II
El Lavatorio, llamado Bautismo, significa un lavatorio espiritual, que es purificación del mal y de la falsedad, por consiguiente regeneración
456.
Por los estatutos dados á los Israelitas por conducto de Moisés se
sabe que entre otras cosas les fué ordenado lavatorios. Aarón debía
observar esta ceremonia antes de ponerse la vestidura sacerdotal (Levít.
XVI: 4; 24) y antes de ir al altar para ministrar (Éxodo XVI: 18;
21; XL: 30; 31). Igualmente los Levitas (Números VIII: 6) y á este
efecto se hallaban colocados á la entrada del templo depósitos de
agua (I Reyes VII: 25; 39). Debían asimismo lavar vasos y varios
enseres, como mesas, bancos, camas, fuentes y copas (Levít. XI: 32;
XIV: 8; 9; XV: 5; 12; XVII: 15; 16; Mateo XXIII: 26; 27). Estas
ceremonias les fueron ordenadas, porque la Iglesia, que se
estableció entre ellos, había de ser una Iglesia representativa,
imagen de la Iglesia cristiana que la había de suceder. Estas
representaciones, exclusivamente exteriores, fueron abrogadas al
venir el Señor al mundo, y en su lugar fue instituida por El la
Iglesia cristiana. La Iglesia israelita era exterior y
representativa; la cristiana es interior y esencial; la sucesión de
aquélla por ésta á la venida del Señor fue como apartar un cortinaje
ó levantar un velo, descubriendo así los verdaderos elementos, que
constituyen la Iglesia interior, á fin de que á su vez saliesen para
los efectos del culto, sustituyendo á las antiguas ceremonias, que
eran representaciones de ellos. Lo real sustituyó á lo
representativo, y esto quedó abrogado por superfluo é inútil. De
todo lo representativo, figurativo y simbólico retuvo el Señor sólo
dos cosas principales, las cuales debían contener, sumariamente,
todo cuanto había de representativo y simbólico en la Iglesia
israelita. Estos dos símbolos son: el Bautismo, en lugar de los
lavatorios, y la Santa Cena, en lugar del sacrificio cuotidiano de
un cordero, y particularmente en lugar del sacrificio del cordero de
la Pascua.
457.
Varios pasajes del Verbo dan testimonio de que los antiguos
lavatorios significaban lavatorios espirituales, es decir,
purificaciones del mal y de la falsedad; he aquí algunos de estos
pasajes:
«Cuando el Señor lavare las inmundicias de las hijas de Sión y
limpiare las sangres de Jerusalén de en medio de ella con espíritu
de juicio y con espíritu de ardimiento...» (Isaías IV: 4).
«Aunque te laves con lejía y amontones jabón sobre ti permanecerán
en tí las manchas de tus iniquidades» (Jerem. II: 22; Job IX: 30;
31).
«Lávame de mi iniquidad y seré emblanquecido más que la nieve»
(Salmo XLI: 4; 7).
«Lava de la malicia tu corazón, OH Jerusalén, para que seas salva» (Jerem.
IV: 14).
«Lavad; limpiaos, quitad la iniquidad de vuestras obras ante mis
ojos; dejad de hacer lo malo» (Isaías I: 16).
El
Señor, mientras estaba en el mundo, dijo también que el lavatorio
del cuerpo nada aprovecha sin el lavatorio del espíritu,
representado y simbolizado por el lavatorio exterior, y que este
último, que era una ceremonia de la Iglesia israelita, nada importa
á la Iglesia cristiana. Leemos en los Evangelios:
«Al
ver los fariseos y los escribas que los discípulos del Señor comían
pan con manos comunes les condenaban, porque los fariseos y todos
los judíos no comen sin lavarse muchas veces las manos, aparte de
otras muchas cosas, que se han tomado para guardar, como las
levaduras de los vasos de beber y de los jarros, de los vasos de
metal y de los lechos. A éstos y al pueblo dijo el Señor: Oídme
todos y entended: Nada hay fuera del hombre, que entra en él, que le
puede dominar, mas lo que sale de él, aquello es lo que contamina al
hombre» (Mateo VII: 1; 2; 4; 14; 15; Mateo XV: 2; 11; 17; 20).
Y en
otro lugar:
«Ay
de vosotros, escribas y fariseos, porque limpiáis lo que está fuera
del vaso y del plato, pero de dentro están llenos de robo y de
injusticia. Fariseo ciego, limpia primero lo de dentro del vaso y
del plato para que también lo de fuera se haga limpio» Mateo XXIII:
25; 26).
Es
pues claro que el lavatorio, que se llama el Bautismo, representa y
significa el lavatorio espiritual, es decir, la purificación del mal
y de la falsedad. Por otra parte es también claro que el lavatorio
exterior no puede limpiar más que el cuerpo. El malvado, que por su
inclinación al mal siente gusto y satisfacción en la práctica
abominable de sus males, puede lavarse mucho y hacer que su cutis
resplandezca, sin que por eso desaparezca, ni disminuya su mala
inclinación, ni por eso desista de su iniquidad. Lo exterior no
influye en lo interior, porque esto es contrario al Divino Orden,
pero lo interior influye en lo exterior y produce allí sus efectos
conforme el Orden. Si, pues, el interior no es purificado del mal,
el acto exterior del Bautismo no produce más efecto que los
lavatorios de los judíos antiguamente; en realidad el acto exterior,
aparte de la utilidad que más adelante se explicará, no contribuye á
la bienaventuranza más que el cidaris del Papa contribuye á la
dignidad de su oficio, ni más que la corona y el cetro de un rey
contribuyen á su poder real. Es como la levadura de los borregos
antes de esquilarlos, es decir, de utilidad puramente exterior,
natural. Sin el lavatorio correspondiente espiritual, que es la
purificación del espíritu, el acto exterior, salvo la utilidad antes
mencionada, no sirve mas que para dar la apariencia de cristiano, es
decir, dar un hermoso aspecto exterior, mientras que el interior
está lleno de abominaciones; por consiguiente sólo sirve para ser,
como los fariseos, «sepulcros blanqueados» (Mateo XXIII: 25; 28). El
infierno está lleno de satanás, todos procedentes de la raza humana,
tanto bautizados cuanto no bautizados. El Bautismo nada hace al
caso, sin la purificación del espíritu; porque el acto del Bautismo
en y por sí no produce efecto mas que en el hombre exterior, el
cual, separado del hombre interior ' ó espiritual, es meramente
animal; peor aún, es una fiera y aún más fiera que una fiera. Por lo
cual: «Aunque te lavares con lluvia, ó con rocío, ó con agua de las
mejores fuentes», ó, como dice el profeta: «aunque te lavares con
hisopo y con jabón» no quedarás limpio de tus iniquidades, sino sólo
por el nacimiento nuevo, del cual se ha tratado detalladamente en su
capítulo.