III
Cada hombre individualmente es el prójimo que debe ser amado, mas según y conforme la cualidad de su bien
306.
El hombre no nace exclusivamente para su propio bien, sino también
para el bien de otros, es decir, no nace para vivir exclusivamente
en beneficio propio, sino también en beneficio de otros. Si no fuera
así, no podría existir sociedad alguna y tener en sí algún bien. El
proverbio dice que cada uno es su prójimo, mas la doctrina de la
caridad enseña de qué manera esto se debe entender, es á saber, que
cada uno debe proveer para sí las necesidades de la vida, tales como
alimento, vestidos, habitaciones y demás exigencias de la vida civil
en que se halla, y no sólo para sí y para el tiempo presente, sino
también para su familia y para lo futuro; porque si deja de proveer
para sí las necesidades de la vida, no podrá ejercer la caridad,
puesto que carece de todo; pero al proveer las necesidades de la
vida para sí y para los suyos no debe considerarlas como bienes
esenciales; no debe poner en estos bienes su corazón, sino
apreciarlos y amarlos sólo como medios de obtener bienes más
excelentes. Cuando uno provee alimento para su cuerpo, su fin
esencial debe ser el mantener su cuerpo sano, fuerte y bien
acondicionado, á fin de que pueda servir bien al alma para sus
funciones en el mundo, y debe asimismo abastecer su mente con
alimento, es decir, con lo que hace falta para el desarrollo de su
inteligencia y juicio, y hacerlo igualmente con el fin primario de
poder servir bien y eficazmente ó sus conciudadanos, á la sociedad,
á su patria, á la Iglesia y por consiguiente al Señor. El que esto
hace, provee el bien para sí por toda la eternidad.
307.
Ahora diremos lo que es el amor al prójimo. Amar al prójimo
no es solamente desear el bien y obrar el bien para con un pariente,
un amigo ó un hombre bueno, sino también para con el forastero, el
desconocido, el enemigo y el hombre malo; pero con los primeros la
caridad se obra de otra manera que con los últimos. Con el pariente
y con el amigo se obra haciéndoles beneficios directos; con el
enemigo y con el hombre malo, haciéndoles beneficios indirectos, por
medio de exhortación, disciplina y castigo, ó sea mediante
corrección. El juez que de acuerdo con la ley y la justicia castiga
á un malhechor, ejerce el amor al prójimo; porque así corrige al
malhechor y cuida del bien de los ciudadanos con impedirle de volver
á hacerles daño. El padre que castiga á sus niños por sus malos
actos, les ama, y el que no les castiga, cuando obran el mal, ama á
sus males. La caridad en su esencia es pues benevolencia, y puesto
que ésta tiene su asiento en el hombre interior, es evidente, que
cuando uno que tiene caridad combate al enemigo, castiga al culpable
y corrige al malo, lo hace por medio de su hombre exterior, y
habiéndolo hecho, vuelve á su caridad interior, deseándole el bien y
haciéndole beneficios por benevolencia tanto como sea practicable y
útil. Los que tienen caridad genuina son celosos en todo cuanto es
bueno, y este celo en el hombre exterior puede parecer ira y fuego
ardiente, pero su llama se extingue y se apacigua tan pronto como el
adversario vuelva á la razón. El caso es diferente con los que no
tienen caridad; su celo é ira son odio, y por ellos se calienta y se
enciende su interior. Debemos obrar el bien por caridad, no sólo con
nuestros amigos, sino también con nuestros adversarios y enemigos;
nos lo enseña el Señor en muchos pasajes del Verbo, entre otros en
Mateo V: 43 45 y XVIII: 21; 22. Ángeles del cielo me han dicho, que
el Señor perdona las ofensas á todos, sin excepción, y que jamás
toma venganza, ni imputa los pecados á nombre alguno, porque El es
el Amor Mismo y el Bien Mismo; mas dijeron también, que los pecados
no son lavados y limpiados con esto, sino tan sólo á medida que el
hombre se arrepiente, resistiéndolos y apartándolos de sí por virtud
del Señor, cooperando con El á este efecto en su vida en el mundo.
308,
Puesto que la caridad tiene su asiento en el hombre interior, siendo
allí benevolencia, y qué desde allí desciende al hombre exterior
bajo la forma de buenas obras y actos, es evidente que el objeto de
la caridad es, ó debe ser, el hombre interior del prójimo, y con
arreglo á éste su hombre exterior, es decir que el hombre debe ser
amado con arreglo á la cualidad del bien, que hay en él. Resulta
pues que el prójimo es esencialmente el bien mismo. Ahora bien;
siendo cada hombre nuestro prójimo, y todos ellos distintos entre
sí, debiendo asimismo cada uno ser amado como prójimo con arreglo á
su bien individual, es evidente que hay géneros, especies y hasta
grados de amor al prójimo, y puesto que el Señor debe ser amado
sobre todas las cosas, sigue que el grado del amor al prójimo debe
determinarse por el amor al Señor, es decir por la medida en la cual
el prójimo tiene en sí al Señor ó tiene parte en el Señor; porque en
esta medida tiene en sí el bien, puesto que todo bien viene del
Señor; pero estos grados se hallan en el hombre interior y pocas
veces pueden ser apreciados en el hombre exterior en el mundo, mas
basta que el prójimo sea amado según y conforme los grados de bien
de los cuales se tiene conocimiento. En Lucas X: 27 leemos: Amarás
al Señor tu Dios sobre todas las cosas y al prójimo como á ti mismo.
Amar al prójimo como á sí mismo es reconocerle equivalencia, ó no
despreciarle, en comparición consigo mismo; tratarle con justicia y
no juzgar mal de él. En resumen la ley de la caridad, cumplida por
el Señor y encomendada por El es: Todas las cosas que quisiereis que
los hombres hiciesen con vosotros así también haced vosotros con
ellos, porque esta es la ley y los profetas. (Mateo VII: 12; Lucas
VI: 31; 32). Así aman al prójimo los que están en el Cielo; mas los
que se hallan en el amor al mundo le aman según el mundo y por
motivos mundanos, y los que se hallan en el amor á sí mismos le aman
con fines egoístas y con arreglo á sus propias malas inclinaciones.
La siguiente sección
[IV. El prójimo que debe ser amado no es solamente el individuo,
sino también la sociedad y la patria; en un sentido más elevado el
prójimo es la Iglesia y en el sentido supremo el Señor. (N. 309-310.)...]