IX
La confesión debe hacerse ante el Señor Dios, el Salvador, y luego implorarse su ayuda y fuerza para resistir á los males.
386.
La razón por la cual el hombre debe dirigirse al Señor Dios el
Salvador y hacer su confesión ante El, es que El es el Dios del
Cielo y de la tierra, el Redentor y Salvador, en Quien hay
Omnipotencia, Omnisciencia, Omnipresencia, siendo también la
Misericordia misma y la Justicia, y porque el hombre es su criatura
y la Iglesia el corral de sus ovejas. En el Verbo invita repetidas
veces al hombre de venir á El, hacerle culto y adorarle. Que el
hombre debe acercarse á El sólo dice el Señor muy claramente en el
siguiente pasaje en Juan:
«De
cierto, de cierto os digo: el que no entra por la puerta en el
corral de las ovejas, más sube por otra parte, el tal es ladrón y
robador. Más el que entra por la puerta, el pastor de las ovejas
es... Yo soy la puerta; el que por mi entrare será salvo, y entrará
y saldrá y hallará pastos. El ladrón no viene sino para hurtar y
matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y para que
tengan abundancia. Yo soy el buen pastor (X: 1; 2; 911).
Subir por otra parte quiere decir acercarse directamente á Dios el
Padre, Quien es invisible y por lo tanto inaccesible, y no puede
haber conjunción con El directo, por cuya razón El Mismo vino al
mundo, haciéndose visible y accesible, posibilitando y facilitando
conjunción consigo, á fin de que el hombre pudiera ser salvo.: Si el
hombre no se acerca (en su pensamiento) á Dios como Hombre,
desvanece toda idea de Dios, perdiéndose en el vacío como la vista
cuando atraviesa el espacio sin encontrar objeto en que fijarse; ó
bien toma forma en las cosas inánimes de la Naturaleza. En los
primeros capítulos de esta obra se ha explicado detalladamente, que
Dios Mismo, Quien desde la Eternidad es un' solo y Único Dios, vino
al mundo en la Persona del Señor el Salvador, Quien era Su
Naturaleza Humana, llamada Su Hijo, el cual fué engendrado por la
virtud del Altísimo por conducto de Su Santo Espíritu, y revestido
de un cuerpo material mediante la Virgen María, de lo cual sigue,
que Su Alma era lo Divino Mismo, llamado el Padre (porque Dios es
Uno é indivisible), y que lo Humano, que así nació, es lo Humano de
Dios el Padre, llamado Su Hijo (Lucas I: 32; 34; 35). De esto sigue
á su vez que cuando el hombre se acerca al Señor Dios el Salvador,
se acerca al mismo tiempo á Dios Padre, por lo cual el Señor dijo á
Felipe, cuando éste deseaba ver al Padre:
«El
que me ha visto ha visto al Padre. ¿Cómo pues dices tú: Muéstranos
al Padre? ¿No crees que Yo soy en el Padre y el Padre en mí?...
Creedme que Yo soy en el Padre y el Padre en mi» (Juan XIV: 611).
387.
Después de examinarse el hombre debe hacer suplicación al Señor y
confesión. La suplicación debe ser que el Señor le sea propicio, que
le tenga misericordia y que le dé fuerzas para resistir los males de
los cuales se arrepiente; que le dé inclinación y deseo de obrar el
bien, puesto que el hombre sin el Señor nada puede hacer (Juan XV:
5). La confesión debe ser ver sus males, reconocerlos y culparse de
ellos, sintiéndose miserable pecador. No es necesario enumerar sus
pecados ante el Señor, ni de suplicarle Su perdón. La enumeración es
superflua, porque al examinarse el hombre les ha buscado, encontrado
y contemplado en sí mismo, y estando presentes á la vista del
hombre, se hallan presentados también al Señor; además el Señor le
guió durante la exanimación, sácalos á luz, é inspiróle tristeza y
junto con ésta la resolución de desistir de ellos y empezar una
nueva vida. La suplicación del hombre de que sus pecados le sean
perdonados es también superflua por las siguientes razones: Primero
porque los pecados no son abolidos en el acto, sino apartados poco á
poco, y esto se verifica luego, á medida que el hombre desista de
ellos, conduciendo una nueva vida; porque en cada mal hay una
multitud de concupiscencias inherentes, ó por decirlo así,
encerradas, y éstas no pueden ser apartadas en un momento, sino
paulatinamente á medida que el hombre se deja reformar y regenerar.
La segunda razón es que el Señor perdona á todo hombre sus pecados,
porque El es la Misericordia misma. No los imputa á nadie, porque
dice: «No saben lo que hacen.» Mas no por eso son apartados los
pecados, porque la remisión y la purificación sólo se pueden
verificar como más arriba se ha dicho. Que el Señor siempre perdona
y no imputa pecados á hombre alguno, puede ser evidente por sus
palabras á Pedro, cuando éste le preguntó, cuántas veces debía
perdonar á su hermano, que había pecado contra él; si bastaba
perdonarle siete veces: «No te digo hasta siete más aún hasta
setenta veces siete.» Así quiere el Señor que perdonen los hombres;
cómo, pues, no ha de perdonar el Señor siempre? No es necesario
implorar al Señor Su perdón, mas no perjudica que uno, que sufre
bajo el peso de su conciencia, enumere sus pecados en la presencia
de un ministro de la Iglesia (lo cual se hace para los efectos de la
absolución) á fin de que su carga sea aligerada; hasta puede ser
provechoso, porque así se acostumbra el hombre á examinarse y á
contemplar sus males de día en día. Esta última confesión es
natural, mas la arriba indicada es espiritual.
La
siguiente sección [X.
El arrepentimiento actual y efectivo es fácil para los que lo
han practicado algunas veces, pero encuentra grande resistencia en
los que no lo han practicado. (N. 388-389.)