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Para difundir las enseñanzas de Emanuel Swedenborg en el mundo hispanohablante.

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III

La mera confesión oral de que uno es pecador no es arrepentimiento

 

367. Con respecto á esta confesión oral los Reformados, partidarios de la Confesión de Augsburgo, enseñan como sigue:

«Ningún hombre puede jamás conocer sus pecados, por lo cual éstos no pueden ser nombrados; son además interiores y ocultos y la confesión sería por lo tanto falsa, inexacta y mutilada; mas el que confiesa ser enteramente pecado, éste incluye todo pecado, excluyendo ninguno; olvidando ninguno; pero si bien la enumeración de los pecados no es necesaria, no por eso se debe desechar su práctica la cual conviene á las conciencias tiernas y tímidas, mas esta forma de confesión es una forma infantil y común para la gente sencilla é ignorante.» (Fórmula Concordiae, pág. 327; 331; 380).

Tal es la forma de la confesión, que en lugar del arrepentimiento por medio de actos de penitencia adoptaron los Reformados después de separados de los Católicos Romanos, cuya confesión basaron en su fe imputativa, la cual, según su enseñanza, por sí sola obra la remisión de los pecados y regenera al hombre, sin la ayuda de la caridad y por consiguiente también sin la ayuda del arrepentimiento; también la basaron en el apéndice inseparable de esa fe, de que no hay cooperación por parte del hombre con el Espíritu Santo en la obra de la justificación, y asimismo en el dogma de que el hombre no tiene libre voluntad en cosas espirituales y que todo cuanto pertenece á la salvación viene por misericordia inmediata y nada absolutamente por una misericordia hecha mediata por el hombre ó por conducto de él.

368. Que la indicada confesión oral de ser uno enteramente pecado, no es arrepentimiento, puede ser claro; porque todos los hombres, tanto los buenos cuanto los malos, y hasta los demonios, pueden hacer tal confesión oral y aún con cierta piedad exterior por la idea de los tormentos del infierno que les amenazan, ó en medio de los cuales se hallan; pero ésta no viene de una piedad interior, siendo exclusivamente cosa de la imaginación y sólo de los pulmones, mas no de la voluntad por inclinación interior y por consiguiente no del corazón. Un hombre impío y un demonio arden interiormente después de la confesión como antes del mismo en deseos de obrar el mal, cuyos deseos les arrastran consigo como las alas de un molino de viento pone en movimiento sus ruedas, y tal confesión hecha por semejantes seres no es más que una tentativa de engañar á Dios ó de engañar á gente sencilla para que les saque del suplicio. De semejantes hombres dice el Señor en Marcos:

«Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías como está escrito: este pueblo con los labios me honra mas su corazón lejos está de mi» (VII: 6).

Y en Mateo:

«Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas, porque limpiáis lo que está de fuera del vaso y del plato mas de dentro están llenos de robo y de injusticia: Fariseo ciego, limpia primero lo de dentro del vaso v del plato para que también lo de fuera se haga limpio» (XXIII: 25; 26).

369. En semejante adoración hipócrita se hallan los que se han confirmado en la fe de la Iglesia actual, de que el Señor por la pasión en la Cruz quitó el pecado del mundo, por lo cual entienden los pecados individuales de cada ser humano, con tal que cree y ora de acuerdo con el ritual de la Iglesia respecto de la propiciación y mediación. Algunos de ellos pueden con voz fuerte, y aparentemente con ardiente celo, desde el pulpito exponer muchas cosas santas, referentes al arrepentimiento y á la caridad, considerándolas sin embargo inútiles con respecto á la salvación; porque no entienden otro arrepentimiento que la confesión de la boca, ni otra caridad que la moral, ó sea la de la vida civil. A éstos alude el Señor en Mateo VII: 21; 23:

«Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre y en tu nombre lanzamos demonios y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les protestaré: Nunca os conocí; apartaos de mi, obradores de maldad.»

Una vez oí en el mundo espiritual uno que oraba de la siguiente manera: «Soy lleno de llagas, leproso, impuro desde el vientre de mi madre; no hay en mí cosa sana desde mi cabeza hasta las plantas de mis pies; no soy digno de elevar mi vista á Dios; merezco la muerte y la maldición eterna, ten misericordia de mí por el amor de tu Hijo; purifícame en su sangre; la salvación de todos está en tu buena voluntad; imploro tu misericordia.» Sus palabras fueron oídas por unas personas, que se hallaban cerca y le preguntaron: «¿Cómo sabes que eres así?» Contestó: «Lo sé, porque lo he oído decir». Entonces fue enviado á los ángeles que ofician de examinadores. Ante ellos hablaba de la misma manera y después de examinarle declararon que había dicho la verdad, pero sin conocer un sólo pecado en sí;  porque jamás se había examinado, creyendo que la confesión oral bastaba para que sus males dejasen de ser males á los ojos Dios, y que Dios, por haber sido propiciado no los miraría. De esta manera no llegó jamás á conocer en sí mal alguno, no pudiendo por consiguiente apartarse del mismo, y sin embargo era de intención adúltero, ladrón y detractor maligno y ardía en sentimientos de venganza; así era en su voluntad y corazón, y así hubiera sido también en palabras y en hechos á no ser por temor al castigo de la ley y á la pérdida de su reputación. Habiéndose comprobado que su cualidad y carácter eran tales, fue juzgado y despedido para ir á juntarse con los hipócritas en el infierno. Así son la mayor parte de los que se han confirmado en la fe de la Iglesia actual; mas no deben confundirse con éstos los  que obran el bien y creen la verdad, arrepintiéndose de algunos pecados, aun cuando, hallándose en adoración y sobre todo en tentación espiritual, hablen dentro de sí ú oren en alta voz una confesión oral como la de los hipócritas; porque tal confesión general precede y sigue á la verdadera reformación y regeneración.

La siguiente sección [IV. El hombre nace en males de toda clase y si no los aparta de si en parte mediante el arrepentimiento, permanece en ellos, y quien permanece en ellos no puede ser salvo. (N. 370-374.)...]