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VII

Por medio del Bautismo de Juan fue preparado el camino para que Jehová, el Señor, pudiera descender al mundo y efectuar la Redención

469.    En Malachías leemos:

«He aquí, Yo enviaré mi mensajero el cual preparará el camino delante de mí, y luego vendrá á su templo el Señor, á quien vosotros buscáis, y el Ángel del pacto, á quien deseáis vosotros. Y ¿quién podrá sufrir el tiempo de su venida, 6 quién podrá estar cuando él se mostrará?» (III: 1; 2).

Y otra vez:

«He aquí, Yo os envío á Elias, el profeta, antes de que venga el día de Jehová, grande y terrible... no sea que venga yo y con destrucción hiera á la tierra» (IV: 5; 6).

En otro lugar leemos que Zacarías, el padre del profeta, profetizando de su hijo, dijo:

«Tú, niño, profeta del Altísimo serás llamado; irás ante la faz del Señor para aparejar sus caminos» (Lucas I: 76).

Y el Señor Mismo dijo luego acerca del mismo Juan:

«Este es de quien está escrito: he aquí, envió mi mensajero delante de tu faz, el cual aparejará tu camino delante de ti» (VII: 27).

Estos pasajes dicen muy claramente, que Juan era el profeta enviado para preparar el camino de Jehová Dios, á fin de que pudiera descender al mundo y realizar la Redención, y que preparó el camino con bautizar, y bautizando anunciar la Venida del Señor, sin cuya preparación todo el mundo hubiera perecido, herido de maldición.

470. La razón por la cual el camino quedó aparejado mediante el Bautismo de Juan, era que mediante ese Bautismo fueron introducidos en la futura Iglesia del Señor é introducidos espiritualmente entre aquellos en el Cielo que esperaban y deseaban la Venida del Señor, ó sea el Mesías, según antes se ha explicado, y de esta manera fueron protegidos por ángeles contra la destrucción por la invasión de los demonios del infierno. Por esta razón se dice en Malachías: «¿Quién podrá sufrir el tiempo de su venida?» Y en otro lugar: «No sea que yo venga y con destrucción Mera á la tierra.» Esta es tam¬bién la razón por la cual se dice en Isaías:

«He aquí, el día de Jehová viene, crudo y de saña, y ardor de ira... haré estremecer los cielos y la tierra se moverá de su lugar... el día de la ira de mi furor» (XIII: 9; 13).

En Jeremías ese día es llamado: un día de desfallecimiento, de venganza y de destrucción (IV: 9; VII: 32. XLVI: 10; 21; XLVII: 4; XLIX: 8; 26) y en Ezequiel «un día de ira, de nublado, de oscuridad y de tinieblas». (XIII: 5; XXX: 2, 3, 9; XXXIV: 11; 12; XXXVIII: 14, 16, 18, 19). Igualmente en Amos (V: 13; 18; 20; VIII: 3, 9, 13). En Joel se dice: «El día de Jehová es muy terrible; ¿y quién lo podrá sufrir?» (II: 1; 2; 11; 29; 31). Y en Sophonías:

«En aquel día habrá voz de clamor.»

«Cercano está el día grande de Jehová.»

«Día de ira, día de angustia, de alboroto y de asolamiento.»

«Día de tiniebla y de oscuridad.»

«En aquel día toda la tierra será consumida con el fuego del celo de Jehová y hará consumación apresurada con todos los moradores de la tierra» (I: 7; 18).

Parecidos testimonios encontramos también en varios otros lugares del Verbo. Por todo lo cual es evidente que de no haber sido preparado el camino mediante el Bautismo de Juan y su efecto en el Cielo, por virtud del cual los infiernos fueron cerrados y los Judíos de esta manera preservados de una destrucción total, hubiera perecido todo el mundo. Además consta por las palabras de Jehová á Moisés:

«En un momento, si subiera en medio de ti, te consumiría» (Éxodo XXXIII: 5).

Y por las palabras de Juan á las multitudes que salían á él para ser bautizadas:

«Generación de víboras, ¿quién os ha enseñado á huir de la ira que vendrá?> (Mateo III: 7; Lucas III: 7).

Que Juan, al bautizar, también enseñaba á Cristo y anunciaba Su próxima Venida vemos en Lucas III: 16 y en Juan I: 25; 26; 31; 33; III: 26. Consta por esto que Juan preparó el camino delante de Jehová y de qué manera lo preparó.

