La Segunda Venida del Señor y Una Nueva Iglesia

DESDE su fundación, la Iglesia cristiana ha estado aguardando una segunda venida del Señor, que ha de aparecer en gloria. La Iglesia primitiva esperaba verla en su tiempo. A medida que pasaban los siglos disminuía la esperanza, pero de cuando en cuando se animaba para volver a marchitarse. En nuestra época parece haberse perdido de vista prácticamente, como un enigma cuya solución se verá cuando ocurra. Asociada a esta esperanza está la creencia de que la Segunda Venida será la ocasión para un Gran Juicio de todo el género humano, vivos y muertos. A este fin, los muertos se han de ver revestidos de sus cuerpos materiales, el Universo será aniquilado y otro nuevo será creado, y comenzará el reino visible del Señor en la tierra. Es mucho más difícil que una persona inteligente sustente esas ideas hoy día, cuando se reconoce que nuestro planeta es apenas un punto relativamente ínfimo en un Universo ilimitado, de lo que era para los primitivos cristianos, para quienes el Universo era la tierra con sus satélites y esferas. No obstante, la esperanza parece estar justificada por las afirmaciones de las Escrituras, si éstas han de tomarse literalmente.

Swedenborg declara que estas ideas provienen de una mala interpretación de las predicciones que describen la Segunda Venida del Señor; malentendido natural e incluso inevitable, porque no había llegado aún la hora en que fuera posible descubrir la verdadera naturaleza de la Palabra Divina. Los autores apostólicos compartieron el error. Aunque estaban facultados para presentar las verdades cristianas en una forma adaptada a su época, no les estaba revelada la naturaleza de la dispensación siguiente. Esto no formaba parte de la obra a ellos encomendada.

La Segunda Venida fue predicha en lenguaje simbólico y de correspondencias que los cristianos de aquel tiempo entendieron literalmente. Sorprendentemente, los Apóstoles parecen haber interpretado de un modo espiritual, o al menos figurado, profecías semejantes acerca de la Primera Venida del Señor (Hechos, 2:6-21). Su función con relación a la Segunda Venida fue mantener viva en la Iglesia la creencia de que en el futuro tendría lugar otra manifestación del Señor. La índole de la manifestación sólo sería aclarada por el suceso mismo. No sería una reaparición en forma finita y personal delante de los ojos físicos de los hombres, sino una revelación a sus ojos espirituales. Todo lo que se podía realizar por la Encarnación se había realizado ya, una vez por todas, con el Advenimiento del Señor en la carne. La Segunda Venida consistía en una nueva revelación de sí mismo en la Palabra, mediante el descubrimiento de su significación espiritual y la promulgación de su enseñanza tanto en la letra cono en espíritu. Al par con esta revelación habría un nuevo juicio de gran magnitud, no en el mundo natural, sino en el espiritual, que es el lugar apropiado para el juicio, pues únicamente allí es posible descubrir los efectos interiores y esenciales de una persona y determinar por éstos su suerte final. El nuevo cielo y el nuevo mundo que serán creados no tienen nada que ver con el universo natural, que está adaptado perfectamente a las funciones de su creación y nunca será aniquilado. Significan más bien nuevos estados, interno y externo, de la mente humana; lo interno del hombre es su «cielo», y lo externo, su mundo físico, su «tierra».

Estas afirmaciones alarman naturalmente cuando se oyen por primera vez. Es justo pesarlas escrupulosamente, pero no rechazarlas sin examen, sólo porque no concuerdan con nuestras ideas preconcebidas. Es fácil comprender que toda nueva revelación tiene que discrepar de muchas ideas tradicionales. Negarse a examinar una nueva proposición so pretexto de que no puede haber y, por tanto, no habrá nunca una nueva revelación, es menos lógico que rechazar toda revelación afirmando que no existe un Dios del cual pueda proceder.

La primera reacción de muchos individuos frente a la interpretación de Swedenborg acerca de la Segunda Venida es que se destruye por sí misma. La venida personal y visible parece muy real, mientras la espiritual es dudosa, y esto a todas luces es un error. El hecho de mirar a una persona física no nos dice nada acerca de su naturaleza espiritual. Si perforamos el velo físico y logramos discernir algo de su verdadera personalidad, lo hacemos mediante una facultad más sutil que la vista física. Empleamos un sentimiento de simpatía, de intuición, que no se explica lógicamente, pero que, sin embargo, conceptuamos más noble y verdaderamente humano que nuestras sensaciones. ¿Logramos acaso conocer realmente a una persona mediante su mera presencia física? Podemos estar tan lejos de comprender su carácter y sus motivos, que son su verdadero yo, como si se encontrara en las antípodas. Nadie conoce a otro a no ser conociendo la verdad acerca de él. Sin esto, su mera presencia física carece de significado. ¿Cómo puede Dios estar verdaderamente presente en una mente si no es mediante verdades que nos habilitan para comprender algo de su naturaleza y propósitos? Sin tal esclarecimiento, aunque Dios está siempre presente en ella, es como si estuviera ausente. La mente sólo podría formar ideas erróneas acerca de El o ignorar completamente su existencia. ¿No está claro que nos unimos con nuestros semejantes o nos separamos de ellos según las ideas que nos formamos de los mismos? ¿Por qué no ha de ser lo mismo en nuestras relaciones con Dios? Si nuestras ideas de El son falsas, ¿cómo puede estar verdaderamente presente en nuestros pensamientos?

