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Para difundir las enseñanzas de Emanuel Swedenborg en el mundo hispanohablante.

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I.

Hay tres amores universales: el amor al Cielo, el amor al mundo y el amor á si mismo.

296. Examinaremos primero estos tres amores, porque son lo universal y fundamental de los demás amores, y la Caridad tiene algo de común con cada uno de ellos. Por el amor al cielo entendemos el Amor al Señor y también el amor al prójimo; y puesto que ambos miran como fin los usos y provechos, pueden llamarse el amor á los usos. Por el amor al mundo entendemos no tan sólo amor á las riquezas y á hacienda, sino también á todo cuanto el mundo proporciona; á todo cuanto agrada á los sentidos del cuerpo, como hermosura al ojo, armonía al oído, fragancia á la nariz, delicadezas al paladar, suavidad al tacto; hermosos vestidas, confortables habitaciones, sociedad y todo goce derivado de estas cosas y otras parecidas. Él amor á sí mismo no es tan sólo amor á honores, gloria, fama y eminencia, sino también ambición de merecer oficios importantes y así elevarse sobre otros. La caridad tiene algo de común con cada uno de estos tres amores, siendo en sí misma un amor á los usos, porque la caridad desea obrar el bien para con el prójimo, es decir, hacer uso y provecho, y cada uno de los tres amores universales mencionados mira al uso y provecho como fin; el amor al cielo mira á los usos espirituales, el amor al mundo á los usos naturales, que pueden llamarse usos civiles; y el amor á sí mismo á los usos corporales, que pueden llamarse usos domésticos, prestados al beneficio de uno mismo y de los suyos. En el próximo artículo será demostrado, que estos tres amores desde la creación existen en todo hombre; por consiguiente que son innatos, y que, estando debidamente subordinados, perfeccionan al hombre, mientras que por otra parte, no estando debidamente subordinados, le pervierten. Mas aquí sólo diremos que los tres mencionados amores son debidamente subordinados, cuando, comparados  con  el cuerpo humano, el amor al cielo forma la cabeza, el amor al mundo el pecho y el abdomen, y el amor á sí misino los pies y sus plantas. La mente humana se distingue en tres regiones, según se ha dicho antes: desde la región superior el hombre mira á Dios, desde la intermedia mira al mundo, y desde la inferior mira á sí mismo: es como una casa en tres pisos, el superior morada de ángeles del cielo, el intermedio morada de hombres y el inferior morada de genios. El hombre en el cual los tres amores se hallan debidamente subordinados, puede ascender y descender á su gusto; si sube al piso superior está en compañía de los ángeles como un ángel; si desde este piso desciende al piso intermedio, está en compañía de hombres como un hombre/ángel y si de este piso desciende al inferior, está en compañía de genios como hombre en el mundo, instruyéndolos, reprendiéndolos y subyugándolos. En este hombre el amor superior, que es el amor al cielo, se halla interiormente en el amor intermedio, que es el amor al mundo, y por medio de éste en el amor inferior, que es el amor á sí mismo, y el amor que se halla en lo interior dirige á su gusto y antojo los amores que se hallan al exterior, por lo cual este hombre obra usos y provechos por virtud de Dios y del Cielo en cada uno de estos amores. En su operación estos tres amores son como la voluntad, el entendimiento y la actividad en el hombre; mas para bien comprender esto será necesario adelantar algunos antecedentes, referentes á la voluntad y al entendimiento, al bien y á la verdad, al amor en general y al amor al mundo y á sí mismo en particular, al hombre exterior, al hombre interior y al hombre meramente natural y sensual.

297.    (1) La voluntad y el entendimiento.

I.    El hombre tiene dos facultades que en principio constituyen su vida; la una es la voluntad, la otra el entendimiento. Estos dos son distintos y sin embargo creados de manera á poder formar uno; y cuando forman uno, constituyen la mente del hombre y se llaman una mente; en ellos está la vida del hombre en sus principios y desde allí desciende á su cuerpo.

