VII
El verdadero arrepentimiento es examinar no sólo los actos de su vida, sino también la intención de su voluntad
381. EL verdadero arrepentimiento del hombre es examinar no sólo
los actos de su vida, sino también las intenciones de su voluntad,
porque los actos de la vida son realizados por el entendimiento y la
voluntad, siendo así que el hombre habla por el pensamiento y obra
por la voluntad, por lo cual el habla es el pensamiento en forma de
palabras, y el obrar es la voluntad en forma de acto, y puesto que
las palabras y los actos vienen del entendimiento y de la voluntad
es evidente que éstos son los que pecan, cuando peca el cuerpo;
además el hombre puede arrepentirse de los males que ha cometido con
su cuerpo y sin embargo permanecer en el deseo de la voluntad y en
el pensamiento, de todavía cometerlos, y esto es como cortar el
árbol malo por las ramas, dejando el tronco y la raíz en la tierra,
en cuyo caso el mismo árbol malo vuelve á crecer y extender sus
ramas alrededor; mas cuando es derraigado
es diferente, y esto se verifica en el hombre arrepentido que se
examina, si al mismo tiempo examina las intenciones de su voluntad,
apartando sus malas inclinaciones por medio del arrepentimiento
actual y efectivo. Las intenciones de la voluntad se examinan con
examinar los pensamientos; porque en los pensamientos se
manifiestan; por lo cual examinar las intenciones es procurar saber
hasta qué punto quiere é intenta venganza, adulterio, robo, falso
testimonio, etc.; cuando piensa de ellos; procurar saber hasta qué
punto se inclina hacia ellos y asimismo hasta qué punto desea,
intenta ó siente inclinación de blasfemar contra Dios, contra la
Santa Escritura y contra la Iglesia, y de igual manera con respecto
á todo pecado. Además, al dirigir su atención hacia estas cosas,
debe procurar saber si las cometería, si no le detuviese el temor
del castigo de las leyes y de la pérdida de la reputación. El hombre
que después de verificada tal examinación resuelve no querer cometer
tales cosas, por ser pecados contra Dios, éste se arrepiente de
veras é interiormente y máxime si se halla en el goce de ellas y al
mismo tiempo en libertad de abandonarse impunemente á su práctica y
sin embargo las resiste y se abstiene de ellas. El que practica este
arrepentimiento repetidamente, acaba por percibir el goce del mal
como sinsabor cada, vez que vuelva, y finalmente lo condena al
infierno. Esto es lo que significan las palabras del Señor en Mateo:
«El
que desea hallar su vida la perderá y el que perdiere su vida por
causa de mi la hallará» (X: 39).
El
hombre que por medio del arrepentimiento, aparta de su voluntad los
males, es como quien sucesivamente quita la cizaña introducida en su
cuerpo por el Demonio, haciendo que la simiente sembrada por el
Señor Dios el Salvador encuentre buena tierra, crece y se
desarrolla, rindiendo rica mies (Mateo XIII: 2530).
382.
Hay dos amores principales, que durante largo tiempo han
permanecido arraigados en la raza humana; uno de éstos es el amor de
dominar ó sobreponerse á otros y el otro es el de poseer los bienes
de otros. El primero, si se le da rienda suelta, va hasta el punto
de pretender ser Dios del Cielo, y el último, si es dejado en
libertad, pretende ser Dios del mundo. A estos dos amores se hallan
subordinados todos los demás amores malos, de los cuales hay
variedades, sin número; mas examinar estos dos amores principales es
cosa sumamente difícil, porque residen en las profundidades
interiores, donde se hallan escondidos como víboras en los agujeros
de una roca; éstos no echan su veneno mas que cuando uno se reclina
sobre la roca para descansar, ignorando el peligro que corre;
entonces se lanzan para dar el golpe mortal, hincan su diente
venenoso y se retiran de nuevo.—Estos dos amores engañan de mil
maneras al hombre que se halla sujeto á ellos; se revisten de
magníficos vestidos, de ricas togas y túnicas, como un demonio entre
los que le rodean á quienes quiere engañar por medio de sus artes
mágicas; mas hay que decir que pueden ejercer su dominio con los de
humilde posición más que con los de alta categoría, con los pobres
más que con los ricos, con súbditos más que con príncipes y reyes,
porque los reyes nacen para el dominio y las riquezas, á las cuales
acaban por mirar como los particulares miran á sus criados y bienes,
y á su posición y oficio miran como el funcionario civil mira al
suyo, ó como en la vida privada el administrador, el capitán de
buque, ó el colono miran al suyo; mas con todos pueden ejercer su
dominio los indicados amores: Reyes que ambicionan dominar sobre
otros reinos se hallan en este caso y otras personas de alta
categoría pueden igualmente de muchas maneras hallarse sujetas á
estos amores en el mayor grado. Residen en la voluntad, que es el
receptáculo del amor, y por las inclinaciones de ésta toman forma en
las ideas del pensamiento, manifestándose como males de la vida en
actos y obras. Por eso es necesario examinar las intenciones de la
voluntad; porque ésta es la casa misma donde vive el hombre, y el
entendimiento con sus pensamientos es como el vestíbulo por donde
entra y sale. Guando las intenciones de la voluntad se examinan,
verificándose el verdadero arrepentimiento, y apartándose las malas
inclinaciones, entonces
el hombre es elevado por el Señor, extraído de la voluntad natural,
en la cual residen los males hereditarios y actuales, é introducido
en la voluntad espiritual, por medio de la cual el Señor reforma y
regenera la natural y por medio de ésta también las cosas sensuales
y voluntarias del cuerpo, por consiguiente todo el hombre.
La siguiente sección [VIII. Hay
quienes no se examinan y sin embargo desisten de males por ser
pecados. Estos se arrepienten también debidamente y así se
arrepienten los que por religión obran la caridad. (N. 383-385.)