471.    El Bautismo de Juan era sin embargo diferente del de la Iglesia cristiana; porque ese Bautismo representaba la purificación de la mente exterior ó natural del hombre, mientras que el Bautismo de la Iglesia cristiana representa y significa la purificación de la mente interior ó espiritual del hombre, cuya purificación es regeneración. Por eso leemos que Juan bautizaba con agua, mientras que el Señor bautiza con el Espíritu Santo y con Fuego. El Bautismo de Juan se llama por esta razón el Bautismo del arrepentimiento (Mateo III: 11; Marcos I: 4; 5; Lucas III: 3; 6; Juan II: 25; 26; 33; Hechos I: 22; X: 37; XVIII: 25). Los Judíos, que fueron bautizados eran hombres exclusivamente exteriores, y el hombre exterior no puede, sin fe en Cristo, llegar á ser hombre interior. Cuando los que eran bautizados con el Bautismo de Juan recibieron la fe en Cristo, fueron hechos hombres interiores y fueron entonces bautizados en el Nombre de Jesús, lo cual se puede ver en los Hechos de los Apóstoles (XIX: 3; 6).

472.    Moisés dijo á Jehová:

«Ruégote que me muestres tu gloria.»

y Jehová le dijo:

«No podrás ver mi rostro porque no me verá hombre y vivirá; y dijo Jehová además: he aquí lugar junto á mi, y ti estarás sobre la peña y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado; y después apartaré mi mano y verás mis espaldas, mas no se verá mi rostro» (Éxodo XXXIII: 1823).

La razón por la cual el hombre no puede ver á Dios y vivir es que Dios es el Amor mismo, y el Amor mismo, ó sea el Divino Amor, aparece ante los ángeles en el mundo espiritual como un Sol, distante de ellos como el sol de nuestro mundo dista de nosotros. Si Dios, que está en medio de ese Sol, se aproximara á los ángeles, perecerían, como perecerían los hombres, si se acercara á ellos el sol natural, porque aquel Sol es igualmente ardiente. Por esta razón hay esferas ó atmósferas, que rodean al Sol, una por fuera de otra, modificando el ardor de este Amor á fin de que no influya en el Cielo tal como es en sí mismo, porque entonces los ángeles serían consumidos. Así es que cuando el Señor se deja sentir más llenamente presente en el Cielo, los impíos que se hallan debajo del Cielo empiezan á lamentarse, á ser atormentados y á quedar como exánimes, por lo cual huyen dentro de cuevas y rendijas en las montañas, exclamando:

«Caed sobre nosotros y escondednos de la cara de aquél que está sentado sobre el trono y de la ira del cordero» (Apoc. VI: 16; Isaías II: 19; 21).

No es el Señor mismo que así desciende en el Cielo, sino un ángel al cual el Señor rodea con una esfera de Amor de Sí Mismo. Varias veces he visto, que los impíos han sido aterrorizados por este descenso, como si vieren la muerte misma delante de sus ojos; algunos de ellos precipitándose más profundamente en el infierno y otros experimentando tormentos hasta exasperarse. Era por esta razón que los hijos de Israel se prepararon durante tres días antes del descenso de Jehová Dios sobre el monte de Sinaí, y que al monte fue puesto término alrededor, á fin de que nadie se acercara y muriese (Éxodo XIX). Por esta razón era también que nadie debía tocar con sus manos, ni ver directamente con sus ojos, el Decálogo, que fue promulgado del monte de Sinaí, escrito sobre dos tablas de piedra y puesto en el Arca, la cual fue colocada en el Sancto Sanctorum y sobre ella el propiciatorio y los querubines, siendo así que aquel Decálo¬go era santo, porque Dios Mismo estaba en él, y la comunicación entre El y el pueblo debía verificarse por conducto de las cosas intermedias, que fueron interpuestas por su orden, á fin de no causarle perjuicio mortal. Hasta el alto Sacerdote Aarón no debía acercarse al Arca mas que una vez al año y aun así con previa observación de la ceremonia de la expiación, por medio de sacrificios y ofrendas de incienso. Por llegar á la inmediata presencia del Arca murieron muchos miles de los Bethsemitas (I Samuel V: 11; 12; VI: 19) y también Uza, quien la tocó con su mano (II Samuel VI: 6; 7). Por estos hechos puede ser evidente cuan grande maldición, ó destrucción, hubiera caído sobre los Judíos si no hubieran sido preparados para la Venida del Señor y preservados contra la infestación del mal, mediante el Bautismo de Juan, porque sólo así podían sufrir la presencia del Mesías, que era Jehová Dios Mismo, por mas que se hallaba revestido de la Naturaleza Humana, en la cual se reveló á los hombres como uno de ellos, modificando así el ardor abrasante de Su Divino Amor, y que la preservación del mal por medio del Bautismo consistía en que fueron introducidos espiritualmente entre los ángeles en el mundo espiritual, que aguardaban y deseaban la Venida del Señor, cuyos ángeles, enviados por el Señor, les servían de guardianes.

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Siga adelante hasta el doceavo capítulo.  ~ La Santa Cena