II.    Así como todas las cosas del Universo, que se hallan en regla y según el Orden, se refieren al bien y á la verdad, así todas las cosas que existen en el hombre, se refieren á su voluntad y á su entendimiento, puesto que el bien en el hombre mora en su voluntad y la verdad en su entendimiento; siendo así que estas dos facultades ó vidas en el hombre son sus receptáculos; la voluntad receptáculo del bien y el entendimiento receptáculo de la verdad. Los bienes y las verdades no se hallan en otro lugar en el hombre y el amor y la fe en él se hallan, pues, necesariamente también allí, puesto que el amor pertenece al bien y el bien al amor, como asimismo la fe pertenece á la verdad y la verdad á la fe.

III.    La voluntad y el entendimiento forman el espíritu del hombre; porque en ellos residen su sabiduría y su inteligencia y también su amor y su caridad, y en general su vida. El cuerpo es meramente obediencia.

IV.    Importa sobre todo saber de qué manera la voluntad y el entendimiento forman una mente. La forman de la misma manera que el bien y la verdad forman uno; porque entre la voluntad y el entendimiento existe un matrimonio parecido al que existe entre el bien y la verdad. La cualidad y el carácter de este matrimonio se verá más claro por lo que a continuación se explicará con respecto al bien y á la verdad, es decir, que el bien es el esse mismo de una cosa, y la verdad es su existere, que viene del esse; así es, que la voluntad en el hombre es el esse mismo de su vida, mientras que el entendimiento es el existere de la vida que procede del esse, ó sea de la voluntad, porque el bien que está en la voluntad, toma forma en el entendimiento, exhibiéndose en éste visiblemente.

298.    (2) El bien y la verdad.

I.    No hay en el Cielo ni en el Universo cosa alguna que, hallándose conforme el Divino Orden, no tenga relación con el bien y la verdad. La razón es que ambos proceden de Dios, de Quien vienen todas las cosas. Este hecho implica por sí solo la necesidad para el hombre de formarse concepto exacto de lo que son el bien y la verdad; de cómo el primero mira á la última, y de cómo tienen conjunción entre sí mutuamente. El saber esto importa especialmente al hombre que pertenece á la Iglesia, porque así como todas las cosas del Cielo se refieren al bien y á la verdad, así todas las cosas de la Iglesia se refieren igualmente á ellos, siendo así que los bienes y las verdades del Cielo son asimismo los bienes y las verdades de la Iglesia.

II.    El Divino Orden implica la conjunción del bien con la verdad, los cuales deben necesariamente formar uno y no dos, porque separados no se hallan en conformidad con el Orden. De Dios proceden unidos y en el Cielo se hallan unidos, por lo cual deben estar unidos en la Iglesia también. En el Cielo la conjunción del bien con la verdad se llama el matrimonio celestial, porque todos los que viven allí se hallan en este matrimonio, Es por esta razón que en el Verbo el Cielo se compara con un matrimonio y con nupcias y que el Señor es llamado Novio y Esposo y el Cielo Novia y Esposa, é igualmente la Iglesia. El Cielo y la Iglesia se llaman así, porque los que están en ellos reciben bienes Divinos en sus verdades.

III.    Toda inteligencia y sabiduría en los ángeles vienen de ese matrimonio y no de un bien separado de la verdad, ni de una verdad separada del bien. El caso es igual con los hombres en los cuales hay iglesia.

IV.    Puesto que la conjunción del bien con la verdad es como un matrimonio, es evidente, que el bien ama á la verdad y la verdad al bien, y que éste y aquélla desean unirse mutuamente. El hombre que no tenga tal amor y tal deseo en sí, no se halla en el matrimonio celestial y por consiguiente no hay en él iglesia, porque la conjunción del bien con la verdad hace la Iglesia.

V.    Los bienes son múltiples, mas en general se pueden distinguir en bienes espirituales y bienes naturales; ambos unidos en el bien moral genuino. Como los bienes, así las verdades, puesto que las verdades pertenecen á los bienes y son formadas por ellos.

VI.    Como los bienes y las verdades, así, en sentido opuesto, los males y las falsedades, es decir, que así como todas las cosas del Universo, que se hallan conformes al Divino Orden, se refieren al bien y á la verdad, así todas las cosas, que son contrarias al Divino Orden, se refieren al mal y á la falsedad, y así como el amor del bien va unido á la verdad y la verdad al bien, así el amor del mal va unido á la falsedad y la falsedad al mal; así como la inteligencia y la sabiduría nacen de la conjunción del bien con la verdad, así toda insensatez y necedad nacen de la conjunción del mal con la falsedad. La conjunción del mal con la falsedad, interiormente mirada, no es matrimonio, sino adulterio.

