Lo Infinito

HEMOS llegado ahora al centro —no espacial, sino causal— de donde únicamente, según la enseñanza de Swedenborg, es posible ver la vida en su verdadera perspectiva: el concepto de Dios como Hombre Divino, una Trinidad de amor, sabiduría y potencia benéfica infinitos, Creador y Sostenedor, en todo instante, de todo lo que existe, que nada sino el bien intenta y provee para todas sus criaturas.

Nadie negará que el concepto es atractivo. Si podemos creer que existe tal ser en el centro del universo, quedarán satisfechos los anhelos más profundos del alma. Si existe, en efecto, «una paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento», seguramente se encontrará en tal convicción. Pero el sentir lo atractivo del concepto no nos capacita para comprender su verdad. Para ello necesitamos tener un medio de interpretar los hechos que demuestre la consistencia de la doctrina de que todo es creado y sostenido por ese Dios. A esta tarea nos dedicaremos ahora. Pero primero definamos nuestros términos de un modo más preciso. Amor, Sabiduría, Potencia, lo Infinito, son palabras que tienen en el vocabulario de Swedenborg connotaciones definitivas, peculiares y esenciales para la comprensión correcta de sus enseñanzas.

No existe vocablo con significados más amplios o diversos que «amor», que comprende todos los estados de la mente y del corazón, los mejores y los peores. El amor es motivo de todo acto bueno o malo. Para hallar en este término el símbolo apropiado para nuestra idea de Dios, es preciso descubrir antes la manera de distinguir y reconocer lo mejor de esa amplia categoría. La mayoría de los que tratan de definir el amor de tipo elevado lo consideran un tierno sentimiento de simpatía personal que incita a promover la felicidad y bienestar del objeto amado. Pero esta solicitud puede existir en formas evanescentes y falaces, como, por ejemplo, en las relaciones entre los sexos. El apasionado amante puede parecer a otros, e incluso a sí mismo, lleno de vehemente preocupación por la dicha de su futura esposa y dispuesto a cualquier sacrificio en su provecho. Más después del matrimonio esa vehemencia puede enfriarse lenta o rápidamente y hasta puede tornarse en aversión. Es posible que haya sido solamente amor propio, disfrazado de amor verdadero. De igual manera puede un padre o una madre parecer entregado por completo a sus hijos durante su infancia; pero cuando han crecido y formado opiniones y propósitos propios, acaso contrarios a los de sus padres, esos hechos contribuyen a que el amor paterno decline y hasta desaparezca. Estos padres amaron a sus hijos como posesiones propias e instrumentos de su propia felicidad; en una palabra, se amaron a sí mismos en sus hijos. El amor genuino se distingue de estas engañosas imitaciones en que su impulso dominante es dar, mientras el de ésta es obtener. Aquél es esencialmente altruista; éste es egoísta, incluso en su aparente altruismo. Estos dos tipos de amor se asemejan tanto, que a primera vista es difícil distinguirlos, si bien son totalmente opuestos. En su extensa manifestación constituyen el cielo y el infierno. Es una verdad absoluta que en la mente humana el amor no puede existir en forma genuinamente pura; siempre ha de tener un poco de egoísmo. Pero en el amor altruista, libre de imperfecciones y limitaciones humanas, tenemos el símbolo mediante el cual podemos concebir el Amor Divino. Dios no abriga absolutamente ningún propósito de provecho propio. En este sentido es altruismo absoluto; es el puro y total deseo de dar.

El amor se concibe comúnmente como una emoción que va y viene en la conciencia, que si no está presente existe sólo en potencia, como un recuerdo, cuando no ponemos en ello la atención. Pero, según el concepto de Swedenborg, es la sustancia misma de la mente, el molde que facilita todos sus procesos y formas intelectuales. De igual manera el Amor Divino es la sustancia misma de Dios, de la cual se derivan todas las otras sustancias. Es la Realidad última.

El amor dirigido a las personas se supone un efecto esencialmente personal; pero el buen amor humano, como afirma Swedenborg, siempre tiende a trascender el mero amor a las personas y se preocupa más de las cualidades. Como estas cualidades solamente existen en las personas, esta ampliación no excluye los afectos particulares, sino más bien les da un aspecto de mayor universalidad. El amor genuino considera el bien de su objeto presente o en potencia. Por eso le cuadra al amigo y al prójimo de todos. Por supuesto, esto puede parecer frío y sin alicientes. Queremos que nuestros amigos nos amen por nosotros mismos y no por el bien que vean o crean ver en nosotros, menos aún por el bien que nos crean capaces de lograr. Preferimos que cierren los ojos a nuestras faltas. Pero sin negar el encanto que tiene un afecto cordial, franco y natural —que todos sentimos y es tal vez el secreto del placer que experimentamos en el afecto de los perros u otros animales—, fácilmente se comprende lo limitado e inestable que es, a menos que no lo redima un elemento más noble.

