IV
El hombre nace en males de toda clase y si no los aparta de si en parte mediante el arrepentimiento, permanece en ellos, y quien permanece en ellos no puede ser salvo.
370.
Que el hombre nace en males de toda clase es conocido en la Iglesia
actual, la cual sin embargo se halla en error con respecto al origen
y carácter de este mal innato, al que llama el mal hereditario;
porque enseña que el pecado de Adán, que según su creencia era el
primer hombre, fue trasmitido á toda su posteridad, y que á causa de
este solo pecado todo hombre después de él quedó condenado junto con
él, y que esto es el pecado que continúa inherente al hombre. De
esta errónea enseñanza han nacido también muchas otras enseñanzas
erróneas, adaptadas por las iglesias, como por ejemplo la enseñanza
de que la lavadura, llamada Bautismo, es en sí misma regenerativa y
que fué instituida por el Señor como medio de expulsar pecados é
introducir al hombre en la Gracia de Dios, cuya fe profesan los
Anabaptistas, y también esta otra enseñanza de que el pecado
original de Adán, inherente á todo hombre, era el motivo de la
Venida del Señor en la Carne, y que la fe en Su merecimiento es el
medio de evitar la consecuencia de este pecado. Mas no existe mal
hereditario de semejante origen, según queda explicado más arriba
(N. 430 y subsiguientes); porque Adán no era el primer hombre, sino
que bajó la figura de Adán y su mujer se describe
representativamente á la primera Iglesia en esta tierra; por el
jardín de Edén su sabiduría, por el árbol de vida su mirar hacia el
Señor, que había de venir, y por el árbol de ciencia del bien y del
mal el mirar á sí mismo y no al Señor†. Cuando estas verdades son
comprendidas y reconocidas, la opinión, que hasta aquí ha
prevalecido de que el mal inherente al hombre es de ese origen, cae
por sí misma. El árbol de vida y el árbol de ciencia del bien y del
mal están en la mente de todo hombre, y su colocación en el jardín
significa que el hombre tiene libre voluntad de volverse hacia el
Señor ó de apartarse de El, lo cual se ha demostrado en el capítulo
octavo, que trata de la libre voluntad.
371.
Mas el origen del mal hereditario es otro. Este mal viene de los
padres; no que son de ellos los males actuales que el hombre obra en
su vida, sino la inclinación ó propensidad á obrarlos. Esto es un
hecho que todos reconocerán si lo examinan con la razón en unión de
la experiencia. Es conocido que los hijos nacen con semejanza
general á sus padres, tanto de rostro cuanto de maneras y genio, y
hasta con semejanza á sus abuelos y bisabuelos; en general se
distinguen, por semejanza entre los individuos, familias, pueblos y
naciones; un judío es fácilmente conocido por su rostro, por sus
ojos, por su habla y por sus gestos; y si pudieras de la misma
manera sentir la esfera de su vida, que sale de su genio innato, te
convencerías igualmente de su semejanza mental con otros judíos. De
esto sigue, que el hombre no nace en los males mismos, sino tan sólo
en la inclinación á los males que tenían sus padres, pudiendo tener
mayor propensidad á los males característicos más pronunciados en
ellos; por esta razón el hombre no es juzgado por causa de mal
hereditario alguno después de la muerte, sino por causa de los males
actuales que el mismo ha cometido en su vida en el mundo. Esto es
evidente también por el siguiente estatuto dado por Dios por
conducto de Moisés:
«Los
padres no morirán por los hijos ni los hijos por los padres; cada
uno morirá por su pecado» (Deut. XXIV: 16).
De
esto he podido convencerme por medio de viva experiencia en el mundo
espiritual; porque allí los que mueren en la infancia, sólo tienen
la inclinación al mal por la cual desean obrarlo, mas sin embargo no
lo obran, porque allí son educados bajo el auspicio del Señor y
salvos. La inclinación y propensidad á obrar el mal, transmitidas de
los padres á los hijos y á la posteridad, son derraigadas sólo por
el Señor por medio del nacimiento nuevo, llamado regeneración. Sin
este nacimiento nuevo la inclinación no sólo permanece arraigada,
sino que también aumenta con la sucesión de los padres, inclinándose
más al mal y finalmente á males de toda clase. Por esta misma razón
los judíos continúan todavía siendo imágenes de su padre Judá, quien
engendró tres ramas de ellos, tomando por concubina á una Canaanita
y cometiendo adulterio con Tamar, su nuera; y esta disposición
hereditaria ha aumentado en ellos en el transcurso del tiempo hasta
el punto de que son incapaces de admitir la religión cristiana de fe
y de corazón; he dicho que son incapaces, porque la voluntad
interior de su mente se opone á ello y esta voluntad causa la
incapacidad.
