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Para difundir las enseñanzas de Emanuel Swedenborg en el mundo hispanohablante.

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XI

El que nunca ha practicado el arrepentimiento, que nunca ha investigado ni escudriñado sus interiores, acaba por no saber lo que es el mal que condena, ni lo que es el bien que salva.

 

390. El mal que está en el hombre sin que éste lo ve, reconoce y confiesa, permanece en él, y como permanece se arraiga más y más hasta obstruir el interior de su mente. La consecuencia de esto es que el hombre no llega á ser espiritual, sino que permanece natural y con el progreso del mal se vuelve sensual y finalmente corpóreo. En este estado (sensual y corpóreo) no puede distinguir el mal que condena, del bien que salva; porque acontece con él como con un árbol que crece sobre la dura roca, extendiendo sus raíces por estrechas rendijas, cuyo árbol muere lentamente por falta de nutrición. Todo hombre debidamente educado es racional y moral; mas hay dos clases de racionalidad; la una viene del mundo, la otra del Cielo. El que adquiere su racionalidad del mundo y no al mismo tiempo del Cielo, no es racional y moral más que en palabras y maneras, siendo interiormente una bestia y hasta una fiera, porque obra en concierto con los que están en el infierno, y éstos son como fieras en su cualidad y carácter. Pero el que adquiere su racionalidad y moralidad también del Cielo es verdaderamente racional y moral, porque lo es á la vez en su espíritu, en su habla y en su cuerpo. Lo espiritual se halla al interior de estos últimos como el alma en su cuerpo, moviendo y disponiendo lo natural, lo sensual y lo corpóreo, y este hombre obra en concierto con los ángeles del Cielo. Hay pues dos clases de hombres racionales y morales, á saber: el hombre espiritual/racional y moral y el hombre exclusivamente natural/racional y moral. En el mundo se parecen, y no se puede distinguir entre ellos, mas los ángeles del Cielo los conocen y distinguen entre ellos tan fácilmente como el hombre distingue entre palomos y lechuzas, ó entre ovejas y tigres. El hombre meramente natural puede ver males y bienes en otros y puede también reprenderlos, pero puesto que nunca ha mirado su propio interior y nunca se ha examinado, no ve ni reconoce en sí mismo mal alguno. Si alguien descubre un mal en él, lo oculta por medio de su racionalidad á manera de una serpiente que esconde su cabeza en el polvo, y se sumerge en él como un tábano en un montón de estiércol. Esto sucede á causa del gozo del mal en el cual se halla y el cual le circunda como una densa niebla que absorbe y extingue los rayos de la luz. Este gozo es el gozo del infierno, porque en todo el infierno no hay otro gozo que éste. Se exhala del infierno é influye en todo hombre generalmente por las plantas de los pies, por la espalda y por el occipucio; pero en muchos es recibido en la cabeza por la frente, y en el cuerpo por el pecho, y éstos son esclavos del infierno. La razón es que en el cerebro humano residen el entendimiento y su sabiduría, y en el cerebelo la voluntad y su amor; por esto tiene el nombre dos cerebros. El gozo del mal se halla en todo hombre meramente natural y tanto más abundantemente cuanto más es sensual y corpóreo, y sólo por medio de lo racional y moral, procedente de lo espiritual, puede ser corregido, reformado y convertido en gozo del bien, que es el gozo del Cielo.

