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Para difundir las enseñanzas de Emanuel Swedenborg en el mundo hispanohablante.

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XII

Dos Recuerdos

 

393. RECUERDO I. Me sentí súbitamente presa de un malestar casi mortal; mi cabeza se inclinó desmayada bajo un peso enorme; un humo pestilencial me hirió, subiendo de la Jerusalén inmunda, llamada Sodoma y Egipto (Apoc. XI. 8). Estaba casi muerto por el cruel dolor y esperaba mi fin. En este estado permanecí, acostado en mi cama, tres días y medio. Era que mi espíritu fue introducido en este estado y con él mi cuerpo. Entonces oí alrededor de mí voces, y dijeron: «Mira aquel predicador de arrepentimiento para remisión de los pecados, que también predicaba el hombre Cristo (como) solo (Dios); hele aquí muerto en la calle de nuestra ciudad». Y preguntaron á unos clérigos si yo era digno de ser enterrado, respondiendo ellos que no lo era: «Que se quede allí, que se quede allí como espectáculo público.» Iban y venían burlándose. Esto me sucedió mientras escribía la explicación del capítulo once del Apocalipsis. Luego oí palabras pronunciadas en un tono áspero, especialmente éstas: «¿Cómo puede uno arrepentirse, excepto con abrazar la fe? ¿Cómo se puede adorar al hombre Cristo como Dios? Siendo salvos por pura gracia, sin mérito propio alguno ¿qué es entonces necesario mas que abrazar la fe de que Dios el Padre envió á su Hijo para que Este deshiciera y quitara la condenación de la Ley, imputándonos Su mérito y así justificándonos ante Dios y dándonos absolución de nuestros pecados (por conducto del ministro) y enviándonos luego el Espíritu Santo para operar en nosotros toda clase de bienes? ¿No es esto conforme la Sagrada Escritura y también conforme la razón?» La gente que estaba allí aplaudía. Oí todas estas cosas, pero no pude contestar, hallándome casi muerto. Mas después de tres días y medio mi espíritu recobró vida. Salí de la calle é internándome en la ciudad clamé de nuevo: ¿Arrepentios y creed en Cristo y vuestros pecados serán remitidos y seréis salvos; de otra ma¬nera pereceréis.» ¿No predicaba el Señor Mismo el arrepentimiento para remisión de los pecados y dijo que debían creer en El? ¿No encomendó á Sus discípulos el practicar lo mismo? Vuestro dogma de fe ¿no os introduce en una falsa seguridad é indolente reposo en vuestra vida? Mas ellos dijeron: «¿Qué disparates estás diciendo? ¿No ha pagado el Hijo nuestra deu¬da? ¿No imputa el Padre este pago á los que así creen? Así que, siendo nosotros guiados por el Espíritu de Gracia, ¿qué es el pecado en nosotros? ¿Qué es la muerte para nosotros? ¿Comprendes este Evangelio, tú, heraldo de pecado y de arrepentimiento?» Pero entonces se oyó una voz, procedente del Cielo, que dijo: «¿Qué es la fe del impenitente, sino una fe muerta? El fin viene, el fin viene sobre vosotros, confiados, á vuestro propio parecer inmaculados, según vuestra propia creencia justificados, Satanás.» Y de repente se abrió el suelo en el centro de la ciudad y ensanchándose la abertura, cayeron las casas una tras otra, hundiéndose en el abismo. Luego subió por la ancha abertura agua hirviendo, que inundó las ruinas.