372.
Que todo mal innato, si no es apartado, permanece en el
hombre, va de sí mismo, y el hombre no puede ser salvo si continúa
en sus males. Que ningún mal puede ser apartado, sino por el Señor,
y que sólo puede ser apartado en los que creen en El y aman al
prójimo, consta por lo que se ha dicho en los capítulos precedentes
sobre este particular, especialmente en el capítulo sexto que trata
de la fe, en el cual se ha demostrado que El Señor, la caridad y la
fe forman uno, como la vida, la voluntad y el entendimiento, y si
son separados perecen como una perla reducida á polvo, y que El
Señor es caridad y fe en el hombre y el hombre es caridad y fe en el
Señor.
Mas
¿cómo consigue el hombre esta unión con el Señor? Únicamente por
medio del arrepentimiento, apartando en cierta medida sus males.
Decimos que el hombre debe apartarlos, porque el Señor no los aparta
directamente, sino con la cooperación del hombre, lo cual queda
demostrado en el capítulo que trata de la libre voluntad.
373.
Muchos objetan á esto que nadie puede cumplir los
mandamientos, máxime considerando que el que peca contra un solo
precepto del Decálogo, peca contra todos ellos. Mas esta declaración
no se debe tomar á la letra, sino que por ella se debe entender, que
quien con intención deliberada obra en contra de uno de estos
preceptos, obra en contra de los demás también, porque obrar con
intención deliberada es negar en absoluto que el acto es pecado, y
aunque se diga que es pecado, desechar la intimación como inválida,
y quien de esta manera niega que un pecado es pecado, desestimando
la opinión de otros, acaba por creer que todo cuanto se llama pecado
es inofensivo. Los que desechan el arrepentimiento llegan á tener
ideas y propósitos de esta naturaleza, pero los que por medio del
arrepentimiento han apartado de sí algunos males, por ser pecados,
se forman el propósito de creer en el Señor y amar al prójimo. Estos
últimos son inducidos por el Señor á mantenerse en el propósito de
apartar de sí otros males también, y cuando pecan por ignorancia, ó
arrastrados por algún deseo irresistible, no les es imputado como
pecado, porque no tenían el propósito de pecar, ni se confirman en
ello. Como ilustración de esto puede servir lo siguiente: En el
mundo espiritual he visto á muchos que en el mundo natural habían
vivido como otros, es decir, habían llevado hermosos vestidos,
comido manjares suculentos, acumulado riquezas, bromeado sobre
asuntos amorosos como por libertinaje y otras cosas semejantes, y
esto imputaban los ángeles á algunos de ellos como pecado y á otros
no, declarando inocentes á estos últimos, mas culpables á los
primeros. Al ser preguntado por qué juzgaban así, viendo que todos
habían vivido de la misma manera, contestaron que miraban todas las
cosas desde el propósito, la intención y el fin, según los cuales
distinguían y juzgaban. Excusaban ó condenaban por consiguiente los
que la intención ó el fin excusaba ó condenaba. La intención que
excusa es la del bien, la cual está con todos en el Cielo y la que
condena es la del mal, la cual está con todos en el infierno.
374.
El hombre que no aparta de sí en cierto grado sus males inherentes,
por medio del arrepentimiento y de la cooperación con el Señor,
puede compararse con un jardín descuidado, en el cual crecen
abundantemente espinos, cardos y ortigas, ahogando la vegetación
útil y hermosa que pudiera crecer en él; es como un árbol, que tiene
la raíz dañada, por cuya razón el tronco y todo el árbol es malsano
y lleva fruto interiormente podrido; mas si se corta el árbol
injertándose en el tronco la rama de un árbol sano y bueno, el jugo
malsano, que sube por el tronco, se vuelve bueno y sano al entrar en
la rama injertada, y ésta lleva fruto sano y bueno. Así es también
el hombre que por medio del arrepentimiento coopera con el Señor y
aparta de si los males, naciendo de nuevo y siendo regenerado,
porque de esta manera entra en conjunción con el Señor y recibe su
vida de El, cómo el pámpano injertado en la vid, y lleva buen fruto
(Juan XV: 46).
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Nota:
†
Que la primera iglesia en esta tierra es
representativamente descrita en los primeros
capítulos de Génesis se puede ver en Arcana
Coelestia, capitulo primero, detalladamente. |
La
siguiente sección [V.
Conocer el pecado y examinar determinado pecado dentro de si
es el principio del arrepentimiento en el hombre. (N. 375-377.)