V
Conocer el pecado y examinar determinado pecado dentro de si es el principio del arrepentimiento en el hombre
375.
Nadie en el mundo cristiano ignora lo que es el pecado, porque desde
la infancia aprenden todos lo que es el mal y desde la niñez lo que
es el mal del pecado; los hijos aprenden esto de sus padres, de sus
preceptores y del catecismo que contiene el Decálogo, cuyo libro es
el primer libro de religión que le es dado en mano. Luego lo
aprenden por predicaciones en los templos y por instrucción en sus
casas; luego plenamente por el Verbo. Además lo aprenden por las
leyes civiles que dan preceptos similares á los del Decálogo y otros
preceptos del Verbo; porque el mal del pecado no es otro que el mal
contra el prójimo y el mal contra el prójimo es también el mal
contra Dios, cuyo mal es pecado. Más de nada sirve el conocer el
pecado si el hombre no examina los actos de su vida, con el objeto
de ver si ha cometido pecado. Antes de que haga esto no existe en él
más que el mero conocimiento, y todo cuanto dice el predicador es
entonces mero sonido que entra por un oído y sale por el otro,
acabando por ser un mero pensamiento y cierta disposición devota del
aliento, siendo con muchos una cosa meramente imaginaria y
quimérica. Pero el caso es enteramente diferente si el hombre se
examina y según su idea de lo que es pecado encuentra algo de eso en
sí y dice á sí mismo: «Este mal es pecado» y luego se abstiene de su
práctica por temor de eterno castigo. Entonces es recibido por ambos
oídos lo que en el templo se predica, ó lo que por enseñanza
aprende, y lo que dice en oración; porque entonces es introducido en
el corazón, y el hombre, de ser pagano, se convierte en cristiano.
376.
Es bien conocido y reconocido en el mundo cristiano que el
hombre debe examinar su interior para, ver si encuentra en sí males
que son pecados, porque no sólo en los países católicos, sino
también en los que se confiesan á la religión reformada protestante,
ó sea los Evangélicos, se amonesta y se exhorta á todos, que antes
de acercarse á la Santa Cena deben examinar sus interiores,
reconocer y confesar sus pecados y conducir una vida nueva y mejor.
En la iglesia inglesa se añade á esta exhortación terribles
amenazas. Su ritual para la Santa Cena, en su principio, es como
sigue:
«La
manera y medios de recibir dignamente la Santa Cena, son: primero
hacer un examen de su vida y conversaciones según la regla de los
mandamientos de Dios y en cualquier punto, que encontraréis que lo
habéis ofendido de pensamiento, palabra ú obra, arrepentíos de
vuestros pecados y confesadlos al Dios Altísimo con pleno propósito
de enmienda de vida, y si conociereis que vuestros pecados son tales
que no solamente son contra Dios sino también contra vuestros
prójimos, entonces reconciliaos con ellos y estad prontos á hacer
restitución y satisfacción hasta donde os sea posible por todas las
injurias y errores concebidos por vosotros contra ellos, y estad
también prontos para olvidar las ofensas, que os hayan inferido así
como Dios olvida y perdona las vuestras; porque recibir de otra
manera la Santa Comunión no hará sino aumentar vuestra condenación.
Por lo tanto si alguno de vosotros ha blasfemado de Dios, ha
censurado ó maldecido Su Santa Palabra, si es adúltero ó ha caído en
malicia ó envidia de algún modo ó ha cometido algún crimen,
arrepiéntase de sus pecados ó de otro modo no se acerque á esta
Santa Mesa porque, después de haber participado de este Santo
Sacramento, el diablo no entre en vosotros como entró en Judas, y os
llene de toda iniquidad y que vengáis á la destrucción del cuerpo y
del alma.»
377.
Hay quienes no pueden examinar sus interiores, como por
ejemplo los niños hasta que lleguen á tener juicio cabal y los
sencillos que no tienen capacidad para reflexionar. Tampoco lo
pueden los que no temen á Dios; ni los que son enfermos mental y
corporalmente, ni los que se han confirmado en la doctrina de la
justificación por la fe sola, imputadora del mérito de Cristo, cuyos
últimos se han persuadido de que por medio de la exanimación y de
los consiguientes actos de arrepentimiento entra algo de lo propio
del hombre, que contamina la fe y expulsa la salvación de su solo y
único foco que es la imputación del mérito de Cristo. Estos, si se
confiesan, sólo se confiesan con la boca, y que esta clase de
confesión no es arrepentimiento queda ya demostrado en lo que
precede de este capítulo. Mas los que saben lo que es pecado y
mayormente los que por el Verbo conocen muchas verdades referentes
al mismo y las enseñan, dejando sin embargo de examinar sus
interiores por lo cual no ven en sí pecado alguno, pueden compararse
con los que acumulan oro, almacenándolo en cajas y armarios, no
utilizándolo más para deleitarse con mirarlo y contarlo; son como
los que atesoran alhajas de oro y plata, encerrándolas en sótanos,
sólo para tener la convicción de ser opulentos; son como el hombre
que ocultó su talento en la tierra y como el que guardó su mina en
un pañzuelo (Mateo XXV: 25; Lucas XIX: 20). Son también como el
suelo endurecido junto al camino y como el pedregal, en los cuales
cayó la simiente (Mateo XIII: 4; 5); son como higueras con abundante
follaje, mas sin fruto (Marcos XI: 13). Son corazones de adamante,
que no se vuelven corazones de carne (Zacarías VII: 12); son como
las perdices que cubren lo que no ponen; allegan riquezas mas no con
juicio; las dejan en medio de sus días y en su postrimería son
incipientes (Jeremías XVII: 11); son como las cinco vírgenes fatuas,
quienes tenían lámparas, mas no aceite (Mateo XXV: 112). Los que por
el Verbo conocen muchas verdades referentes á la caridad y al
arrepentimiento, hallándose enteradas de sus preceptos y que sin
embargo dejan de conducir su vida con arreglo á ellos, carecen por
completo de calor espiritual por más que tengan abundante luz
espiritual y pueden llamarse inviernos, huertos helados, climas
árticos, regiones de nieves y hielos.
La
siguiente sección [VI.
El arrepentimiento actual y efectivo es examinarse, reconocer y
confesar sus pecados ante el Señor, implorar Su ayuda y empezar una
nueva vida. (N. 378-380.)