VII.    Siendo el mal y la falsedad opuestos al bien y á la verdad, es evidente, que la verdad no puede unirse con el mal, ni el bien con la falsedad del mal; la verdad, cuando se une con el mal, cesa de ser verdad y se vuelve falsedad, porque es falsificada, y el bien, cuando se une á la falsedad del mal, cesa de ser bien y se vuelve un mal, porque es adulterado; sin embargo, la falsedad que no proceda del mal puede unirse al bien.

VIII.: El que se halla arraigado en el mal y por consiguiente en la falsedad, por confirmación y por una mala vida, no puede conocer lo que son el bien y la verdad, porque cree que su mal es un bien y que su falsedad es verdad; pero el que se halla en el bien y por consiguiente en la verdad por confirmación y por una buena vida, puede conocer lo que es el mal y la falsedad. La razón es que los bienes y las verdades son celestiales en su esencia, mientras que los males con sus falsedades son infernales en su esencia, y lo celestial se halla en la luz, mas lo infernal en tinieblas.

299.    (3) El amor en general.

I.    La vida del hombre es su amor: Tal como es su amor, tal es su vida, y tal es el hombre en su totalidad. Mas hay que saber que el amor que constituye la vida y determina el carácter del hombre, es su amor predominante. Y éste dirige muchos amores subordinados, que son derivaciones del mismo, los cuales presentan diferentes aspectos, mas pertenecen sin embargo todos al amor predominante, y unidos á éste forman un reino, en el cual el predominante es el rey, ó sea la cabeza que dirige á los demás, y por medio de ellos, como fines intermedios, busca y fomenta su propio fin, que es el primero y el último de todos; y esto hace tanto directamente como indirectamente.

II.    Lo que el amor predominante anhela es lo que se ama sobre todas las cosas, y lo que uno ama sobre todas las cosas está siempre presente en su pensamiento, porque está en su voluntad y es su misma vida. Por ejemplo: El que ama opulencia sobre todas las cosas, sea dinero, sea propiedades, está siempre meditando é ideando maneras y medios para conseguirla; tiene íntimo goce cuando la obtiene, y profundo dolor cuando la pierde; su corazón está en ella. El que ama á sí mismo sobre todas las cosas, cuida de sí mismo en todo; piensa en sí mismo, habla de sí mismo, obra por causa de sí mismo; porque su vida es egoísmo.

III.    Lo que uno ama sobre todas las cosas, esto es su objeto final; esto busca por todas partes, en general y en particular: es en su voluntad como la corriente latente de un río que le arrastra consigo, aun mientras hace gestiones en otro sentido, porque este objeto final es lo que le anima. Es asimismo lo que uno procura descubrir y conocer en otro y conociéndolo se sirve de ello para dirigirle según su deseo, ó bien para obrar en concierto con él.

IV.    El hombre es enteramente tal como es su amor dominante; éste es lo que le distingue de otros; con arreglo á éste es formado su cielo si es bueno, ó su infierno si es malo; es su voluntad y su naturaleza, porque es el esse mismo de su vida, y no cambia después de la muerte, porque es el hombre mismo.

V.    Todo cuanto al hombre proporciona gozo, satisfacción y dicha, viene de su amor predominante y es semejante á éste; lo que se ama se llama gozo, porque se siente así. Lo que se piensa y sin embargo no se ama, esto, aunque se llame gozo, no es sin embargo el gozo de la vida. El objeto, ó sea el gozo del amor es lo que á cada uno parece bueno; y lo que desagrada al amor es á su parecer malo.

VI.    Hay dos amores de los cuales nacen como de su fuente todos los bienes y todas las verdades, y hay dos otros de los cuales nacen todos los males y todas las falsedades; los dos amores, de los cuales nacen los bienes y las verdades, son el amor al Señor y el amor al prójimo; los dos otros, de los cuales nacen los males y las falsedades, son el amor á sí mismo y el amor al mundo; los dos últimos, cuando predominan, son enteramente opuestos á los dos primeros.