La Primera Venida del Señor, que fue un medio para conducir a la Humanidad a una nueva vida, fue necesariamente una revelación de verdades divinas desconocidas o perdidas. Fue, por tanto, esencialmente una venida espiritual. También fue una obra de redención, mediante el Juicio realizado en el mundo espiritual, el establecimiento del orden en los cielos y en los infiernos y la glorificación de su humanidad. Dios completó esta obra para todo el género humano y por siempre jamás, independientemente de toda humana cooperación. Mas esa liberación en sí no aseguró la salvación de una sola alma. Solamente sirvió para restablecer el libre albedrío humano y, por tanto, facilitar al hombre el logro de su propia salvación, de desearla sinceramente. El único elemento nuevo, que hacía más asequible por parte del hombre la cooperación inteligente, fue la Verdad Divina que el Señor dio a conocer durante su vida en el mundo. Únicamente la verdad comprensible en cierto grado puede guiar los esfuerzos conscientes del hombre. Nadie puede tratar de hacer algo sin saber lo que debe hacer y cómo hacerlo. Si su conocimiento es falso, éste lo hará extraviarse. El Señor enseñó este tipo de verdad sencilla, no solamente con palabras y obras, sino también con su vida. La Humanidad se había apartado tanto de todo verdadero conocimiento de Dios, que no se le podía enseñar sino como a un niño, por los sentidos, mediante una representación gráfica y animada de la Verdad. La misma Verdad Divina se encarnó en una vida humana perfecta para hacerse accesible a las mentalidades sencillas en una forma que hubiera sido imposible por la mera instrucción doctrinal.

En su Primera Venida el Señor reveló estas verdades: que Dios es nuestro Padre celestial, que es el amor inmutable; que El mismo es la manifestación del Padre; que sólo por El es posible llegar al Padre; que la religión consiste en la obediencia voluntaria a los Mandamientos divinos y en una consideración activa y altruista por el bien del prójimo; que el hombre sobrevive a la muerte y se le juzga según sus obras. Estas verdades se olvidan con frecuencia, se oscurecen y pervierten, pero han permanecido indelebles en la Palabra, y por ellas el Señor siempre ha venido a su Iglesia cuando ésta ha querido recibirlo.

Por consiguiente, debiera ser fácil aceptar que la Segunda Venida constituye una nueva revelación, y que ésta nos facilitará una comprensión intelectual de Dios en su Palabra y en su obra más clara de lo que jamás haya sido posible.

Examinemos ahora lo que enseña Swedenborg acerca de lo que él denomina la Primera o Antigua Iglesia Cristiana y su nueva sucesora. El reparo que hacen los cristianos devotos es que esto implica desmerecimiento de la Iglesia, cuyos cimientos echó el Señor mismo, y una arrogante pretensión por parte de Swedenborg de ser el fundador de una Iglesia superior y nueva. Estas ideas provienen de una interpretación completamente errónea. Para corregirla debemos recordar que el término «Iglesia», tal como lo emplea Swedenborg, se compone de hombres y mujeres que aman la bondad y la verdad por sí mismas; es la relación espiritual correspondiente que ellos establecen con el Señor. Esta relación no es visible mientras habitan este mundo. Sólo vemos sus actos y no podemos percibir sus motivos, que son los elementos determinantes de la existencia o la no existencia de la Iglesia en ellos. La verdadera Iglesia, por tanto, es invisible en este mundo; pero en cuanto es verdadera, no perecerá nunca. Es tan indestructible como el Señor mismo del cual depende, quien la sostiene perpetuamente en el cielo y en la tierra. Pero esto no excluye la posibilidad de que el Señor divulgue nuevas verdades apropiadas a las nuevas condiciones del mundo y necesarias para dotar a la Iglesia de conceptos más precisos acerca de El y de su Providencia y, por tanto, de un nivel más elevado de vida espiritual. El mismo dijo: «Aún tengo muchas cosas que deciros, pero no las podéis soportar ahora» (Juan, 16:12). Tampoco excluye la posibilidad de que los miembros de la Iglesia visible perviertan la verdad hasta el grado de hacerla incapaz de realizar la función esencial que es su razón de ser, en cuyo caso sea necesario constituir una nueva Iglesia que responda a esa función. «El reino de Dios os será arrebatado —dijo el Señor a los judíos—, y le será dado a quienes lo hagan fructificar» (Mateo, 21:43).

