La Divina Providencia, por consiguiente, le oculta misteriosamente todos aquellos males que el individuo no necesita conocer, a fin de cumplir sus deberes inmediatos. La vida religiosa alborea normalmente en la mente humana cuando el hombre resuelve superar alguna tendencia que reconoce como malsana. Probablemente ha imaginado muchas veces que si realmente se propusiera vencerla, lo lograría sin gran dificultad. Pero cuando pone manos a la obra descubre que ha menospreciado el poder del adversario. La lucha que esperaba que fuese breve, aunque acerba, resulta cuestión de vida o muerte. Se renueva en diversas formas y parece que jamás fuera a terminar. Aprende algo de esa penosísima pero muy saludable lección: que nadie puede resistir a la tentación por sus propias fuerzas.

Al mismo tiempo se ensancha su horizonte. Su atención ya no se concentra en librarse de una sola falta, sino de las muchas otras que comienza a percibir en su carácter. Esto continuará toda la vida, en tanto siga atentamente las frecuentes amonestaciones de su conciencia. A medida que caen de sus ojos las vendas del amor propio aprende a conocerse mejor. A medida que avanza en la vida regenerada alcanza una conciencia más clara, no de su liberación del pecado, sino del arraigo de sus malas tendencias. Las cualidades que antes consideraba virtudes, ahora le parecen pecados; no necesariamente porque los actos que ellas sugerían fuesen malos en sí —pudieran incluso haber sido buenos—, sino por la intención con que los realizaba.

De estos medios se vale la Divina Providencia para guiar a quien desee ser guiado. Lo invisible de la meta final, lo tortuoso e incógnito de los caminos que a ella conducen y la perspectiva finita del viajero ponen de relieve la impotencia del hombre para lograr su propia regeneración.

Sin embargo, hay algo que tiene que hacer, algo sin lo cual jamás se llevaría a cabo este proceso. ¿Qué es?

La vida religiosa verdaderamente celestial no es propia del hombre, quien, por consiguiente, no debe atribuírsela como tal, sino como de Dios en él. Sabe que «le ha sido dada por el cielo». Lo que intercepta el recibirla son los afectos desordenados y perversos que él alienta, que por tanto deberán ser desarraigados y reemplazados por afectos de categoría más elevada. Para facilitar la realización de esta obra puramente divina es preciso repudiar como pecados contra Dios los males a que el hombre es propenso. Sólo después de repudiarlos, y no antes, puede obrar el bien, que es verdaderamente bien porque procede de Dios y no de él.

La vida religiosa no se desarrolla en nosotros al evitar los males por otro motivo que no sea el anterior. Los seres muy mundanos evitan el mal porque comprenden que el ceder a él perjudicaría sus intereses, aunque esta actitud no contribuye a desarraigar los afectos que originan los impulsos de pecar; sencillamente suprime su manifestación. Cuando una persona se abstiene de obrar mal solamente por motivos egoístas, todavía acaricia en su corazón los afectos perversos. Los practicaría si no fuese porque comprende que el hacerlo le traería más pérdida que ganancia. Las inclinaciones en sí permanecen latentes. Pero cuando comienza a evitar los males porque son pecados, es decir, a practicar las verdades de la religión en su ser más esencial e íntimo, echa los cimientos sobre los cuales la Divina Providencia levantará una naturaleza celestial y nueva. Esta nueva naturaleza se complace en la bondad y la verdad por sí mismas, lo que gradualmente le permite considerar detestables e infernales los males en que antes se deleitaba. Nadie que rehúya los males como pecados puede dejar de regenerarse y, por tanto, de salvarse, porque así adquiere una verdadera conciencia en lugar de esa otra espúrea —mezcla de orgullo y de preocupación por la propia reputación—, que a menudo pasa por tal.

El único requisito para participar en la vida del cielo es poseer una conciencia genuina. Pero la conciencia puede ser relativamente rudimentaria o poco desarrollada. Nadie debiera conformarse con un conocimiento o práctica superficial de la verdad divina cuando tiene a su alcance algo más perfecto. Mas tiene por fuerza que comenzar por el principio y obedecer los Mandamientos en su sentido sencillo y literal, como deber religioso. De esto dependerá su ilustración y progreso futuros.

Las leyes más sencillas y universales que deben gobernar la vida del cristiano están contenidas en los Diez Mandamientos, los cuales deben ser considerados como la reglamentación de los pensamientos e intenciones tanto como de los actos externos, en espíritu y no solamente en la letra, como nos enseña el Señor mismo (Mateo, 5:28). Puesto que antes de hacer el bien hay que evitar el mal, los Mandamientos que tratan del comportamiento externo se expresan en forma prohibitiva. En su significado simplemente literal no difieren particularmente de los códigos morales impuestos por todas las religiones. Su eficacia para lograr el desarrollo de la vida religiosa depende enteramente de que evitemos los males condenados por esos Mandamientos.