391. El hombre meramente natural y moral es, en y por sí considerado, sensual. Lo sensual es lo último ó sea lo extremo de la vida del hombre; adhiere á los cinco sentidos de su cuerpo y adhiere con ellos. Sensual se llama al hombre que juzga de todo por los sentidos del cuerpo, no creyendo más que lo que puede ver con los ojos y tocar con las manos, diciendo que esto es algo y lo demás es nada. Los interiores de su mente, que ven por la luz del Cielo, se hallan cerrados, de manera que no puede ver verdad alguna, perteneciente al Cielo y á la Iglesia. Tal hombre piensa exteriormente, por sus cosas extremas y no interiormente por luz alguna espiritual, porque se halla en la gruesa luz natural (lumen). Por esta causa es interiormente opuesto á las cosas del Cielo y de la Iglesia, por más que exteriormente pueda hablar favorablemente de ellas y hasta con interés y celo si ve en ello un medio de conseguir poderío y riquezas. Los hombres eruditos, hondamente confirmados en falsedades, y especialmente los que se han confirmado en contra de las verdades del Verbo, son sensuales más que otros. Hombres sensuales raciocinan agudamente y con mucha destreza, porque su pensamiento está tan cerca de su habla, que, por así decir, es el habla, y porque ponen toda inteligencia en hablar meramente por la memoria. Además pueden con habilidad confirmar falsedades, y luego de confirmarlas creer que son verdades; pero raciocinan y confirman por las falacias de los sentidos corporales que captivan y persuaden á la gente común. Los hombres sensuales son más astutos y maliciosos que otros. Los avaros, adúlteros y maliciosos son marcadamente sensuales, por más que al mundo parecen ser hombres de ingenio. El interior de su mente es inmundo y sucio y por conducto del mismo comunica con los infiernos. En el Verbo se les llama muertos. Todos los que están en los infiernos son sensuales y tanto más cuanto más profundamente se hallan allí metidos. La esfera de estos espíritus infernales comunica con lo sensual del hombre por la espalda, y en la luz del Cielo su occipucio parece hueco. A los que raciocinan exclusivamente por medio de las cosas sensuales llamaban los antiguos serpientes del árbol de ciencia del bien y del mal. Las cosas sensuales deben estar en el último lugar, y no en primero. Con un hombre sabio é inteligente están en el último lugar, subordinadas á las cosas interiores, pero con un hombre que no tiene sabiduría ni inteligencia están en el primer lugar y predominan. Cuando las cosas sensuales se hallan en el último lugar se abre mediante ellas un camino al entendimiento, y las verdades se sacan de ellas por un procedimiento de extracción, siendo refinadas y elevadas, porque las cosas sensuales se extienden hacia el mundo y se hallan inmediatamente en contacto con éste, recibiendo las cosas que del mundo influyen á ellas y por así decir cribándolas. Resulta pues que el hombre por conducto de las cosas sensuales comunica con el mundo, mientras que por conducto de las racionales comunica con el Cielo, y lo sensual suministra las cosas que sirven á los sentidos internos de la mente; ciertas cosas sensuales suministran á la parte intelectual y otras á la parte voluntaria. Si el pensamiento no se eleva por encima de las cosas sensuales, tiene el hombre poca sabiduría, pero siendo elevado, entra en una luz más clara, y finalmente en la luz celestial. Lo último, ó sea lo extremo del entendimiento es lo perteneciente á la ciencia natural, y lo último, ó lo extremo de la voluntad es el goce sensual.

392. Con respecto á su hombre exterior ó natural el hombre es cómo un animal é introduce en sí la imagen del animal mediante su vida. En el mundo espiritual aparece por esta razón alrededor de tales hombres toda clase de animales, siendo éstos correspondencias; porque la parte natural del hombre, en y por sí considerado, es meramente animal; pero puesto que lo espiritual le ha sido añadido, puede llegar á ser hombre, y si no llega á serlo por la facultad que tiene, puede imitar al hombre; mas en este caso no pasa de ser un animal que habla, porque si bien habla por un natural racional, piensa sin embargo por una demencia espiritual, y si bien obra por un natural moral, ama sin embargo por un amor de sátiro. Sus actos observados por un hombre espiritual/racional difieren poco de los ademanes de uno que ha sido mordido por la tarántula, llamados el baile de San Vito ó de San Guy. El hipócrita puede hablar de Dios, el ladrón de sinceridad, el adúltero de castidad, porque el hombre tiene la facultad de cerrar ó abrir, según su gusto, la puerta de comunicación entre sus pensamientos interiores y sus palabras y entre sus intenciones y sus actos, siendo la prudencia y la astucia el portero; si no fuera así se precipitaría con más furia que una fiera en actos abominables y crueles. Pero después de la muerte aquella puerta permanece continuamente abierta en cada uno, y entonces el hombre aparece en su exterior tal como es en su interior; pero en el infierno es mantenido dentro de límites por medio de castigo y vigilancia. Es pues de suma importancia que cada uno se examine; que encuentre en sí sus males y que se abstenga de su práctica por principio religioso. Si se abstiene por algún otro motivo no son apartados, sino tan sólo ocultos á los ojos del mundo.

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