IX
En los ejercicios de la caridad el hombre no pone mérito en las obras, si cree que todo bien viene del Señor.
321.
Es pernicioso atribuir mérito á las obras que se hacen por
causa de la salvación; porque en el mérito se hallan escondidos
males, de los cuales el hombre que así hace nada sabe; hay en él una
negación secreta del Influjo y de la Operación de Dios en el hombre,
una confianza en el propio poder respecto de la salvación; fe en sí
mismo y no en Dios; justificación por sí mismo, salvación por su
propia fuerza, invalidación de la Divina Gracia y Misericordia,
rechazamiento de la reformación y regeneración por los Divinos
medios y especialmente derogación del Mérito y de la Justicia del
Señor Dios el Salvador, cuyo Mérito y Justicia reclama para sí
mismo, y además un constante mirar por la recompensa, que para él es
el objeto principal y también final. Causa también la disminución y
extinción del amor al Señor y al prójimo, incapacidad completa de
percibir y gozar del amor celestial, en cuyo goce no hay pretensión
alguna de mérito, y en su lugar introduce el amor á sí mismo. El
bien en el cual hay mérito es á la vista de los ángeles como óxido;
pero el bien genuino que no pretende mérito es á su vista como
púrpura. Que el bien no se debe obrar con pretensión de recompensa,
enseña el Señor en varios lugares del Verbo, entre otros en Lucas
VI: 3335 y en Juan XV: 4, 5; Cap. III: 27. Mas no es poner mérito en
las obras el pensar y creer que los hombres van al Cielo, y que á
este efecto deben obrar el bien, ni es mirar como fin la recompensa;
porque así piensan y creen también los que aman al Señor sobre todas
las cosas y al prójimo como á sí mismos; y piensan así porque creen
en las palabras del Señor, que su recompensa será grande en los
cielos (Mateo V: 11; 12; VI: 1; X: 41; 42; Lucas VI: 23; 35; XIV:
12; 14; Juan IV: 36); que los que obran el bien poseerán como
heredad un reino preparado para ellos desde la fundación del mundo
(Mateo XXV: 34); que á cada uno será dado según sus obras (Mateo
XVI; Juan V: 29; Apoc. XIV; XX: 12; 13; Jer. XXV: 14; XXXII: 19;
Ósea IV: 9; Zach. I: 6 y en otros lugares). Estos no piensan en
recibir recompensa por merecerla, pero se hallan en la fe de la
promesa por la gracia; con éstos el goce que sienten por obrar el
bien con el prójimo es una recompensa, los ángeles del Cielo tienen
este goce, y es un goce espiritual que es eterno y excede
inmensamente á todo goce natural. Los que se hallan en este goce no
quieren oír hablar de mérito, porque aman á obrar el bien y perciben
beneficio obrándolo; se entristecen, si se cree que sus obras son
hechas en la esperanza de conseguir pago ó reciprocidad.
322.
Muy diferente es el caso con los que con sus obras miran á la
recompensa como el fin principal; son los que buscan conocimiento y
cultivan amistad por causa del beneficio. Hacen regalos, favores y
servicios; profesan un afecto aparentemente sincero y cordial, pero
si no obtienen lo que esperaban, se retiran; renuncian á la amistad
y hacen alianza con el enemigo del que antes llamaba amigo, y entran
en amistad con los que odian á éste; son también como nodrizas que
amamantan á niños sólo por el salario; en la presencia de los padres
los acarician y los abrazan, pero si no son atendidas como desean,
con golosinas y recompensas, tratan á los niños con dureza, riéndose
de sus quejidos y lloros. Así son interiormente los que pretenden
recompensa por obras relacionadas con la salvación. Después de la
muerte reclaman con insistencia el Cielo, pero al saberse que no
poseen amor alguno á Dios ni amor alguno al prójimo, son enviados á
los que pueden instruirles con respecto á la caridad y á la fe. Si
repudian la enseñanza son despedidos para juntarse con sus similares
que son los que están enfadados con Dios por no obtener recompensas,
pensando que la fe es exclusivamente cosa de raciocinios. En el
Verbo son significados por los criados encargados del trabajo común
é inferior en los atrios del templo. A una distancia parecen
ocupados en cortar leña.
323.
Hay que saber que en el Señor la caridad y la fe se hallan
íntimamente unidas. La caridad es tal como es la fe y la fe tal como
es la caridad. Antes hemos dicho que el Señor, la candad y la fe
forman uno como la vida, la voluntad y el entendimiento en el
hombre, y si son separados perecen como una perla reducida á polvo
(N. 274). Asimismo que la caridad y la fe están juntas en las buenas
obras (N. 283), de lo cual sigue que la caridad es tal como es la fe
y que las obras son tales como son la fe y la caridad juntas. Ahora
bien; cuando el hombre cree que todo el bien viene del Señor, es
este hombre la causa instrumental del bien y el Señor es la causa
principal; las dos causas parecen una sola, siendo sin embargo así,
que la causa principal es el todo de la causa instrumental. De ahí
sigue también que si el hombre cree que todo bien, que real y
efectivamente es bien, viene del Señor, no pone mérito en la obra, y
á medida que la fe se perfecciona en él, el Señor aparta de él la
idea referente al mérito. En este estado el hombre practica la
caridad abundantemente, sin miedo de incurrir en pretensión de
mérito, y finalmente percibe el goce espiritual de la caridad y
siente aversión al mérito, considerándolo como perjudicial á su
vida. El mérito es fácilmente borrado y apartado por el Señor en los
que se hallan penetrados de caridad por obrar con justicia y
fidelidad en el trabajo, negocio ú oficio en que se ocupan y en todo
su trato con otros. Pero es difícilmente apartado de los que creen,
que la caridad es dar limosnas y aliviar á los pobres; porque
mientras ejecutan estas obras desean secretamente recompensa y
pretenden mérito, al principio abiertamente, luego tácitamente.
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