Viendo que habían sido engullidos y que parecían inundados, deseaba conocer su suerte en el abismo y me fue dicho del Cielo: «Verás y oirás.» Entonces desaparecieron las aguas de delante de mis ojos, porque las aguas que parecían cubrirlos eran correspondencias, como todas las cosas en el mundo espiritual, por cuya razón aparecen con los que se hallan en falsedades como una inundación. Entonces vi que corrían sobre un fondo arenoso, entre montones de piedras, lamentándose de haber sido echados de su grande ciudad, gritando y vociferando: ¿Por qué nos ha sucedido esto? ¿No somos por nuestra fe limpios, justos y santos? ¿No hemos sido limpiados, purificados, justificados y santificados por nuestra fe? Y otros exclamaban: ¿No somos por nuestra fe aptos para aparecer ante Dios el Padre como limpios, puros, justos y santos y ser percibidos, reputados y ante los ángeles declarados como tales? ¿No somos reconciliados y propiciados; no se ha hecho expiación por nosotros, y no somos absueltos, lavados y limpios de nuestros pecados? ¿No ha quitado Cristo la condenación de la Ley? ¿Por qué pues nos han echado en este abismo como condenados? En nuestra grande ciudad oíamos por cierto exclamar á un audacioso proclamador de pecado: «Creed en Cristo y arrepentíos. ¿Mas no hemos creído en Cristo, cuando hemos creído en Su mérito? ¿Y no nos hemos arrepentido, cuando hemos confesado que somos pecadores? ¿Por qué, pues, nos ha sucedido esto?» Mas entonces una voz se dejó oír al lado de ellos diciendo: «¿Conocéis algún pecado en vosotros, á cuya práctica os abandonáis? ¿Os habéis examinado alguna vez? ¿Habéis en su consecuencia huido de algún mal por ser pecado contra Dios?» EL que no huye del pecado se halla en el pecado, y el pecado es el Diablo. Por eso sois aquellos de quienes dijo el Señor: «Entonces comenzaréis á decir: delante de tí hemos comido y bebido y tú has enseñado en nuestras calles»; y les dirá: «Digo os que no os conozco de donde seáis; apartaos de mí todos, obradores de iniquidad» (Lucas XIII: 26: 27). Retiraos pues cada uno á su lugar; delante de vosotros veis entradas á cuevas; entrad en ellas y á cada uno será dado trabajo que hacer y alimento con arreglo al trabajo; si no entráis, el hambre os obligará á ello.

Luego salió una voz del Cielo dirigida á individuos en la tierra, quienes (en cuanto á su espíritu) se hallaban en las afueras de aquella grande ciudad (de los cuales se hace mención en el Apocalipsis XI: 13); diciendo con acento fuerte: Guardaos, guardaos de todo trato con semejantes. ¿No comprendéis que los males que se llaman pecado é iniquidad hacen al hombre inmundo é impuro? ¿Cómo puede el hombre ser limpiado y purificado de estos pecados excepto por el arrepentimiento actual y efectivo y por la fe en el Señor Jesucristo? El arrepentimiento actual es examinarse á sí mismo, reconocer y culparse de sus pecados individuales, confesarlos ante el Señor, implorar Su ayuda y fuerza para resistirlos, y así abstenerse de ellos y conducir una nueva vida, todo lo cual debéis hacer como por vosotros mismos. Haced esto una ó dos veces al año, cuando os acercáis á la Santa Cena, y luego, al volver la tentación de cometer los pecados de los cuales os habéis reconocido culpables, decid á vosotros mismos: «No queremos hacerlo porque es pecado contra Dios». Esto es verdadero arrepentimiento. ¿Quién no puede comprender que el que no se examina y no ve su pecado, permanece en él? Porque todo mal lleva en sí su goce desde el nacimiento: Por su naturaleza siente el hombre goce en venganza, en libertinaje, en fraude, en blasfemia y especialmente en dominar por egoísmo, y el goce impide el que estos pecados sean reconocidos por el hombre. Si acaso alguien le dice que son pecados, el goce que siente por ellos le induce á defenderlos y hasta á confirmar, mediante falsedades, que no son pecados, de manera que permanece en ellos y se abandona á su práctica más que antes; Así acaba por no poder distinguir entre lo que es pecado y lo que no es pecado, y á ignorar por completo la existencia del mal. Mas con uno que practica el arrepentimiento actual es diferente. Los males que éste reconoce y de los cuales se culpa, llama pecado, empieza por huirlos y abstenerse de su práctica y acaba por percibir su goce como una cosa desagradable. A medida que esto se verifica, ve y ama al bien, y finalmente percibe el goce del bien, que es el goce de los ángeles del Cielo. En una palabra, en cuanto uno mete detrás de sí al Diablo, es adoptado por el Señor, enseñado, guiado y apartado del mal y mantenido en el bien por El. Este es el camino, que conduce del infierno al Cielo y no hay otro.