VII.    Los dos amores, de los cuales vienen los bienes y las verdades, y los cuales son el amor al Señor y el amor al prójimo, hacen el cielo en el hombre, porque estos amores reinan en el Cielo; y puesto que hacen el cielo en el hombre, hacen también la iglesia en él. Los dos amores, de los cuales vienen los males y las falsedades, y los cuales son el amor á sí mismo y el amor al mundo, hacen el infierno en el hombre, porque estos amores reinan en el Infierno; destruyen por consiguiente la iglesia en el hombre.

VIII.    Los dos amores del cielo abren y forman el hombre interior espiritual, porque residen en éste; pero los dos amores del infierno, cuando predominan, cierran y destruyen el hombre interior espiritual, haciendo que el hombre sea exclusivamente natural y sensual según el grado y cualidad de su predominio.

300. (4) El amor á si mismo (el egoísmo) y el amor al mundo en particular.

I.    El amor á si mismo, ó sea el egoísmo, es codiciar el bien para sí mismo y no desearlo á otros, si no es á causa de sí mismo; ni siquiera á la Iglesia, á la patria, á la sociedad, ó á un conciudadano. Es también hacer beneficios á otros por causa de propia reputación, honor y gloria; y si no ven probabilidad de conseguir tales ventajas mediante el bien que obran, dicen en su corazón: «¿A qué me sirve? ¿Por qué he de hacer esto? ¿Qué ganaré con ello?» Y dejan de hacerlo. Es pues evidente, que el que se halla en el amor á sí mismo, no ama á la Iglesia, ni á su patria, ni á la sociedad, ni al conciudadano, ni á cosa alguna que en realidad es buena, sino tan sólo á sí mismo y á lo suyo.

II.    El hombre se halla en el amor á sí mismo, si en todo cuanto piensa y hace, omite mirar al prójimo; por consiguiente al público y sobre todo al Señor, mirando tan sólo á sí mismo y á los suyos. Se halla pues en este amor, si lo hace todo por causa de sí mismo ó por causa de los que le pertenecen, favoreciendo al público sólo en apariencia y al prójimo sólo á fin de que le corresponda.

III.    Dije por causa de si mismo ó por causa de los que le pertenecen, porque el que ama á sí mismo, ama también á los suyos, especialmente á sus niños y nietos y en general á los que se hallan unidos á él, á quienes llama suyos. Amar á éstos es amar á sí mismo, porque los tiene, por así decir, dentro de sí y mira á sí mismo en ellos. Entre aquellos á quienes llama suyos, se encuentran también los que le alaban y honran, insinuándose en su favor; á todos los demás mira con los ojos de su cuerpo como hombres, pero con los ojos de su espíritu como sombras, ó poco diferentes.

IV.    El hombre que desprecia al prójimo en comparación consigo mismo, se halla en el amor á sí mismo; éste mira como enemigo al prójimo, sí éste no le favorece. Mayormente se halla en este amor el que odia y persigue al prójimo que no le favorece, y que arde en sentimientos de venganza, deseando su destrucción. Este hombre encuentra finalmente gozo en ejercer crueldad en todo cuanto hace.

V.    Cuál y cómo es el amor á sí mismo puede constar por su comparación con el amor celestial. Amor celestial es amor á los usos y provechos por causa de los usos y provechos, amar á los bienes por causa de los bienes y obrarlos en beneficio de la Iglesia, de la patria, de la sociedad y del conciudadano; pero el que ama estas cosas por causa de sí mismo, las ama como á los criados de su casa, es decir, porque le son útiles; porque le sirven para sus fines egoístas. De allí sigue, que el que se halla en amor á sí mismo desea y pretende en su corazón, que la Iglesia, la patria, la sociedad y los conciudadanos le sirvan á él, y no él á ellos; se considera superior á ellos y los vé por debajo de sí.

VI.    Tanto como uno se halla en el amor celestial, que es amar á los usos y bienes y sentir cordial gozo en su realización y práctica, es guiado por el Señor; porque en este amor se halla el Señor y este amor procede de El; pero tanto como uno se halla en el amor á sí mismo, es guiado por sí mismo y por su propia naturaleza, y ésta es enteramente mala, porque es el mal hereditario, que es amar á sí mismo más que á Dios y al mundo más que al Cielo.

