II
Estos tres amores, debidamente subordinados, perfeccionan al hombre, pero no estando debidamente subordinados le pervierten y trastornan.
303.
Los tres amores universales, el amor al Cielo, el amor al mundo y el
amor á sí mismo, son entre sí como las tres regiones del cuerpo, la
superior, la intermedia y la inferior; á la superior corresponde la
cabeza, á la intermedia el pecho, el abdomen y los lomos, y á la
inferior las rodillas, los pies y las plantas. Guando el amor al
Cielo forma la cabeza, el amor al mundo el pecho, abdomen y lomos, y
el amor á sí mismo los pies y las plantas, entonces el hombre se
halla en el estado perfecto en el cual fue creado; porque entonces
los dos amores inferiores subsirven al superior, como el cuerpo y
todos sus miembros subsirven á la cabeza, y el amor al Cielo, cuando
así forma la cabeza, influye también en el amor al mundo, que
principalmente es amor á las riquezas como medios de realizar usos y
provechos, y por conducto de este amor influye también en el amor á
sí mismo, que principalmente es amor á las dignidades, igualmente
como medios de prestar usos. De esta manera los tres amores respiran
continuamente uso y provecho por el influjo de Dios en el superior y
por medio de éste en el intermedio y en el inferior. El hombre, que
tiene inclinación á los usos por amor espiritual (cuyo amor viene
del Señor y es lo que llamamos amor al Cielo), su hombre natural los
realiza por medio de riquezas y bienes, y su hombre sensual
igualmente en su función propia y pone su honor en realizarlos. Las
obras que el hombre realiza con el cuerpo las realiza con arreglo al
estado de su mente, y hallándose la mente con inclinación de prestar
usos, el cuerpo los realiza por medio de los miembros. Así obran
también estos tres amores, debidamente subordinados. Nadie con
sentido común condena las riquezas, porque éstas son en el cuerpo
común de la sociedad como la sangre en el cuerpo humano, ni condena
las dignidades y los honores, que van unidos á los oficios, porque
son como las manos del rey y como los pilares de la sociedad, si el
amor natural y sensual que el hombre siente por estas cosas, se
halla subordinado al amor espiritual. En el Cielo hay también
oficios administrativos con sus correspondientes dignidades; pero
los que los desempeñan no desean más que prestar usos, porque son
espirituales.
304.
Si por otra parte el amor al mundo, ó las riquezas, forma la cabeza,
el hombre se halla en un estado enteramente diferente; porque
entonces ese amor predomina en él y el amor al Cielo se retira y
ocupa el segundo lugar, es decir, que viene á formar la región de la
mente que corresponde á la segunda región del cuerpo, que es la del
pecho, abdomen y lomos; el hombre que se halla en este estado quiere
más al mundo que al Cielo, y si adora á Dios, no le adora más que
con el amor natural, que pone mérito en toda adoración, y si obra el
bien para con el prójimo, no lo obra más que por causa de la
recompensa, que espera conseguir. En estos hombres las cosas
pertenecientes al Cielo son como una capa con la cual se lucen ante
los hombres, pero ante la vista de los ángeles parecen confusos y
oscuros; porque en ellos el amor al mundo ocupa el hombre interior y
el amor al Cielo el exterior, con el resultado de que el primero
cubre con oscuridad, como con un velo, todo cuanto pertenece á la
Iglesia. El amor al mundo existe en muchas variedades, siendo la
peor la que se inclina á la avaricia; con ésta el amor al Cielo se
vuelve negro; también la que se inclina al orgullo y á la
preeminencia, incitada por el amor á sí mismo; la variedad que
tiende á la prodigalidad es diferente; menos perniciosa es la que
sólo aspira á las opulencias del mundo, lujosos palacios, profuso
adorno, magníficos vestidos, criados, coches, pompa y brillo y cosas
parecidas; porque la cualidad del amor es tal como es el fin al cual
mira y el cual procura conseguir.
305.
Cuando por otra parte el amor á sí mismo, ó sea el amor al dominio,
forma la cabeza, entonces el amor al Cielo desciende á las rodillas,
es decir ocupa el último lugar, ó sea la región que corresponde á
las rodillas. Si el amor egoísta aumenta, el amor al Cielo continua
su descenso y ocupa el lugar que corresponde á los pies; y si
todavía aumenta, desciende hasta las plantas de los pies y es
pisoteado. Existe un amor al poderío que viene del amor al prójimo,
y otro que viene del amor á sí mismo. Los que se hallan en el amor
al poderío por el amor al prójimo, buscan el poderío con el objeto
de poder realizar usos y provechos en beneficio de la sociedad y de
los particulares; á éstos se confían autoridad y mando también en el
Cielo. Emperadores, reyes y duques, nacidos y educados para ocupar
puestos de autoridad, si se humillan ante Dios, tienen por regla
general menos amor al poderío que los de bajo origen que por
ambición y orgullo buscan puestos elevados. Mas para los que se
hallan en el amor al poderío por el amor á sí mismo, el amor al
Cielo es como un escabel, en el cual ponen sus pies, mientras otras
personas se hallan con ellos, pero tan pronto como se encuentran
solos lo echan en un rincón, ó fuera de su habitación. Asi son
porque no aman más que á sí mismos, sumergiendo su voluntad y los
pensamientos de su mente en su propia naturaleza, que en y por sí
considerada es el mal hereditario, y éste es diametralmente opuesto
al amor al Cielo. Los males que caracterizan a los que se hallan en
el amor al poderío por el amor á sí mismo, son en general éstos:
Desprecio de los demás, enemistad contra los que no le favorecen y
por lo tanto hostilidad, odio, venganza, inclemencia y crueldad, y
donde tales cosas existen, allí hay también desprecio de Dios y de
las cosas Divinas, que son los bienes y las verdades de la Iglesia;
si honran á estas cosas las honran solamente con la boca, y sólo por
no atraer sobre sí la enemistad de la Orden eclesiástica y la
censura de otras personas. Este amor es peor con el clero que con
los legos. Con el clero aumenta constantemente, y dándole riendas
sueltas va hasta pretender ser Dios mismo; en los legos aumenta
hasta pretender ser rey; á tal punto los arrastra su fantasía á
causa de ese amor; mas cuando el amor al Cielo ocupa el primer lugar
y forma la cabeza, subordinándose el amor al mundo y el amor á sí
mismo, entonces perfecciona al hombre. Consta por esto, que si el
orden de los tres amores se halla invertido, es decir, si el amor á
sí mismo que debe formar los pies, forma la cabeza, y si el amor al
Cielo que debe formar la cabeza, forma los pies, resulta el hombre
enteramente pervertido y trastornado.
La siguiente sección
[III.
Cada hombre
individualmente es el prójimo que debe ser amado, mas según y
conforme la cualidad de su bien. (N. 306-308.)