La Providencia Divina

Los filósofos y los teólogos han debatido el problema de la
influencia divina en los asuntos humanos durante muchos siglos.
Swedenborg, manteniéndose fiel al carácter explícito de sus
escritos, entra en considerable detalle al hablar de los diversos
aspectos de la acción de la providencia divina. Para él la
providencia actúa en todas las acciones generales y particulares.
Todos los hechos, aun los más insignificantes, contribuyen a la
bienaventuranza eterna del hombre.
Pero desde que el hombre podría llegar a considerar que él mismo no
es nada si percibiera anticipadamente la operación de la
providencia, el Señor ha hecho provisión para que el hombre no sea
capaz de ver esta acción suya "cara a cara" sino meramente
percibirla "a sus espaldas" una vez que ya ha acontecido. Si el
hombre lleva una vida prudente y sin embargo no confía en su propia
prudencia, se confundirá en la corriente de la providencia divina.
Su vida, si bien estará signada por el flujo y reflujo natural de
las circunstancias humanas, en lo general seguirá una dirección
acertada. Sin embargo, siempre será libre de orientar su vida de la
manera que mejor le parezca, porque las leyes de la providencia
autorizan siempre la libertad de los hombres. Según la comprensión
de la vida que profesa Swedenborg hay una providencia omnisciente
que procura constantemente otorgar a cada individuo el poder para
buscar su propia felicidad.
La
actividad de la providencia divina para salvar al hombre comienza
con su nacimiento, prosigue hasta el fin de su vida y, después,
durante toda la eternidad. (...) Un cielo para la humanidad es desde
el principio el mismísimo propósito de la creación del universo.
Este propósito, en su operación y progreso, es la providencia divina
para la salvación del hombre. Todo lo que es exterior al hombre y
está a su disposición, para su uso, es un fin secundario de la
creación (...) [Sin embargo] (...) todas [las cosas materiales]
actúan constantemente según las leyes del orden divino que fueron
fijadas desde el principio de la creación. [Desde que ésta es la
manera de suceder las cosas en el mundo material] ¿cómo podría el
fin primordial, que es la salvación de la raza humana, dejar de
proceder constantemente según las leyes de su orden, que son las
leyes de la providencia divina?
Observen ustedes algo tan sencillo como un árbol frutal. Aparece,
primero, en la forma de una pequeña plantita, nacida de una pequeña
semilla, y crece poco a poco hasta convertirse en un árbol
extiende sus ramas y éstas se
cubren de hojas, y entonces produce flores, y éstas dan su fruto,
que depositando nuevas semillas asegura su perpetuación. Esto vale
también respecto de cada arbusto y hierba del campo. ¿No ocurre,
entonces, que en todo árbol, arbusto y hierba los acontecimientos se
suceden de manera constante y maravillosa, de propósito en
propósito, según las leyes de su orden de cosas? ¿Por qué no habría
de ser, entonces, que el fin supremo, un cielo para la raza humana,
progrese de la misma manera? ¿Puede haber algo en su progreso que no
proceda en toda constancia según las leyes de la providencia divina?
Hay una correspondencia entre la vida del hombre y el crecimiento de
un árbol. (...) (DP 332)
La
omnipotencia divina está inscripta dentro del orden, y (...) su
gobierno, que se denomina Providencia, concuerda con el orden. Actúa
continuamente y por la eternidad según las leyes del orden. No puede
actuar contra el orden, ni cambiarlo en una jota, porque el orden,
con todas sus leyes, es [Dios] mismo. (TCR 73)
La
providencia divina es el orden divino en consideración primordial a
la salvación del hombre. No hay orden posible sin leyes, porque las
leyes son lo que constituye al orden y toda ley deriva de un orden
que es orden. (...) [De la misma manera] como Dios es orden Él es la
Ley de su orden. Lo mismo (...) [puede] decirse de la providencia
divi¬na, en el sentido que tal como el Señor es su providencia,
también es la ley de su providencia. (...) El Señor no puede actuar
de manera contraria a las leyes de su providencia porque hacerlo
sería actuar de manera contraria respecto de sí mismo. Por otro
lado, volvemos a decirlo, no puede haber operación que no sea sobre
un sujeto, y aun esto a través de medios. (...) El sujeto de la
providencia divina es el hombre.