La verdadera Iglesia espiritual del Señor es indestructible, pero su encarnación humana en la tierra puede desaparecer por dos motivos. Uno, cuando la mera doctrina desaloja a la vida religiosa misma. Cuando perece la caridad, o sea la vida religiosa, inevitablemente perece también la Iglesia, porque la Iglesia no tiene otra función que la de despertar y desarrollar en los hombres la vida de caridad. La pérdida de la caridad conduce al fin a la corrupción total de la doctrina. Los afectos son los únicos poderes sensibles de la mente, y cuando se pervierten, como es inevitable cuando se descuida la vida religiosa, las verdades inevitablemente se falsifican. Una vez que esa falsificación ha contaminado a toda la Iglesia, se le debe poner remedio, porque el hombre no halla salvación en la falsedad.

Otra causa que puede requerir la institución de una nueva Iglesia es que el cuerpo de doctrina encomendado a su cuidado se haya vuelto inadecuado o inapropiado por haberse modificado las necesidades espirituales de la Humanidad. Estas dos causas siempre han contribuido a provocar el fin de las Iglesias anteriores.

La afirmación de que se ha instituido una nueva Iglesia no implica, por tanto, desdoro para la anterior en cuanto fuera realmente del Señor. Pero implica baldón para los individuos que formaban la institución llamada Iglesia en el momento del Juicio que Swedenborg afirmaba haber presenciado, y durante muchos siglos de existencia previa.

La edad de oro de la Iglesia cristiana terminó alrededor de la época del Concilio de Nicea (hacia el año 325) cuando fue promulgada la doctrina de las tres Personas de la Divinidad que enturbió en su fuente misma el concepto fundamental de toda verdad religiosa; es decir, que Dios es Uno. Al colocar tan inconcebible dogma en el origen mismo del pensamiento cristiano, de él se propagaron otros dogmas a los que la razón no puede prestar asentimiento. Tan cierto como que una mentira da lugar a otra que la sostenga, así un falso concepto de la Divinidad engendra una serie de falsedades derivadas. La religión llegó a convertirse en asunto de creencias, o mejor dicho de profesión de creencias, sin más carácter espiritual que las que tenían las ceremonias judaicas. Se declaró que el repudio del mal como pecado no formaba parte esencial de la regeneración. Gente que se llamaba cristiana se entregaba a las más groseras perversiones. El afán de dominio y de exaltación propia penetró en la jerarquía de la Iglesia, que pretendía haber sido fundada por el manso y humilde Jesús. El estado de esa Iglesia en la época de Swedenborg, espiritualmente considerada, pertenece a la Historia. Pocos disputarán la afirmación de que a mediados del siglo XVIII la vida religiosa había descendido a tal punto, que de no haber ocurrido un gran cambio y progreso el cristianismo habría desaparecido.

Por añadidura, imaginar que Swedenborg se tituló fundador de la Nueva Iglesia por él proclamada es interpretar erróneamente su actitud con relación a sus propias enseñanzas. Swedenborg repudió constante y solemnemente tal pretensión; no en términos expresos, pues la idea le habría parecido demasiado abominable para ocurrírsele. El repudio se manifiesta en sus repetidas afirmaciones de que la Nueva Iglesia sería obra del Señor e instruida sólo por El. Swedenborg se refirió a sí mismo solamente como siervo del Señor para comunicar al mundo las verdades sobre las cuales la Nueva Iglesia habría de fundarse.

Todo lo que resta de verdadero valor espiritual en la Iglesia anterior se incorpora a la nueva. Estas «reliquias» abundan siempre aunque una Iglesia llegue a extinguirse. Se observan en especial entre los miembros buenos y sencillos, demasiado humildes y tímidos con respecto a sus propios valores para rechazar la falsa doctrina de su Iglesia, pero que, sin embargo, no viven de acuerdo con tal doctrina. Tiene lugar, no obstante, una verdadera sustitución de la Antigua Iglesia, en el sentido siguiente: la función espiritual, que ha sido incapaz de cumplir, se transfiere a la Nueva Iglesia, que está capacitada para cumplirla. Esta función consiste en servir de conducto a las influencias divinas del Señor, las cuales se comunican a la Humanidad mediante la Palabra. Se realiza en el plano del mundo de los espíritus y es obra sólo del Señor.