394. RECUERDO II. Todo amor existente en el hombre exhala su goce, mediante el cual se deja percibir; lo exhala en el espíritu y por conducto de éste en el cuerpo, y el goce del amor, en unión del placer del pensamiento, forma la vida del hombre. Mientras el hombre vive en el cuerpo su percepción de este goce y este placer es obscura y confusa, porque el cuerpo los absorbe, atenuándolos; pero después de la muerte, cuando el cuerpo material es apartado y el espíritu queda libre de su envoltura, los goces de su amor y los placeres de sus pensamientos se dejan percibir y sentir llenamente y—lo que es extraño—á veces como olor. Esto es la razón por la cual todos en el mundo espiritual se hallan coasociados con arreglo á sus amores, en el Cielo con arreglo á los suyos y en el Infierno con arreglo á los suyos. Los olores, en los cuales se convierten los goces de los amores del Cielo, son percibidos como fragancias, olores suaves, exhalaciones balsámicas y percepciones deleitosas, como las que se perciben en huertos de flores, en campos y en bosques en una mañana de primavera. Pero los olores, en los cuales se convierten los goces de los amores del Infierno, se perciben como olores nauseabundos pungentes, fétidos y pútridos, como aquellos que salen de pozos ciegos, de cadáveres y de aguas estancadas, llenas de suciedades y excrementos, y lo extraño es, que los demonios y satanás los perciben como bálsamos aromáticos y suaves inciensos, recreando con ellos su olfato y sus corazones. En el mundo natural es dado á animales, aves y reptiles asociarse con arreglo al olor, pero no á los hombres, hasta que hayan dejado sus cuerpos. De esto sigue que el Cielo se halla ordenado con arreglo á todas las variedades del amor al bien, y el infierno, siendo opuesto, con arreglo á todas las variedades del amor al mal. A causa de esta oposición hay una sima entre el Cielo y el Infierno, la cual no puede ser franqueada, porque los que están en el Cielo no pueden sufrir los olores de los que están en el Infierno, por causarles náuseas y vómitos y amenazarles con desmayos, si los aspiran. Lo mismo sucede con los que están en el Infierno, cuando, trepando, llegan encima del centro de la sima. Una vez vi á un demonio que desde una distancia presentaba el aspecto de un leopardo —(este demonio se había dejado ver unos cuantos días, antes entre los ángeles del último cielo, porque poseía el arte de convertirse en un ángel de luz)—quien trepó más arriba del centro de la sima y púsose entre dos olivos, no percibiendo olor alguno, que fuere ofensivo á su vida; porque no había ángel alguno allí presente. Mas apenas se presentaron allí unos ángeles, el demonio fue presa de convulsiones y cayó al suelo con brazos y piernas recogidos, y entontes parecía una monstruosa serpiente que se retorcía. Por último, rodando por la sima al abismo, fue recogido por sus compañeros y llevado á una cueva, donde por medio de un olor de fiera que correspondía á su inclinación especial, recobraba la vida. Una vez vi también á un satanás castigado por sus compañeros. Pregunté la razón y me dijeron que tapando sus nasales, se había acercado á los del Cielo, y volviendo traía consigo ese olor apegado á sus vestidos. Me ha sucedido á menudo que un olor pútrido como de un cadáver, procedente de alguna cueva abierta en el infierno, ha herido mi olfato, causando vómito. Por esto resulta claro por qué razón en el Verbo sentir olor significa percepción, por qué allí á menudo se dice que Jehová olió suave olor de los holocaustos. También resulta claro por qué razón el ungüento de aceite y el incienso fueron preparados de substancias y hierbas olorosas. Por otro lado se puede ver la razón por la cual á los hijos de Israel fué mandado llevar fuera del campamento todo objeto impuro entre ellos, excavar hoyos y enterrar su excrementos (Deut. XXIII: 12; 13). El campamento de Israel representaba el Cielo y el desierto alrededor del campamento representaba el Infierno.

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