VII.    El amor á sí mismo es por lo demás de un carácter tal que en la medida que se le da riendas sueltas, es decir, en la medida que los obstáculos exteriores—el temor de la ley y de sus penalidades, el temor de perder reputación, honores, ganancias, oficios y vida—son apartados, se lanza adelante y aumenta su insaciable ambición hasta que finalmente quiere reinar, no sólo sobre el mundo entero, sino también sobre el Cielo y sobre Dios mismo. No hay fin ni límite para él. La mencionada ambición existe en cada uno que se halla en el amor á sí mismo y al mundo, si bien muchos no se aperciben de ella, mientras viven en este mundo, y no se manifiesta delante de los hombres por impedirlo los obstáculos y vínculos antes mencionados, mas cada vez que tal persona encuentra impedimento á su progreso se para, esperando la ocasión ó la posibilidad. Estas circunstancias hacen que el hombre que se halla en este amor, ignora que hay dentro de él semejante cupidad insana é ilimitada, pero en algún grado se manifiesta a veces en príncipes y reyes, para quienes no existen los obstáculos y vínculos antes mencionados; se lanzan por todas partes á conquistar reinos y subyugar naciones tanto como puedan, aspirando á un poder y una gloria sin límites. Aun más se ve en los que quieren reinar sobre el Cielo, atribuyendo á sí mismos el poder Divino del Señor. Estos codician continuamente mayor poder.

VIII.    Existen dos clases de amor á poderío; la una nace del amor al prójimo, la otra del amor á sí mismo; estas dos clases de amor al poderío son opuestas. El que quiere reinar por amor al prójimo, desea el bien de todos y sobre todo ama á prestar usos, ó sea á servir á otros (servir á otros es obrar en beneficio de otros por libre voluntad, prestando usos); esto es su amor y el goce de su corazón. Cuando es elevado á dignidades es feliz, no á causa de las dignidades, sino á causa de los usos, que en esta posición puede prestar más abundantemente y en un grado más extenso. Así es el poderío en el Cielo. Mas el que quiere reinar por amor á sí mismo no desea el bien más que á sí mismo y á los suyos. Los usos que presta los presta en interés propio, para conseguir honores y gloria; éstos son para él lo único que tiene valor. Su intención con servir á otros es conseguir que él mismo sea servido y honrado, y que él mismo pueda reinar. Solicita puestos elevados, no á fin de obrar el bien por medio de ellos, sino á ñn de conseguir eminencia y gloria, y así obtener el goce de su corazón.

IX.    El amor al poderío permanece también en cada uno después de la vida en este mundo, pero á los que han reinado por amor al prójimo es dado poderío también en el Cielo, y entonces no son ellos que reinan, sino los usos y los bienes á los cuales aman; y cuando éstos reinan, entonces reina el Señor. Pero los que en el mundo han reinado por amor á sí mismo se ven, después de la vida en el mundo, obligados á abdicar y á prestar servicios contra su voluntad. Consta por esto cuál y cómo es el amor á sí mismo, y quiénes se hallan en él. Su apariencia exterior nada importa; puede ser hasta suave y sumiso; porque las cosas que acabamos de indicar se hallan en el hombre interior, y éste, con pocas excepciones, permanece oculto en todo hombre, mientras que el hombre exterior es educado é instruido en la práctica  de disimular en asuntos que conciernen al amor al prójimo y al público, y las virtudes que entonces ostenta, son contrarias á las que están en el interior. Este disimulo hace el hombre también por causa de sí mismo, porque sabe que el amor al prójimo y á la sociedad agrada íntimamente á todo el mundo, y por consiguiente que el mismo es estimado en la medida en que pueda imitar este amor. La razón por la cual el amor al prójimo y á la sociedad agrada tanto á los observadores, es que el Cielo influye en este amor.

X.    Los males que se hallan en los que están en el amor á sí mismos son en general desprecio para los demás, envidia y enemistad contra los que no les favorecen; por lo tanto hostilidad, odios, sentimientos de venganza, tramas, engaños, inclemencia y crueldad; y donde hay semejantes males, allí hay también desprecio de Dios y de las cosas Divinas, que son las verdades y los bienes de la Iglesia. Si honran á estas cosas, las honran con la boca mas no con el corazón. Semejantes males proceden del amor á sí mismo y de éste proceden también las consiguientes falsedades, porque las falsedades vienen de los males.