Los medios
son las verdades divinas, mediante las cuales el hombre
obtiene sabiduría y el bien divino gracias al cual obtiene el amor.
La Providencia divina a través de estos medios obra la realización
de su fin, que es la salvación del hombre. (...) La operación de la
providencia divina en favor de la salvación del hombre comienza con
el nacimiento del hombre, y continúa hasta el fin de su vida y aún
más allá, durante la eternidad. (DP 331)
A
menos que el hombre no sea guiado en cada momento y fracción de
momento por el Señor se apartaría del camino de la reforma y
perecería. Cada cambio y variación en el estado de la mente humana
produce algún cambio y variación en la serie de las cosas presentes,
y en consecuencia en el de las cosas que han de seguir a
continuación. (...) Es como una flecha arrojada por un arco, que si
en el principio de su recorrido se aparta en lo más mínimo de la
línea que ha de seguir para llegar a su blanco, a una distancia de
varios miles de pasos llegará a apartarse considerablemente. Lo
mismo ocurriría en los asuntos humanos si el Señor no condujera los
estados de las mentes humanas en cada instante, aun el menos
trascendental. Esto el Señor lo hace según las leyes de su divina
providencia. Es según estas leyes que el hombre ha de abrigar la
impresión de que él mismo es quien guía su vida. La forma en que el
hombre se guía a sí mismo es prevista por el Señor en una incesante
adaptación. (DP 202)
La
providencia divina del Señor es universal porque está en los
particulares, y es (...) particular porque es universal. El Señor
actúa simultáneamente a partir de lo más íntimo que hay en nosotros
y desde lo más externo (...) Es de este modo, y no de otra manera
alguna, que todas las cosas pueden ser mantenidas en íntima unión
entre sí. Los intermedios están conectados en series no
interrumpidas, desde lo más interior hasta lo más exterior, y en lo
más exterior es que están juntos. En lo más exterior hay una
presencia simultánea de todas las cosas, desde el principio. (...)
(DP 124)
[Dios] por sí mismo gobierna el orden, no según se supone solamente
en lo universal, sino también en los singulares, porque lo universal
proviene de éstos. Hablar de lo universal separándolo de los
singulares no sería sino como hablar de un todo que no está
compuesto por partes y por lo tanto como hablar de un algo en el
cual no hay nada. Decir que la providencia del Señor es universal, y
no una providencia de las cosas singulares, es decir lo que es
totalmente falso. (...) Proveer y gobernar en lo universal, y no en
los singulares, no es ni proveer ni gobernar absolutamente nada.
Esto es verdad desde el punto de vista filosófico, y sin embargo
maravilla constatar que los filósofos mismos, aun los que vuelan más
alto aprenden esta cuestión de manera diversa. (...) (AC 1919)
Si
la providencia del Señor no estuviera en los singulares, sería
imposible que el hombre fuera salvado, o que viviera, inclusive,
porque la vida proviene del Señor, y todos los momentos de la vida
tienen consecuencias que son para la eternidad. (AC 6490). La
providencia y la previsión divina están en todas las cosas, aun en
las más pequeñas. De no ser así (...) la raza humana perecería. (AC
5122)
El
Señor prevé (...) todas las cosas, tanto en lo general como en lo
particular, y por lo tanto provee y dispone, pero algunas cosas por
permisividad, otras por paciencia, otras por concesión, otras por
gusto y gana, otras por voluntad. (AC 1755)
La
providencia divina difiere de toda otra conducción y guía en el
hecho de que la providencia tiene constantemente frente a sí lo que
es eterno, y continuamente guía hacia la salvación (...) a través de
varios estadios, a veces con alegría, a veces con tristeza, que el
hombre no puede de manera alguna comprender. Sin embargo, todos
ellos son provechosos para su vida eterna (AC 8560). Cuando el Señor
está con alguien, él lo conduce y se encarga de que todas las cosas
que ocurren, sean tristes o alegres, resulten para su bien. Esta es
la providencia divina. (AC 6303)
La
providencia divina procede de manera tan secreta que el hombre
apenas si puede percibir traza de ella, y sin embargo ella actúa aun
en los particulares más insignificantes en todo lo que se relaciona
