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Para difundir las enseñanzas de Emanuel Swedenborg en el mundo hispanohablante.

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IX

La confesión debe hacerse ante el Señor Dios, el Salvador, y luego implorarse su ayuda y fuerza para resistir á los males.

 

386. La razón por la cual el hombre debe dirigirse al Señor Dios el Salvador y hacer su confesión ante El, es que El es el Dios del Cielo y de la tierra, el Redentor y Salvador, en Quien hay Omnipotencia, Omnisciencia, Omnipresencia, siendo también la Misericordia misma y la Justicia, y porque el hombre es su criatura y la Iglesia el corral de sus ovejas. En el Verbo invita repetidas veces al hombre de venir á El, hacerle culto y adorarle. Que el hombre debe acercarse á El sólo dice el Señor muy claramente en el siguiente pasaje en Juan:

«De cierto, de cierto os digo: el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, más sube por otra parte, el tal es ladrón y robador. Más el que entra por la puerta, el pastor de las ovejas es... Yo soy la puerta; el que por mi entrare será salvo, y entrará y saldrá y hallará pastos. El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y para que tengan abundancia. Yo soy el buen pastor (X: 1; 2; 911).

Subir por otra parte quiere decir acercarse directamente á Dios el Padre, Quien es invisible y por lo tanto inaccesible, y no puede haber conjunción con El directo, por cuya razón El Mismo vino al mundo, haciéndose visible y accesible, posibilitando y facilitando conjunción consigo, á fin de que el hombre pudiera ser salvo.: Si el hombre no se acerca (en su pensamiento) á Dios como Hombre, desvanece toda idea de Dios, perdiéndose en el vacío como la vista cuando atraviesa el espacio sin encontrar objeto en que fijarse; ó bien toma forma en las cosas inánimes de la Naturaleza. En los primeros capítulos de esta obra se ha explicado detalladamente, que Dios Mismo, Quien desde la Eternidad es un' solo y Único Dios, vino al mundo en la Persona del Señor el Salvador, Quien era Su Naturaleza Humana, llamada Su Hijo, el cual fué engendrado por la virtud del Altísimo por conducto de Su Santo Espíritu, y revestido de un cuerpo material mediante la Virgen María, de lo cual sigue, que Su Alma era lo Divino Mismo, llamado el Padre (porque Dios es Uno é indivisible), y que lo Humano, que así nació, es lo Humano de Dios el Padre, llamado Su Hijo (Lucas I: 32; 34; 35). De esto sigue á su vez que cuando el hombre se acerca al Señor Dios el Salvador, se acerca al mismo tiempo á Dios Padre, por lo cual el Señor dijo á Felipe, cuando éste deseaba ver al Padre:

«El que me ha visto ha visto al Padre. ¿Cómo pues dices tú: Muéstranos al Padre? ¿No crees que Yo soy en el Padre y el Padre en mí?... Creedme que Yo soy en el Padre y el Padre en mi» (Juan XIV: 611).

387. Después de examinarse el hombre debe hacer suplicación al Señor y confesión. La suplicación debe ser que el Señor le sea propicio, que le tenga misericordia y que le dé fuerzas para resistir los males de los cuales se arrepiente; que le dé inclinación y deseo de obrar el bien, puesto que el hombre sin el Señor nada puede hacer (Juan XV: 5). La confesión debe ser ver sus males, reconocerlos y culparse de ellos, sintiéndose miserable pecador. No es necesario enumerar sus pecados ante el Señor, ni de suplicarle Su perdón. La enumeración es superflua, porque al examinarse el hombre les ha buscado, encontrado y contemplado en sí mismo, y estando presentes á la vista del hombre, se hallan presentados también al Señor; además el Señor le guió durante la exanimación, sácalos á luz, é inspiróle tristeza y junto con ésta la resolución de desistir de ellos y empezar una nueva vida. La suplicación del hombre de que sus pecados le sean perdonados es también superflua por las siguientes razones: Primero porque los pecados no son abolidos en el acto, sino apartados poco á poco, y esto se verifica luego, á medida que el hombre desista de ellos, conduciendo una nueva vida; porque en cada mal hay una multitud de concupiscencias inherentes, ó por decirlo así, encerradas, y éstas no pueden ser apartadas en un momento, sino paulatinamente á medida que el hombre se deja reformar y regenerar. La segunda razón es que el Señor perdona á todo hombre sus pecados, porque El es la Misericordia misma. No los imputa á nadie, porque dice: «No saben lo que hacen.» Mas no por eso son apartados los pecados, porque la remisión y la purificación sólo se pueden verificar como más arriba se ha dicho. Que el Señor siempre perdona y no imputa pecados á hombre alguno, puede ser evidente por sus palabras á Pedro, cuando éste le preguntó, cuántas veces debía perdonar á su hermano, que había pecado contra él; si bastaba perdonarle siete veces: «No te digo hasta siete más aún hasta setenta veces siete.» Así quiere el Señor que perdonen los hombres; cómo, pues, no ha de perdonar el Señor siempre? No es necesario implorar al Señor Su perdón, mas no perjudica que uno, que sufre bajo el peso de su conciencia, enumere sus pecados en la presencia de un ministro de la Iglesia (lo cual se hace para los efectos de la absolución) á fin de que su carga sea aligerada; hasta puede ser provechoso, porque así se acostumbra el hombre á examinarse y á contemplar sus males de día en día. Esta última confesión es natural, mas la arriba indicada es espiritual.

La siguiente sección [X. El arrepentimiento actual y efectivo es fácil para los que lo han practicado algunas veces, pero encuentra grande resistencia en los que no lo han practicado. (N. 388-389.)...]