XI.    Mas el amor al mundo es desear acumular para sí las riquezas de otros por medio de artificios y poner su corazón en ellas, dejándose así desviar y apartar del amor espiritual, que es el amor al prójimo, y por consiguiente también del Cielo. Los que se hallan en este amor codician los bienes de otros, y tanto como no temen el castigo de la ley y la pérdida de su reputación á causa del acto, se echan sobre ellos, despojándoles de sus bienes.

XII.    El amor al mundo no es sin embargo opuesto al amor celestial en tan alto grado como lo es el amor á sí mismo, por cuanto en él no se hallan escondidos tan grandes males.

XIII.    Este amor existe en múltiples formas. Existe un amor á las riquezas á fin de conseguir eminencia y honores. Existe un amor á eminencia y dignidades con el objeto de poder ganar fortunas; existe un amor á riquezas como medios para disfrutar de varios lujos en el mundo y existe un amor á riquezas con el mero fin de poseerlas; tal amor tienen los avaros; y así en adelante. El fin con el cual se aman las riquezas es el uso, y el amor deriva de él su cualidad, porque el amor es tal como es el fin al cual se mira y las demás cosas sirven meramente como medios para conseguir este fin.

XIV.    En una palabra, el amor á sí mismo y el amor al mundo son enteramente opuestos al amor al Señor y al amor al prójimo, por lo cual el amor á sí mismo y el amor al mundo, descritos más arriba, son amores infernales; reinan en el Infierno y constituyen asimismo el infierno en el hombre. Mas el amor al Señor y el amor al prójimo son amores celestiales; éstos reinan en el Cielo y constituyen asimismo el cielo en el hombre.

301.    (5) El hombre interior y el hombre exterior.

I.    El hombre ha sido creado de manera á poder estar al mismo tiempo en el mundo espiritual y en el mundo natural. El mundo espiritual es donde están los ángeles, y el mundo natural es donde están los hombres; á este efecto tiene el hombre desde su creación un interior y un exterior; un interior, mediante el cual puede estar en el mundo espiritual, y un exterior, mediante el cual puede estar en el mundo natural. Su interior es lo que se llama el hombre interior, y su exterior es lo que se llama su hombre exterior.

II.    Todo hombre tiene un interior y un exterior, pero otro en los buenos que en los malos. En los buenos el interior se halla en el Cielo y en su luz, y el exterior en el mundo y en la luz de éste, siendo esta última en ellos iluminada por la luz del Cielo, por cuya razón el interior y el exterior en ellos obran de acuerdo como uno, como la causa y su efecto, ó como lo anterior y lo posterior. Pero en los malos el interior se halla en el Infierno y en la luz infernal, cuya luz, mirada desde el Cielo, es negra oscuridad y tinieblas, mientras que su exterior sin embargo puede estar en una luz parecida á la en que están los buenos; esta es la razón por la cual también los malos pueden hablar y enseñar acerca de la fe, de la caridad y de Dios, mas no como los buenos por virtud de la fe, de la caridad y de Dios.

III.    El hombre interior se llama el hombre espiritual, porque se halla en la luz del Cielo, cuya luz es espiritual, y el hombre exterior se llama el hombre natural, por hallarse en la luz del mundo, cuya luz es natural. El hombre, cuyo interior se halla en la luz del cielo, y su exterior en la luz del mundo, es un hombre espiritual con respecto á ambos, siendo así que la luz espiritual desde el interior ilumina la luz natural, influyendo en ella; mas en los malos sucede lo contrario.

IV.     El hombre interior espiritual, en y por sí considerado es un ángel del Cielo y mientras vive en el cuerpo se halla asimismo en compañía de ángeles sin saberlo y al disolverse los vínculos del cuerpo natural, entra conscientemente en su compañía. Pero en los malos el hombre interior es un satanás, y mientras vive en el cuerpo natural se halla asimismo en compañía de satanás, entrando conscientemente en su compañía, cuando se disuelven los vínculos del cuerpo.

