III
La mera confesión oral de que uno es pecador no es arrepentimiento
367. Con respecto á esta confesión oral los
Reformados, partidarios de la Confesión de Augsburgo, enseñan como
sigue:
«Ningún hombre puede jamás conocer sus pecados, por lo cual éstos no
pueden ser nombrados; son además interiores y ocultos y la confesión
sería por lo tanto falsa, inexacta y mutilada; mas el que confiesa
ser enteramente pecado, éste incluye todo pecado, excluyendo
ninguno; olvidando ninguno; pero si bien la enumeración de los
pecados no es necesaria, no por eso se debe desechar su práctica la
cual conviene á las conciencias tiernas y tímidas, mas esta forma de
confesión es una forma infantil y común para la gente sencilla é
ignorante.» (Fórmula Concordiae, pág. 327; 331; 380).
Tal
es la forma de la confesión, que en lugar del arrepentimiento por
medio de actos de penitencia adoptaron los Reformados después de
separados de los Católicos Romanos, cuya confesión basaron en su fe
imputativa, la cual, según su enseñanza, por sí sola obra la
remisión de los pecados y regenera al hombre, sin la ayuda de la
caridad y por consiguiente también sin la ayuda del arrepentimiento;
también la basaron en el apéndice inseparable de esa fe, de que no
hay cooperación por parte del hombre con el Espíritu Santo en la
obra de la justificación, y asimismo en el dogma de que el hombre no
tiene libre voluntad en cosas espirituales y que todo cuanto
pertenece á la salvación viene por misericordia inmediata y nada
absolutamente por una misericordia hecha mediata por el hombre ó por
conducto de él.
368.
Que la indicada confesión oral de ser uno enteramente pecado, no es
arrepentimiento, puede ser claro; porque todos los hombres, tanto
los buenos cuanto los malos, y hasta los demonios, pueden hacer tal
confesión oral y aún con cierta piedad exterior por la idea de los
tormentos del infierno que les amenazan, ó en medio de los cuales se
hallan; pero ésta no viene de una piedad interior, siendo
exclusivamente cosa de la imaginación y sólo de los pulmones, mas no
de la voluntad por inclinación interior y por consiguiente no del
corazón. Un hombre impío y un demonio arden interiormente después de
la confesión como antes del mismo en deseos de obrar el mal, cuyos
deseos les arrastran consigo como las alas de un molino de viento
pone en movimiento sus ruedas, y tal confesión hecha por semejantes
seres no es más que una tentativa de engañar á Dios ó de engañar á
gente sencilla para que les saque del suplicio. De semejantes
hombres dice el Señor en Marcos:
«Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías como está escrito:
este pueblo con los labios me honra mas su corazón lejos está de mi»
(VII: 6).
Y en
Mateo:
«Ay
de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas, porque limpiáis lo que
está de fuera del vaso y del plato mas de dentro están llenos de
robo y de injusticia: Fariseo ciego, limpia primero lo de dentro del
vaso v del plato para que también lo de fuera se haga limpio»
(XXIII: 25; 26).
369.
En semejante adoración hipócrita se hallan los que se han confirmado
en la fe de la Iglesia actual, de que el Señor por la pasión en la
Cruz quitó el pecado del mundo, por lo cual entienden los pecados
individuales de cada ser humano, con tal que cree y ora de acuerdo
con el ritual de la Iglesia respecto de la propiciación y mediación.
Algunos de ellos pueden con voz fuerte, y aparentemente con ardiente
celo, desde el pulpito exponer muchas cosas santas, referentes al
arrepentimiento y á la caridad, considerándolas sin embargo inútiles
con respecto á la salvación; porque no entienden otro
arrepentimiento que la confesión de la boca, ni otra caridad que la
moral, ó sea la de la vida civil. A éstos alude el Señor en Mateo
VII: 21; 23:
«Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu
nombre y en tu nombre lanzamos demonios y en tu nombre hicimos
muchos milagros? Y entonces les protestaré: Nunca os conocí;
apartaos de mi, obradores de maldad.»
Una vez oí en el mundo espiritual uno que oraba de la siguiente
manera: «Soy lleno de llagas, leproso, impuro desde el vientre de mi
madre; no hay en mí cosa sana desde mi cabeza hasta las plantas de
mis pies; no soy digno de elevar mi vista á Dios; merezco la muerte
y la maldición eterna, ten misericordia de mí por el amor de tu
Hijo; purifícame en su sangre; la salvación de todos está en tu
buena voluntad; imploro tu misericordia.» Sus palabras fueron oídas
por unas personas, que se hallaban cerca y le preguntaron: «¿Cómo
sabes que eres así?» Contestó: «Lo sé, porque lo he oído decir».
Entonces fue enviado á los ángeles que ofician de examinadores. Ante
ellos hablaba de la misma manera y después de examinarle declararon
que había dicho la verdad, pero sin conocer un sólo pecado en sí;
porque jamás se había examinado, creyendo que la confesión
oral bastaba para que sus males dejasen de ser males á los ojos
Dios, y que Dios, por haber sido propiciado no los miraría. De esta
manera no llegó jamás á conocer en sí mal alguno, no pudiendo por
consiguiente apartarse del mismo, y sin embargo era de intención
adúltero, ladrón y detractor maligno y ardía en sentimientos de
venganza; así era en su voluntad y corazón, y así hubiera sido
también en palabras y en hechos á no ser por temor al castigo de la
ley y á la pérdida de su reputación. Habiéndose comprobado que su
cualidad y carácter eran tales, fue juzgado y despedido para ir á
juntarse con los hipócritas en el infierno. Así son la mayor parte
de los que se han confirmado en la fe de la Iglesia actual; mas no
deben confundirse con éstos los
que obran el bien y creen la verdad, arrepintiéndose de
algunos pecados, aun cuando, hallándose en adoración y sobre todo en
tentación espiritual, hablen dentro de sí ú oren en alta voz una
confesión oral como la de los hipócritas; porque tal confesión
general precede y sigue á la verdadera reformación y regeneración.
La siguiente sección [IV. El hombre nace en males de toda clase y si no los aparta de si en parte mediante el arrepentimiento, permanece en ellos, y quien permanece en ellos no puede ser salvo. (N. 370-374.)...]