con él, desde la infancia hasta la vejez, en el mundo y después,
hasta la eternidad. En cada una de estas intervenciones la
providencia tiene en vista lo eterno. Siendo que la sabiduría divina
no es en sí misma nada sino un fin, del mismo modo la providencia
actúa a partir de un fin, en un fin, y para un fin. El fin es que el
hombre pueda convertirse en sabiduría y (...) amor, y de este modo
en morada e imagen de la vida divina. (AE 1135)
La
meta constante de la providencia divina es unir el bien con la
verdad, y la verdad con el bien, en el hombre, porque de este modo
cada hombre será unido con el Señor. (DP 21) La providencia divina
del Señor actúa constantemente para que la verdad se una con el bien
en el hombre, y el bien con la verdad, porque tal unión es la
iglesia y el cielo. Esa unión es una unión en el Señor y en todo lo
que procede de él. Es por esa unión que el cielo y la iglesia son
llamados un matrimonio, y el Reino de Dios es semejante, en la
Palabra, con un matrimonio. (DP 21)
Es
una ley de la providencia divina que el hombre actúe a partir de su
libertad, según la razón. (DP 71) El Señor conduce a cada uno
mediante sus afectos, y de este modo los doblega valiéndose de una
providencia tácita, porque tal conducción es mediante la libertad.
(AC 4364) [Otra] ley de la (...) providencia es que el hombre no
debe percibir ni sentir ninguna de las acciones de lo Divino (...) y
sin embargo que sea capaz de conocer y reconocer la providencia. (DP
175) El Señor, mediante su (...) providencia guía constantemente al
hombre en libertad, y la libertad siempre aparece a los ojos de cada
hombre como aquello que le es propio. Guiar aun hombre en libertad,
aun en contra de su propia voluntad, es como levantar del suelo un
peso muy grande valiéndose de aparejos, gracias a los cuales no se
sienten ni el peso ni la resistencia del objeto. [También] es como
un hombre que anda en compañía de un enemigo, que quiere asesinarlo,
lo que no sabe en el momento. Un amigo, sin decirle lo que ocurre se
las arregla para desviarlo por senderos desconocidos, y después le
revela la intención del enemigo. (DP 211)
El
Señor (...) previó que sería imposible hacer que bien alguno tuviera
raíces en el hombre a no ser en su libertad, porque todo lo que no
tiene sus raíces en la libertad se disipa la primera vez que se nos
aproxima el mal y la tentación. El Señor también previó que por sí
mismo o por su libertad el hombre se inclinaría hacia el más
profundo de los infiernos. Por lo tanto el Señor ha hecho provisión
para que si un hombre no soportare ser guiado en libertad al cielo,
pueda sin embargo ser desviado hacia un infierno menos maligno. Si
soportare ser guiado en libertad hacia el bien, puede ser que sea
conducido al cielo. Esto demuestra lo que significa previsión y
providencia, y lo que es lo previsto, es de ese modo, provisto.
(...) Cada uno de los momentos más insignificantes de la vida de un
hombre implica una serie de consecuencias, que se extienden hasta la
eternidad, y cada momento es como un nuevo principio para aquellos
que siguen. (...) Siendo que el Señor previó desde la eternidad cuál
sería la cualidad del hombre (...) para la eternidad (...) su
providencia actúa en los singulares y (...) gobierna y desvía al
hombre (...) por la continua moderación de su libertad. (AC 3854)
El
hombre actuaría contrariamente a Dios, y también lo negaría, si
viera de manera clara cómo actúa (...) la providencia divina, porque
el hombre disfruta del amor egoísta por sí mismo. Este goce
constituye su mismísima vida. (...) Si (...) percibiera que
continuamente se lo desvía del goce de sí mismo se enojaría como
contra alguien que quisiera destruirle la vida, y lo consideraría
enemigo suyo. Para evitar esto es que el Señor no aparece de manera
manifiesta en su providencia divina, sino que mediante ella conduce
a los hombres de manera tan silenciosa como una corriente o marea
favorecedora arrastra la nave a su destino. (DP 186)
Se
le ha concedido al hombre ver la providencia divina por las espaldas
y no cara a cara y también verla en un estado espiritual y no en su
estado natural. Ver las espaldas de la providencia divina y no su
rostro es percibir su actuación después que ha ocurrido y no antes.