V.    En los hombres espirituales, el interior se halla efectivamente elevado hacia el Cielo, porque miran primariamente á las cosas celestiales; pero en los que son meramente naturales el interior de la mente se halla apartado del Cielo y vuelto hacia el mundo, mirando primariamente á éste.

VI. Los que sólo tienen una idea general de lo que es el hombre interior y el hombre exterior, creen que el hombre interior es el que piensa y quiere, y el hombre exterior el que habla y obra, puesto que pensar y querer son cosas del interior, mientras que hablar y obrar son cosas del exterior; mas hay que saber, que el hombre que piensa y quiere el bien con respecto al Señor y á las cosas que se refieren al Señor, y el bien con respecto al prójimo y á las cosas que se refieren al prójimo, éste piensa y quiere desde un interior espiritual, porque piensa por virtud de la fe en verdades y quiere por el amor del bien; pero el hombre que piensa mal y quiere mal con respecto á estas cosas, éste piensa y quiere por virtud de un interior infernal, porque piensa por la fe en falsedades y quiere por el amor del mal. En una palabra: Tanto como el hombre se halla en amor al Señor y en amor al prójimo, tanto se halla en un interior espiritual, piensa y quiere por virtud del mismo y también habla y obra por virtud del mismo; mientras que en cuanto el hombre se halla en amor á sí mismo y en amor al mundo, piensa y quiere por virtud del infierno, por más que hable y obre de otra manera.

VIL El Señor ha dispuesto y ordenado que en todo hombre el hombre interior, espiritual, sea abierto y formado á medida que el hombre piense y quiera por virtud del Cielo; este abrir se verifica Cielo adentro y hasta el Señor y la reformación se efectúa en las cosas pertenecientes al Cielo; por otra parte, á medida que el hombre no piense y quiera por virtud del Cielo, sino por el mundo, se cierra el hombre interior, espiritual, y se abre el hombre exterior, formándose. El abrir de éste es mundo adentro y la formación se verifica en las cosas que son del infierno.

VIII.    Los hombres, en quienes el hombre interior espiritual es abierto Cielo adentro y hasta el Señor, se hallan en la luz del Cielo y en iluminación por el Señor y por lo mismo en inteligencia y sabiduría; éstos ven las verdades desde la luz de la verdad, y perciben el bien por el amor al bien. Pero aquellos en quienes el hombre interior espiritual se halla cerrado, no saben lo que es el hombre interior; tampoco creen en el Verbo, ni en una vida después de la muerte, ni en las cosas referentes al Cielo y á la Iglesia, y hallándose en una luz meramente natural, creen que la Naturaleza existe de y por sí misma y no de Dios; ven las falsedades como verdades y el mal como bien.

IX.    El interior y el exterior de los cuales aquí se trata son el interior y exterior del espíritu del hombre. Su cuerpo natural no es más que otro exterior sobrepuesto, dentro del cual existen  los  dos,  porque el cuerpo natural no obra por sí mismo, sino de y por el espíritu que está en él. Hay que saber que el espíritu del hombre aun después de separado del cuerpo natural, piensa y quiere, habla y obra, de igual manera que antes, y entonces el pensar y querer son su interior y el hablar y obrar su exterior.

302. (6) El hombre meramente natural y sensual.—Pocos saben lo que se entiende por hombres sensuales y cuáles son estos hombres. Importa sin embargo saberlo y por lo tanto se explicará.

I.    Se llama hombre sensual al hombre que juzga de todo á base de los sentidos corporales, y que nada cree, exceptuando aquello que puede ver con sus ojos y tocar con sus manos, opinando que esto es algo, y que las demás cosas son nada; el hombre sensual es por lo tanto el más inferior de los hombres naturales.

II.    Lo interior de su mente, que ve por la luz del Cielo, se halla cerrado, por lo cual allí nada ve de las verdades pertenecientes al Cielo y á la Iglesia, porque piensa por sus cosas más exteriores y no interiormente por luz alguna espiritual.

III.    Puesto que se halla en una luz cruda, natural, es interiormente opuesto á las cosas, que pertenecen al Cielo y á la Iglesia, y sin embargo puede exteriormente hablar de ellas con aprobación, interés y ardor según el prestigio que por medio de ellas puede conseguir.

