II
La contrición que hoy día se dice precede la fe y es seguida por la consolación del Evangelio, no es arrepentimiento
363.
En el mundo cristiano reformado hablan de cierta especie de
ansiedad, dolor y temor que llaman contrición, la cual dicen precede
á la fe en los que han de ser regenerados, siguiéndola el consuelo
del Evangelio. Dicen que esta contrición nace en ellos del temor á
la justa ira de Dios y por consiguiente á la condenación eterna, á
la que todo nombre está expuesto á causa del pecado de Adán y de la
consiguiente propensión al mal inherente al hombre; dicen asimismo,
que sin esa contrición no le es dada la fe, que imputa al hombre el
mérito y la justicia del Señor el Salvador, y que los que han
obtenido esta fe reciben el consuelo del Evangelio, el cual es una
confianza de hallarse justificados, es decir, renovados, regenerados
y santificados, sin cooperación alguna por su parte, y que así la
condenación se trueca en eterna bienaventuranza ó sea en vida
eterna. Mas con respecto á esta contrición debemos examinar:
primero, si es arrepentimiento; segundo, si tiene importancia
alguna, y tercero, si existe.
364.
Esa contrición ¿es arrepentimiento? Esto puede saberse por la
explicación que en el lema siguiente se dará de lo que es el
arrepentimiento, donde se demostrará que el arrepentimiento no puede
existir, sin que el hombre, no sólo de una manera general, sino
también en particular, comprenda, conozca y reconozca que es
pecador; que vea sus males en sí, condenándose á causa de ellos. Por
otra parte la contrición, que dicen es necesaria para obtener la fe,
no tiene nada de común con este arrepentimiento, porque no es más
que el pensamiento y la consiguiente confesión del penitente, de que
nació en el pecado de Adán y con la propensidad al mal, que viene de
este pecado; que por consiguiente la ira de Dios está sobre él y que
así merece condenación, maldición y muerte eterna. Es pues claro,
que esta contrición no es arrepentimiento.
365.
Puesto que esa contrición no es arrepentimiento, surge la
pregunta: «¿Sirve de algo?» La Iglesia actual reformada dice, que
contribuye á la fe como un precedente á un consecuente, pero que no
entra en la fe ni se une con la fe, fusionándose con ella. Pero la
fe que sigue á esa contrición, ¿qué es más que esto de que Dios
Padre imputa al hombre la justicia de Su Hijo, declarándole justo,
renovado y santo, sin que haya visto y reconocido en sí pecado
alguno determinado, particular, siendo así revestido de una manta,
lavada y emblanquecida en la sangre del Cordero? Ocultos bajo esta
manta los males de su vida son como piedras sulfurosas en las
profundidades del mar. ¿Y qué es entonces el pecado de Adán más que
un mal oculto y cubierto, qué se considera apartado por la imputada
justicia de Cristo? Y viviendo el hombre en esta fe, confiando en
que la justicia y la inocencia de Dios el Salvador le son atribuidas
é imputadas ¿de qué sirve entonces la contrición experimentada mas
que para infundirle la confianza de que ha pasado del infierno al
seno de Abraham é inducirle á mirar á los demás, que no han
experimentado tal contrición antes de recibir la fe, como condenados
en el infierno y como muertos? Porque enseñan que no hay fe viva en
los que no han experimentado la contrición. Con esa fe la contrición
antes bien perjudica, porque si los que la han experimentado luego
recaen en males mortales, no tienen ya escrúpulos á causa de ellos
ni los sienten más que los cerdos sienten el mal olor del fumiguero,
cuando meten en él su hocico. Resulta pues, que la indicada
contrición, no siendo arrepentimiento, de nada sirve.
366.
Finalmente viene la pregunta: ¿Puede haber tal contrición sin
arrepentimiento? En el mundo espiritual he preguntado á muchos, que
se han confirmado en la fe imputiva del mérito de Cristo, si habían
experimentado tal contrición y han contestado: ¿por qué esa
contrición cuando desde nuestra niñez hemos creído, que Cristo
mediante su pasión en la Cruz quitó todos nuestros pecados?
Contrición no es compatible con esta fe; sino antes bien equivale á
meterse en el infierno y atormentar su conciencia, cuando sin
embargo sabemos que hemos sido redimidos y por consiguiente
libertados del infierno, siendo por lo tanto salvos de todo mal.
Añadieron que el dogma de la contrición es una forma puramente
ficticia para cumplir en apariencia con lo que el Verbo
repetidamente prescribe con referencia al arrepentimiento. Dijeron
que con los sencillos, que poco ó nada saben del Verbo, puede haber
cierta conturbación, cuando oyen hablar ó piensan en los tormentos
del infierno. También dijeron, que el consuelo del Evangelio, que
llevaban impreso desde la primera infancia, expulsaba la contrición
hasta tal punto que se reían de ella cordialmente al oír hablar de
ella, y que el infierno no podía espantarles más que los fuegos del
Vesuvio y del Etna pueden asustar á los que viven en Varsovia ó
Viena ni más que los basiliscos y víboras que viven en el desierto
de Arabia, ó los tigres y leones que pueblan los bosques de la
Tartaria puedan asustar á los que viven seguros, tranquilos y
pacíficos en alguna ciudad de Europa. Dijeron asimismo que la ira de
Dios no podía infundirles más terror ó contrición que la ira del rey
de Persia puede asustar á los que viven en Pensilvania. Por estas
manifestaciones y por las deducciones lógicas, que se pueden hacer
de ellas, me he convencido de que esa contrición, no siendo el
verdadero arrepentimiento, el cual será descrito en las siguientes
páginas, es sencillamente un juego de la fantasía. Los Reformados
adoptaron la contrición en vez del arrepentimiento para distinguirse
de los Católicos Romanos, quienes sostenían la necesidad de la
penitencia así como la caridad. Luego confirmaron la justificación
por la fe sola, sin ayuda del arrepentimiento ni de la caridad,
alegando que con el arrepentimiento así como con la caridad, algo
propio del hombre, que sabe de mérito, influye en su fe,
contaminándola.
La siguiente sección [III. La mera confesión oral de que uno es pecador no es arrepentimiento.
(N. 367-369.)