Verla desde un estado espiritual y no desde un estado natural, es
verla desde el cielo y no desde el mundo. (DP 187)
Es
una ley de la providencia divina que el hombre no sea obligado por
medios exteriores a pensar y querer, y de este modo a creer y amar
lo que se refiere a la religión, sino antes que sea él mismo quien
se llegue, y a veces se obligue a hacerlo. (DP 129) Nadie es
reformado mediante milagros y señales (...) ni mediante visiones o
(...) comunicaciones con los muertos, porque todas éstas obligan
coercitivamente. (DP 130, 134) Si el hombre percibiera o sintiera la
actividad de la providencia divina, no actuaría en libertad, según
la razón, ni nada de lo que hace le parecería ser de propia
iniciativa. Lo mismo sería si fuera capaz de anticipar el futuro.
(...) Así, no tendría identidad propia, y nada podría imputársele.
En ese caso, sea que creyere en Dios o actuara bajo la persuasión
del infierno, daría lo mismo. En una palabra, no sería un ser
humano. (...) El hombre tendría libertad para actuar según la razón
y no habría apariencia de actividad propia del yo, si percibiera o
sintiera la actividad de la providencia divina, porque si lo hiciera
también sería conducido por ella. El Señor conduce a todos los
hombres mediante su providencia divina, y el hombre, sólo
aparentemente se conduce a sí mismo. (...) Por lo tanto, si el
hombre supiera por percepción o sentimiento que es conducido, no
tendría conciencia de estar viviendo la vida, y sería movido a
producir sonidos y actuar del mismo modo que una imagen esculpida.
Si aún tuviera conciencia de estar viviendo, sería conducido como
aquel que ha sido esposado y atado, o como un animal en el yugo.
¿Quién no se da cuenta de que de ese modo el hombre no poseería
libertad alguna? Y sin libertad carecería de razón, porque se piensa
a partir de la libertad y en la libertad. Cualquier cosa que no
pensamos de este modo, no nos parece provenir de nosotros mismo sino
de algún otro. Y ciertamente si consideramos esto interiormente,
percibiremos que no posee en realidad pensamiento, menos aún razón,
y que por lo tanto no sería un ser humano.
Si
(...) conociera los efectos de tal o cual eventualidad, mediante la
predicción divina, su razón se volvería inactiva, y con ella su
amor. (...) El goce de la razón es prever con amor el efecto, en los
pensamientos, no después de haberlo logrado sino antes, no en el
presente sino como en el futuro. Así el hombre posee lo que se
denomina esperanza, que se eleva y declina en la razón al mismo
tiempo que contempla o espera el evento. El goce se cumple en el
evento, y entonces se lo olvida, junto con el recuerdo del evento.
Lo mismo ocurriría con un evento que se conociera anticipadamente.
La mente humana reside siempre en la trinidad llamada fin, causa y
efecto. Si falta una de éstas, la mente no posee vida. Un afecto de
la voluntad es el fin iniciador. El pensamiento del entendimiento es
la causa eficiente. La acción física, las palabras que se pronuncian
o la sensación externa es el efecto que proviene del fin por medio
del pensamiento. (...) La mente humana no posee su vida cuando
reside solamente en un afecto de la voluntad y en ninguna otra cosa,
o cuando lo hace exclusivamente en un efecto. La mente no posee vida
desde uno de éstos separadamente, sino desde los tres juntos. La
vida de la mente disminuiría o se disiparía del todo si se predijera
un evento. (DP176178)
Como el conocimiento de los eventos futuros priva de lo humano al
hombre, desde que éste consiste en actuar libremente según la razón,
a nadie le ha sido concedido conocer el futuro. Sin embargo, a todos
se les permite extraer conclusiones respecto del futuro a partir de
la razón. En esto la razón, y todo lo que a ella pertenece, funciona
según su vida lícita. Es por eso que a ningún hombre se le permite
saber cuál será su suerte después de la muerte, o saber nada
respecto de ningún evento, hasta que no se encuentra en medio de él.