IV.    Hombres sensuales raciocinan agudamente y con ingenio, porque su pensamiento está muy próximo al habla, casi dentro de ella, y como si estuviera en los labios; también porque ponen toda inteligencia en hablar desde la memoria exclusivamente.

V.    Algunos de ellos pueden confirmar cuantas cosas se proponen y las falsedades confirman con suma destreza y después de confirmarlas creen ellos mismos que son verdades; mas raciocinan y confirman por las falacias de los sentidos, los cuales cautivan y persuaden á la gente común.

VI.    Los hombres sensuales son astutos y maliciosos más que otros.

VII.    Lo interior de su mente es sucio y abominable por cuanto por conducto de ello comunican con los infiernos.

VIII.    Los que están en los infiernos son sensuales; tanto más profundamente metidos cuanto más sensuales; la esfera de espíritus, infernales comunica con lo sensual del hombre por la espalda.

IX.    Los hombres sensuales no ven verdad alguna en la luz; sino que raciocinan y discuten de todo, de si es así ó si no es así. En el mundo espiritual estas disputas se oyen á una distancia como un crujir de dientes, y en sí mismas son colisiones ó choques entre falsedades y falsedades y también entre falsedades y verdades. Esto es lo que en el Verbo significa el crujir de dientes. Raciocinios por las falacias de los sentidos corresponden á los dientes.

X.    Los hombres de ciencia y erudición, quienes se han confirmado profundamente en falsedades, y mayormente los que se han confirmado en contra de las verdades del Verbo, son más sensuales que otros, por más que no parecen serlo en el mundo. Las herejías en su mayoría han nacido de hombres sensuales.

XI.    Hipócritas, engañosos, voluptuosos, adulterinos y avaros son por la mayor parte sensuales.

XII.    Los que raciocinan exclusivamente á base de cosas sensuales y en contra de las verdades genuinas del Verbo y de la Iglesia fueron designadas por los antiguos con el nom¬bre de serpiente del árbol de ciencia del bien y del mal.

Siendo así que las cosas sensuales son las que se presentan á los sentidos corporales y son absorbidas por estos sentidos, resulta que:

XIII.    El hombre por medio de las cosas sensuales comunica con el mundo y por medio de las cosas racionales, encima de ellas, con el Cielo.

XIV.    Que las cosas sensuales sirven para proporcionar del mundo natural elementos que hacen falta á la mente interior en el mundo espiritual.

XV.    Que hay cosas sensuales que ministran al entendimiento, y son varias cosas, llamadas físicas; y hay cosas sensuales que ministran á la voluntad y son los goces de los sentidos del cuerpo.

XVI.    Que si el pensamiento no es elevado encima de las cosas sensuales, el hombre tiene poca sabiduría; que un hombre sabio piensa por encima de las cosas sensuales, y que al ser su pensamiento elevado encima de ellas, entra en una luz más clara y finalmente en la luz del Cielo; de ahí tiene el hombre su percepción de la verdad, que es la verdadera inteligencia.

XVII.    Que la elevación de la mente por encima de las cosas sensuales y su abstracción de ellas era conocida de los antiguos.

XVIII.    Que si las cosas sensuales están en el último lugar se abre por entre ellas un camino para el entendimiento, y las verdades son separadas de ellas como por un procedimiento de extracción; pero si las cosas sensuales están en primer lugar se cierra este camino á causa de ellas y el hombre no ve las verdades más que como en una niebla ó como en la oscuridad de la noche.

XIX.    Que en un hombre sabio las cosas sensuales están en el último lugar y subordinadas á las cosas más interiores; pero en los hombres que no son sabios, están en primer lugar y dominan; éstos son los que propiamente se llaman sensuales.

XX.    Que en el hombre hay cosas sensuales que éste tiene en común con las bestias, y hay otras que no tiene en común con ellas.

XXI.    Que cuanto uno piensa por encima de las cosas sensuales, tanto es hombre; pero nadie puede pensar por encima de las cosas sensuales y ver las verdades, que pertenecen á la Iglesia á menos de que reconozca á Dios y viva en conformidad con Sus mandamientos; porque sólo Dios eleva é ilumina.

La siguiente sección [II. Estos tres amores, debidamente subordinados, perfeccionan al hombre, pero no estando debidamente subordinados le pervierten y trastornan. (N. 303)...]