A fin de progresar en la vida religiosa hemos de examinar no solamente nuestros actos, sino también nuestros pensamientos e intenciones, porque en éstos se halla el origen de todos los males. Este examen propio debe ser práctico y específico. Es fácil confesar en términos generales toda clase de males, y no obstante ignorar la existencia de un mal particular. Esta confesión de labios afuera no tiene valor alguno. No podemos resistir nuestras perversidades en general; tenemos que combatirlas una por una a medida que las vamos viendo y reconociendo.

Nunca es fácil resistir nuestras maldades, bien se manifiesten en actos o acechen en lo más recóndito del corazón. Los males provienen de los afectos naturales, y éstos son la persona misma. La religión pone al hombre en guerra contra sí mismo; lo obliga a obedecer las verdades aun en contra de sus propias inclinaciones. Al principio, el Señor no puede entrar en una mente en son de paz, sino espada en mano. Pero esgrime la espada a fin de que sobrevenga la paz duradera al quedar vencidos los afectos desordenados que usurpaban  el mando.

No necesitamos apartarnos de la vida cotidiana para tener la oportunidad de evitar los males como pecados contra Dios. Con demasiada frecuencia se piensa en la religión como en algo separado de ella; como algo de importancia que se añade a diarias actividades del hombre, no como su misma esencia y alma. Sin embargo, si pensamos que nuestra vida sobre la tierra no tiene otro propósito que el de prepararnos para el cielo, no podemos creer que nuestras ocupaciones cotidianas no tengan relación con ese propósito. Al contrario, el trabajo diario de una persona y su vida hogareña forman la esfera de su religión y de su culto a Dios. Todos los incidentes de la vida religiosa, pública y privada, son útiles en la medida que estimulan la costumbre de evitar el mal como pecado contra Dios en las ocupaciones y obligaciones diarias.

Si se acepta este concepto de lo que constituye nuestro deber esencial, fácil será disipar ciertos errores que han arrojado» oscuridad sobre este tema.

La religión no consiste en pensar constantemente en Dios. y en la vida eterna. Podemos pensar demasiado, inclusive en cosas tan elevados como éstas, y absorbernos a tal punto en la meditación que no logremos hacer otra cosa. Cuando estamos ocupados en nuestro trabajo, es preciso estar en el trabajo y solamente en el trabajo; de lo contrario no lo haremos bien. El trabajo bien hecho, a conciencia, es un acto religioso. Es erróneo suponer que Dios no esté en nuestro pensamiento porque no lo tenemos conscientemente presente. El hombre que ama a su esposa e hijos trabaja todo el día para ellos, pero no está siempre pensando en ellos. Ese amor está latente en su esfuerzo, como su móvil inspirador y secreto. Así sucede también con nuestro pensamiento de Dios mientras nos ocupamos-de los quehaceres diarios. Dios puede estar «en todos sus pensamientos», aunque el hombre no piense en él conscientemente. Pero este pensamiento latente se hará consciente en el momento de verse tentado a hacer algo que la ley divina prohíbe.

El aislarse de las tentaciones y peligros mundanos más bien impide que estimula el desarrollo religioso del alma. El mundo al que hemos de renunciar no puede abandonarse así, «al por mayor». En realidad, sólo tenemos que renunciar a nuestra manera de considerar la vida como propia y disponer de ella como nos plazca y a las cosas del mundo como medios para procurarnos una felicidad sibarita. Esta tendencia puede ser combatida y vencida mediante una vida sana y activa mejor que con el aislamiento. En la reclusión, apartados del trabajo y del contacto amable con nuestros semejantes, estaríamos más expuestos aún a ser dominados por el pensamiento del yo, que acaso no sea menos egoísta porque se ocupe de nuestro destino ultraterreno.

El rumiar sobre los defectos y pecados tampoco promueve el desarrollo de la vida religiosa. Impresos en el carácter del hombre, allí y solamente allí puede éste hacerles frente y desalojarlos. El recordarlos con melancólicos e insistentes reproches de sí mismo no conduce ciertamente a destruir el predominio del mal. A veces surte el efecto contrario, y el mal afianza su poder por medio de la introversión morbosa y el desprecio de sí mismo. El examen de conciencia es necesario para reconocer nuestros males, pero ha de practicarse con el objeto de cobrar nuevas fuerzas para resistirlos cuando reaparezcan.

He aquí, pues, la contribución vital e indispensable que hace el libre albedrío a la obra de la regeneración. Se nos podría fácilmente obligar a obedecer las leyes divinas mediante premios y castigos si el propósito de la Divina Providencia fuera formar un cielo de esclavos o de seres que buscan su propio interés. Nadie puede obligarnos a aceptar la vida religiosa, porque ésta es esencialmente libre. Cuando el individuo se obliga a sí mismo a obedecer una ley que reconoce como justa, aunque todavía no la ame lo suficientemente para obedecerla espontáneamente, es en realidad más libre. Al obrar de este modo echa los cimientos sobre los cuales la Divina Providencia puede prepararle una libertad eterna, mediante las verdades que arraiguen en su naturaleza.


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