Si supiera tales cosas, dejaría de pensar a partir (...) de su yo
interior sobre las formas y medios de que deberá valerse para llegar
a su objetivo. Pensaría simplemente, desde su yo exterior, cómo lo
está logrando. Tal estado cierra los interiores de su mente, en
donde tienen asiento las dos facultades de su vida, la libertad y la
racionalidad. (DP 179)
A
menos que al hombre le parezca que vive por sí mismo, y que por lo
tanto piensa y quiere, habla y actúa por sí mismo, no será hombre.
En consecuencia, a menos que, en su propia prudencia, no pueda hacer
disposición de todo lo que concierne a su función y vida, no podrá
ser guiado y conducido por la providencia divina. Sería como uno
cuyas manos cuelgan muertas, su boca abierta, sus ojos cerrados,
conteniendo la respiración mientras espera un influjo. Se privaría
él mismo de lo humano que posee gracias a la percepción y sensación
de que piensa, quiere, habla y actúa como si proviniese de él mismo.
(DP 210)
Todo poder, prudencia, inteligencia y sabiduría son del Señor y de
él provienen. (AC 2694) El tema de la providencia divina
difícilmente pueda ser concebido como una idea por cualquier mente
humana, y menos aún en el pensamiento de quienes confían en su
propia prudencia. Se atribuyen a sí mismos todas las cosas prósperas
que les sobrevienen. El resto lo adscriben a la buena fortuna, a la
casualidad, y muy pocos entre ellos a la providencia divina. Es de
este modo que atribuyen las cosas que ocurren a causas muertas, y no
a la causa viviente. (AC 8717) [Sin embargo], en lo relativo a la
providencia divina, la sagacidad del hombre es (...) como una pizca
de polvo, comparada con la atmósfera universal (...) algo que
relativamente podría considerarse una nada y que cae al suelo. (...)
Los que atribuyen todas las cosas a su propia sagacidad son como los
que vagan por un bosque sombrío, sin saber el camino de salida.
(...)(AC6485)
El
bien que proviene del Señor está con aquellos que aman al Señor por
encima de todas las cosas y a su prójimo como a sí mismos. Pero el
bien que proviene del hombre está con aquellos que se aman a sí
mismos por encima de todas las cosas y que desprecian a su prójimo,
al compararlo con ellos mismos. Estos son los que tienen cuita del
día de mañana, porque confían en el Señor. Los que confían en el
Señor están recibiendo el bien continuamente de él. Cualquier cosa
que les sobrevenga, parezca ser próspera o no, es siempre buena,
porque conduce, como medio, a su felicidad eterna. Pero quienes
confían en sí mismos se acarrean continuamente el mal para sí
mismos, aun si las cosas que les suceden parecen tornarlos prósperos
y hacerlos felices. Aun así son malas, y en consecuencia conducen,
como medios, a su eterna desdicha. (AC 8480)
Los que están en la corriente de la providencia (...) son conducidos
a todo lo que es feliz, sea cual fuere la apariencia del medio.
Están en la corriente de la providencia los que colocan su confianza
en lo Divino y a él atribuyen todas las cosas. No están en la
corriente de la providencia los que confían en sí mismos y se
atribuyen a sí mismos todas las cosas, porque están en lo opuesto,
porque sacan lo Divino a la providencia y se lo atribuyen a sí
mismos.
En
la medida en que alguien está en la corriente de la providencia,
goza de un estado de paz. En la medida en que alguien goza de un
estado de paz gracias al bien de la fe, mora en la providencia
divina. Solamente éstos saben y creen que la divina providencia del
Señor está en todas las cosas, tanto en lo particular como en lo
general, hasta en las cosas más insignificantes, y que la
providencia divina tiene en vista lo que es eterno. Pero los que
están en lo opuesto apenas si están dispuestos a oír mencionar la
providencia porque atribuyen todo a su propia sagacidad. Lo que no
atribuyen a esto. Lo atribuyen a la buena fortuna, o a la casualidad
[y] algunos al destino.
Que no deducen a partir de lo Divino, sino de lo natural. Acusan de
simpleza a quienes no atribuyen todas las cosas a sí mismos o a la
naturaleza. (AC 8478)
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