Sabiduría es un término que a menudo se aplica a cualidades que sería más adecuado describir como habilidad o previsión; una clara percepción de los medios indirectos u ocultos por los cuales se pueden alcanzar fines egoístas. Pero Swedenborg lo aplica a la inteligencia por medio de la cual el verdadero amor percibe cómo puede lograr mejor sus propósitos. La sabiduría es el amor que halla un medio de expresión adecuado.

El poder divino no se parece en nada a la voluntad egoísta y arbitraria de un déspota mundano. Es simplemente el Amor y la Sabiduría divinos en acción. Tanto el amor como la sabiduría aborrecen el imponer lo que se puede conseguir por obediencia voluntaria. La meta suprema del Amor y la Sabiduría divinos es alcanzar la obediencia voluntaria del hombre, la complacida obediencia de amor al inclinar sus afectos del lado del bien. El Poder Divino se dirige exclusivamente al logro de esta meta mediante el libre albedrío, pues el aprecio del bien y de su uso por su propio valor es el cielo en el hombre, y es imposible crear este cielo sin ejercer la libertad.

El concepto del Infinito de Swedenborg también difiere grandemente del de otros pensadores. Para él, significa un Infinito de Amor y Sabiduría en la forma divinamente humana, dirigido a la formación —con la raza humana de todos los mundos del universo— de un cielo de servicio que no cesará de crecer en número y perfección por toda la eternidad. Los innumerables soles del universo, rodeados de sistemas planetarios y habitados por seres humanos, han sido creados por el Amor Divino a través de la Divina Sabiduría y están sostenidos constantemente por un acto de creación tan verdadero como el que los originó en el principio. Este es un hecho, no solamente con respecto a los sistemas planetarios y a sus habitantes en general, sino con respecto a cada proceso particular, físico o mental, que en ellos se verifica. El universo espiritual, incomparablemente más vasto que el ilimitado universo físico, y habitado por todos los seres humanos que han fallecido, es sostenido por ese mismo poder. También él se mantiene en orden inviolable, no solamente como un todo, sino en cada detalle de las mentes humanas que componen el todo inconmensurable. Esa constante dependencia del universo respecto a su Creador es mantenida fácilmente por el Dios Infinito, porque no hay proporción entre un finito o colección de finitos, por vasto que sea, y el Infinito.

Otro punto notable en el concepto de Swedenborg acerca del Infinito es de tal índole que de momento puede parecer totalmente incompatible con las afirmaciones que acabamos de hacer. Swedenborg afirma con frecuencia que Dios no puede hacer tal o cual cosa, lo que aparentemente indica una radical contradicción de términos. Sin embargo, si reflexionamos un instante, vemos que el Amor y la Sabiduría tienen que estar sujetos a limitaciones estrictas, no impuestas desde fuera, sino inherentes a su propia naturaleza. ¿No es cierto que todo progreso que logramos en el amor y la sabiduría —tal como los define Swedenborg— envuelve limitaciones a nuestros actos? Una persona que obra por amor propio encuentra abiertos mil caminos que están cerrados para el amor genuino y para la verdadera sabiduría. En la medida en que un individuo exalta y asienta interiormente el amor y la sabiduría, el mal moral se le hace imposible. Todo progreso espiritual verdadero significa limitación, no externa, sino interna. ¡Con cuánto mayor motivo no se podrá afirmar esto del Amor y la Sabiduría Infinitos! La mente finita, aun la más excelente, puede llegar al límite de su amor altruista y dejar por ello de discernir el verdadero camino; o su sabiduría puede ser imperfecta, y queriendo tomar el camino recto, escoger el torcido. Mas las posibilidades de error que existen para la mente finita no pueden existir para la Mente Divina, en la cual el amor y la sabiduría concurren para señalar el bien absoluto.

Más aún: si Dios creó el universo de Sí mismo y no de la nada, fácilmente se comprende que El ha de estar limitado, por decirlo así, por sus propios actos creativos. Habiendo creando algo, Dios tiene que obrar después con respecto a ello de acuerdo con la naturaleza que le ha dado. Puesto que la creación es la expresión de cualidades de la propia naturaleza de Dios, actuar de otro modo que no sea de acuerdo con la naturaleza que El les dio representaría actuar en su propia contra; indicaría desacuerdo entre El y su creación; es más: falta de armonía en su propia naturaleza. Este tipo de restricción lo llamaremos «autolimitación». Es una condición de la creación perfecta.

Todos los enigmas propuestos en relación con las limitaciones del Poder Divino se reducen a este sencillo principio. ¿Puede Dios hacer de dos más dos otra cosa que cuatro? No, porque dos más dos, tres más uno, o uno más uno más uno más uno, o dos más uno más uno, son modos distintos de sumar cuatro. Todo proceso de razonamiento deductivo correcto es así: una simple demostración de hechos implícitos en las premisas de que partimos. Por tanto, si las premisas son verdaderas, el Poder Divino tiene que llegar a esta conclusión.

Este concepto de las necesarias limitaciones inherentes al Poder Divino es fundamental en la enseñanza de Swedenborg. Sin él es ininteligible su interpretación de la vida.


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