Las nuevas verdades que caracterizan a una nueva Iglesia en realidad nunca son nuevas; son nuevos conocimientos de hechos que siempre han existido, aunque pasaran inadvertidos. Aun los ritos y estatutos que formaban el fundamento de la religión ceremonial judaica dimanaban en gran parte de las tradiciones de la «Antigua Iglesia». Solamente se habían consolidado, purificado y establecido con Divina sanción a base de genuinas correspondencias, en gracia a la función que esa Iglesia había de cumplir. El Señor no vino para destruir la Ley o los Profetas, sino para cumplir en su persona las Verdades Divinas simbólicamente incorporadas en ellos y capacitar a sus sinceros seguidores para hacer lo mismo en la medida que pudieran. Por tanto, la Nueva Iglesia no ha de considerarse sobreseimiento de la Antigua, sino restauradora de sus perdidas verdades.

Toda Iglesia se basa necesariamente en la doctrina, pues sólo a través de la mente se llega a los afectos, que son el ser esencial del hombre. Su carácter se determina por la naturaleza de las verdades que contiene su doctrina y por el grado de obediencia que le brindan sus miembros. No se debe creer que la «doctrina» está limitada a la afirmación verbal de proposiciones arregladas en orden lógico. Doctrina es sencillamente «enseñanza» o «instrucción», y es claramente un preliminar indispensable a la creencia. Como institución, la razón de ser de una Iglesia es inducir a creer en verdades que nos preparan para una vida eterna de servicio altruista en el cielo. Por tanto, la doctrina, tal como existe en nuestra mente, pasa por tres fases, que son conocimiento, creencia y fe. Los conocimientos son imprescindibles para creer y la creencia lo es para la fe. Pero si la doctrina no es algo más que conocimiento, o algo más que una creencia, es estéril y tarde o temprano será olvidada o rechazada. Únicamente mediante la persistente aplicación de la verdad al gobierno de la vida es que se logra unirla con los afectos y, por tanto, implantarla indestructiblemente en el ser. En resumen, aunque no los llame así, los principios que una persona adopte por convicción y aplique a la regulación de su vida diaria constituyen su doctrina. Podemos, pues, tener una doctrina del infierno, además de una celestial, y la doctrina infernal conducirá a la persona al infierno, a menos que cambie de mentalidad y se arrepienta, con tanta seguridad como que su doctrina celestial la conducirá al cielo si sigue fiel a las verdades en que cree.

Desde el fin de la Iglesia más antigua, cada Iglesia o dispensación ha sido establecida sobre la base de una doctrina menos pura o elevada que la de su predecesora, con excepción de la primera Iglesia cristiana. En la Iglesia más antigua, o sea la Adánica, reinaban los afectos; ellos proporcionaban directamente al entendimiento toda la facultad que necesitaba para percibir la verdad, de modo que la comprendía intuitivamente. Esta fue la fuente de su doctrina. La derivaban de la Naturaleza, que era para ellos un libro abierto lleno de significado divino y de sus frecuentes contactos con los habitantes del mundo espiritual. Cuando se corrompió la voluntad de sus descendientes, necesariamente se pervirtió también su entendimiento. A esta Iglesia siguió la Antigua o Noética, en la cual por primera vez las verdades religiosas aparecieron en forma escrita para que pudieran tener lugar los procesos de transición del conocimiento a la creencia y luego a la vida, y de este modo se desarrollara en ellos una conciencia; o en otras palabras, para que se formara en ellos una nueva voluntad mediante el entendimiento. Cuando esta Iglesia a su vez llegó a su fin, fue instituida la Israelita, cuya doctrina consistía solamente en reglas para la conducta externa, tanto en la obediencia a las leyes morales como en la observancia de los ritos. La doctrina sobre la cual fue fundada la Iglesia cristiana comprendía el esclarecimiento de algunos de los significados internos de las instituciones mosaicas, aunque dejó de explicar en aquel entonces la relación completa de la nueva con la anterior. Proclamó la verdad de que la religión consiste en obedecer los Mandamientos divinos no sólo en los actos, sino también en los motivos y pensamientos.

Ahora bien: si la enseñanza de Swedenborg es verdadera, si nos faculta para alcanzar un concepto claro de la Trinidad en Dios que no menoscabe nuestro concepto de la Divina Unidad, si permite la formación de creencias definidas e invariables acerca de la vida futura y su relación con la presente, si logra convencernos de que poseemos en la Palabra una revelación divina perfecta en todos los detalles y si explica cada verdad de la Palabra y la coloca en una relación con las otras verdades tan coherente que no solamente brilla por su propia luz intrínseca, sino también arroja luz sobre todas las demás, en tal caso, seguramente, ha de ser patente para quien crea en la Iglesia como una institución establecida para esparcir la Verdad Divina en los hombres, que esta doctrina no solamente puede, sino tiene que formar la base de una nueva Iglesia; nueva en espíritu y en esencia, si no en su forma externa.


Category: Temas

← Temas